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domingo, 22 de junio de 2008

El Rey Peste (King Pest) -- EDGAR ALLAN POE

El Rey Peste (King Pest)
Edgar Allan Poe


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«Los dioses sufren y toleran a los reyes cosas que aborrecen en los caminos de la chusma.»
(Buckhurst, La tragedia de Ferrex y Porrex.)

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A las doce de cierta noche del mes de octubre y durante el caballeresco reinado de Eduardo III dos marineros pertenecientes a la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba entre Sluys y el Támesis, anclada entonces en ese río, quedaron muy sorprendidos al hallarse instalados en el local de una taberna de la parroquia de San Andrés, en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «alegre marinero».

El local, aunque de pésima construcción, renegrido por los humos, de techo bajo y conforme en todos los conceptos con el carácter general de los tugurio s de aquella época, se adaptaba bastante bien a sus fines según juicio de los grotescos grupos que lo ocupaban dispersos aquí y allá.

De aquellos grupos, nuestros dos marineros constituían el más interesante, si no el más notable. El que aparentaba más edad y a quien su compañero se dirigía con el característico apelativo de «Patas» era con mucho el más alto de los dos. Podría medir seis pies y medio y un habitual encorvamiento de su espalda parecía ser la consecuencia lógica de tan extraordinaria estatura. El exceso de estatura estaba sin embargo más que compensado por deficiencias en otros conceptos. Era sumamente flaco y sus compañeros afirmaban que, borracho, podía servir de gallardete en el palo mayor, y que sobrio, no habría estado mal como botalón de bauprés.

Estas chanzas y otras de la misma índole no habían provocado por lo visto jamás la menor reacción en los músculos faciales de la risa de nuestro marinero. Con sus pómulos salientes, su ancha nariz aguileña, su mentón deprimido, su mandíbula inferior caída y sus enormes ojos claros y protuberantes, la expresión de su fisonomía parecía reflejar una obstinada indiferencia por todas las cosas en general sin dejar por ello de mostrar un aire tan solemne y serio que resultaría inútil intentar imitarlo o describirlo.

En su apariencia exterior al menos el marinero más joven era, en todo, el envés de su camarada. Su estatura no pasaba de cuatro pies. Un par de piernas sólidas y arqueadas soportaba su rechoncha y pesada persona mientras los brazos cortos y robustos, terminados en unos puños extraordinarios, colgaban balanceándose a los lados como aletas de una tortuga marina. Unos ojillos de color indefinido centelleaban muy hundidos bajo las cejas. La nariz quedaba sepultada en la masa de carne que envolvía su cara redonda, llena y colorada, y su grueso labio superior descansaba sobre el inferior, aún más carnoso, con un aire de profunda satisfacción, harto aumentada por la costumbre que tenía su propietario de lamérselos de cuando en cuando.

Miraba por supuesto a su altísimo camarada con un sentimiento entreverado de maravilla y burla; de cuando en cuando contemplaba su rostro en lo alto, como el rojizo sol poniente contempla los roquedales del Ben Nevis.

Varias y preñadas de incidentes habían sido las peregrinaciones de aquella divina pareja durante las primeras horas de la noche por las diferentes tabernas de las cercanías. Pero ni las mayores fortunas son eternas, y nuestros amigos se habían aventurado en este último local con los bolsillos vacíos.

En el preciso momento en que comienza esta historia, «Patas» y su compañero Hugh Tarpaulin (1), se hallaban cómodamente apoltronados sobre los codos en la gran mesa de roble del centro de la sala sosteniendo las mejillas con las manos. A través de una gran botella de cerveza, contemplaban las ominosas palabras: no chalk (2) que para su indignación y asombro habían sido garrapateadas en la puerta con el mismísimo mineral cuya presencia pretendían negar.

No es que pretendamos que el don de descifrar los caracteres escritos -facultad que en aquellos días estaba considerada por la comunidad como menos cabalística apenas que el arte de trazarlos- pudiera ser imputado en estricta justicia a los dos discípulos del mar. Pero lo cierto es que en aquellos rasgos había cierto retorcimiento y en el conjunto no se qué indescriptible cabeceo que en opinión de ambos marineros presagiaban una larga singladura de mal tiempo y que les incitaron, según la metafórica expresión de «Patas», «a darle a las bombas, arriar todo el trapo y largarse viento en popa».

Habiendo consumido el resto de la cerveza y después de abotonarse apretadamente sus cortos jubones echaron a correr hacia la puerta. Aunque Tarpaulin rodó dos veces en la chimenea confundiéndola con la salida, terminaron por escabullirse felizmente y a las doce y media de la noche hallamos a nuestros héroes dispuestos a todo evento y bajando a la carrera por una sombría calleja rumbo a Sto Andrews' Stair encarnizadamente perseguidos por la dueña del «Alegre Marinero».

Muchos años antes y después de la época en que sucede esta memorable historia, en toda Inglaterra, pero especialmente en la metrópoli, resonaba periódicamente el espantoso grito de «¡la peste!». La ciudad había quedado despoblada parcialmente y en los horribles parajes próximos al Támesis, entre pasajes y callejuelas sombrías, angostas y sucias, donde parecía haber nacido el demonio de la plaga, erraban tan sólo el Miedo, el Terror y la Superstición.

Aquellos barrios estaban proscritos por real decreto y se prohibía bajo pena de muerte adentrarse en su lúgubre soledad. Sin embargo ni el decreto del monarca, ni las enormes barricadas levantadas a la entrada de las calles, ni siquiera la perspectiva de aquella muerte atroz que casi con absoluta seguridad aniquilaba al desgraciado que osara la aventura, impedían que las casas vacías y desamuebladas fueran saqueadas noche tras noche de toda clase de objetos por quienes buscaban hierro, bronce o plomo que pudieran reportar luego algún beneficio.

Era corriente cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras comprobar que las cerraduras, los cerrojos y las bodegas secretas habían servido de poco para proteger los ricos almacenes de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y las dificultades del transporte, fueron dejados bajo tan insuficiente garantía por numerosos comerciantes con tiendas en la vecindad.

Pocos, sin embargo, entre aquellos aterrorizados ciudadanos, atribuían las rapiñas a la mano del hombre. Los espíritus y los duendes de la peste, los demonios de la fiebre y los dueños de la plaga, eran para el vulgo los trasgos dañinos; contábanse a todas horas relatos tan escalofriantes que el conjunto entero de edificios prohibidos quedó a la larga envuelto en el. terror como en un sudario y los mismos ladrones espantados con frecuencia por el horror que sus propios saqueos habían creado, solían retroceder quedando el vasto círculo del barrio prohibido, abandonado a las tinieblas, al silencio, a la pestilencia y a la muerte.

Una de estas terroríficas barricadas que señalaban el comienzo de la región condenada por el edicto fue la que detuvo la vertiginosa carrera de «Patas» y del digno Hugh Tarpaulin. No había que pensar en retroceder ni podían perder un segundo, pues sus perseguidores les pisaban los talones. Para unos auténticos lobos de mar como ellos trepar por aquella tosca armazón de maderas era una bagatela; y excitados por el doble motivo del ejercicio y del licor escalaron en un segundo la valla, saltaron dentro del recinto y animándose en su huida de borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse por aquellos parajes recónditos, fétidos e intrincados.

De no haber tenido transtornado su sentido moral, sus vacilantes pasos hubieran quedado paralizados por el horror de la situación. El aire era gélido y brumoso; entre la hierba alta y espesa que se les enroscaba a los tobillos yacían las piedras del pavimento desencajadas de sus alvéolos y desparramadas en bárbaro desorden. Las casas derruidas obstruían las calles. Los miasmas más fétidos y ponzoñosos flotaban por doquier; y con ayuda de esa débil luz que incluso a medianoche no deja nunca de emanar de toda atmósfera vaporosa y pestilencial era posible vislumbrar en los pasajes y en las callejuelas, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, la carroña de algún saqueador nocturno detenido en sus rapiñas y fecharías por la mano de la peste.

Pero unas imágenes como aquellas, aquellas sensaciones o aquellos obstáculos no podían sin embargo detener la carrera de dos hombres valerosos por naturaleza y sobre todo en aquel momento en que, rebosantes de arrojo y de cerveza, hubieran penetrado tan en derechura como su tambaleante estado lo hubiese permitido en las mismísimas fauces de la Muerte.

Adelante, siempre adelante se tambaleaba el lúgubre «Patas» haciendo resonar aquella solemne desolación con los ecos de sus aullidos semejantes al terrorífico grito de guerra de los indios; y adelante, siempre adelante rodaba el rechoncho Tarpaulin cogido al jubón de su más ágil compañero pero superando sus más enérgicos esfuerzos en materia de música vocal con mugidos in baso que brotaban del rincón más profundo de sus estentóreos pulmones.

No cabía duda de que habían llegado ya a la ciudadela de la peste. A cada paso, a cada caída su camino se volvía más infecto y horrible, la ruta más angosta e intrincada. Enormes piedras y vigas se desplomaban, de cuando en cuando, de los podridos tejados mostrando con la violencia de sus tétricas caídas la enorme altura de las casas circundantes; y cuando para abrirse paso entre las frecuentes acumulaciones de basura tenían que apelar a enérgicos esfuerzos, no era raro que sus manos cayesen sobre un esqueleto o se hundieran en las carnes descompuestas de algún cadáver.

