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domingo, 29 de junio de 2008

ANGELES Y DEMONIOS -- ARMAGEDON -- FREDRIC BROWN

ANGELES Y DEMONIOS
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Armagedón
Fredric Brown



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Tuvo lugar, entre todos los lugares del mundo, en Cincinnati. No es que tenga nada en contra de Cincinnati, pero no es precisamente el centro del universo, ni siquiera del estado de Ohio. Es una bonita y antigua ciudad y, a su manera, no tiene par. Pero incluso su cámara de comercio admitiría que carece de significación cósmica. Debió de ser una simple coincidencia que Gerber el Grande -¡vaya nombre!- se encontrara entonces en Cincinnati.
Naturalmente, si el episodio hubiera llegado a conocerse, Cincinnati se habría convertido en la ciudad más famosa del mundo, y el pequeño Herbie sería aclamado como un moderno San Jorge y más celebrado que un niño bromista. Pero ni uno solo de los espectadores que llenaban el teatro Bijou recuerda nada acerca de lo ocurrido. Ni siquiera el pequeño Herbie Westerman, a pesar de tener la pistola de agua que tan importante papel jugó en el suceso.
No pensaba en la pistola de agua que tenía en un bolsillo mientras contemplaba al prestidigitador que ejecutaba su número en el escenario. Era una pistola de agua nueva, comprada en el camino hacia el teatro cuando engatusó a sus padres para que entraran en la juguetería de la calle Vine; pero, en aquel momento, Herbie estaba mucho más interesado por lo que ocurría en el escenario.
Su expresión revelaba la más completa aprobación. Los juegos de manos a base de cartas no suponían ningún misterio para Herbie. El mismo sabía hacerlos. Eso sí, debía utilizar una baraja pequeña que iba en la caja de magia y era del tamaño adecuado para sus nueve años de edad. Y la verdad es que cualquiera que le observase podía ver el paso de la carta de un lado a otro de la mano. Pero eso no era más que un detalle.
Sin embargo, sabía que pasar siete cartas a la vez requería una gran fuerza digital así como una habilidad sin límites, y eso era lo que Gerber el Grande estaba haciendo. Durante el cambio no se oía ningún chasquido revelador, y Herbie hizo un gesto de aprobación. Entonces recordó el siguiente número.
Dio un codazo a su madre y le dijo:
-Mamá, pregunta a papá si tiene un pañuelo para dejarme.
Por el rabillo del ojo, Herbie vio que su madre volvía la cabeza y en menos tiempo del necesario para decir «Presto», Herbie había abandonado su asiento y corría por el pasillo. Se sentía satisfecho de su hábil maniobra de despiste y su rapidez de reflejos.
En aquel preciso momento de la actuación -que Herbie ya había visto en otras ocasiones, solo- era cuando Gerber el Grande pedía que algún niño subiera al escenario. Lo estaba haciendo en aquel preciso instante.
Herbie Westerman se le adelantó. Se puso en movimiento mucho antes de que el mago formulara la solicitud. En la actuación precedente, fue el décimo en llegar a las escaleras que unían el pasillo y el escenario. Esta vez había estado preparado, y poco se había arriesgado a que sus padres se lo prohibieran. Quizá su madre le hubiera dejado y quizá no; le pareció mejor esperar a que mirase hacia otro lado. No se podía confiar en los padres en cosas como ésa. A veces, tenían ideas muy raras.
«...tan amable de subir al escenario?» Los pies de Herbie se posaron en el primer escalón antes de que el mago terminara la frase. Oyó un decepcionado arrastrar de pies a su espaldas, y sonrió vanidosamente mientras atravesaba el escenario.
Herbie sabía, por anteriores representaciones, que el truco de las tres palomas era el que necesitaba un ayudante escogido entre el público. Era el único truco que no conseguía descubrir. Sabía que en aquella caja tenía que haber un compartimiento oculto, pero ni siquiera podía imaginarse dónde. Sin embargo, esta vez sería él quien aguantara la caja. Si a esa distancia no era capaz de descubrir el truco, lo mejor que podía hacer era dedicarse a coleccionar sellos.
Sonrió abiertamente al mago. No es que él, Herbie, pensara delatarle. Él también era mago; por eso comprendía qué entre todos los magos debía existir un gran compañerismo y que uno jamás debía revelar los trucos de otro.
No obstante, se estremeció y la sonrisa se borró de su cara en cuanto observó los ojos del mago. Gerber el Grande, desde tan cerca, parecía mucho más viejo que desde el otro lado del escenario. Y además, distinto. Mucho más alto, por ejemplo.
Sea como fuere, aquí llegaba la caja para el truco de las palomas. El ayudante habitual de Gerber la traía en una bandeja. Herbie desvió la mirada de los ojos del mago y se sintió mejor. Incluso recordó la razón por la que se encontraba en el escenario. El criado cojeaba. Herbie agachó la cabeza para ver la parte inferior de la bandeja por si acaso. No vio nada.
Gerber cogió la caja. El criado se alejó cojeando y Herbie lo siguió con la mirada. ¿Era realmente cojo o se trataba únicamente de un truco más?
La caja se dobló hasta quedar totalmente plana. Los cuatro lados reposaron sobre el fondo, la superficie reposó sobre uno de los lados. Había pequeñas bisagras de latón.
Herbie dio rápidamente un paso atrás para ver la zona posterior mientras la anterior era mostrada a los espectadores. Sí, entonces lo vio. Un compartimiento triangular adosado a un lado de la tapa, cubierta por un espejo, y unos ángulos destinados a lograr su invisibilidad. Un truco muy gastado. Herbie se sintió un poco decepcionado.
El prestidigitador dobló la caja y el compartimiento oculto por el espejo quedó en su interior. Se volvió ligeramente.
-Y ahora, jovencito...

