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lunes, 21 de abril de 2008

Edgar Allan Poe >< EL GATO NEGRO

Edgar Allan Poe
El gato negro
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No espero ni pido que nadie crea el extraño aunque simple relato que voy a escribir. Estaría
completamente loco si lo esperase, pues mis sentidos rechazan su evidencia. Pero no estoy loco,
y sé perfectamente que esto no es un sueño. Mañana voy a morir, y quiero de alguna forma
aliviar mi alma. Mi intención inmediata consiste en poner de manifiesto simple y llanamente y
sin comentarios una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de estos episodios me
han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no voy a explicarlos. Si
para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barroques. En el
futuro, quizá aparezca alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una
inteligencia más tranquila, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las
circunstancias que voy a describir con miedo una simple sucesión de causas y efectos
naturales.
Desde la infancia sobresalí por docilidad y bondad de carácter. La ternura de corazón era tan
grande que llegué a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban, de
forma singular, los animales, y mis padres me permitían tener una variedad muy amplia.
Pasaba la mayor parte de mi tiempo con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba
de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando llegué a la
madurez, me proporcionó uno de los mayores placeres. Quienes han sentido alguna vez afecto
por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la
intensidad de la satisfacción que se recibe. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un
animal que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha probado la falsa amistad y
frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi mujer compartiera mis preferencias. Cuando
advirtió que me gustaban los animales domésticos, no perdía ocasión para proporcionarme los
más agradables. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono
pequeño y un gato.
Este último era un hermoso animal, bastante grande, completamente negro y de una
sagacidad asombrosa. Cuando se refería a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era
bastante supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los
gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir que lo creyera en serio, y sólo menciono el
asunto porque acabo de recordarla.
Pluto- pues así se llamaba el gato- era mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer, y
él en casa me seguía por todas partes. Incluso me resultaba difícil impedirle que siguiera mis
pasos por la calle.
Nuestra amistad duró varios años, en el transcurso de los cuales mi temperamento y mi
carácter, por causa del demonio Intemperancia (y me pongo rojo al confesarlo), se habían
alterado radicalmente. Día a día me fui volviendo más irritable, malhumorado e indiferente
hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a usar palabras duras con mi mujer, y terminé
recurriendo a la violencia física. Por supuesto, mis favoritos sintieron también el cambio de mi
carácter.
No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Sin embargo, hacia Pluto sentía el
suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el
mono y hasta el perro, cuando, por casualidad o por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi
enfermedad empeoraba- pues, ¿qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?-, y al fin
incluso Pluto, que ya empezaba a ser viejo y, por tanto, irritable, empezó a sufrir las
consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente borracho, después de una de mis correrías
por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado
por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al instante se apoderó de mí una furia de
diablos y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del
cuerpo; y una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de
mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía sujetando al
pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo. Me pongo más rojo que un
tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo tan reprochable atrocidad.
Cuando me volvió la razón con la mañana, cuando el sueño hubo disipado los vapores de la
orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen del que era
culpable, pero sólo era un sentimiento débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me
hundí en los excesos y pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato mientras tanto mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba un
horrible aspecto, pero el animal parecía que ya no sufría. Se paseaba, como de costumbre, por
la casa; aunque, como se puede imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba bastante de
mi antigua forma de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que
una vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y
entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD. La
filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo, estoy tan seguro de que mi alma existe
como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano... una de
las facultades primarias indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del
hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía
una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en
nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido común, a transgredir lo
que constituye la Ley por el simple hecho de serlo (existir)? Este espíritu de perversidad se
presentó, como he dicho, en mi caída final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse
a sí misma, de violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a
continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente animal. Una
mañana, a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol, lo
ahorqué mientras las lágrimas me brotaban de los ojos y el más amargo remordimiento me
retorcía el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro
de que no me había dado motivos para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo,
cometía un pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mi alma hasta llevarla- si esto
fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del dios más misericordioso y más
terrible.
La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de «¡Fuego!» La ropa de
mi cama era una llama, y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar
del incendio mi mujer, un criado y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron
y desde ese momento no me quedó más remedio que resignarme.
No caeré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y la
acción criminal que cometí. Simplemente me limito a detallar una cadena de hechos, y no
quiero dejar suelto ningún eslabón. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todas las
paredes, salvo una, se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio, de
poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual antes se apoyaba la cabecera de
mi cama. El yeso del tabique había aguantado la acción del fuego, algo que atribuí a su reciente
aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de esta pared y varias
personas parecían examinar parte de la misma atenta y minuciosamente. Las palabras
«¡extraño!, ¡curioso!» y otras parecidas despertaron mi curiosidad. Al acercarme más vi que en la
blanca superficie, grabada en bajorrelieve, aparecía la figura de un gigantesco gato. El contorno
tenía una nitidez verdaderamente extraordinaria. Había una cuerda alrededor del pescuezo del
animal.
Al descubrir esta aparición- ya que no podía considerarla otra cosa- el asombro y el terror me
dominaron. Pero la reflexión vino en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín
colindante con la casa. Cuando se produjo la alarma del incendio, la gente invadió
inmediatamente el jardín: alguien debió cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la
ventana abierta. Sin duda habían tratado así de despertarse.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el yeso
recién encalado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo
la imagen que ahora veía.
Aunque, con estas explicaciones, quedó satisfecha mi razón, pero no mi conciencia, sobre el
asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido impresionó profundamente mi
imaginación. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo
dominó mi espíritu un sentimiento informe, que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué
incluso a lamentar la pérdida del gato y a buscar, en los sucios antros que habitualmente
frecuentaba, otro animal de la misma especie y de apariencia parecida, que pudiera ocupar su
lugar.
Una noche, medio borracho, me encontraba en una taberna pestilente, y me llamó la
atención algo negro posado en uno de los grandes toneles de ginebra, que constituían el
principal mobiliario del lugar. Durante unos minutos había estado mirando fijamente ese tonel
y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra de encima. Me
acerqué a él y lo toqué con la mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como
Pluto y exactamente igual a éste, salvo en un detalle. Pluto no tenía ni un pelo blanco en el
cuerpo, mientras este gato mostraba una mancha blanca, tan grande como indefinida, que le
cubría casi todo el pecho.
Al acariciarlo, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se restregó contra mi
mano y pareció encantado de mis cuitas. Había encontrado al animal que estaba buscando.
Inmediatamente propuse comprárselo al tabernero, pero me contestó que no era suyo, y que no
lo había visto nunca antes ni sabía nada del gato.
Seguí acariciando al gato y, cuando iba a irme a casa, el animal se mostró dispuesto a
acompañarme. Le permití que lo hiciera, parándome una y otra vez para agacharme y
acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró en seguida y pronto se convirtió en el gran
favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía hacia el animal. Era exactamente lo
contrario de lo que yo había esperado, pero- sin que pueda justificar cómo ni por qué- su
evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba. Lentamente tales sentimientos de disgusto y
molestia se transformaron en la amargura del odio. Procuraba no encontrarme con el animal;
un resto de vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me frenaban de maltratarlo.