De repente, y cuando los marineros se tambaleaban frente a los umbrales de un gran edificio de aspecto lúgubre, un gran alarido más agudo que de ordinario brotó de la garganta del excitado «Patas» y fue contestado desde dentro por una rápida sucesión de chillidos salvajes y diabólicos que semejaban carcajadas. Sin arredrarse por aquellos sonidos que dado su índole, lugar y momento hubieran helado la sangre en corazones menos excitados que los suyos, la pareja de borrachos se precipitó de cabeza contra la puerta abriéndola de par en par y entrando a trompicones en medio de una andanada de juramentos.

La habitación en la que se hallaron resultó ser la tienda de un empresario de pompas fúnebres; pero una trampilla abierta en un rincón del piso, junto a la entrada, permitía vislumbrar una larga bodega cuyas profundidades, como lo proclamó un ruido de botellas que se rompen, parecían estar bien surtidas. En el centro de la habitación se levantaba una mesa sobre la que había una enorme sopera de algo que parecía ponche. Botellas de vino y licores diversos, así como jarras, frascos y tazas de todas formas y clases estaban esparcidas profusamente sobre el tablero.

Sentados en soportes de ataúdes veíase una tertulia de seis personas, que trataré de describir una por una.

Enfrente de la puerta y algo más elevado que sus compañeros sentábase un personaje que parecía presidir la mesa. Era tan alto como flaco y «Patas» quedó atónito al ver un ser más descarnado que él. Su rostro era tan amarillo como el azafrán pero ninguna de sus facciones, salvo un rasgo, estaban lo bastante marcadas como para merecer especial descripción. Ese rasgo notable consistía en una frente tan insólita y a tal punto alta que más parecía bonete o corona de carne que cabeza natural.

Su boca se hallaba fruncida y curvada en un pliegue de horrenda afabilidad y sus ojos -como los de las restantes personas sentadas a la mesa- brillaban con los vapores de la embriaguez. Aquel gentleman iba vestido de pies a cabeza con un paño mortuorio de terciopelo negro ricamente bordado que caía al desgaire en torno a su cuerpo a la manera de una capa española. Su cabeza estaba profusamente cubierta de negros penachos como los que utiJizan los caballos en las carrozas fúnebres, que él agitaba de un lado a otro con aire tan garboso como entendido; en la mano derecha sostenía un enorme fémur humano con el cual acababa de golpear a uno de los miembros de la compañía para que cantase.

Frente a él y de espaldas a la puerta hallábase una dama de apariencia no menos extraordinaria. Aunque casi tan alta como el personaje descrito no tenía derecho a quejarse por una delgadez anormal. Al contrario, por las trazas se hallaba en el último grado de hidropesía y su cuerpo se parecía extraordinariamente a la enorme pipa de cerveza que, con la tapa hundida, habla cerca de ella en un rincón de la estancia. Su rostro era perfectamente redondo, rojo y lleno y ofrecía la misma particularidad, o más bien ausencia de particularidad, que mencioné antes en el caso del presidente, es decir, que tan solo un rasgo de su fisonomía requería una descripción especial.

El sagaz Tarpaulin observó en seguida que lo mismo podía decirse de todos los miembros de la reunión pues cada uno de ellos parecía poseer el monopolio de una determinada porción del rostro. En la dama en cuestión esa parte era la boca que, comenzando en la oreja derecha, se extendía como terrorífico abismo hasta la izquierda, al punto que los cortos pendientes que llevaba se le metían constantemente en la abertura. No obstante, ella se esforzaba por mantenerla cerrada y adoptar un aire digno. Vestía una mortaja recién planchada y almidonada que le subía hasta la barbilla cerrándose con un cuello plisado de muselina de batista.

A su derecha hallábase sentada una diminuta damisela a quien la dama parecía proteger. Esta frágil y delicada criatura presentaba indicios evidentes de una tisis galopante a juzgar por el temblor de sus descarnados dedos, la lívida palidez de sus labios y la leve mancha hética que afloraba a su cutis terroso. Pese a ello, un aire de extremado haut ton se difundía por toda su persona; lucía, con un aire tan gracioso como desenvuelto, un ancho y hermoso sudario del más fino linón de la India; sus cabellos colgaban en bucles sobre el cuello y una suave sonrisa jugueteaba en su boca; pero su nariz extremadamente larga, picuda, sinuosa, flexible y llena de barros, pendía más baja que su labio inferior y a pesar de la forma delicada con que de cuando en cuando la movía de un lado a otro con ayuda de la lengua, daba a su fisonomía una expresión ciertamente equívoca.

Frente a ella, a la izquierda de la dama hidrópica, sentábase un viejecito rechoncho, achacoso, asmático y gotoso cuyas mejillas descansaban sobre sus hombros como dos enormes odres de vino de aporto. Cruzado de brazos y con una pierna vendada puesta sobre la mesa parecía contemplarse a sí mismo imaginando que tenía derecho a alguna consideración especial. Indudablemente le enorgullecía mucho cada pulgada de su persona, pero sentía especial deleite en atraer la atención sobre su llamativa levita, prenda que debía haberle costado no poco dinero y que le sentaba admirablemente: estaba hecha con una de esas fundas de seda curiosamente bordadas que en Inglaterra y en otros países sirven para cubrir los escudos de las fachadas de las casas cuando ha muerto algún miembro de la aristocracia.

A su lado, y a la derecha del presidente, veíase un caballero con largas calzas blancas y calzones de algodón. Toda su figura parecía estremecerse de la manera más ridícula como si sufriera un acceso de lo que Tarpaulin llamaba «los horrores». Su mentón recién afeitado se sujetaba fuertemente con una venda de muselina y sus brazos de igual modo atados por las muñecas le impedían servirse con demasiada libertad de los licores de la mesa, precaución que hacía necesaria en opinión de «Patas» el aspecto embotado y avinado de su fisonomía. De todas maneras las prodigiosas orejas de aquel personaje, que sin duda eran imposibles de aprisionar como el resto del cuerpo, se proyectaban en el espacio de la estancia y se estremecían como, en un espasmo al ruido de cada botella que se descorchaba.

Frente a él, sexto y último de la reunión, se hallaba un personaje de aspecto extrañamente rigido, atacado de parálisis, que debía sentirse, hablando en serio, sumamente incómodo dentro de sus vestiduras. En efecto, iba ataviado con un traje singularísimo: un hermoso y flamante ataúd de caoba. El remate apretaba el cráneo del interesado como un casco extendiéndose sobre él a modo de capuchón y prestando a la faz entera un aire de indescriptible interés. A ambos lados el ataud habianse practicado escotaduras para los brazos teniendo en cuenta tanto la elegancia como la comodidad; pero semejante atuendo impedía a su propietario mantenerse erecto en la silla como sus compañeros y yacía reclinado contra su soporte en un ángulo de cuarenta y cinco grados, mientras un par de enormes ojos protuberantes giraban sus terribles globos blanquecinos hacia el techo como asombrados por su propia enormidad.

Ante cada uno de los presentes veíase la mitad de una calavera que servía de copa. Por encima de sus cabezas pendía un esqueleto atado por una pierna a una soga sujeta a una anilla del techo. La otra pierna, libre de semejante ligadura, se apartaba del cuerpo en ángulo recto, haciendo que aquella masa bamboleante bailara y entrechocara a cada ráfaga de viento que penetraba en la estancia. En el cráneo de tan horrenda osamenta había carbones encendidos que lanzaban sobre la escena una luz vacilante pero viva; en cuanto a los féretros y demás objetos propios de una empresa de pomas fúnebres habían sido apilados en torno de la habitación y contra las ventanas impidiendo que escapara a la calle el menor rayo de luz.

A la vista de tan extraordinaria reunión y de sus no menos extraordinarios atavíos nuestros dos marineros no se comportaron con todo el decoro que cabía esperar. Apoyándose contra la pared que tenía más próxima, «Patas» dejó caer su mandíbula inferior más de lo acostumbrado y abrió de par en par sus ojos, mientras Hught Tarpaulin, agachándose hasta que su nariz quedó al nivel de la mesa y apoyando las palmas de las manos en sus rodillas, prorrumpió en un largo, fuerte y estrepitoso rugido que era una descomedida e intempestiva risotada.

Pese a lo cual, sin sentirse ofendido por tan grosera conducta, el alto presidente sonrió con afabilidad a los intrusos, inclinó ante ellos con digno respeto su cabeza adornada con el penacho de plumas y, levantándose, los tomó del brazo y los condujo a un asiento que otro de los asistentes había preparado entre tanto para que se acomodaran. «Patas» no ofreció la más leve resistencia y tomó asiento donde le indicaron, mientras el galante Hugh, trasladando su caballete funerario desde la cabecera de la mesa hasta un lugar cercano a la damisela tísica del sudario, se instaló a su lado lleno de alegría y, echándose al coleto una calavera llena de vino tinto, brindó por una amistad más íntima.

Al oír tal presunción, el tieso caballero vestido con el ataúd pareció sumamente incomodado, y hubieran podido derivarse consecuencias desagradables de no mediar la intervención del presidente, quien luego de golpear en la mesa con su hueso reclamó la atención de los presentes con el discurso que sigue:

-En tan feliz ocasión es nuestro deber...

-¡Sujeta ese cabo! -interrumpió «Patas» con gran seriedad-. Sujeta ese cabo te digo y sepamos quién diablos sois y qué demonios hacéis aquí, aparejados como todos los diablos del infierno y bebiéndoos el buen vino que guarda para el invierno mi excelente piloto Will Wimble, el enterrador!