Lo que ocurrió en el Tibet no fue el único factor; fue el último eslabón de una cadena.
El clima tibetano había sido insólito durante esa semana, realmente insólito. Hizo un relativo calor. La nieve sucumbió a las elevadas temperaturas en cantidad superior a la que se había fundido a lo largo de los últimos años. Los riachuelos crecieron, y todos los ríos aumentaron de caudal.
A lo largo de los ríos, los molinillos de oraciones giraban a más velocidad de la que habían alcanzado jamás. Otros, sumergidos, se detuvieron. Los sacerdotes, con el agua hasta las rodillas, trabajaban frenéticamente, acercando los molinillos a la ribera, donde el veloz torrente no tardaría en volver a cubrirlos.
Había un pequeño molinillo, uno muy antiguo que había girado sin cesar durante más tiempo del que ningún hombre podía recordar. Hacía tanto tiempo que se encontraba allí que ningún lama recordaba la inscripción que ostentaba, ni cuál era el propósito de aquella oración.
Las turbulentas aguas rozaban su eje cuando el lama Klarath se acercó para trasladarlo a un lugar más seguro. Demasiado tarde. Sus pies resbalaron sobre el barro y la palma de su mano tocó el molinillo mientras caía. Liberado de sus amarras, se alejó con la corriente, rodando por el fondo del río, hacia aguas cada vez más profundas.
Mientras rodó, todo fue bien.
El lama se levantó, tiritando a causa de la momentánea inmersión, y se dirigió hacia otro de los molinillos. ¿Qué importancia podía tener un pequeño molinillo?, pensó. No sabía que -ahora que otros eslabones se habían roto- sólo aquel diminuto objeto se interponía entre la Tierra y Armagedón.
El molinillo de Wangur Ul siguió rodando y rodando hasta que, a dos kilómetros río abajo, chocó con un saliente y se detuvo. Ese fue el momento.

«Y ahora, jovencito...»
Estamos nuevamente en Cincinnati, Herbie Westerman levantó la vista, preguntándose por qué se habría interrumpido el prestidigitador a mitad de la frase. Vio que el rostro de Gerber el Grande estaba contorsionado por una gran impresión. Sin moverse, sin cambiar, su rostro empezó a cambiar. Sin transformarse, se transformó.
Después, lentamente, el mago se echó a reír. En aquellas suaves carcajadas se reflejaba todo el mal del mundo. Ninguno de los que las oyeron pudieron dudar de su personalidad. Ninguno dudó. Los espectadores, todos y cada uno de ellos, supieron en aquel horrible momento quién se encontraba ante ellos, lo supieron -incluso los más escépticos- sin ninguna sombra de duda.
Nadie se movió, nadie habló, nadie contuvo el aliento. Hay otras cosas aparte del miedo. Sólo la incertidumbre causa miedo y, en aquel momento, el teatro Bijou estaba lleno de una espantosa certidumbre.
La risa se hizo más fuerte. Alcanzó un crescendo, resonó en los rincones más polvorientos de la galería. Nada -ni una mosca del techo- se movió.
Satanás habló.
-Agradezco la atención que han prestado a un pobre mago -hizo una exagerada reverencia-. La representación ha concluido.
Sonrió.
-Todas las representaciones han concluido.
El teatro pareció obscurecerse, a pesar de que las luces siguieran encendidas. En medio de un silencio mortal, pareció oírse el ruido de unas alas, unas alas correosas, como si invisibles criaturas se estuvieran reuniendo.
En el escenario reinaba un mortecino resplandor rojo. De la cabeza y cada uno de los hombros de la alta figura del mago surgió una minúscula llama.
Aparecieron otras llamas. Surgieron a lo largo del proscenio, a lo largo del escenario. Una de ellas surgió de la tapa de la caja doblada que el pequeño Herbie Westerman seguía teniendo en las manos.
Herbie dejó caer la caja.
¿He mencionado que Herbie era cadete de salvamento? Fue una acción puramente refleja. Un niño de nueve años no sabe gran cosa acerca de temas como Armagedón, pero Herbie Westerman debería haber sabido que el agua jamás habría podido apagar aquel fuego.
Pero, como ya he dicho, fue una acción puramente refleja. Sacó su nueva pistola de agua y lanzó un chorro de líquido sobre la caja destinada a ejecutar el truco de las palomas. Y el fuego se apagó, mientras gotas del chorro de agua mojaban la pernera de los pantalones de Gerber el Grande, que se encontraba de espaldas a él.
Se produjo un ruido sibilante, repentino. Las luces brillaron nuevamente con toda su fuerza, y todas las demás llamas se apagaron, el ruido de alas se desvaneció, ahogado por otro ruido, el murmullo de los espectadores.
El prestidigitador tenía los ojos cerrados. Su voz sonó extrañamente forzada cuando dijo:
-Conservo todo mi poder; ninguno de ustedes recordará lo sucedido.
Después, muy lentamente, se volvió y recogió la caja del suelo. Se la dio a Herbie Westerman.
-Debes tener más cuidado, niño -dijo- sujétala así.
Dio un ligero golpecito en la tapa con su varita mágica. La puerta se abrió. Tres palomas blancas se escaparon de la caja. El susurro de sus alas no era correoso.