Durante algunas semanas no le pegué ni fue la víctima de mi violencia; pero gradualmente,
muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia por él y a huir en silencio de
su odiosa presencia, como si fuera un brote de peste.
Lo que probablemente contribuyó a aumentar mi odio hacia el animal fue descubrir, a la
mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Pluto, no tenía un ojo. Sin
embargo, fue precisamente esta circunstancia la que le hizo más agradable a los ojos de mi
mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez
fueron mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y puros.
El cariño del gato hacia mí parecía aumentar en la misma proporción que mi aversión hacia
él. Seguía mis pasos con una testarudez que me resultaría difícil hacer comprender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a agazaparse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas,
cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me ponía a pasear, se metía entre mis pies y así,
casi, me hacía caer, o clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba
hasta mi pecho. En esos momentos, aunque deseaba hacerlo desaparecer de un golpe, me
sentía completamente paralizado por el recuerdo de mi crimen anterior, pero sobre todo- y
quiero confesarlo aquí- por un terrible temor al animal.
Aquel temor no era exactamente miedo a un mal físico, y, sin embargo, no sabría definirlo de
otra manera. Me siento casi avergonzado de admitir- sí, aun en esta celda de criminales me
siento casi avergonzado de admitir que el terror, el horror que me causaba aquel animal, era
alimentado por una de las más insensatas quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez
mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha de pelo blanco, de la cual
ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre este extraño animal y el que yo había
matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande, había sido al principio muy
indefinida, pero, gradualmente, de forma casi imperceptible mi razón tuvo que luchar durante
largo tiempo para rechazarla como imaginaria, la mancha iba adquiriendo una rigurosa nitidez
en sus contornos. Ahora ya representaba algo que me hace temblar cuando lo nombro- y por
eso odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido a hacerlo-;
representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra... ¡la imagen del PATÍBULO! ¡Oh
lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y entonces me sentí más miserable que todas las miserias del mundo juntas. ¡Pensar que
una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de
producir esa angustia tan insoportable sobre mí, un hombre creado a imagen y semejanza de
Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del descanso! De día, ese animal
no me dejaba ni un instante solo; y de noche, me despertaba sobresaltado por sueños
horrorosos sintiendo el ardiente aliento de aquella cosa en mi rostro y su enorme pesoencarnada
pesadilla que no podía quitarme de encima- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo la opresión de estos tormentos, sucumbió todo lo poco que me quedaba de bueno. Sólo
los malos pensamientos disfrutaban de mi intimidad; los más retorcidos, los más perversos
pensamientos. La tristeza habitual de mi mal humor terminó convirtiéndose en aborrecimiento
de todo lo que estaba a mi alrededor y de toda la humanidad; y mi mujer, que no se quejaba de
nada, llegó a ser la más habitual y paciente víctima de las repentinas y frecuentes explosiones
incontroladas de furia a las que me abandonaba.
Un día, por una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra
pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió escaleras abajo y casi me hizo caer de cabeza,
por lo que me desesperé casi hasta volverme loco. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los
temores infantiles que hasta entonces habían detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera
causado la muerte instantánea del animal si lo hubiera alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo el golpe. Su intervención me llenó de una rabia más que demoníaca; me solté de su
abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin un quejido.
Consumado el horrible asesinato, me dediqué urgentemente y a sangre fría a la tarea de
ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo
de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias ideas. Por un momento pensé
descuartizar el cadáver y quemarlo a trozos. Después se me ocurrió cavar una tumba en el piso
del sótano. Luego consideré si no convenía arrojarlo al pozo del patio, o meterlo en una caja,
como si fueran mercancías, y, con los trámites normales, y llamar a un mozo de cuerda para
que lo retirase de la casa. Por fin, di con lo que me pareció el mejor recurso. Decidí emparedar
el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de la Edad Media emparedaban a
sus víctimas.
El sótano se prestaba bien para este propósito. Las paredes eran de un material poco
resistente, y estaban recién encaladas con una capa de yeso que la humedad del ambiente no
había dejado endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, una falsa chimenea,
que se había rellenado de forma que se pareciera al resto del sótano. Sin ningún género de
dudas se podían quitar fácilmente los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y tapar el
agujero como antes, de forma que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Con una palanca saqué fácilmente los ladrillos y, después
de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo mantuve en esa posición mientras
colocaba de nuevo los ladrillos en su forma original Después de procurarme argamasa, arena y
cerda, preparé con precaución un yeso que no se distinguía del anterior, y revoqué
cuidadosamente el enladrillado. Terminada la tarea, me sentí satisfecho de que todo hubiera
quedado bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada. Recogí del suelo los
cascotes más pequeños. Y triunfante miré alrededor y me dije: «Aquí, por lo menos, no he
trabajado en vano»
El paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había causado tanta desgracia; pues por
fin me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera aparecido ante mí, habría
quedado sellado su destino, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi
primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no se me pasara mi mal humor. Es
imposible describir, ni imaginar el profundo y feliz sentimiento de alivio que la ausencia del
odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así, por primera vez desde su
llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, incluso con el peso
del asesinato en mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y no volvía mi atormentador. Una vez más respiré como un
hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido de casa para siempre! ¡No volvería a verlo!
Grande era mi felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba poco. Se hicieron algunas
investigaciones, a las que me costó mucho contestar. Incluso registraron la casa, pero
naturalmente no se descubrió nada. Consideraba que me había asegurado mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa
intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa inspección. Seguro de que mi escondite
era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me pidieron que los acompañara en
su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez
bajaron al sótano. No me temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el
de quien duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Había cruzado los
brazos sobre el pecho e iba tranquilamente de acá para allá. Los policías quedaron totalmente
satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte para ser
reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo y de
asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.
-Caballeros- dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber disipado sus
sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, esta casa esta
muy bien construida... (En mi rabioso deseo de decir algo con naturalidad, no me daba cuenta
de mis palabras.). Repito que es una casa excelentemente construida. Estas paredes... ¿ya se
van ustedes, caballeros?... estas paredes son de gran solidez.
Y entonces, empujado por el frenesí de mis bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que
llevaba en la mano sobre la pared de ladrillo tras la cual estaba el cadáver de la esposa de mi
alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco
de mis golpes, y una voz me contestó desde dentro de la tumba. Un quejido, ahogado y
entrecortado al principio, como el sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta
convertirse en un largo, agudo y continuo grito, completamente anormal e inhumano, un
aullido, un alarido quejumbroso, mezcla de horror y de triunfo, como sólo puede surgir en el
infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la
condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento es una locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome
hasta la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres de la escalera se quedó
paralizado por el espantoso terror. Luego, una docena de robustos brazos atacó la pared, que
cayó de un golpe. El cadáver, ya corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie
ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo de
fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había llevado al asesinato y cuya voz
delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

viernes, 4 de abril de 2008

EL HUNDIMIENTO DE LA CASA DE USHER -- EDGAR ALLAN POE

El hundimiento
de la Casa de Usher
Edgar Allan Poe
(1809-1849)

*

Su corazón es un laúd colgado; no bien lo tocan, resuena.
(DE BÉRANGER.)
Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que
las nubes se cernían pesadas y opresoras en los cielos, había yo
cruzado solo, a caballo, a través de una extensión singularmente
monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras
de la noche se extendían, a la vista de la melancólica Casa de
Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera ojeada sobre el
edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu.
Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa
emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general
el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la
desolación o del terror. Contemplaba yo la escena ante mí—la
simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los
helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos
juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos—con
una completa depresión de alma que no puede compararse
apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese
ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida
diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un
abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza de
pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar
a lo sublime. ¿Qué era aquello—me detuve a pensarlo—, qué era
aquello que me desalentaba así al contemplar la Casa de Usher?
Era un misterio de todo punto insoluble; no podía luchar contra las
sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras
reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión
insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de
objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de
este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre
consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que
una simple diferencia en la disposición de los detalles de la
decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para
modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión
dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la
orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía
con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo—pero
con un estremecimiento más aterrador aún que antes—las
imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos de los
lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos.
Sin embargo, en aquella mansión lóbrega me proponía residir unas
semanas. Su propietario, Roderick Usher, fué uno de mis joviales
compañeros de infancia; pero habían transcurrido muchos años
desde nuestro último encuentro. Una carta, empero, habíame
llegado recientemente a una alejada parte de la comarca—una
carta de él—, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra
respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente
agitación nerviosa. El autor de la carta me hablaba de una dolencia
física aguda—de un trastorno mental que le oprimía—y de un
ardiente deseo de verme, como a su mejor y en realidad su único
amigo, pensando hallar en el gozo de mi compañía algún alivio a su
mal. Era la manera como decía todas estas cosas y muchas más,
era la forma suplicante de abrirme su pecho, lo que no me permitía
vacilación y, por tanto, obedecí desde luego, lo que consideraba yo,
pese a todo, como un requerimiento muy extraño.
Aunque de niños hubiéramos sido camaradas íntimos, bien mirado,
sabía yo muy poco de mi amigo. Su reserva fué siempre excesiva y
habitual. Sabía, no obstante, que pertenecía a una familia muy
antañona que se había distinguido desde tiempo inmemorial por
una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a través de
los siglos en muchas obras de un arte elevado, y que se
manifestaba desde antiguo en actos repetidos de una generosa
aunque recatada caridad, así como por una apasionada devoción a
las dificultades, quizá más bien que a las bellezas ortodoxas y sin
esfuerzo reconocibles de la ciencia musical. Tuve también noticia
del hecho muy notable de que del tronco de la estirpe de los Usher,
por gloriosamente antiguo que fuese, no había brotado nunca, en
ninguna época, rama duradera; en otras palabras: que la familia
entera se había perpetuado siempre en línea directa, salvo muy
insignificantes y pasajeras excepciones. Semejante deficiencia,
pensé—mientras revisaba en mi imaginación la perfecta
concordancia de aquellas aserciones con el carácter proverbial de
la raza, y mientras reflexionaba en la posible influencia que una de
ellas podía haber ejercido, en una larga serie de siglos, sobre la
otra—, era acaso aquella ausencia de rama colateral y de
consiguiente transmisión directa, de padre a hijo, del patrimonio del
nombre, lo que había, a la larga, identificado tan bien a los dos,
uniendo el título originario de la posesión a la arcaica y equívoca
denominación de "Casa de Usher", denominación empleada por los
lugareños, y que parecía juntar en su espíritu la familia y la casa
solariega.
Ya he dicho que el único efecto de mi experiencia un tanto pueril—
contemplar abajo el estanque—fué hacer más profunda aquella
primera impresión. No puedo dudar que la conciencia de mi
acrecida superstición—¿por qué no definirla así?—sirvió para
acelerar aquel crecimiento. Tal es, lo sabía desde larga fecha, la
paradójica ley de todos los sentimientos basados en el terror. Y
aquélla fué tal vez la única razón que hizo, cuando mis ojos desde
la imagen del estanque se alzaron hacia la casa misma, que
brotase en mi mente una extraña visión, una visión tan ridícula, en
verdad, que si hago mención de ella es para demostrar la viva
fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación había
trabajado tanto, que creía realmente que en torno a la casa y la
posesión enteras flotaba una atmósfera peculiar, así como en las
cercanías más inmediatas; una atmósfera que no tenía afinidad con
el aire del cielo, sino que emanaba de los enfermizos árboles, de los
muros grisáceos y del estanque silencioso; un vapor pestilente y
místico, opaco, pesado, apenas discernible, de tono plomizo.
Sacudí de mi espíritu lo que no podía ser más que un sueño, y
examiné más minuciosamente el aspecto real del edificio. Su
principal característica parecía ser la de una excesiva antigüedad.
La decoloración ocasionada por los siglos era grande. Menudos
hongos se esparcían por toda la fachada, tapizándola con la fina
trama de un tejido, desde los tejados. Por cierto que todo aquello no
implicaba ningún deterioro extraordinario. No se había desprendido
ningún trozo de la mampostería, y parecía existir una violenta
contradicción entre aquella todavía perfecta adaptación de las
partes y el estado especial de las piedras desmenuzadas. Aquello
me recordaba mucho la espaciosa integridad de esas viejas
maderas labradas que han dejado pudrir durante largos años en
alguna olvidada cueva, sin contacto con el soplo del aire exterior.
Aparte de este indicio de ruina extensiva, el edificio no presentaba
el menor síntoma de inestabilidad. Acaso la mirada de un
observador minucioso hubiera descubierto una grieta apenas
perceptible que, extendiéndose desde el tejado de la fachada, se
abría paso, bajando en zigzag por el muro, e iba a perderse en las
tétricas aguas del estanque.
Observando estas cosas, seguí a caballo un corto terraplén hacia la
casa. Un lacayo que esperaba cogió mi caballo, y entré por el arco
gótico del vestíbulo. Un criado de furtivo andar me condujo desde
allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e
intrincados, hacia el estudio de su amo. Muchas de las cosas que
encontré en mi camino contribuyeron, no sé por qué, a exaltar esas
vagas sensaciones de que he hablado antes. Los objetos que me
rodeaban—las molduras de los techos, los sombríos tapices de las
paredes, la negrura de ébano de los pisos y los fantasmagóricos
trofeos de armas que tintineaban con mis zancadas—eran cosas
muy conocidas para mí, a las que estaba acostumbrado desde mi
infancia, y aunque no vacilase en reconocerlas todas como
familiares, me sorprendió lo insólitas que eran las visiones que
aquellas imágenes ordinarias despertaban en mí. En una de las
escaleras me encontré al médico de la familia. Su semblante,
pensé, mostraba una expresión mezcla de baja astucia y de
perplejidad. Me saludó con azaramiento, y pasó. El criado abrió
entonces una puerta y me condujo a presencia de su señor.