Ante esta imperdonable muestra de descortesía todos los presentes se incorporaron a medias profiriendo una nueva serie de espantosos y demoníacos chillidos como los que antes atrajeron la atención de los marinos. Con todo, el presidente fue el primero en recobrar la serenidad y, volviéndose con aire digno hacia «Patas», replicó:

-Con mucho gusto satisfaremos tan razonable curiosidad de nuestros ilustres huéspedes a pesar de no haber sido invitados. Sabed que soy el monarca de estos dominios y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de «Rey Peste I». Esta sala que injuriosamente profanáis suponiéndola tienda de Will Wimble, el enterrador, persona a quien no conocemos y cuyo plebeyo nombre no había ofendido hasta esta noche nuestros reales oídos... esta sala, digo, es la sala del trono de nuestro palacio dedicada a los consejos de nuestro reino y a otras sagradas y excelsas finalidades.
La noble dama que frente a mí se sienta es la «Reina Peste», nuestra serenísima consorte. Los otros augustos personajes que contempláis pertenecen a nuestra familia y llevan la marca de la sangre real bajo sus títulos respectivos de «Su Gracia el Archiduque Pest-Ifero», «Su Gracia el Duque Pest-Ilencial» , «Su Gracia el Duque Tem-Pestad» y «Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Ana-Pesta».

«Por lo que concierne -prosiguió él- a vuestra pregunta sobre las razones de nuestra presencia en este consejo, podría dispensársenos el responder, ya que atañe a nuestro privado y exclusivo interés y tan sólo a él y, por tanto, nadie está autorizado a inmiscuirse en absoluto. Pero en consideración a esos derechos de que, como huéspedes y extranjeros, os podríais creer investidos, nos dignaremos explicaros que nos hallamos aquí esta noche, preparados por profundas búsquedas y exactas investigaciones para examinar, analizar y determinar exactamente ese espíritu indefinible, esas incomprensibles cualidades y la índole de los inestimables tesoros del paladar, es decir, los vinos, cervezas y licores de esta excelente metrópoli, para proseguir no sólo nuestros designios, sino para acrecentar además el bienestar de ese sobrenatural soberano que reina sobre todos nosotros, cuyos dominios son ilimitados, y cuyo nombre es «Muerte».

-¡Cuyo nombre es Davy Jones! -gritó Tarpaulin, sirviendo a la dama que tenía a su lado un cráneo de licor y llenando otro para él.

-¡Profano bergante! -gritó el presidente volviendo ahora su atención hacia el indigno Hugh-: ¡Profano y execrable canalla! Hemos dicho que en consideración a esos derechos que ni por tu repugnante persona nos sentimos inclinados a violar, condescendíamos a dar respuesta a vuestras groseras e insensatas preguntas. Pero por tan sacrílega intrusión en nuestro concejo creemos nuestro deber condenarte y multarte, a ti y a tu compañero, a beber un galón con melaza, que brindaréis a la prosperidad de nuestro rieno, de un solo trago y de rodillas; acto seguido quedaréis libres de continuar vuestro camino o quedaros a compartir los privilegios de nuestra mesa conforme a vuestro gusto personal y respectivo.

-Sería cosa materialmente imposible- replicó entonces «Patas», a quien la arrogancia y la dignidad de «Rey Peste I» habían inspirado evidentemente cierto respeto, por lo cual se habían levantado para hablar sujetándose a la mesa-; sería imposible, Majestad, que yo estibara en mi bodega la cuarta parte del licor que acabáis de mencionar. Dejando de lado el cargamento que hemos subido a bordo esta mañana a modo de lastre y sin mencionar los diversos licores y cervezas embarcados por la tarde en diversos puertos, llevo en este momento un cargamento completo de cerveza adquirido y debidamente pagado en la taberna del «Alegre Marinero». Vuestra Majestad tendrá, pues, a bien considerar que la buena voluntad reemplaza el hecho, pues no puedo ni quiero tragar una gota más..., y menos una gota de esa asquerosa agua de sentina que responde al nombre de ron con melaza.

-¡Amarra eso! -intrrumpió Tarpaulin no menos asombrado de la extensión del discurso de su compañero que de la índole de la negativa-. ¡Amarra eso, marinero de agua dulce! Y yo te digo, «Patas», que te dejes de charlatanería. Mi casco está aún liviano, aunque confieso que tú te hundes un poco..., en cuanto a tu parte de cargamento, en vez de armar tanto jaleo ya encontraré estiba para él en mi propia cala; pero...

-Tal arreglo -interrumpió el presidente- está en total disconformidad con los términos del castigo o sentencia que es por naturaleza irrevocable e inapelable. Las condiciones que hemos impuesto deben ser cumplidas al pie de la letra sin un segundo de vacilación..., a falta de cuyo cumplimiento decretamos que ambos seáis atados juntos por el cuello y los talones y debidamente ahogados por rebeldes en ese tonel de cerveza.

-¡Magnífica sentencia! ¡Justo y apropiado castigo! ¡Glorioso decreto! ¡Digna, meritoria y sacrosanta COndena! -gritó al unísono la familia Peste.

El rey frunció su alta frente en innumerables arrugas; el viejecillo gotoso resopló como un par de fuelles; la dama de la mortaja de linón balanceó su nariz de un lado para otro; el caballero de los calzones levantó las orejas; la dama del sudario abrió la boca como un pez agonizante mientras el individuo del ataúd pareció todavía más rígido y reviró los ojos.

-¡Uh, uh, uh! -cacareó Tarpaulin sin fijarse en la excitación general-. ¡Uh, uh, uh! ¡Uh, uh, uh! ¡Uh, uh, uh! Estaba yo diciendo, cuando Mr. «Rey Peste» me interrumpió, que una bagatela de dos o tres galones más o menos de ron con melaza nada pueden hacer a un barco tan sólido como yo sin estar demasiado cargado; pero cuando se trata de beber a la salud del diablo (a quien Dios perdone) y ponerme de rodillas ante ese espantajo de rey a quien conozco tan bien como a mí mismo, pobre pecador que soy..., sí, lo conozco porque se trata de Tim Hurlygurly, el cómico de la legua..., pues bien, en ese caso ya no sé realmente qué pensar.

No le permitieron acabar tranquilamente su discurso. Al oír el nombre de Tim Hurlygurly la reunión entera saltó en sus asientos.

-¡Traición! -gritó su majestad el «Rey Peste 1».
-¡Traición! -gritó el hombrecillo gotoso.
-¡Traición! -gritó la Archiduquesa Ana-Pesta.
-¡Traición! -farfulló el caballero de las mandíbulas atadas.
-¡Traición! -exclamó el del ataúd.
-¡Traición, traición! -aulló su majestad la dama de la bocaza. Y cogiendo por los fondillos de los calzones al infortunado Tarpaulin en el momento en que se disponía a beber otra calavera de licor, lo alzó en el aire y lo dejó caer sin ceremonia alguna en la gran barrica repleta de su cerveza preferida. Empujado de un lado para otro y luego de flotar y hundirse varias veces como una manzana en una ponchera, terminó desapareciendo en el remolino de espuma que sus movimientos habían provocado ya en el efervescente licor.

Pero «Patas» no estaba dispuesto a resignarse ante la derrota de su compañero. Empujando al «Rey Peste» por la trampa abierta, el valiente marinero dejó caer con violencia la tapa sobre él con un juramento y corrió a grandes zancadas hacia el centro de la estancia. Arrancando el esqueleto colgado sobre la mesa, baló de él con tanta energía y buena voluntad que cuando los últimos resplandores se apagaban en la instancia alcanzó a saltar la tapa de los sesos del hombrecillo gotoso.

Precipitándose luego con toda su fuerza contra la fatídica barrica llena de cerveza y de Hugh Tarpaulin, la volcó en un segundo. Brotó un verdadero diluvio de licor tan impetuoso, tan arrolladar, tan terrible, que la habitación quedó inundada de pared a pared, la mesa volcada con cuanto estaba encima, los caballetes derribados patas arriba, la ponchera disparada hacia la chimenea..., y las damas con grandes ataques de nervios. Pilas de accesorios mortuorios flotaban aquí y allá. Jarros, picheles y garrafas se confundían en aquella melée y las damajuanas entrechocaban desesperadamente con los botellones vacíos. El hombre de los «horrores» se ahogó allí mismo, el caballero paralítico salió flotando de su féretro... y el victorioso «Patas», tomando por el talle a la gruesa dama del sudario, se lanzó con ella a la calle y puso proa en derechura hacia el «Free and Easy» seguido, viento en popa, por el temible Hugh Tarpaulin quien, luego de estornudar tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba tras sus talones llevando consigo a la Arquiduquesa Ana-Pesta.