El padre de Herbie Westerman bajó las escaleras con semblante pensativo, descolgó el suavizador de la navaja de afeitar de un clavo de la pared de la cocina.
La señora Westerman levantó la mirada y dejó de remover la sopa que estaba haciendo.
-Pero, Henry -dijo-, no irás a castigarle por lanzar un poco de agua por la ventanilla del coche mientras volvíamos a casa, ¿verdad?
Su marido meneó la cabeza.
-Claro que no, Marge. Pero ¿no recuerdas que compramos esa pistola de camino al teatro, y que no nos acercamos para nada a un grifo? ¿Dónde crees que la llenó?
No aguardó la respuesta.
-Cuando nos detuvimos en la catedral para hablar con el padre Ryan acerca de su confirmación, ¡entonces fue cuando la llenó! ¡En la pila bautismal! ¡Poner agua bendita en la pistola de agua!
Subió pesadamente las escaleras, con el suavizador en la mano.
Rítmicos golpes y gemidos de dolor se escaparon hacia el piso inferior. Herbie, que había salvado al mundo estaba recibiendo su recompensa.

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domingo, 22 de junio de 2008

El Rey Peste (King Pest) -- EDGAR ALLAN POE

El Rey Peste (King Pest)
Edgar Allan Poe


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«Los dioses sufren y toleran a los reyes cosas que aborrecen en los caminos de la chusma.»
(Buckhurst, La tragedia de Ferrex y Porrex.)

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A las doce de cierta noche del mes de octubre y durante el caballeresco reinado de Eduardo III dos marineros pertenecientes a la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba entre Sluys y el Támesis, anclada entonces en ese río, quedaron muy sorprendidos al hallarse instalados en el local de una taberna de la parroquia de San Andrés, en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «alegre marinero».

El local, aunque de pésima construcción, renegrido por los humos, de techo bajo y conforme en todos los conceptos con el carácter general de los tugurio s de aquella época, se adaptaba bastante bien a sus fines según juicio de los grotescos grupos que lo ocupaban dispersos aquí y allá.

De aquellos grupos, nuestros dos marineros constituían el más interesante, si no el más notable. El que aparentaba más edad y a quien su compañero se dirigía con el característico apelativo de «Patas» era con mucho el más alto de los dos. Podría medir seis pies y medio y un habitual encorvamiento de su espalda parecía ser la consecuencia lógica de tan extraordinaria estatura. El exceso de estatura estaba sin embargo más que compensado por deficiencias en otros conceptos. Era sumamente flaco y sus compañeros afirmaban que, borracho, podía servir de gallardete en el palo mayor, y que sobrio, no habría estado mal como botalón de bauprés.

Estas chanzas y otras de la misma índole no habían provocado por lo visto jamás la menor reacción en los músculos faciales de la risa de nuestro marinero. Con sus pómulos salientes, su ancha nariz aguileña, su mentón deprimido, su mandíbula inferior caída y sus enormes ojos claros y protuberantes, la expresión de su fisonomía parecía reflejar una obstinada indiferencia por todas las cosas en general sin dejar por ello de mostrar un aire tan solemne y serio que resultaría inútil intentar imitarlo o describirlo.

En su apariencia exterior al menos el marinero más joven era, en todo, el envés de su camarada. Su estatura no pasaba de cuatro pies. Un par de piernas sólidas y arqueadas soportaba su rechoncha y pesada persona mientras los brazos cortos y robustos, terminados en unos puños extraordinarios, colgaban balanceándose a los lados como aletas de una tortuga marina. Unos ojillos de color indefinido centelleaban muy hundidos bajo las cejas. La nariz quedaba sepultada en la masa de carne que envolvía su cara redonda, llena y colorada, y su grueso labio superior descansaba sobre el inferior, aún más carnoso, con un aire de profunda satisfacción, harto aumentada por la costumbre que tenía su propietario de lamérselos de cuando en cuando.

Miraba por supuesto a su altísimo camarada con un sentimiento entreverado de maravilla y burla; de cuando en cuando contemplaba su rostro en lo alto, como el rojizo sol poniente contempla los roquedales del Ben Nevis.

Varias y preñadas de incidentes habían sido las peregrinaciones de aquella divina pareja durante las primeras horas de la noche por las diferentes tabernas de las cercanías. Pero ni las mayores fortunas son eternas, y nuestros amigos se habían aventurado en este último local con los bolsillos vacíos.

En el preciso momento en que comienza esta historia, «Patas» y su compañero Hugh Tarpaulin (1), se hallaban cómodamente apoltronados sobre los codos en la gran mesa de roble del centro de la sala sosteniendo las mejillas con las manos. A través de una gran botella de cerveza, contemplaban las ominosas palabras: no chalk (2) que para su indignación y asombro habían sido garrapateadas en la puerta con el mismísimo mineral cuya presencia pretendían negar.

No es que pretendamos que el don de descifrar los caracteres escritos -facultad que en aquellos días estaba considerada por la comunidad como menos cabalística apenas que el arte de trazarlos- pudiera ser imputado en estricta justicia a los dos discípulos del mar. Pero lo cierto es que en aquellos rasgos había cierto retorcimiento y en el conjunto no se qué indescriptible cabeceo que en opinión de ambos marineros presagiaban una larga singladura de mal tiempo y que les incitaron, según la metafórica expresión de «Patas», «a darle a las bombas, arriar todo el trapo y largarse viento en popa».

Habiendo consumido el resto de la cerveza y después de abotonarse apretadamente sus cortos jubones echaron a correr hacia la puerta. Aunque Tarpaulin rodó dos veces en la chimenea confundiéndola con la salida, terminaron por escabullirse felizmente y a las doce y media de la noche hallamos a nuestros héroes dispuestos a todo evento y bajando a la carrera por una sombría calleja rumbo a Sto Andrews' Stair encarnizadamente perseguidos por la dueña del «Alegre Marinero».

Muchos años antes y después de la época en que sucede esta memorable historia, en toda Inglaterra, pero especialmente en la metrópoli, resonaba periódicamente el espantoso grito de «¡la peste!». La ciudad había quedado despoblada parcialmente y en los horribles parajes próximos al Támesis, entre pasajes y callejuelas sombrías, angostas y sucias, donde parecía haber nacido el demonio de la plaga, erraban tan sólo el Miedo, el Terror y la Superstición.