La habitación en que me hallaba era muy amplia y alta; las
ventanas, largas, estrechas y ojivales, estaban a tanta distancia del
negro piso de roble, que eran en absoluto inaccesibles desde
dentro. Débiles rayos de una luz roja abríanse paso a través de los
cristales enrejados, dejando lo bastante en claro los principales
objetos de alrededor; la mirada, empero, luchaba en vano por
alcanzar los rincones lejanos de la estancia, o los entrantes del
techo abovedado y con artesones. Oscuros tapices colgaban de las
paredes. El mobiliario general era excesivo, incómodo, antiguo y
deslucido. Numerosos libros e instrumentos de música yacían
esparcidos en torno, pero no bastaban a dar vitalidad alguna a la
escena. Sentía yo que respiraba una atmósfera penosa. Un aire de
severa, profunda e irremisible melancolía se cernía y lo penetraba
todo.
A mi entrada, Usher se levantó de un sofá sobre el cual estaba
tendido por completo, y me saludó con una calurosa viveza que se
asemejaba mucho, tal vez fué mi primer pensamiento, a una
exagerada cordialidad, al obligado esfuerzo de un hombre de
mundo ennuyé (1). Con todo, la ojeada que lancé sobre su cara me
convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos, y durante unos
momentos, mientras él callaba, le miré con un sentimiento mitad de
piedad y mitad de pavor. ¡De seguro, jamás hombre alguno había
cambiado de tan terrible modo y en tan breve tiempo como Roderick
Usher! A duras penas podía yo mismo persuadirme a admitir la
identidad del que estaba frente a mí con el compañero de mis
primeros años. Aun así el carácter de su fisonomía había sido
siempre notable.
Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos sobre
toda comparación; unos labios algo finos y muy pálidos, pero de
una curva incomparablemente bella; una nariz de un delicado tipo
hebraico, pero de una anchura desacostumbrada en semejante
forma; una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de
prominencia revelaba una falta de energía; el cabello, que por su
tenuidad suave parecía tela de araña; estos rasgos, unidos a un
desarrollo frontal excesivo, componían en conjunto una fisonomía
que no era fácil olvidar. Y al presente, en la simple exageración del
carácter predominante de aquellas facciones, y en la expresión que
mostraban, se notaba un cambio tal, que dudaba yo del hombre a
quien hablaba. La espectral palidez de la piel y el brillo ahora
milagroso de los ojos me sobrecogían sobre toda ponderación, y
hasta me aterraban. Además, había él dejado crecer su sedoso
cabello sin preocuparse, y como aquel tejido arácneo flotaba más
que caía en torno a la cara, no podía yo, ni haciendo un esfuerzo,
relacionar a aquella expresión arabesca con idea alguna de simple
humanidad.
Me chocó lo primero cierta incoherencia, una contradicción en las
maneras de mi amigo, y pronto descubrí que aquello procedía de
una serie de pequeños y fútiles esfuerzos por vencer un
azaramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa.
Estaba ya preparado para algo de ese género, no sólo por su carta,
sino por los recuerdos de ciertos rasgos de su infancia, y por las
conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y de su
temperamento. Sus actos eran tan pronto vivos como indolentes. Su
voz variaba rápidamente de una indecisión trémula (cuando su
ardor parecía caer en completa inacción) a esa especie de
concisión enérgica, a esa enunciación abrupta, pesada, lenta—una
enunciación hueca—, a ese habla gutural, plúmbea, muy bien
modulada y equilibrada, que puede observarse en el borracho
perdido o en el incorregible comedor de opio, durante los períodos
de su más intensa excitación.
Así, pues, habló del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de
verme, y de la alegría que esperaba de mí. Se extendió bastante
rato sobre lo que pensaba acerca del carácter de su dolencia. Era,
dijo, un mal constitucional, de familia, para el cual desesperaba de
encontrar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió acto
seguido, que, sin duda, desaparecía pronto. Se manifestaba en una
multitud de sensaciones extranaturales... Algunas, mientras me las
detallaba, me interesaron y confundieron, aunque quizá los términos
y gestos de su relato influyeron bastante en ello. Sufría él mucho de
una agudeza morbosa de los sentidos; sólo toleraba los alimentos
más insípidos; podía usar no más que prendas de cierto tejido; los
aromas de todas las flores le sofocaban, una luz, incluso débil,
atormentaba sus ojos, y exclusivamente algunos sonidos
peculiares, los de los instrumentos de cuerda, no le inspiraban
horror.
Vi que era el esclavo forzado de una especie de terror anómalo.
—Moriré—dijo—, debo morir de esta lamentable locura. Así, así y
no de otra manera, debo morir. Temo los acontecimientos futuros,
no en sí mismos, sino en sus consecuencias. Tiemblo al
pensamiento de cualquier cosa, del más trivial incidente que pueden
actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. Siento verdadera
aversión al peligro, excepto en su efecto absoluto: el terror. En tal
estado de excitación, en tal estado lamentable, presiento que antes
o después llegará un momento en que han de abandonarme a la
vez la vida y la razón, en alguna lucha con el horrendo fantasma,
con el miedo.
Supe también a intervalos, por insinuaciones interrumpidas y
ambiguas, otra particularidad de su estado mental. Estaba él
encadenado por ciertas impresiones supersticiosas, relativas a la
mansión donde habitaba, de la que no se había atrevido a salir
desde hacía muchos años, relativas a una influencia cuya supuesta
fuerza expresaba en términos demasiado sombríos para ser
repetidos aquí, una influencia que algunas particularidades en la
simple forma y materia de su casa solariega habían, a costa de un
largo sufrimiento, decía él, logrado sobre su espíritu un efecto que
lo físico de los muros y de las torres grises, y del oscuro estanque
en que todo se reflejaba, había al final creado sobre lo moral de su
existencia.
Admitía él, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la
especial tristeza que le afligía podía atribuirse a un origen más
natural y mucho más palpable, a la cruel y ya antigua dolencia, a la
muerte—sin duda cercana—de una hermana tiernamente amada,
su sola compañera durante largos años, su última y única parienta
en la tierra.
—Su fallecimiento—dijo él con una amargura que no podré nunca
olvidar—me dejará (a mí, el desesperanzado, el débil) como el
último de la antigua raza de los Usher.
Mientras hablaba, lady Madeline (así se llamaba) pasó por la parte
más distante de la habitación, y sin fijarse en mi presencia,
desapareció. La miré con un enorme asombro no desprovisto de
terror, y, sin embargo, me pareció imposible darme cuenta de tales
sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía conforme mis
ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando al fin se cerró una
puerta tras ella, mi mirada buscó instintivamente la cara de su
hermano, pero él había hundido el rostro en sus manos, y sólo pude
observar que una palidez mayor que la habitual se había extendido
sobre los descarnados dedos, a través de los cuales goteaban
abundantes lágrimas apasionadas.
La enfermedad de lady Madeline había desconcertado largo tiempo
la ciencias de sus médicos. Una apatía constante, un agotamiento
gradual de su persona, y frecuentes, aunque pasajeros ataques de
carácter cataléptico parcial, eran el singular diagnóstico. Hasta
entonces había ella soportado con firmeza la carga de su enferme,
sin resignarse, por fin, a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi
llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche
con una inexpresable agitación) al poder postrador del mal, y supe
dela mirada que yo le había dirigido sería, probablemente, la última,
que no vería ya nunca más a aquella dama, viva al menos.