(1) «Tarpaulin»: «lienzo o sombrero encerado» y también «marinero».
(2) «No chalk», es decir, «no se apunta con tiza, no se fía».


domingo, 27 de abril de 2008

El Barril de Amontillado -- Edgar Allan Poe


Edgar Allan Poe
El Barril de Amontillado
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Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré
vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante,
que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un
punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de
peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin
reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi
buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda
consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos
tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que
el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos.
En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en
cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo
era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva
cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje
muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con
cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, este es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene
usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis
dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometerla tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. El es un buen entendido.
El me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso.
Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las
bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les
había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no
estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a
través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una
larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los
últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
- No es nada -dijo por último.
- Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado,
admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que
mí respecta, es distint o. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad.
Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté -. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas,
tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le di je, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente
rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc.
Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
- El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora
estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
- No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con
ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
- ¿No comprende usted? -preguntó.
- No -le contesté.
- Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
- ¿Cómo?
- ¿No pertenece usted a la masonería?
- Sí, sí -dije-; sí, sí.
- ¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
- Un masón -repliqué.
- A ver, un signo -dijo.
- Este -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
- Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
- Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de
una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una
profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.
En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados
restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo.
Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo,
formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había
quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía
otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y
con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso
determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes
pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una
de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
- Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
- Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y
perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos
argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los
eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme
resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
- Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese.
¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
- Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a
un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.
Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la
embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.
El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo
luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda,
la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos
minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se
apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a
la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima
de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tir ar es -
tocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para
tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la
pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima
hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero
entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je,
je, je! a propósito de nuestro vino!
¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady
Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior.
Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las
catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra
y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante
medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

lunes, 21 de abril de 2008

EDGAR ALLAN POR -- EL CUERVO Y OTROS POEMAS


EL CUERVO
Y OTROS POEMAS
EDGAR A. POE


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***
EL VALLE DE LA INQUIETUD


¡Hubo aquí, antaño, un valle callado y sonriente
donde nadie habitaba.
Partiéronse las gentes a la guerra,
dejando a los luceros de ojos dulces,
que velaran, de noche, desde azuladas torres
las flores y en el centro del valle cada día
la roja luz del sol yacía indolente.
Mas ya quien lo visite advertiría
la inquietud de ese valle melancólico.
No hay en él nada quieto
sino el aire que ampara
aquella soledad de maravilla.
¡Ah! Ningún viento mece aquellos árboles
que palpitan al modo de los helados mares
en torno de las Hébridas brumosas.
¡Ah! Ningún viento arrastra aquellas nubes,
que crujen levemente por el cielo intranquilo,
turbadas desde el alba hasta la noche
sobre las violetas que allí yacen,
como ojos humanos de mil suertes,
sobre ondulantes lirios,
que lloran en las tumbas ignoradas.
Ondulan, y de sus fragantes cimas
cae eterno rocío, gota a gota.
Lloran, y por sus tallos delicados,
como aljofar, van lágrimas perennes.




***
EL DÍA MÁS FELIZ



El día más feliz, la hora más dichosa
Que mi triste y marchito corazón vivió
Y esa esperanza de poder y orgullo que vanidosa
Presta voló.


¿Dije poder? Pues sí, tal yo pensaba,
Pero ¡ay!, ha tiempo que se desvanecieron
Las visiones que en mi juventud guardaba


Y al final murieron.
¿Y el orgullo? ¿Qué tengo yo que ver contigo?
Aún es posible que otra infausta alma
Reciba el veneno que me diste enemigo


El día más feliz, la hora más dichosa
Que mis ojos verán o han visto enardecidos,
Del orgullo y poder la visión majestuosa ,
¡Son sueños idos!


Mas si aquella esperanza de poder y de orgullo
Se me ofreciera hoy con su dolor y su melancolía
Pienso que aun así el vano orgullo
Una vez más no viviría.


Porque en sus alas hubo un polvo oscuro
Que al aletear cayó en lluvia dispersa
Esencia poderosa y malhadada
Que mata al alma con su roce impuro.




***
EL PALACIO EMBRUJADO



De nuestros valles el más lozano
Un gran palacio muy elevado
Radiante y bello guardaba antaño
De ángeles santos fuera poblado.
Era el dominio del buen Monarca
Del Pensamiento.
Ningún querube con su ala abarca
Tal monumento.

Las oriflamas flotan gloriosas
Áureas al viento desde el tejado,
(Esto en el viejo tiempo pasado
De antiguas cosas)
Toda voluta de aire retoza
En la dulzura de un día tal.
Hay un perfume alado ideal
Que las almenas apenas roza.


Del feliz valle los visitantes
Por dos ventanas solían ver
Danza de espíritus, al ofrecer
Laúd templado notas vibrantes,
Mientras que en trono alto y sereno,


(¡Porfirogeno!)
Ver se podía al soberano del reino arcano.
Perlas, rubíes, grato dechado
la perla augusta resplandecía
Allí fluía... allí fluía...
El eco cuyo deber alado
Era cantar
Al genio ilustre, genio dorado
Del Rey sin par.


Viles villanos que el luto emboza
Se apoderaron del alto Estado
(¡Nunca hay mañana para el cuidado!)
¡Duelo que el tiempo jamás desbroza!
Hoy en su casa ya no es la gloria
La flor ambigua
Pues sólo queda dormida historia
Leyenda antigua.


Y los viajeros que al valle bajan
Por dos ventanas de fatuo fuego
Ven vastas formas que se barajan
A un son discorde en raro juego
Y un río horrendo que se desliza
Bajo el portón pálido y seco,
Torrente horrible, eterno eco
De carcajada ya sin sonrisa.



***
AL SILENCIO


Hay cualidades, incorpóreos seres
que tienen doble vida y son espejo
de esa entidad gemela que dimana .
de materia y de luz, sólido y sombra.


Hay un doble silencio -mar y costa-
cuerpo y alma. Uno mora en sitios solos
con nuevas hierbas; una grave gracia,
algún recuerdo humano, algunas lágrimas,
Quítanle horror, su nombre es «ya no más»
es el silencio corporal: ¡No temas!
Carece del poder de hacer el mal.


Mas, si el hado veloz (¡suerte imprevista!)
te presenta su sombra (elfo su nombre
que vaga en soledades, que no ha hollado
el pie del hombre), encomiéndate a Dios.


***
ULALUME


Los cielos cenicientos y sombríos,
crespas las hojas, lívidas y mustias,
y era una noche del doliente octubre
del tiempo inmemorial entre las brumas,
era en las tristes márgenes del Auber,
el lago tenebroso de aguas mudas,
ante los bosques tétricos del Weir,
la región espectral de la pavura.


A solas con mi alma recorría
avenida titánica y oscura
de fúnebres cipreses, o con mi alma,
con Psiquis, alma que el misterio turba...
Era la edad del corazón volcánico
como las llamas del Yaanek sulfúreas,
como las lavas del Yaanek que brotan
allá del polo en la región nocturna.

Pocas palabras nos dijimos, era
como una confidencia íntima y muda;
palabras serias, pensamientos graves
que la memoria para siempre turban;
no recordamos que era el triste octubre,
que era la noche, ¡noche infausta y única!
no recordamos la región del Auber
que tanto conoció mi desventura,
ni el bosque fantasmagórico del Weir,
la región espectral de la pavura.


Y cuando la noche avanza
de estrellas al vago temblor
al fin de la oscura avenida
un lánguido rayo se ve,
fulgor diamantino que anuncia
de fúnebre velo al través,
que emerge de nube fantástica
la Luna, la blanca Astarté.


Y yo dije a mi alma: «Más que Diana
ardiente aquella misteriosa Luna
rueda al través de un éter de suspiros;
lágrimas de su faz una por una
caen donde el gusano nunca muere.
Para mostrarnos la celeste ruta
y el alma imperio de la paz letea
atrás deja a Leo en las alturas,
sus estrellas traspasando,
de Leo a su despecho, ora nos busca
y sus miradas límpidas y dulces
son las miradas que el amor anuncian.»


Mas, Psiquis dijo señalando al cielo:
«La palidez de ese astro me conturba;
pronto, huyamos de aquí pronto, es preciso».
Y de sus alas recogió las plumas
con intenso terror, y sollozando,
presa de pronto de invencible angustia
plegó las alas hasta el polvo frío
lentas dejando descender las plumas.


Y yo le dije: «Tu terror es vano,
sigamos esa luz trémula y pura,
que nos bañen sus rayos cristalinos,
sus rayos sibilinos que ya auguran
e irradian la belleza y la esperanza.
Mira: la senda de los cielos busca:
Sigamos sin temor sus limpias rayas
Que ellos a playa llevarán seguro,
sigamos esa luz limpia y tranquila
a través de la bóveda cerúlea».


Tranquilicé a mi Psiquis y besándola
de su mente aparté las inquietudes
y sus zozobras disipé profundas,
y convencerla que siguiera pude.
Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nunca
llegara! Al fin de la avenida lúgubre
nos detuvo la puerta de una tumba
¡oh triste noche del lejano octubre!
nos detuvo la losa de una tumba,
de legendario monumento fúnebre.
¡Oh, hermana! -dije- ¿Qué inscripción confusa
en la sellada losa se descubre?
Respondióme: «Ulalume», ésta es su tumba,
¡la tumba de tu pálida Ulalume!


Quedó mi corazón como ese cielo
ceniciento, como esas hojas mustias,
como esas hojas yertas y crispadas.
¡Ay!, pensé: el mismo octubre fue sin duda
fue en esa misma noche cuando vine
al través del horror y de la bruma
aquí trayendo mi doliente carga.
¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna!
¡Oh!, ¿qué infernal espíritu me trajo
a esta región fatal de la tristura?
Bien conozco el mudo lago del Auber,
y esta comarca que el horror anubla,
y el bosque fantástico de Weir,
¡la región espectral de la pavura!