Aquellos barrios estaban proscritos por real decreto y se prohibía bajo pena de muerte adentrarse en su lúgubre soledad. Sin embargo ni el decreto del monarca, ni las enormes barricadas levantadas a la entrada de las calles, ni siquiera la perspectiva de aquella muerte atroz que casi con absoluta seguridad aniquilaba al desgraciado que osara la aventura, impedían que las casas vacías y desamuebladas fueran saqueadas noche tras noche de toda clase de objetos por quienes buscaban hierro, bronce o plomo que pudieran reportar luego algún beneficio.

Era corriente cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras comprobar que las cerraduras, los cerrojos y las bodegas secretas habían servido de poco para proteger los ricos almacenes de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y las dificultades del transporte, fueron dejados bajo tan insuficiente garantía por numerosos comerciantes con tiendas en la vecindad.

Pocos, sin embargo, entre aquellos aterrorizados ciudadanos, atribuían las rapiñas a la mano del hombre. Los espíritus y los duendes de la peste, los demonios de la fiebre y los dueños de la plaga, eran para el vulgo los trasgos dañinos; contábanse a todas horas relatos tan escalofriantes que el conjunto entero de edificios prohibidos quedó a la larga envuelto en el. terror como en un sudario y los mismos ladrones espantados con frecuencia por el horror que sus propios saqueos habían creado, solían retroceder quedando el vasto círculo del barrio prohibido, abandonado a las tinieblas, al silencio, a la pestilencia y a la muerte.

Una de estas terroríficas barricadas que señalaban el comienzo de la región condenada por el edicto fue la que detuvo la vertiginosa carrera de «Patas» y del digno Hugh Tarpaulin. No había que pensar en retroceder ni podían perder un segundo, pues sus perseguidores les pisaban los talones. Para unos auténticos lobos de mar como ellos trepar por aquella tosca armazón de maderas era una bagatela; y excitados por el doble motivo del ejercicio y del licor escalaron en un segundo la valla, saltaron dentro del recinto y animándose en su huida de borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse por aquellos parajes recónditos, fétidos e intrincados.

De no haber tenido transtornado su sentido moral, sus vacilantes pasos hubieran quedado paralizados por el horror de la situación. El aire era gélido y brumoso; entre la hierba alta y espesa que se les enroscaba a los tobillos yacían las piedras del pavimento desencajadas de sus alvéolos y desparramadas en bárbaro desorden. Las casas derruidas obstruían las calles. Los miasmas más fétidos y ponzoñosos flotaban por doquier; y con ayuda de esa débil luz que incluso a medianoche no deja nunca de emanar de toda atmósfera vaporosa y pestilencial era posible vislumbrar en los pasajes y en las callejuelas, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, la carroña de algún saqueador nocturno detenido en sus rapiñas y fecharías por la mano de la peste.

Pero unas imágenes como aquellas, aquellas sensaciones o aquellos obstáculos no podían sin embargo detener la carrera de dos hombres valerosos por naturaleza y sobre todo en aquel momento en que, rebosantes de arrojo y de cerveza, hubieran penetrado tan en derechura como su tambaleante estado lo hubiese permitido en las mismísimas fauces de la Muerte.

Adelante, siempre adelante se tambaleaba el lúgubre «Patas» haciendo resonar aquella solemne desolación con los ecos de sus aullidos semejantes al terrorífico grito de guerra de los indios; y adelante, siempre adelante rodaba el rechoncho Tarpaulin cogido al jubón de su más ágil compañero pero superando sus más enérgicos esfuerzos en materia de música vocal con mugidos in baso que brotaban del rincón más profundo de sus estentóreos pulmones.

No cabía duda de que habían llegado ya a la ciudadela de la peste. A cada paso, a cada caída su camino se volvía más infecto y horrible, la ruta más angosta e intrincada. Enormes piedras y vigas se desplomaban, de cuando en cuando, de los podridos tejados mostrando con la violencia de sus tétricas caídas la enorme altura de las casas circundantes; y cuando para abrirse paso entre las frecuentes acumulaciones de basura tenían que apelar a enérgicos esfuerzos, no era raro que sus manos cayesen sobre un esqueleto o se hundieran en las carnes descompuestas de algún cadáver.

De repente, y cuando los marineros se tambaleaban frente a los umbrales de un gran edificio de aspecto lúgubre, un gran alarido más agudo que de ordinario brotó de la garganta del excitado «Patas» y fue contestado desde dentro por una rápida sucesión de chillidos salvajes y diabólicos que semejaban carcajadas. Sin arredrarse por aquellos sonidos que dado su índole, lugar y momento hubieran helado la sangre en corazones menos excitados que los suyos, la pareja de borrachos se precipitó de cabeza contra la puerta abriéndola de par en par y entrando a trompicones en medio de una andanada de juramentos.

La habitación en la que se hallaron resultó ser la tienda de un empresario de pompas fúnebres; pero una trampilla abierta en un rincón del piso, junto a la entrada, permitía vislumbrar una larga bodega cuyas profundidades, como lo proclamó un ruido de botellas que se rompen, parecían estar bien surtidas. En el centro de la habitación se levantaba una mesa sobre la que había una enorme sopera de algo que parecía ponche. Botellas de vino y licores diversos, así como jarras, frascos y tazas de todas formas y clases estaban esparcidas profusamente sobre el tablero.

Sentados en soportes de ataúdes veíase una tertulia de seis personas, que trataré de describir una por una.