En varios días consecutivos no fué mencionado su nombre ni por
Usher ni por mí, y durante ese período hice esfuerzos ardosos para
aliviar la melancolía de mi amigo. Pintamos y leímos juntos, o si no,
escuchaba yo, como un sueño, sus fogosas improvisaciones en su
elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más
estrecha me admitía con mayor franqueza en las reconditeces de su
alma, percibía yo más amargamente la inutilidad de todo esfuerzo
para alegrar un espíritu cuya negrura, como una cualidad positiva
que le fuese inherente, derramaba sobre todos los objetos del
universo moral u físico una irradiación incesante de tristeza.
Conservaré siempre el recuerdo de muchas horas solemnes que
pasé solo con el dueño de la Casa de Usher. A pesar de todo,
intentaría en balde expresar el carácter exacto de los estudios o de
las ocupaciones en que me complicaba o cuyo camino me
mostraba. Una idealidad ardiente, elevada, enfermiza, arrojaba su
luz sulfúrea por doquiera. Sus largas improvisaciones fúnebres
resonarán siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo
dolorosamente cierta singular perversión, amplificada, del aria
impetuosa del último vals de Weber. En cuanto a las pinturas que
incubaba su laboriosa fantasía—que llegaba, trazo a trazo, a una
vaguedad que me hacía estremecer con mayor conmoción, pues
temblaba sin saber por qué—, en cuanto a aquella pinturas (de
imágenes tan vivas, que las tengo aún ante mí), en vano intentaría
yo extraer de ellas la más pequeña parte que pudiese estar
contenida en el ámbito de las simples palabras escritas. Por la
completa sencillez, por la desnudez de sus dibujos, inmovilizaba y
sobrecogía la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese
mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos, en las circunstancias
que me rodeaban, de las puras abstracciones que el hipocondríaco
se ingeniaba en lanzar sobre su lienzo, se alzaba un terror intenso,
intolerable, cuya sombra no he sentido nunca en la contemplación
de los sueños, sin duda, refulgentes, aunque demasiado concretos,
de Fuseli.
Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, en que el
espíritu de abstracción no participaba con tanta rigidez, puede ser
esbozada, aunque apenas, con palabras. Era un cuadrito que
representaba el interior de una cueva o túnel intensamente largo y
rectagular, de muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni
adorno. Ciertos detalles accesorios del dibujo servían para hacer
comprender la idea de que aquella excavación estaba a una
profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra. No se veía
ninguna salida a lo largo de su vasta extensión, ni se divisaba
antorcha u otra fuente artificial de luz, y, sin embargo, una oleada
de rayos intensos rodaba de parte a parte, bañándolo todo en un
lívido e inadecuado esplendor.
Acabo de hablar de ese estado morboso del nervio auditivo que
hacía toda música intolerable para el paciente, excepto ciertos
efectos de los instrumentos de cuerda. Eran, quizá, los límites
estrechos en los cuales se había confinado él mismo al tocar la
guitarra los que habían dado en gran parte aquel carácter fantástico
a sus interpretaciones. Pero en cuanto a la férvida facilidad de sus
impromptus, no podía uno darse cuenta así. Tenían que ser, y lo
eran, en las notas lo mismo que en las palabras de sus fogosas
fantasías (pues él las acompañaba a menudo con improvisaciones
verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento, de esa
concentración mental a los que he aludido antes, y que se observan
sólo en los momentos especiales de la más alta excitación artificial.
Recuerdo bien las palabras de una de aquellas rapsodias. Me
impresionó acaso más fuertemente cuando él me la dió, porque
bajo su sentido interior o místico me pareció percibir por primera vez
que Usher tenía plena conciencia de su estado, que sentía cómo su
sublime razón se tambaleaba sobre su trono. Aquellos versos,
titulados El palacio hechizado, eran, poco más o menos, si no al pie
de la letra, los siguientes:
I
En el más verde de nuestros valles,
habitado por los ángeles buenos,
antaño un bello y majestuoso palacio
—un radiante palacio—alzaba su frente.
En los dominios del rey Pensamiento,
¡allí se elevaba!
Jamás un serafín desplegó el ala
sobre un edificio la mitad de bello.
II
Banderas amarillas, gloriosas doradas
sobre su remate flotaban y ondeaban
(esto, todo esto, sucedía hace mucho,
muchísimo tiempo);
y a cada suave brisa que retozaba
en aquellos gratos días,
a lo largo de los muros pálidos y empenachados
se elevaba un aroma alado.
III
Los que vagaban por ese alegre valle,
a través de dos ventanas iluminadas, veían
espíritus moviéndose musicalmente
a los sones de un laúd bien templado,
en torno a un trono donde, sentado
(¡porfirogénito!)
con un fausto digno de su gloria,
aparecía el señor del reino.
IV
Y refulgente de perlas y rubíes
era la puerta del bello palacio
por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas
y centelleaba sin cesar,
una turba de Ecos cuya grata misión
era sólo cantar,
con voces de magnífica belleza,
el talento y el saber de su rey.
V
Pero seres malvados, con ropajes de luto,
asaltaron la elevada posición del monarca;
(¡ah, lloremos, pues nunca el alba
despuntará sobre él, el desolado!)
Y en torno a su mansión, la gloria
que rojeaba y florecía
es sólo una historia oscuramente recordada
de las viejas edades sepultadas.
VI
Y ahora los viajeros, en ese valle,
a través de las ventanas rojizas, ven
amplias formas moviéndose fantásticamente
amplias formas moviéndose fantásticamente
en una desacorde melodía;
mientras, cual un rápido y horrible río,
a través de la pálida puerta
una horrenda turba se precipita eternamente,
riendo, mas sin sonreír nunca más.
Recuerdo muy bien que las sugestiones suscitadas por esta balada
nos sumieron en una serie de pensamientos en la que se manifestó
una opinión de Usher que menciono aquí, no tanto en razón de su
novedad (pues otros hombres han pensado lo mismo) (2), sino a
causa de la tenacidad con que él la mantuvo. Esta opinión, en su
forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres
vegetales. Pero en su trastornada imaginación la idea había
asumido un carácter más atrevido aún, e invadía, bajo ciertas
condiciones, el reino inorgánico. Me faltan palabras para expresar
toda la extensión o el serio abandono de su convencimiento. Esta
creencia, empero, se relacionaba (como ya antes he sugerido) con
las piedras grises de la mansión de sus antepasados. Aquí las
condiciones de la sensibilidad estaban cumplidas, según él
imaginaba, por el método de colocación de aquellas piedras, por su
disposición, así como por los numerosos hongos que las cubrían y
los árboles enfermizos que se alzaban alrededor, pero sobre todo
por la inmutabilidad de aquella disposición y por su desdoblamiento
en las quietas aguas del estanque. La prueba—la prueba de aquella
sensibilidad—estaba, decía él (y yo le oía hablar, sobresaltado), en
la gradual, pero evidente condensación, por encima de las aguas y
alrededor de los muros, de una atmósfera que les era propia. El
resultado se descubría, añadía él, en aquella influencia muda,
aunque importuna y terrible, que desde hacía siglos había
moldeado los destinos de su familia, y que le hacía a él tal como le
veía yo ahora, tal como era. Semejantes opiniones no necesitan
comentarios, y no los haré.