***

EL LAGO


De mi vida en la distante primavera, jubilosa primavera,
Dirigí mi paso errante a una mágica ribera.
La ribera solitaria, la ribera silenciosa
De un salvaje lago ignoto que circundan y oscurecen
Negra cinta rocallosa
Y copudos altos Dinos que las auras estremecen
Pero cuando allí la noche su fúnebre manto arroja
Y el místico y gemebundo viento de su melodía,
Entonces, ¡oh!, entonces quiere despertar de su congoja
Del terror del lago triste, despertar el alma mía.
Mas ese terror que dejaba en mi espíritu contento;
Hoy, ni las joyas ni el afán de la riqueza,
Como antes, a contemplarlo llevarán mi pensamiento,
Ni el amor por más que fuese el amor de tu belleza.
La muerte estaba en el fondo de la ola envenenada,
Y una tumba en lo más hondo, pérfidamente adornada
Para quien a su amargura breve tregua hubiera dado
Un solaz, a los dolores de su espíritu afligido,
Y en un Edén transformado
El salvaje lago ignoto, lago triste y escondido.


***
LOS ESPÍRITUS DE LA MUERTE

I

Tu alma, con sus sombríos pensamientos,
Se hallará sola en la siniestra tumba.
Nadie querrá saber lo que en secreto
Tu corazón y tu conciencia ocultan.

II

Sé silencioso en soledad tan grande,
Que no es tal soledad, pues te circundan,
Los espíritus todos de la muerte,
Que ya en vida rondaban en tu busca.
Ellos querrán ensombrecerte el alma
Con sus negros arcanos y sus dudas.
Sé silencioso en soledad tan grande;
Cierra los labios cual la misma tumba.

III

Y la noche, aunque clara y luminosa,
Se tornará de pronto en cueva oscura;
Desde sus altos tronos las estrellas
No alumbrarán tu soledad adusta.
Mas sus rojizos globos sin fulgores
Han de ser a tu tedio y a tu angustia
Como incendio voraz, cual una fiebre
De los que libre no has de verte nunca.

IV

No podrás desechar los pensamientos
Ni las visiones que tu mente turban,
Y que antes en tu espíritu dejaban
La huella del rocío en la llanura.

V

La brisa, que es de Dios el puro aliento,
Soplará en torno de la helada tumba,
Y en la colina tenderá su velo
La niebla vaporosa y taciturna.
Las tinieblas, las sombras invioladas
Símbolo y prenda son; hablan y auguran.
Sobre las altas copas de los árboles
Tiende el misterio su cerrada túnica.



***
EL CUERVO



Una hosca medianoche, cuando en tristes reflexiones
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba somnoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar,
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar.
«Es -me dije- una visita que llamando está a mi puerta, ¡eso es todo, y nada más!»


¡Ah! bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
¡Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerta
Leonora, la radiante, la sin par
virgen rara a quien Leonora los querubes llaman
-ahora ya sin nombre... nunca más!


Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar:
«Es, sin duda, un visitante -repetía con instancia-
que a mi alcoba quiere entrar, un tardío visitante a las puertas de mi estancia...
¡eso es todo, y nada más!»


Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:
«Caballero -dije- o dama, mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar, y con tal delicadeza
y tan tímida constancia os pusisteis a tocar,
que no oí» -dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:
¡sombras sólo y... nada más!
Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo
empeños, quedé allí -cual antes nadie
los soñé forjando sueños,
mas profundo era el silencio, y la calma no
acusaba ruido alguno... resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja
a aquella hora yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo:
« ¡Leonora! ».
¡Esto apenas, nada más!


La ventana abrí, con rítmico aleteo y garbo extraño,
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal,
sobre el busto que de Palas la figura representa
¡fue y posóse, y nada más!

Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza
y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de
seguro no eres cuervo nocturnal,
¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla!
Díme ¿cuál tu nombre, cuál, en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?»
Dijo el cuervo «¡Nunca más!»
Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho,
pues preciso es convengamos en que nunca
hubo criatura que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta
encaramada, ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta,
cincelada,
con tal nombre: «¡Nunca más!»


Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella
solo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada; ni una pluma sacudía, ni un acento
se le oía pronunciar...
Dije entonces al momento: «Ya otros antes se
han marchado, y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han
volado.»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
Por respuesta tan abrupta como justa
sorprendido,
«No hay ya duda alguna -dije- lo que dice
es aprendido,
aprendido de algún amo desdichado a quien la
suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de,
en su duelo, sus canciones terminar y el clamor de su esperanza con el triste
ritornelo de "¡Jamás, y nunca más!"»


Mas el cuervo provocando mi alma triste
a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y
de cornisa
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y
fantasía dime entonces a juntar, por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y /odioso
al graznar « ¡Nunca jamás! »


Quedé yo esto investigando frente al cuervo,
en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y
/alma.
Esto y más -sobre cojines reclinado- con
/anhelo me empeñaba en descifrar, en el rojo terciopelo donde imprimía viva
/huella luminosa mi fanal,
terciopelo cuya púrpura ¡ay jamás volverá ella
a oprimir ¡ah! ¡nunca más!


Parecióme el aire, entonces, por incógnito
/incensario
que un querube columpiase de mi alcoba en el
/santuario,
perfumado. «¡Miserable ser! -me dije
/Dios te ha oído, y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de
/Leonora te ha venido hoy a brindar:
¡Bebe! ¡Bebe ese nepente, y así todo olvida
/ahora! »
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


«¡Oh profeta! -dije- o duende, más profeta al
/fin, ya seas
ave o diablo, ya te envíe la tormenta, ya te veas
por los vientos barrido a esta playa, desolado
/pero intrépido, a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo
/imploro:
¿Llegaré jamás a hallar algún bálsamo para el
/mal que triste lloro?» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


«¡Oh profeta -dije- o diablo! Por ese ancho,
/combo velo
de zafiro que nos cobija, por el sumo Dios del
/cielo a quien ambos adoramos,
dile a esta alma dolorida, presa infausta del
/pesar
si jamás en otra vida la doncella arrobadora a
/mi seno he de estrechar,
¡el alma virgen a quien llaman los arcángeles
/Leonora! »
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


«¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida
-grité alzándome-, retorna, vuelve a tu
/hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la
/bruma!... ¡De tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El
/busto deja! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu
/forma aleja!»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la
/escultura
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la
/moldura...
y sus ojos son los ojos de un demonio que,
/durmiendo, las visiones ve del mal
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja
/trunca su ancha forma funeral
y mi alma de esa sombra que en el suelo
/flota... nunca se alzará... ¡nunca jamás!



***
A MI MADRE



¡Porque sé que los ángeles que viven en el
/cielo
Y que entre ellos entonan sus más hermosos
/cantos,
No han hallado palabra que tenga los encantos
Que aquel de «madre», del amor gemelo.
Yo te doy ese nombre porque así lo ha querido
Mi corazón: Tú has sido más que la madre mía,
Cuando nuestra Virginia dejó la tierra un día
Y tu amor llenó entonces mi corazón dolido.


Mi pobrecita madre -que se fue tan
/temprano
Era mi propia madre, mas tú lo eres de aquella
Que me fue tan querida en la vida, y por ella,
Te amo más que a la madre que fue la mía
Con ese amor intenso de mi esposa querida
Que era, para mi alma, más que su propia
/vida.

***
SONETO A LA CIENCIA


¡Ciencia! del tiempo viejo la hija eres.
Todo lo cambias con tus ojos vagos
¿Por qué en mi corazón saciarte quieres,
¡Oh cuervo!, cuyas alas son estragos?


¿Te amaré yo, ni el sabio en sus anhelos,
Si explayar no dejas sus quimeras
Cuando busca tesoros en los cielos
Dejándose llevar de alas ligeras?


¿No supiste arrancar del carro a Diana,
Y echar las hamadríadas de sus lares
Para acogerse a estrella más lejana?


¿No quitaste a las náyades los mares
Y al elfo el prado? ¿Acaso no prescindo
Por ti del sueño al pie del tamarindo?


***
PARA ANNIE



¡Alabemos al Eterno!
el mal ha cesado ya
y la fiebre del vivir
ahora vencida está.

Sumido en honda tristeza
y carente de energías
tendido todo a lo largo
van transcurriendo mis días.


Ni un solo músculo muevo
pero muy poco me importa;
pues mejoro lentamente
y esto ya me reconforta.


Tan sosegado y tranquilo
hoy en mi tálamo duermo que al verme se creería
que estoy más muerto que enfermo.


Ayes, quejas y gemidos,
lamentaciones y llanto,
aquieta el latido horrible
de mi corazón un tanto.


Con la fiebre por la vida
que enloquecía mi mente,
penas e incomodidades
se alejaron prestamente.


Lo que más me torturaba,
sed de una pasión impía,
bebiendo en cierta fontana
tranquilicé el alma mía.


De no lejana caverna
brota un manantial riente
en el que presto mis labios
saciaron su sed ardiente.


Que nadie tilde de oscura
a la pieza en que reposo,
ni de pequeño a este tálamo
donde yazgo venturoso.


Nadie durmió en lecho igual y,
para en verdad dormir,
otro semejante al mío
es preciso conseguir.


¡Cuán dulcemente reposa
mi alma tantalizada!
Su aspiración por las rosas
y mirtas ya fue olvidada.


Junto a su lecho imagina
otra más suave fragancia de
romero y pensamientos
que embellecen su prestancia.


Extasiada en el recuerdo
de mi Annie y su belleza,
es como duerme mi alma
inebriada en su pureza.


De mi Annie la constancia
admira con embeleso
y recuerda que en su trenza
depositó un tierno beso.


Enlázame con ternura,
con gran pasión me acaricia;
y yo, adormido en su seno,
descanso en plena delicia.


Esta es la causa real
de mi sereno reposo;
y, aunque muerto me creáis
vivo tranquilo y gozoso.