Enfrente de la puerta y algo más elevado que sus compañeros sentábase un personaje que parecía presidir la mesa. Era tan alto como flaco y «Patas» quedó atónito al ver un ser más descarnado que él. Su rostro era tan amarillo como el azafrán pero ninguna de sus facciones, salvo un rasgo, estaban lo bastante marcadas como para merecer especial descripción. Ese rasgo notable consistía en una frente tan insólita y a tal punto alta que más parecía bonete o corona de carne que cabeza natural.

Su boca se hallaba fruncida y curvada en un pliegue de horrenda afabilidad y sus ojos -como los de las restantes personas sentadas a la mesa- brillaban con los vapores de la embriaguez. Aquel gentleman iba vestido de pies a cabeza con un paño mortuorio de terciopelo negro ricamente bordado que caía al desgaire en torno a su cuerpo a la manera de una capa española. Su cabeza estaba profusamente cubierta de negros penachos como los que utiJizan los caballos en las carrozas fúnebres, que él agitaba de un lado a otro con aire tan garboso como entendido; en la mano derecha sostenía un enorme fémur humano con el cual acababa de golpear a uno de los miembros de la compañía para que cantase.

Frente a él y de espaldas a la puerta hallábase una dama de apariencia no menos extraordinaria. Aunque casi tan alta como el personaje descrito no tenía derecho a quejarse por una delgadez anormal. Al contrario, por las trazas se hallaba en el último grado de hidropesía y su cuerpo se parecía extraordinariamente a la enorme pipa de cerveza que, con la tapa hundida, habla cerca de ella en un rincón de la estancia. Su rostro era perfectamente redondo, rojo y lleno y ofrecía la misma particularidad, o más bien ausencia de particularidad, que mencioné antes en el caso del presidente, es decir, que tan solo un rasgo de su fisonomía requería una descripción especial.

El sagaz Tarpaulin observó en seguida que lo mismo podía decirse de todos los miembros de la reunión pues cada uno de ellos parecía poseer el monopolio de una determinada porción del rostro. En la dama en cuestión esa parte era la boca que, comenzando en la oreja derecha, se extendía como terrorífico abismo hasta la izquierda, al punto que los cortos pendientes que llevaba se le metían constantemente en la abertura. No obstante, ella se esforzaba por mantenerla cerrada y adoptar un aire digno. Vestía una mortaja recién planchada y almidonada que le subía hasta la barbilla cerrándose con un cuello plisado de muselina de batista.

A su derecha hallábase sentada una diminuta damisela a quien la dama parecía proteger. Esta frágil y delicada criatura presentaba indicios evidentes de una tisis galopante a juzgar por el temblor de sus descarnados dedos, la lívida palidez de sus labios y la leve mancha hética que afloraba a su cutis terroso. Pese a ello, un aire de extremado haut ton se difundía por toda su persona; lucía, con un aire tan gracioso como desenvuelto, un ancho y hermoso sudario del más fino linón de la India; sus cabellos colgaban en bucles sobre el cuello y una suave sonrisa jugueteaba en su boca; pero su nariz extremadamente larga, picuda, sinuosa, flexible y llena de barros, pendía más baja que su labio inferior y a pesar de la forma delicada con que de cuando en cuando la movía de un lado a otro con ayuda de la lengua, daba a su fisonomía una expresión ciertamente equívoca.

Frente a ella, a la izquierda de la dama hidrópica, sentábase un viejecito rechoncho, achacoso, asmático y gotoso cuyas mejillas descansaban sobre sus hombros como dos enormes odres de vino de aporto. Cruzado de brazos y con una pierna vendada puesta sobre la mesa parecía contemplarse a sí mismo imaginando que tenía derecho a alguna consideración especial. Indudablemente le enorgullecía mucho cada pulgada de su persona, pero sentía especial deleite en atraer la atención sobre su llamativa levita, prenda que debía haberle costado no poco dinero y que le sentaba admirablemente: estaba hecha con una de esas fundas de seda curiosamente bordadas que en Inglaterra y en otros países sirven para cubrir los escudos de las fachadas de las casas cuando ha muerto algún miembro de la aristocracia.

A su lado, y a la derecha del presidente, veíase un caballero con largas calzas blancas y calzones de algodón. Toda su figura parecía estremecerse de la manera más ridícula como si sufriera un acceso de lo que Tarpaulin llamaba «los horrores». Su mentón recién afeitado se sujetaba fuertemente con una venda de muselina y sus brazos de igual modo atados por las muñecas le impedían servirse con demasiada libertad de los licores de la mesa, precaución que hacía necesaria en opinión de «Patas» el aspecto embotado y avinado de su fisonomía. De todas maneras las prodigiosas orejas de aquel personaje, que sin duda eran imposibles de aprisionar como el resto del cuerpo, se proyectaban en el espacio de la estancia y se estremecían como, en un espasmo al ruido de cada botella que se descorchaba.

Frente a él, sexto y último de la reunión, se hallaba un personaje de aspecto extrañamente rigido, atacado de parálisis, que debía sentirse, hablando en serio, sumamente incómodo dentro de sus vestiduras. En efecto, iba ataviado con un traje singularísimo: un hermoso y flamante ataúd de caoba. El remate apretaba el cráneo del interesado como un casco extendiéndose sobre él a modo de capuchón y prestando a la faz entera un aire de indescriptible interés. A ambos lados el ataud habianse practicado escotaduras para los brazos teniendo en cuenta tanto la elegancia como la comodidad; pero semejante atuendo impedía a su propietario mantenerse erecto en la silla como sus compañeros y yacía reclinado contra su soporte en un ángulo de cuarenta y cinco grados, mientras un par de enormes ojos protuberantes giraban sus terribles globos blanquecinos hacia el techo como asombrados por su propia enormidad.