Nuestros libros—los libros que desde hacía años formaban una
parte no pequeña de la existencia espiritual del enfermo—estaban,
como puede suponerse, de estricto acuerdo con aquel carácter
fantasmal. Estudiábamos minuciosamente obras como el Vertvert et
Chartreuse, de Gresset; el Belphegor, de Maquiavelo; El cielo y el
infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo, de Nicolás Klimm de
Holberg; la Quiromancia, de Roberto Flaud, de Jean d'Indaginé y de
De la Chambre; el Viaje por el espacio azul, de Tieck, y la Ciudad
del Sol, de Campanella. Uno de sus volúmenes favoritos era una
pequeña edición in octavo del Directorium Inquisitorium, por el
dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes, en Pomponius Mela,
acerca de los antiguos sátiros africanos o egipanes, sobre los
cuales Usher soñaba durante horas enteras. Su principal delicia,
con todo, la encontraba en la lectura atenta de un raro y curioso
libro gótico in-quarto—el manual de una iglesia olvidada—, las
Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae.
Pensaba a mi pesar en el extraño ritual de aquel libro, y en su
probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando, una noche,
habiéndome informado bruscamente de que lady Madeline ya no
existía anunció su intención de conservar el cuerpo durante una
quincena (antes de su enterramiento final) en una de las numerosas
criptas situadas bajo los gruesos muros del edificio. La razón
profana que daba sobre aquella singular manera de proceder era de
esas que no me sentía yo con libertad para discutir. Como hermano,
había adoptado aquella resolución (me dijo él) en consideración al
carácter insólito de la enfermedad de la difunta, a cierta curiosidad
importuna e indiscreta por parte de los hombres de ciencia, y a la
alejada y expuesta situación del panteón familiar. Confieso que,
cuando recordé el siniestro semblante del hombre con quien me
había encontrado en la escalera el día de mi llegada a la casa, no
sentí deseo de oponerme a lo que consideraba todo lo más como
una precaución inocente, pero muy natural.
A ruegos de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de
aquel entierro temporal. Pusimos el cuerpo en el féretro, y entre los
dos lo transportamos a su lugar de reposo. La cripta en la que lo
dejamos (y que estaba cerrada hacía tanto tiempo, que nuestras
antorchas, semiacabadas en aquella atmósfera sofocante, no nos
permitían ninguna investigación) era pequeña, húmeda y no dejaba
penetrar la luz; estaba situada a una gran profundidad, justo debajo
de aquella parte de la casa donde se encontraba mi dormitorio.
Había sido utilizada, al parecer, en los lejanos tiempos feudales,
como mazmorra, y en días posteriores, como depósito de pólvora o
de alguna otra materia inflamable, pues una parte del suelo y todo
el interior de una larga bóveda que cruzamos para llegar hasta allí
estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro
macizo, estaba también protegida de igual modo. Cuando aquel
inmenso peso giraba sobre sus goznes producía un ruido singular,
agudo y chirriante.
Depositamos nuestro lúgubre fardo sobre unos soportes en aquella
región de horror, apartamos un poco la tapa del féretro, que no
estaba aún atornillada, y miramos la cara del cadáver. Un parecido
chocante entre el hermano y la hermana atrajo en seguida mi
atención, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró
unas palabras, por las cuales supe que la difunta y él eran gemelos,
y que habían existido siempre entre ellos unas simpatías de
naturaleza casi inexplicables. Nuestras miradas, entre tanto, no
permanecieron fijas mucho tiempo sobre la muerta, pues no
podíamos contemplarla sin espanto. El mal que había llevado a la
tumba a lady Madeline en la plenitud de su juventud había dejado,
como suele suceder en las enfermedades de carácter estrictamente
cataléptico, la burla de una débil coloración sobre el seno y el
rostro, y en los labios, esa sonrisa equívoca y morosa que es tan
terrible en la muerte. Volvimos a colocar y atornillamos la tapa, y
después de haber asegurado la puerta de hierro, emprendimos de
nuevo nuestro camino hacia las habitaciones superiores de la casa,
que no eran menos tristes.
Y entonces, después de un lapso de varios días de amarga pena,
tuvo lugar un cambio visible en los síntomas de la enfermedad
mental de mi amigo. Sus maneras corrientes desaparecieron. Sus
ocupaciones ordinarias eran descuidadas u olvidadas. Vagaba de
estancia en estancia con un paso precipitado, desigual y sin objeto.
La palidez de su fisonomía había adquirido si es posible, un color
más lívido; pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por
completo. No oía ya aquel tono de voz áspero que tenía antes en
ocasiones, y un temblor que se hubiera dicho causado por un terror
sumo, caracterizaba de ordinario su habla. Me ocurría a veces, en
realidad, pensar que su mente, agitada sin tregua, estaba torturada
por algún secreto opresor, cuya divulgación no tenía el valor para
efectuar. Otras veces me veía yo obligado a pensar, en suma, que
se trataba de rarezas inexplicables de la demencia, pues le veía
mirando al vacío durante largas horas en una actitud de profunda
atención, como si escuchase un ruido imaginario. No es de extrañar
que su estado me aterrase, que incluso sufriese yo su contagio.
Sentía deslizarse dentro de mí, en una gradación lenta, pero
segura, la violenta influencia de sus fantásticas, aunque
impresionantes supersticiones.
Fué en especial una noche, la séptima o la octava desde que
depositamos a lady Madeline en la mazmorra, antes de retirarnos a
nuestros lechos, cuando experimenté toda la potencia de tales
sensaciones. El sueño no quería acercarse a mi lecho, mientras
pasaban y pasaban las horas. Intenté buscar un motivo al
nerviosismo que me dominaba. Me esforcé por persuadirme de que
lo que sentía era debido, en parte al menos, a la influencia
trastornadora del mobiliario opresor de la habitación, a los sombríos
tapices desgarrados que, atormentados por las ráfagas de una
tormenta que se iniciaba, vacilaban de un lado a otro sobre los
muros y crujían penosamente en torno a los adornos del lecho. Pero
mis esfuerzos fueron inútiles. Un irreprimible temblor invadió poco a
poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a
apoderarse por completo de mi corazón. Respiré con violencia, hice
un esfuerzo, logré sacudirla, e incorporándome sobre las
almohadas y clavando una ardiente mirada en la densa oscuridad
de la habitación, presté oído—no sabría decir por que me impulsó
una fuerza instintiva—a ciertos ruidos vagos, apagados e
indefinidos que llegaban hasta mí a través de las pausas de la
tormenta. Dominado por una intensa sensación de horror,
inexplicable e insufrible me vestí de prisa (pues sentía que no iba a
serme posible dormir en toda la noche) y procuré, andando a
grandes pasos por la habitación, salir del estado lamentable en que
estaba sumido.
Apenas había dado así unas vueltas, cuando un paso ligero por una
escalera cercana atrajo mi atención. Reconocí muy pronto que era
el paso de Usher. Un instante después llamó suavemente en mi
puerta y entró, llevando una lámpara. Su cara era, como de
costumbre, de una palidez cadavérica; pero había, además, en sus
ojos una especie de loca hilaridad, y en todo su porte, una histeria
evidentemente contenida. Su aspecto me aterró; pero todo era
preferible a la soledad que había yo soportado tanto tiempo, y acogí
su presencia como un alivio.