Fulge más mi corazón
que las celestes estrellas;
pues brilla para mi Annie,
la de las miradas bellas.


En el amor de mi Annie
está mi ser abrasado;
y en sus ojos tan ardientes
siempre pienso extasiado.

***
EL REINO DE LAS HADAS


¡Valles privados de luz,
fieros y umbríos torrentes,
cuyos contornos las gentes nunca
pueden descubrir!


Gota a gota allí las lágrimas
sin cesar van deslizando
y las lunas aguardando
vense doquiera lucir.


Cada instante de la noche crecen,
y luego se achican;
al punto se modifican
y se cambian de lugar.


De sus faces siempre pálidas
emiten vapores ellas,
que a las tremantes estrellas
hacen su brillo ocultar.


Cerca de la medianoche,
otra más opaca luna,
que las hadas por su bruma,
no encontraron superior,


llega bajo el horizonte
y asiéntase en las montañas
circunferencias extrañas
esparciendo en derredor.


Sus vestiduras flotantes
circuyen los caseríos,
los distantes señoríos,
los bosques y el mismo mar.


Los espíritus danzantes
y los seres adormidos
en laberintos henchidos
de luz se ven sepultar.


¡Cuán profundo hállase entonces
el éxtasis de su sueño
mientras con pálido ceño
las vemos presto venir!


Levántase de mañana
y con sus lunares velos
cual albatros, por los cielos,
vénse, al viento, sacudir.


Mas las hadas, una vez
que se hubieron refugiado
cabe esa luna, y dejado
lo que sirvióles de abrigo,


Ya nunca logran hallar
por aquellos mil lugares
ningunas lunas lunares
que sean refugio amigo.


Las moléculas del astro
pronto se volatilizan
y en fina lluvia deslizan
aquella materia astral.


Por eso, las mariposas
que en vano buscan los cielos,
insatisfechas, sus vuelos
escrutan lo sideral.


Y al descender ya cansadas,
en sus alas temblorosas
nos traen las mariposas
partículas desgajadas
de aquellas lunas hermosas.

***
LA CIUDAD EN EL MAR




Una ciudad exótica se yergue solitaria
donde la Parca pálida implantó sus reales;
allá en el Occidente, la tumba funeraria
a pérfidos y nobles liberó de sus males.


Sus templos, sus palacios y torres carcomidas
que ni oscilan ni tiemblan al impulso del viento,
difieren de los nuestros; y sus aguas dormidas
reposan melancólicas en singular concento.


En la velada noche de esa ciudad callada,
ningún rayo desciende desde el empíreo cielo.
Sólo un resplandor ígneo de la mar alejada
cruza las largas noches de aquel inmenso
/suelo.


Por torres, por almenas, por cúpulas y alturas,
por templos, por palacios y muros babilónicos,
por macizos de hiedra sobre las esculturas,
los resplandores lívidos circulan melancólicos.


Ni siquiera respeta la soledad umbría
las florecillas pétreas de los valiosos frisos
que adornan de sus templos en fúnebre armonía
los claveles, violetas, pámpanos y narcisos.


Bajo el azul del cielo, sumidas en tristeza,
las linfas no agitadas duermen en la ciudad;
y las sombras y flores de aquella fortaleza
parecen suspendidas del aire, en igualdad.


De un torreón, la Parca, cual fantasma gigante,
contempla con orgullo el país señorial
y a sus pies yace inerte... y sonríe triunfante
dueña omnímoda y grave de aquel suelo letal.


Ábrense muchos templos y tumbas sin sus losas
al nivel de las aguas tranquilas y brillantes,
Sin que a dejar sus lechos las induzcan
/premiosas
las joyas de los muertos e ídolos de diamantes.


Aquel amplio desierto que al cristal se asemeja
carece en absoluto de toda ondulación.
Ni una ola siquiera por allí ver se deja...
nada indica si hay vientos en mar de otra
/región.


Mas ahora en el aire nótase un movimiento
que estremece allá abajo aquesta soledad;
en el piélago oscuro el agua en ronco acento
saca de su marasmo a esta triste ciudad.


Sus altos capiteles bambolear parecen
y hundirse entre las ondas que calmas eran
/antes.
Los picos que en la bruma del cielo ya se
/mecen
abrirse parecieran en huecos, oscilantes.


Entonces ya las ondas tienen luz más rojiza...
deslízanse las horas lánguidas y silentes;
quizá sea engullida la ciudad quebradiza
entre ayes y gemidos que no son de vivientes.


Cuando desaparezca y quede sepultada
bajo la mar profunda con todo su oleaje,
vendrá de los mil tronos de Luzbel la mesnada
y entonces el Infierno le rendirá homenaje.



***
BALADA NUPCIAL


En mi dedo está el anillo,
ciñe corona mi frente;
mil joyas de hermoso brillo
adornan mi ser fulgente.
¡Soy feliz eEn el presente!


¡CuáEn bien me ama mi señor
mas en el primer instante
que me declaró su amor
estremeció su dolor
mi espíritu y fiel amante.


Pues sus palabras sonaban
como toque de agonía
y al que murió recordaban
junto al valle eEn lucha impía
Mas hoy, ríe noche y día.


Al querer tranquilizarme
besó mi pálida frente
y en delirio vi patente
al muerto Elormie abrazarme.
¡Hoy sólo debo alegrarme!


En esa hora solemne
empeñé mi juramento...
y si mi fe no es perenne
ni mi espíritu está indemne,
éste vive muy contento.


El anillo está en mi dedo;
prueba de que soy dichosa.
y, aunque tiemblo y tengo miedo,
quiera que despierte quedo
de esta idea fatigosa.


¿Con alguien mal procedí?
El muerto que abandoné,
a quien triste sorprendí,
¿no goza con frenesí
sabiendo que lo cuidé?


***
EULALIA


Desterrado del mundo voluntario,
entre quejas y lágrimas vivía;
era mi alma tristísimo calvario
sin amores ni dulce compañía.


Mas Eulalia, gentil y pudorosa
llegó a ser mi agradable compañera,
y en sus bucles auríferos, la hermosa
recibió mi caricia placentera.


En la noche el fulgor de las estrellas
no iguala sus miradas tan radiantes,
ni en el mínimo crepúsculo hay en ellas
que irise cual sus ojos tan brillantes.


Los bucles que ella ostenta en sus cabellos
inculcan en mi ser la poesía,
y Astarté lanza cálidos destellos
contemplando a mi Eulalia noche y día.


Suspiro por suspiro su alma entera
Eulalia me dedica con amor;
no me invade ya más la duda artera,
ni yazgo en el abismo del dolor.



***
UN SUEÑO DENTRO DE UN SUEÑO



¡Toma en la frente este beso!
Y partiendo, te confieso
Que no fue errado tu empeño
En creer mis días un sueño.
Que si la esperanza mía
Se fue una noche o un día,
En una visión o en nada,
¿Por eso es menos pasada?
Cuanto hay de grande o pequeño,
Sólo es un sueño en un sueño.


Me encueEntro en la costa fría
Que agita la mar bravía,
Oprimiendo entre mis manos,
Como arenas, oro en granos.
¡Qué pocos son!
Y allí mismo,
De mis dedos al abismo
Se desliza mi tesoro
Mientras lloro, ¡mientras lloro!
¿Evitaré ¡oh Dios! su suerte
Oprimiéndolos más fuerte?
¿Del vacío despiadado
Ni uno solo habré salvado?
¿Cuánto hay de grande o pequeño,
Sólo es un sueño en en sueño?

***
ELDORADO



Arrogante
y altanero
Un armado caballero,
Por la luz y por la sombra, alucinado,
Y cantando
Sus canciones, fue vagando
En procura de la tierra de Eldorado.

Pero vano fue su esmero
Y ya viejo el caballero,
Por la sombra el corazón sintió apresado,
Al pensar que nunca el día Llegaría
El que hallara aquella tierra de Eldorado.
Ya sin fuerzas, vacilante,
encontró una sombra errante.
«Sombra» -díjole febril y esperanzado-
A mi súplica responde:
«¿Sabes dónde
Hallaré, de Eldorado la tierra ignota?»

-En la luna, tras de extrañas
Y fatídicas montañas,
En el valle por las sombras habitado-
Respondióle: -Ve adelante,
Caminante,
Si es que buscas esa tierra de Eldorado.

***
ANNABEL LEE



Hace muchos, muchos años, en un reino
/junto al mar,
Habitaba una doncella cuyo nombre os he de
/dar,
Y el nombre que daros puedo es el de
/Annabel Lee,
Quien vivía para amarme y ser amada por mí.

Yo era un niño y era ella una niña junto al
/mar,
En el reino prodigioso que os acabo de evocar.
Mas nuestro amor fue tan grande cual jamás
/yo presentí,
Más que el amor compartimos con mi bella
/Annabel Lee,
Y los nobles de su estirpe de abolengo señorial
Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,
Los alados serafines nos miraban con rencor.
Aquél fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo
/ya!,
por el cual, de los confines del océano y más
/allá,
Un gélido viento vino de una nube y yo sentí
Congelarse entre mis brazos a mi bella
/Annabel Lee.
La llevaron de mi lado en solemne funeral.
A encerrarla la llevaron por la orilla de la mar
A un sepulcro en ese reino que se alza junto al
/mar,
Los arcángeles que no eran tan felices cual los
/dos,
Con envidia nos miraban desde el reino que es
/de Dios. Ese fue el solo motivo, bien lo podéis
/preguntar,
Pues lo saben los hidalgos de aquel reino
/junto al mar,
Por el cual un viento vino de una nube carmesí
Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.