Ante cada uno de los presentes veíase la mitad de una calavera que servía de copa. Por encima de sus cabezas pendía un esqueleto atado por una pierna a una soga sujeta a una anilla del techo. La otra pierna, libre de semejante ligadura, se apartaba del cuerpo en ángulo recto, haciendo que aquella masa bamboleante bailara y entrechocara a cada ráfaga de viento que penetraba en la estancia. En el cráneo de tan horrenda osamenta había carbones encendidos que lanzaban sobre la escena una luz vacilante pero viva; en cuanto a los féretros y demás objetos propios de una empresa de pomas fúnebres habían sido apilados en torno de la habitación y contra las ventanas impidiendo que escapara a la calle el menor rayo de luz.

A la vista de tan extraordinaria reunión y de sus no menos extraordinarios atavíos nuestros dos marineros no se comportaron con todo el decoro que cabía esperar. Apoyándose contra la pared que tenía más próxima, «Patas» dejó caer su mandíbula inferior más de lo acostumbrado y abrió de par en par sus ojos, mientras Hught Tarpaulin, agachándose hasta que su nariz quedó al nivel de la mesa y apoyando las palmas de las manos en sus rodillas, prorrumpió en un largo, fuerte y estrepitoso rugido que era una descomedida e intempestiva risotada.

Pese a lo cual, sin sentirse ofendido por tan grosera conducta, el alto presidente sonrió con afabilidad a los intrusos, inclinó ante ellos con digno respeto su cabeza adornada con el penacho de plumas y, levantándose, los tomó del brazo y los condujo a un asiento que otro de los asistentes había preparado entre tanto para que se acomodaran. «Patas» no ofreció la más leve resistencia y tomó asiento donde le indicaron, mientras el galante Hugh, trasladando su caballete funerario desde la cabecera de la mesa hasta un lugar cercano a la damisela tísica del sudario, se instaló a su lado lleno de alegría y, echándose al coleto una calavera llena de vino tinto, brindó por una amistad más íntima.

Al oír tal presunción, el tieso caballero vestido con el ataúd pareció sumamente incomodado, y hubieran podido derivarse consecuencias desagradables de no mediar la intervención del presidente, quien luego de golpear en la mesa con su hueso reclamó la atención de los presentes con el discurso que sigue:

-En tan feliz ocasión es nuestro deber...

-¡Sujeta ese cabo! -interrumpió «Patas» con gran seriedad-. Sujeta ese cabo te digo y sepamos quién diablos sois y qué demonios hacéis aquí, aparejados como todos los diablos del infierno y bebiéndoos el buen vino que guarda para el invierno mi excelente piloto Will Wimble, el enterrador!

Ante esta imperdonable muestra de descortesía todos los presentes se incorporaron a medias profiriendo una nueva serie de espantosos y demoníacos chillidos como los que antes atrajeron la atención de los marinos. Con todo, el presidente fue el primero en recobrar la serenidad y, volviéndose con aire digno hacia «Patas», replicó:

-Con mucho gusto satisfaremos tan razonable curiosidad de nuestros ilustres huéspedes a pesar de no haber sido invitados. Sabed que soy el monarca de estos dominios y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de «Rey Peste I». Esta sala que injuriosamente profanáis suponiéndola tienda de Will Wimble, el enterrador, persona a quien no conocemos y cuyo plebeyo nombre no había ofendido hasta esta noche nuestros reales oídos... esta sala, digo, es la sala del trono de nuestro palacio dedicada a los consejos de nuestro reino y a otras sagradas y excelsas finalidades.
La noble dama que frente a mí se sienta es la «Reina Peste», nuestra serenísima consorte. Los otros augustos personajes que contempláis pertenecen a nuestra familia y llevan la marca de la sangre real bajo sus títulos respectivos de «Su Gracia el Archiduque Pest-Ifero», «Su Gracia el Duque Pest-Ilencial» , «Su Gracia el Duque Tem-Pestad» y «Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Ana-Pesta».

«Por lo que concierne -prosiguió él- a vuestra pregunta sobre las razones de nuestra presencia en este consejo, podría dispensársenos el responder, ya que atañe a nuestro privado y exclusivo interés y tan sólo a él y, por tanto, nadie está autorizado a inmiscuirse en absoluto. Pero en consideración a esos derechos de que, como huéspedes y extranjeros, os podríais creer investidos, nos dignaremos explicaros que nos hallamos aquí esta noche, preparados por profundas búsquedas y exactas investigaciones para examinar, analizar y determinar exactamente ese espíritu indefinible, esas incomprensibles cualidades y la índole de los inestimables tesoros del paladar, es decir, los vinos, cervezas y licores de esta excelente metrópoli, para proseguir no sólo nuestros designios, sino para acrecentar además el bienestar de ese sobrenatural soberano que reina sobre todos nosotros, cuyos dominios son ilimitados, y cuyo nombre es «Muerte».

-¡Cuyo nombre es Davy Jones! -gritó Tarpaulin, sirviendo a la dama que tenía a su lado un cráneo de licor y llenando otro para él.

-¡Profano bergante! -gritó el presidente volviendo ahora su atención hacia el indigno Hugh-: ¡Profano y execrable canalla! Hemos dicho que en consideración a esos derechos que ni por tu repugnante persona nos sentimos inclinados a violar, condescendíamos a dar respuesta a vuestras groseras e insensatas preguntas. Pero por tan sacrílega intrusión en nuestro concejo creemos nuestro deber condenarte y multarte, a ti y a tu compañero, a beber un galón con melaza, que brindaréis a la prosperidad de nuestro rieno, de un solo trago y de rodillas; acto seguido quedaréis libres de continuar vuestro camino o quedaros a compartir los privilegios de nuestra mesa conforme a vuestro gusto personal y respectivo.

