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domingo, 19 de mayo de 2013

ACEITE DE PERRO - AMBROSE BIERCE



ACEITE DE PERRO
AMBROSE BIERCE


Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes
caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre
poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se
ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos;
no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que
frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en
el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural
inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al
negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el
asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La
ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos
impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con
sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como
socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una
receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la
medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia
a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos
de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que
afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un
pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir
indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias
que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un
niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar
atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los
actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los
motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta
lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi
muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la
hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos,
arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite
giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie
un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo
del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah,
qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los
niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la
pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido
mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto
sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por
temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo
ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un
cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del
incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en
una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el
crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con
satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una
calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó
que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros
habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias.
Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría
paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua
ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres
tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su
estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con
sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños
superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó
por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite.
Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente
que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi
querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la
juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables
llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con
renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a
las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos
que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad
superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas
palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en
la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó
de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los
inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que
se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente
manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con
espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el
corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera,
consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al
establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por
una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la
noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante
cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente,
con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta
toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de
dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que
echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus
propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o
advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y
los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en
ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una
aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la
poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron
con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban
alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos
peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con
sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de
observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin,
después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron
repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto.
Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre,
malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en
los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente,
reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante
ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que
había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las
vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad
de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de
remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan
terrible.

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