Nuestro amor era tan grande y aún más firme
/en su candor
Que aquel de nuestros mayores, más sabios en
/el amor.
Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar, Ni los demonios que habitan negros abismos
/del mar
Podrán apartarme nunca del alma que mora en
/mí,
Espíritu luminoso de mi hermosa Annabel /Lee.


Pues los astros no se elevan sin traerme la
/mirada
Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi
/amada. I Y la luna vaporosa jamás brilla baladí
Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel
/Lee. Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien
/amada, Mientras retumba en la playa la nocturna
/marejada,
Yazgo en su tumba labrada cerca del mar
/rumoroso,
En su sepulcro a la orilla del océano proceloso.


***
ISRAFEL




Y el ángel Israfel, en quien las fibras del
corazón son un salterio, y que tiene la voz
más dulce entre todas las criaturas de
Dios.
(EL CORÁN)

Un ángel «lleva en las fibras
Del corazón un salterio»;
De extraña belleza inunda
Tu canto, Israfel, los cielos.
Y las estrellas, deudosas,
(Lo cuentan antiguos cuentos)


Naciente el divino cántico,
Sus himnos enmudecieron.
Allá en lo alto, vacilante
En la cumbre de su vuelo,
Enamorada la luna Enrojeció a sus acentos;
Y para escuchar, su lumbre .
Purpúrea -y al mismo tiempo
Las siete rápidas Pléyades
Hizo una pausa en el cielo.


Y dice el coro estelar-
Dicen los seres suspensos-
Que su arrebato, Israfel
Debe a esa lira de fuego
Con que reclinado, canta;
Al metal vívido y trémulo
Del encordado inaudito
Que puso en ella el Eterno.
Pero mora el Ángel, donde
Los más hondos pensamientos
Son un deber; donde siempre
Fue el amor un dios perfecto,
Y arden cerca ojos de huríes, Si aquí estrellas brillan lejos.


¡Oh Israfel! no yerras cuando
Tu voz áurea tiene a menos
Cantar cantos no sublimes:
A ti el laurel, bardo excelso;
A ti -el mejor ¡por más sabio!
¡Vive alegre y largo tiempo!


Al éxtasis del empíreo
Se hermana tu ritmo angélico-
Tu amor, dolor y alegría
Al fervor de tu salterio,
¡Pueden callar las estrellas!




Sí, Israfel: tuyo es el Cielo.
Mas nuestro mundo es un mundo
De dulzuras y de duelos;
Nuestras flores, sólo flores.
Y la sombra del perpetuo
Bienestar de que allá gozas,
Claro sol es para el nuestro.


De habitar yo donde él vive
E Israfel donde yo muero
Tal vez él no cantaría
Con hechizo tan supremo
Terrestre cántico, mientras
Quizá un himno más intenso,
Alzándose de mi lira Colmara el triunfo los Cielos.



***
LA TIERRA DEL ENSUEÑO



En una senda abandonada y negra
que recorren tan sólo ángeles malos,
donde un Eidolon llamado Noche,
ha erigido su trono solitario;
llegué una vez; cruel atrevido
de Tule ignota los contornos vagos
y al reino entré que extiende sus confines
fuera del Tiempo y fuera del Espacio.
Valles sin lindes, mares sin riberas,
cavernas, bosques densos y titánicos,
Con formas que el humano no descubre
tras el denso rocío que las cubre
montañas que a los cielos desafían
y hunden la base en insondables
mares mares que calmos, agitados luego,
surgen de cielos de color de fuego;
lagos que arrastran, frías y desiertas
sus aguas solitarias, aguas muertas
sus aguas quietas, inmutables, quietas
como corolas de nevados lirios.


Por esos lagos que reflejan sus solitarias
y desiertas aguas, aguas muertas
sus aguas tristes, inmutables, tristes
como corolas de nevados lirios
cerca de aquellos bosques gigantescos,
enfrente de esos negros océanos,
al pie de aquellos montes formidables,
de esas cavernas en los hondos antros,
vénse, a veces, fantasmas silenciosos
que pasan a lo lejos sollozando,
fúnebres y dolientes ¡son aquellos
amigos que por siempre nos dejaron,
caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!


Para el alma nutrida de pesares
para el transido corazón, acaso
es el asilo de la paz suprema,
del reposo y la calma en Eldorado.
Pero el viajero que azorado cruza
la región no contempla sin espantos
que a los mortales ojos sus misterios
perennemente seguirán sellados
así lo quiere la Deidad sombría
que tiene allí su imperio incontrastado.
Por esa senda desolada y triste
que recorren tan sólo ángeles malos,
senda fatal donde la Diosa Noche
ha erigido su trono solitario,
donde la inexplorada, última Tule
esfuma en sombras sus contornos vagos,
con el alma abrumada de pesares,
transido el corazón, he paseado...
¡He paseado en pos de los que huyeron
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!



***
PARA ALGUIEN, EN EL CIELO



Para mi alma, fuiste, amor,
Cuanto en el mundo sonreía
La isla verde en el mar, amor,
Y la fuente y el ara pía.
Flores brotaban en redor,
Y cada flor, fue sólo mía.


¡Sueño fugaz, de tan brillante!
¡Ampo estelar que de tan puro,
Lució un instante!
En vano a mi alma lo Futuro
Clama: -¡Adelante!
Vuelta al pasado, abismo oscuro,
Persigue, muda, el Sueño amante.


Pues, ¡ay de mí!, la luz de Vida
Se me ha extinguido por jamás.
«Ya nunca más -no más- no más-»
(Así a la playa combatida,
Mar solemne, diciendo vas)
¡Tenderás vuelo, águila herida,
Árbol seco florecerás!


Y éxtasis son mis noches hondas;
Y estoy contigo -alma fraterna
Donde el mirar celeste ahondas,
Donde el flotante andar gobiernas
Al ritmo de qué etéreas rondas,
Ante cuáles ondas eternas.



***
CANCIÓN



En tu día nupcial, te vi encendida
Por ardiente rubor,
Aunque era un cielo para ti la vida,
Y el mundo, en tu presencia, todo amor.


En resplandor que en tu miraba había,
(¿Por qué se avivó tanto?)
Fue cuanto el alma dolorosa mía
Gozó en el mundo, de amoroso Encanto.


«Sólo un pudor de virgen es motivo
De tal rubor», pudo decirse ante él.
Pero ¡ay! reanimó fuego más vivo
En el pecho de aquél.


Que te miró de novia, cuando quiso
Lucir aquel rubor,
Aunque te fuera el mundo un paraíso,
Y en derredor, la vida, toda amor.



***
EL GUSANO VENCEDOR



¡Mirad! Noche de fiesta,
Solemne, es del futuro
En los postreros años de la vida.
Un coro de querubes,
Alados y con tules encubiertos,
Ajando con sus lágrimas los tules,
A un drama de terror y de esperanzas
Asisten en grandioso coliseo
Mientras exhala sobrehumana orquesta
La música sublime de los cielos.
Mimos, de Dios imagen,
Moviéndose veloces, con cautela
Murmuran: ¡meros títeres que impulsa
La voluntad de inmensos y disformes
Seres que van mudando
La escena y arrojando de sus alas
De cóndor, agitadas en la sombra,
La invisible desgracia!


¡Oh, nunca este confuso
Drama será olvidado!
Nunca con Fantasma, eternamente
Por un tropel en vano perseguido,
De círculo a través, que siempre gira.
Y torna al mismo sitio;
Siendo la esencia de la oscura trama
El horror, la locura y el delito.

¡Mas ved! Entre la turba
Mímica se introdujo una rastrera
Figura, ¡ser inmundo!
Cuerpo color de sangre que acechaba
Allá en la soledad del escenario,
¡Se tuerce! ¡Se retuerce!
Con mortales
Tormentos en su pasto se convierten
Los mimos; y los ángeles gimieron
Cuando sus viles uñas
Manchó con sangre humana el vil insecto.


¡Las luces se extinguieron!
¡Y todo yace extinto!
Y, por cubrir las formas
Trémulas, el telón, fúnebre manto,
Cae con la rapidez de una tormenta.
Y pálidos y mustios los querubes,
Irguiéndose, arrancándose sus velos,
Afirman que la mísera comedia
Es la tragedia "Hombre"
Y el inmundo gusano
¡El Héroe vencedor de esta tragedia!



***
SONETO A ZANTE


¡Isla hermosa, la hermosa entre las flores
te dio de nombres bellos el más bello!
¡Qué recuerdos me traen halagadores
las tuyas y tu mágico destello!


¡Cuánta escena pasó de dicha ciega!
¡Cuánta ilusión de anhelos enterrados!
¡Visiones de una niña que no llega jamás,
jamás, a tus risueños prados!


¡Jamás! Todo lo cambia este sonido.
Jamás tu antiguo encanto resucita;
tu recuerdo, jamás. Siendo florido,


me vas a parecer tierra maldita.
¡Jacintito país! ¡Purpúreo Zante!
¡Isola d'oro! ¡Fior di Levante!


***
LA DURMIENTE



Era la medianoche, en junio, tibia, bruna.
Yo estaba bajo un rayo de la mística luna,
Que de su blanco disco como un encantamiento
Vertía sobre el valle un vapor somnoliento.
Dormitaba en las tumbas el romero fragante,
Y al lago se inclinaba el lirio agonizante,
Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso,
Las ruinas descansaban en vetusto reposo.
¡Mirad! también el lago semejante al Leteo,
Dormita entre las sombras con lento cabeceo,
Y del sopor consciente despertarse no quiere
Para el mundo que en tomo lánguidamente
/muere
Duerme toda belleza y ved dónde reposa
Irene, dulcemente, en calma deleitosa.
Con la ventana abierta a los cielos serenos,
De claros laminares y de misterios llenos.


Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Por qué está tu ventana, así, en la noche
/abierta?
Los aires juguetones desde el bosque frondoso,
Risueños y lascivos en tropel rumoroso
Inundan tu aposento y agitan la cortina
Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina,
Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas,
Tras los que el alma duerme en regiones
/extrañas,
Como fantasmas tétricos, por el sueño y los
/muros
Se deslizan las sombras de perfiles oscuros.
Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto?
Debes de haber venido de los lejanos mares
A este jardín hermoso de troncos seculares.
Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje,
Y de tus largas trenzas el flotante homenaje;
Pero aún es más extraño el silencio solemne
En que envuelves tu sueño misterioso y
/perenne.
La dama gentil duerme. ¡Que duerman para el
/mundo!
Todo lo que es eterno tiene que ser profundo.
El cielo lo ha amparado bajo su dulce manto,
Trocando este aposento por otro que es más
/santo,
Y por otro más triste, el lecho en que reposa.
Yo le ruego al Señor, que con mano piadosa,
La deje descansar con sueño no turbado,
Mientras que los difuntos desfilan por su lado.
Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea
Que así como es eterno, profundo el sueño sea;
Que los viles gusanos se arrastren suavemente
En torno de sus manos y en torno de su frente;
Que en la lejana selva, sombría y centenaria,
Le alcen una alta tumba tranquila y solitaria
Donde flotan al viento, altivos y triunfales,
De su ilustre familia los paños funerales;
Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte
Piedras tiró, de niña, sin temor a la muerte,
Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones,
Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones
¡Qué triste imaginarse pobre hija del pecado
Que el sonido fatídico a la puerta arrancado,
Y que quizá con gozo resonara en tu oído,
de la muerte terrífica era el triste gemido!


***
A HELENA



Sólo una vez te he visto
Sólo una vez- en tiempo ya lejano.
Sé que no muy lejano -pero velan
Brumas de lo pasado su distancia.
Era una medianoche
Del dulce mes de julio; y de la luna –
Que, en ascensión feliz como tu vida
Buscaba, entre los cielos, á más alta
Región, rápida senda-Un velo descendía con reposo,
Con pesadez, con sueño
-Un velo indefinido
De plata y seda y luz- que se extendía


De los erguidos rostros de mil rosas
De un encantado Edén, lleno de calma,
Por el que blandamente o con sigilo
Tan sólo a deslizarse se atreviera
El viento -se extendía
En los erguidos rostros de esas rosas
Que, cual desvanecidas de ternura,
Soltaban en retomo
A la amorosa luz que las besaba.
Sus perfumadas almas -se extendían
En los erguidos rostros de las rosas,
Que sonreían con feliz deliquio en ese paraíso que hechizaba
De tu presencia en él la poesía.


Te vi, como los ángeles, vestida
De blanco, en muelle alfombra de violetas
El cuerpo dulcemente reclinado,
Mientras que, de la luna,
La plateada luz se reflejaba
En los rostros erguidos de las rosas
Y en tu bello semblante
Al cielo alzado con profunda pena.
¿No fue el mismo Destino
Quien en la dulce medianoche -en julio
No fue el mismo destino (cuyo nombre
También es sentimiento) quien detuvo
Mi paso en el dintel del paraíso
Para aspirar el delicado incienso
De esas dormidas rosas?
Todo era soledad, silencio, en torno.
Y, mientras daba a su ruindad olvido,
El mundo que aborrece el alma mía,
Del impalpable sueño en los misterios,
Dos seres angustiados
Velábamos a solas: tú conmigo.
(¡Oh, Cielos! ¡Oh, Señor! ¡Cómo se agita
Mi corazón uniendo estas palabras!)
¡A solas tú conmigo!... El pie detuve... .
La pálida hermosura
Del cielo descendido a tu existencia,
Miré con devoción; y, al encontrarse
Mi vista con la tuya,
Todo dejó de ser, formas y vida,
En ese Edén que tú, maga sublime,
Con tus divinos ojos encantabas.


Perdió la luna su fulgor de perlas
Y huyeron a mis ojos fascinados,
Los ya musgosos bancos, los senderos,
Los árboles, las flores;
Y las puras esencias
De las dormidas rosas fallecieron
En los amantes brazos de los aires.
Todo -todo expiró menos tu imagen;
y aún ella, con la lumbre de la luna
Aún ella se extinguió para mi vista,
Que sólo vi el fulgor de tu mirada
Y el alma de tus ojos
Alzados con pesar a las alturas.
Los vi -y el mundo fueron
Para mi ser tus ojos imantados.
Los vi más breves horas
-Los vi hasta que la luna huyó del cielo.
¡Qué tormentosas luchas
Del corazón!
¡Qué impíos infortunios!
¡Qué lúgubres historias! descubrían,
En misteriosa unión esas esferas
De pura luz celeste!... ¡Y qué brillantes,
Sublimes esperanzas! ¡Qué apacible
Mar de engrandecimiento! ¡Qué osadas ambiciones!
¡Y para amar, qué inmenso poderío!


Ya la amorosa diana
Al mundo se ocultó bajo una densa
Nube de tempestad de occidente;
Y tú, pálida sombra,
Entre la sepulcral y hosca arboleda,
Te deslizaste huyendo taciturna.
Mas sólo la figura de tu cuerpo
-Sólo ella- del jardín y de mi vida
Por siempre se alejó: como dos astros
Quedaron ante mí tus bellos ojos.
Tus ojos que dejarme no quisieron
Y en esa noche, oscura ya, alumbraron
La triste senda de mi hogar sombrío.
Tus ojos, que jamás, cual la esperanza,
Mi ser abandonaron; y me siguen,
Me guían, me seducen
En el largo transcurso de los años.
Ellos mis dueños son y yo su esclavo
Su misión es dar lumbre
Con nobles entusiasmos a mi alma,
Cual mi deber salvarme
De su guiadora luz a los destellos,
Y ser purificado por su llama,
Y ser santificado
De su fuego celeste en los fulgores.
Ellos mi alma llenan de hermosura
(Que es la esperanza), y lejos
Allá en el cielo, brillan: dos estrellas
Ante las que, en el triste y silencioso
Desvelo de mi noche me arrodillo.
Y luego, cuando el día
De alegre claridad la tierra inunda,
Los veo aún: ¡dos dulces
Y centelleantes vésperos, que el rayo
Del mismo sol no extingue!

***

EL COLISEO


¡Eres símbolo constante de la fiel y antigua
/Roma!
¡Excelente relicario de sublime admiración, que a esta época legaron aquellos tiempos ya
/[idos cuya pompa y poderío parecen ensoñación!


Tras largo peregrinaje y ardiente ser de tu /ciencia,
me humillo con reverencia en las sombras de
/tu historia,
y transformada mi alma sacia su sed de belleza
contemplando tus grandezas, tus tristezas y tu
/gloria.


¡Oh profunda inmensidad, tiempo y recuerdo
/de antaño desolación y silencio, noche grandiosa;
/admirable!
Al percibiros comprendo vuestra mágica
/pureza en la perenne realeza de vuestra fuerza
/indomable.


Vuestros dulces sortilegios son mejores para mí
que los que el rey de Judea hiciera en
/Gethsemamí.
Ni la encantada Caldea jamás consiguió
/arrancar
a las estrellas prodigios cual vense en este
/lugar.


Donde un héroe cayera, hoy vese una columna...
y, donde el águila escénica envuelta en oro
/brilló
hoy el vampiro revuela al llegar la medianoche
y el fantástico aquelarre este lugar convirtió.


Aquí do las cabelleras de las matronas romanas
balanceaban al viento el rubio de sus colores,
hoy sólo se balancean el cardo y la débil caña...
han cesado aquellos días de sublimes
/esplendores.


Y, donde el rey poderoso su trono de oro tenía,
ágil y oscuro lagarto viene siempre a recorrer;
y hacia su casa marmórea cual espectro se
/desliza
a los pálidos reflejos de la luna en su crecer.


Mas yo pregunto: esos muros, esas inertes
/arcadas junto a zócalos de musgo hoy en hiedra
/revestidas
esos relieves tan vagos, esos frisos tan ruinosos
esas cornisas tronchadas y piedras enmohecidas,
¿es esto cuanto dejaron las horas y tiempos
/idos?

¿es lo único que resta de su fama colosal?
¿es cuanto a mí y al destino aquella época ha
llegado de su firme poderío y su obra escultural?
«Eso no es todo» -responden en aquel lugar
/los ecos«voces graves y proféticas hay en nuestro
/corazón...
y toda ruina recuerda las ideas de los sabios
semejantes a los himnos que al sol dedicó /Memnón.


Aún reinamos poderosas en los más grandes
/señores; asentamos nuestro imperio en las almas
/gigantescas...
no; no somos impotentes...; queda nuestro
/poderío,
nuestra gloria y nuestro nombre, aunque pálidas
/nos veas.
Las mil y una maravillas que extáticas nos
/circundan.
y recuerdan nuestra estirpe, nuestra gala y
/nuestra historia
se han prendido a nuestros flancos... y su
/admirable vestido
nos envuelve entre su manto más fulgente que la gloria».

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