-Sería cosa materialmente imposible- replicó entonces «Patas», a quien la arrogancia y la dignidad de «Rey Peste I» habían inspirado evidentemente cierto respeto, por lo cual se habían levantado para hablar sujetándose a la mesa-; sería imposible, Majestad, que yo estibara en mi bodega la cuarta parte del licor que acabáis de mencionar. Dejando de lado el cargamento que hemos subido a bordo esta mañana a modo de lastre y sin mencionar los diversos licores y cervezas embarcados por la tarde en diversos puertos, llevo en este momento un cargamento completo de cerveza adquirido y debidamente pagado en la taberna del «Alegre Marinero». Vuestra Majestad tendrá, pues, a bien considerar que la buena voluntad reemplaza el hecho, pues no puedo ni quiero tragar una gota más..., y menos una gota de esa asquerosa agua de sentina que responde al nombre de ron con melaza.

-¡Amarra eso! -intrrumpió Tarpaulin no menos asombrado de la extensión del discurso de su compañero que de la índole de la negativa-. ¡Amarra eso, marinero de agua dulce! Y yo te digo, «Patas», que te dejes de charlatanería. Mi casco está aún liviano, aunque confieso que tú te hundes un poco..., en cuanto a tu parte de cargamento, en vez de armar tanto jaleo ya encontraré estiba para él en mi propia cala; pero...

-Tal arreglo -interrumpió el presidente- está en total disconformidad con los términos del castigo o sentencia que es por naturaleza irrevocable e inapelable. Las condiciones que hemos impuesto deben ser cumplidas al pie de la letra sin un segundo de vacilación..., a falta de cuyo cumplimiento decretamos que ambos seáis atados juntos por el cuello y los talones y debidamente ahogados por rebeldes en ese tonel de cerveza.

-¡Magnífica sentencia! ¡Justo y apropiado castigo! ¡Glorioso decreto! ¡Digna, meritoria y sacrosanta COndena! -gritó al unísono la familia Peste.

El rey frunció su alta frente en innumerables arrugas; el viejecillo gotoso resopló como un par de fuelles; la dama de la mortaja de linón balanceó su nariz de un lado para otro; el caballero de los calzones levantó las orejas; la dama del sudario abrió la boca como un pez agonizante mientras el individuo del ataúd pareció todavía más rígido y reviró los ojos.

-¡Uh, uh, uh! -cacareó Tarpaulin sin fijarse en la excitación general-. ¡Uh, uh, uh! ¡Uh, uh, uh! ¡Uh, uh, uh! Estaba yo diciendo, cuando Mr. «Rey Peste» me interrumpió, que una bagatela de dos o tres galones más o menos de ron con melaza nada pueden hacer a un barco tan sólido como yo sin estar demasiado cargado; pero cuando se trata de beber a la salud del diablo (a quien Dios perdone) y ponerme de rodillas ante ese espantajo de rey a quien conozco tan bien como a mí mismo, pobre pecador que soy..., sí, lo conozco porque se trata de Tim Hurlygurly, el cómico de la legua..., pues bien, en ese caso ya no sé realmente qué pensar.

No le permitieron acabar tranquilamente su discurso. Al oír el nombre de Tim Hurlygurly la reunión entera saltó en sus asientos.

-¡Traición! -gritó su majestad el «Rey Peste 1».
-¡Traición! -gritó el hombrecillo gotoso.
-¡Traición! -gritó la Archiduquesa Ana-Pesta.
-¡Traición! -farfulló el caballero de las mandíbulas atadas.
-¡Traición! -exclamó el del ataúd.
-¡Traición, traición! -aulló su majestad la dama de la bocaza. Y cogiendo por los fondillos de los calzones al infortunado Tarpaulin en el momento en que se disponía a beber otra calavera de licor, lo alzó en el aire y lo dejó caer sin ceremonia alguna en la gran barrica repleta de su cerveza preferida. Empujado de un lado para otro y luego de flotar y hundirse varias veces como una manzana en una ponchera, terminó desapareciendo en el remolino de espuma que sus movimientos habían provocado ya en el efervescente licor.

Pero «Patas» no estaba dispuesto a resignarse ante la derrota de su compañero. Empujando al «Rey Peste» por la trampa abierta, el valiente marinero dejó caer con violencia la tapa sobre él con un juramento y corrió a grandes zancadas hacia el centro de la estancia. Arrancando el esqueleto colgado sobre la mesa, baló de él con tanta energía y buena voluntad que cuando los últimos resplandores se apagaban en la instancia alcanzó a saltar la tapa de los sesos del hombrecillo gotoso.

Precipitándose luego con toda su fuerza contra la fatídica barrica llena de cerveza y de Hugh Tarpaulin, la volcó en un segundo. Brotó un verdadero diluvio de licor tan impetuoso, tan arrolladar, tan terrible, que la habitación quedó inundada de pared a pared, la mesa volcada con cuanto estaba encima, los caballetes derribados patas arriba, la ponchera disparada hacia la chimenea..., y las damas con grandes ataques de nervios. Pilas de accesorios mortuorios flotaban aquí y allá. Jarros, picheles y garrafas se confundían en aquella melée y las damajuanas entrechocaban desesperadamente con los botellones vacíos. El hombre de los «horrores» se ahogó allí mismo, el caballero paralítico salió flotando de su féretro... y el victorioso «Patas», tomando por el talle a la gruesa dama del sudario, se lanzó con ella a la calle y puso proa en derechura hacia el «Free and Easy» seguido, viento en popa, por el temible Hugh Tarpaulin quien, luego de estornudar tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba tras sus talones llevando consigo a la Arquiduquesa Ana-Pesta.