—¿Y usted no ha visto esto?—dijo él bruscamente, después de
permanecer algunos momentos en silencio mirándome—. ¿No ha
visto usted esto? ¡Pues espere! Lo verá.
Mientras hablaba así, y habiendo resguardado cuidadosamente su
lámpara, se precipitó hacia una de las ventanas y la abrió de par en
par a la tormenta.
La impetuosa furia de la ráfaga nos levantó casi del suelo. Era, en
verdad, una noche tempestuosa; pero espantosamente bella, de
una rareza singular en su terror y en su belleza. Un remolino había
concentrado su fuerza en nuestra proximidad, pues había cambios
frecuentes y violentos en la dirección del viento, y la excesiva
densidad de las nubes (tan bajas, que pasaban sobre las tordillas
de la casa) no nos impedía apreciar la viva velocidad con la cual
acudían unas contra otras desde todos los puntos, en vez de
perderse a distancia. Digo que su excesiva densidad no nos
impedía percibir aquello, y aun así, no divisábamos ni la luna ni las
estrellas, ni relámpago alguno proyectaba su resplandor. Pero las
superficies inferiores de aquellas vastas masas de agitado vapor, lo
mismo que todos los objetos terrestres muy cerca alrededor
nuestro, reflejaban la claridad sobrenatural de una emanación
gaseosa que se cernía sobre la casa y la envolvía en una mortaja
luminosa y bien visible.
—¡No debe usted, no contemplará usted esto! —dije, temblando, a
Usher, y le llevé con suave violencia desde la ventana a una silla—.
Esas apariciones que le trastornan son simples fenómenos
eléctricos, nada raros, o puede que tengan su horrible origen en los
fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es
helado y peligroso para su organismo. Aquí tiene usted una de sus
novelas favoritas. Leeré, y usted escuchará: y así pasaremos esta
terrible noche, juntos.
El antiguo volumen que había yo cogido era el Mad Trist, de sir
Launcelot Canning; pero lo había llamado el libro favorito de Usher
por triste chanza, pues, en verdad, con su tosca y pobre prolijidad,
poco atractivo podía ofrecer para la elevada y espiritual idealidad de
mi amigo. Era, sin embargo, el único libro que tenía inmediatamente
a mano, y me entregué a la vaga esperanza de que la excitación
que agitaba al hipocondríaco podría hallar alivio (pues la historia de
los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) hasta
en la exageración de las locuras que iba yo a leerle. A juzgar por el
gesto de predominante y ardiente interés con que escuchaba o
aparentaba escuchar las frases de la narración, hubiese podido
congratularme del éxito de mi propósito.
Había llegado a esa parte tan conocida de la historia en que
Ethelredo, el héroe del Trist, habiendo intentado en vano penetrar
pacíficamente en la mora da del ermitaño, se decide a entrar por la
fuerza. Aquí, como se recordará, dice lo siguiente la narración:
"Y Ethelredo que era por naturaleza de valeroso corazón, y que
ahora sentíase, además, muy fuerte, gracias a la potencia del vino
que había bebido no esperó más tiempo para hablar con el ermitaño
quien tenía de veras el ánimo propenso a la obstinación y a la
malicia; pero, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo el
desencadenamiento de la tempestad, levantó su maza, y con unos
golpe abrió pronto un camino, a través de las tablas de la puerta, a
su mano enguantada de hierro; y entonces tirando con ella
vigorosamente hacia sí, hizo crujir, hundirse y saltar todo en
pedazos, de tal modo, que el ruido de la madera seca y sonando a
hueco repercutió de una parte a otra de la selva."
Al final de esta frase me estremecí e hice un pausa, pues me había
parecido (aunque pensé e seguida que mi excitada imaginación me
engañaba) que de una parte muy alejada de la mansión llegaba
confuso a mis oídos un ruido que se hubiera dicho, a causa de su
exacta semejanza de tono, el eco (pero sofocado y sordo,
ciertamente de aquel ruido real de crujido y de arrancamiento
descrito con tanto detalle por sir Launcelot. Era sin duda, la única
coincidencia lo que había atraído tan sólo mi atención, pues entre el
golpeteo de las hojas de las ventanas y los ruidos mezclados de la
tempestad creciente, el sonido en sí mismo no tenía, de seguro,
nada que pudiera intrigarme o turbarme.
Continué la narración:
"Pero el buen campeón Ethelredo, franqueando entonces la puerta,
se sintió dolorosamente furioso y asombrado al no percibir rastro
alguno del malicioso ermitaño, sino, en su lugar, un dragón de una
apariencia fenomenal y escamosa, con una lengua de fuego, y que
estaba de centinela ante un palacio de oro, con el suelo de plata, y
sobre el muro aparecía colgado un escudo brillante de bronce, con
esta leyenda encima:
El que entre aquí, vencedor será;
el que mate al dragón, el escudo ganará.
"Ethelredo levantó su maza y golpeó sobre la cabeza del dragón,
que cayó ante él y exhaló su aliento pestilente con un ruido tan
horrendo, áspero y penetrante a la vez, que Ethelredo tuvo que
taparse los oídos con las manos para resistir aquel terrible
estruendo como no lo había él oído nunca antes."
Aquí hice de súbito una nueva pausa, y ahora con una sensación de
violento asombro, pues no cabía duda de que había yo oído esta
vez (érame imposible decir de qué dirección venía) un ruido débil y
como lejano, pero áspero, prolongado, singularmente agudo y
chirriante, la contrapartida exacta del rito sobrenatural del dragón
descrito por el novelista y tal cual mi imaginación se lo había ya
figurado.
Oprimido como lo estaba, sin duda, por aquella segunda y muy
extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias,
entre las cuales predominaban un asombro y un terror extremos,
conservé, empero, la suficiente presencia de ánimo para tener
cuidado de no excitar con una observación cualquiera la
sensibilidad nerviosa de mi compañero. No estaba seguro en
absoluto de que él hubiera notado los ruidos en cuestión, siquiera, a
no dudar, una extraña alteración habíase manifestado, desde hacía
unos minutos, en su actitud. De su posición primera enfrente de mí
había él hecho girar gradualmente su silla de modo a encontrarse
sentado con la cara vuelta hacia la puerta de la habitación; así, sólo
podía yo ver parte de sus rasgos, aunque noté que sus labios
temblaban como si dejasen escapar un murmullo inaudible. Su
cabeza estaba caída sobre su pecho, y, no obstante, yo sabía que
no estaba dormido, pues el ojo que entreveía de perfil permanecía
abierto y fijo. Además, el movimiento de su cuerpo contradecía
también aquella idea, pues se balanceaba con suave, pero
constante y uniforme oscilación. Noté, desde luego, todo eso, y
reanudé el relato de sir Launcelot, que continuaba así:
"Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del
dragón, y recordando el escudo de bronce, y que el encantamiento
que sobre él pesaba estaba roto, apartó la masa muerta de delante
de su camino y avanzó valientemente por el suelo de plata del
castillo hacia el sitio del muro de donde colgaba el escudo; el cual,
en verdad, no esperó a que estuviese él muy cerca, sino que cayó a
sus pies sobre el pavimento de plata, con un pesado y terrible ruido.