(1) «Tarpaulin»: «lienzo o sombrero encerado» y también «marinero».
(2) «No chalk», es decir, «no se apunta con tiza, no se fía».


lunes, 16 de junio de 2008

YO OS SALUDO "MARIDOS" -- BELEM

HISTORIAS DEL MATRIARCADO
YO OS SALUDO, MARIDOS
BELEM -- (NELLY KAPLAN)



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Desde hace ya milenios, vivimos nuevamente bajo el régimen del matriarcado.

Las mujeres han ganado la partida. Y la han ganado por completo. Estamos pagando acerbamente su antigua servidumbre. Nosotros, los hombres. Y esto dura desde hace milenios.

Sin embargo, a veces tengo la esperanza de un cambio. En la historia de este mundo, los días se siguen y no se parecen. Y es en los libros de historia donde busco un motivo de esperanza. Soy en efecto uno de los muy pocos hombres que gustan aún de la lectura. Durante los largos días que paso recluido en la morada que me ha sido asignada, leo las obras de los antiguos. Incluso las comprendo. Parece que, pese a mi condición, mi inteligencia se halla por encima de la media. Es sin duda por esta razón por lo que ellas me vigilan con una insistencia muy especial. Pero esto no me impide devorar obras que, en destellos, me revelan lo que era el mundo en un lejano pasado, mucho antes del matriarcado. Esto me hace soñar. En vano. Porque jamás saldremos de nuestro estado. La esperanza, verdaderamente, no puede ser más que una ilusión No podemos escapar. Ellas se las han arreglado admirablemente para darnos lo esencial: el albergue, el sustento, incluso el confort. En suma, una especie de anestesia, un anquilosamiento mental que nos encarcela con mayor seguridad que los barrotes de una prisión. Ni siquiera tenemos la idea de intentar una evasión. Y cuando, algunas veces, intento suscitar una revuelta, mis compañeros me miran asustados y se apartan de mí con desconfianza. No comprenden. Quizá me denuncian. Es el eterno masculino, con sus debilidades y sus ruindades. Uno apenas puede fiarse del sexo débil.

Evidentemente, en esta casa de lujo y de lujuria, nada falta a nuestros caprichos. Los días se deslizan en la suavidad del no hacer nada, las noches en el placer. Es cierto también que somos bien tratados y que nunca ~n fin, casi nunca– se nos castiga.

Pero yo no soy feliz.

Ellas lo saben. Creo oírlas aún.

–Tú no serás nunca feliz –me dicen –. Piensas demasiado. ¿Pero para qué? Es más sencillo resignarte. De todos modos, no puedes cambiar la condición del hombre.

–No se puede cambiar un estado de cosas ya establecido. ¿Cómo te explicas que los grandes creadores sean siempre mujeres? –añaden con una suavidad teñida por una cierta irritación.



Tienen razón, lo sé. Los hombres no inventan nunca nada. No crean nunca nada sorprendente. Siempre tienen razón. Incluso cuando se muestran ligeramente apenadas por nuestro incurable cretinismo. Incluso ahí, ¿cómo luchar? Milenios de atavismo nos aplastan.

Y los días, los meses, se deslizan en esta casa donde me albergo. Desde mi más tierna infancia, he sido iniciado en todas las sutilidades de los ritos que las mujeres vienen a celebrar aquí, para olvidar las fatigas de sus jornadas, cansadas de trabajo y de responsabilidades.

Apenas salido del I.D.A.E.V. (Instituto de Altos Estudios Voluptuosos), fui traído aquí. Me hallo, al parecer, excepcionalmente dotado por la naturaleza; intuitivo a la medida de sus deseos, tierno a veces, eficiente siempre. ¿Y cómo no serlo, puesto que lo han previsto todo? Incluso cuando son repulsivas, estamos condicionados para servirles. Es algo más fuerte que nuestra voluntad. Bien, la carne es débil, y ellas han leído todos los libros. Es así que las experiencias científicas de un profesor del siglo XX les han inspirado la solución soñada. Solución que fue aplicada con éxito: en el I.D.A.E.V., durante el transcurso de muy largos años de estudio, cada vez que nos ponían eufóricos –¡y ellas saben cómo lograrlo!– sonaba un timbre en las salas de trabajos prácticos. Esto nos ha dado, después de innumerables sesiones de euforia, un reflejo condicionado tal que al menor eco de un timbre... En resumen, desde el momento en que una mujer, por poco seductora que sea, viene a visitarnos, un astuto sistema de campanillas desencadenado en las habitaciones hace automáticamente de nosotros una inagotable –o casi – víctima maravillada.

Un día, tal vez, todo cambiará de nuevo. Mi intuición me dice que el relevo será efectuado por esos extraños mutantes aparecidos después de la primera Gran Destrucción, esos turbadores andróginos de ojos sembrados de polvo áureo. Por el momento, se hallan aún a nuestro servicio. Pero su extraña sonrisa y la extensión de sus poderes hacen que no me equivoque. Nosotros, los hombres, y las mujeres que actualmente nos dominan, desapareceremos en los siglos venideros. Y creo que esto no será más que lo justo.

Pero esto pertenece al futuro. En este mismo momento, como huésped resignado que soy, oigo unos pasos que suben hacia mi habitación. La puerta se abre. Me siento demasiado cansado para volverme y permanezco tendido indolentemente, con los ojos cerrados.

Una mujer más...

Ella se acerca y, con una voz ahogada por el abuso de los licores marcianos, me saluda. Después comienza a desnudarme. ¿Es hermosa u horrible? Supongo que es tiempo ya de abrir los ojos para saberlo. Pero ya un dulce vértigo de campanillas me da todas las respuestas. Y prefiero permanecer con los ojos cerrados, dejándome llevar, resignado y satisfecho.

No hay revuelta posible. Es, de nuevo, el matriarcado.

FIN

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QUE SE PUEDE ENCONTRAR...?

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º

EL MUNDO AVATAR

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