"
Apenas habían pasado entre mis labios estas últimas sílabas, y
como si en realidad hubiera caído en aquel momento un escudo de
bronce pesadamente sobre un suelo de plata, oí el eco claro,
profundo, metálico, resonante, si bien sordo en apariencia. Excitado
a más no poder, salté sobre mis pies, en tanto que Usher no había
interrumpido su balanceo acompasado.
Sus ojos estaban fijos ante sí, y toda su fisonomía, contraída por
una pétrea rigidez. Pero cuando puse la mano sobre su hombro, un
fuerte estremecimiento recorrió toda su ser, una débil sonrisa
tembló sobre sus labios, y vi que hablaba con un murmullo
apagado, rápido y balbuciente, como si no se diera cuenta de mi
presencia. Inclinándome sobre él, absorbí al fin el horrendo
significado de sus palabras
—¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho
tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído; pero
no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy!
¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la
tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo
ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del
ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no
me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelredo, ¡ja, ja! ¡La
puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el
estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su
féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha
dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella
aquí en seguida? ¿No va a aparecer para reprocharme mi
precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el
pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato!—y en ese
momento se alzó furiosamente de puntillas y aulló sus sílabas como
si en aquel esfuerzo exhalase su alma—: Insensato. ¡Le digo a
usted que ella está ahora detrás de la puerta!
En el mismo instante, como si la energía sobrehumana de sus
palabras hubiese adquirido la potencia de un hechizo, las grandes y
antiguas hojas que él señalaba entreabrieron pausadamente sus
pesadas mandíbulas de ébano. Era aquello obra de una furiosa
ráfaga, pero en el marco de aquella puerta estaba entonces la alta y
amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre sobre
su blanco ropaje, y toda su demacrada persona mostraba las
señales evidentes de una enconada lucha. Durante un momento
permaneció trémula y vacilante sobre el umbral; luego, con un grito
apagado y quejumbroso, cayó a plomo hacia adelante sobre su
hermano, y en su violenta y ahora definitiva agonía le arrastró al
suelo, ya cadáver y víctima de sus terrores anticipados.
Huí de aquella habitación y de aquella mansión, horrorizado. La
tempestad se desencadenaba aún en toda su furia cuando franqueé
la vieja calzada. De pronto una luz intensa se proyectó sobre el
camino y me volví para ver dónde podía brotar claridad tan singular,
pues sólo tenía a mi espalda la vasta mansión y sus sombras. La
irradiación provenía de la luna llena, que se ponía entre un rojo de
sangre, y que ahora brillaba con viveza a través de aquella grieta
antes apenas visible, y que, como ya he dicho al principio, se
extendía, zigzagueando, desde el tejado del edificio hasta la base.
Mientras la examinaba, aquella grieta se ensanchó con rapidez;
hubo de nuevo una impetuosa ráfaga, un remolino; el disco entero
del satélite estalló de repente ante mi vista; mi cerebro se alteró
cuando vi los pesados muros desplomarse, partidos en dos; resonó
un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas, y el
estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y
silenciosamente sobre los restos de la Casa de Usher.


FIN


NOTAS.-
(1) Hastiado. En francés en el original.
(2) Watson, Percival, Spallanzani, y en particular el obispo de Landaff.

Véase Chemical Essay, volumen

miércoles, 2 de abril de 2008

Alquimia - LA TRADICCION EGIPCIA A TRAVES DE LOS ALQUIMISTAS - HERMETISMO

- Alquimia -
La tradición egipcia a través de los alquimistas



El conocimiento hermético del que eran depositarios los
egipcios fue recogido por los hebreos; numerosos pasajes de la
Biblia, sobre todo el Pentateuco de Moisés, nos permiten
adivinarlo (1). Por otra parte, también los griegos se nutrieron de
la sabiduría egipcia, adecuándola a su civilización y a sus
divinidades y sirviendo de transmisores de sus misterios (2).
Más tarde, bebiendo indistintamente en las fuentes griegas y
en las egipcias, los sabios doctores del Islam volvieron a
actualizar y transmitieron de nuevo el conocimiento hermético.
Fue, finalmente, a través de estos tres, hebreos, griegos y
árabes, como llegó a tierras europeas, donde volvemos a
encontrarlo entre los alquimistas medievales, más o menos
intacto, hasta finales del siglo XVIII.
No es tampoco desdeñable, aunque no hablaremos ahora de
ello, el papel ejercido por algunos padres de la Iglesia en esta
misteriosa transmisión. Durante la Edad Media aparecerán una
serie de alquimistas cristianos que compararán la Gran Obra con
la vida de Cristo (3). Con todo, los elementos más importantes de
la filosofía hermética proceden en su mayoría, como veremos, de
los griegos y de los egipcios.
Varias leyendas egipcias y griegas nos refieren que toda una
serie de usos, enseñanzas y costumbres fueron transmitidos al
pueblo egipcio por Thot, dios que recibiría entre los griegos los
nombres de Hermes y de Mercurio (4). Dicho de otro modo, lo
que exotéricamente se entiende por tradición, nos narra la
leyenda que fue transmitido al pueblo egipcio por Thot-Hermes.
Alkandi (5) se refiere a él en estos términos «En tiempos de
Abraham vivía en Egipto Hermes o Idris segundo (6), que la paz
sea con él, y fue apodado Trismegisto, porque era poeta, rey y
filósofo.
Enseñó el Arte de los metales, la Alquimia, al Astrología, la
Magia, la Ciencia de los espíritus... », con ello vemos que Thot o
Hermes fue también el transmisor del esoterismo. Dom Pernety
afirma que se consideraba a Mercurio como el inventor de las
artes y de los caracteres jeroglíficos, porque Hermes los inventó a
propósito del mercurio filosófico, uno de los arcanos de la
Alquimia.
La helenización de Thot, Hermes Trismegisto, fue el Mercurio
de los romanos; éste estaba considerado como el padre de la
Alquimia, que ha tomado de él el nombre de «filosofía
hermética». Todos los alquimistas medievales estaban de acuerdo
en ello y se llamaban a sí mismos «filósofos herméticos», para
diferenciarse de los filósofos «profanos».
Entre los escritos de los filósofos herméticos, aquellos en los
que se hace alguna alusión directa a la mitología egipcia son muy
numerosos; resultaría poco menos que imposible citarlos a todos.
Muchos de ellos no han sido traducidos nunca ni del latín ni del
griego originales, y bastantes se conservan únicamente en forma
de manuscrito.
Entre los autores a los que hemos recurrido en el presente
trabajo, señalaremos cuatro, que nos parecen los más
representativos: MICHAEL MAIER, médico y alquimista alemán
del s. XVII, prolífico escritor: DOM ANTOINE PERNETY,
benedictino de la congregación de St. Maure, autor de un
Diccionario Mito-Hermético (s. XVIII) de obligada referencia;
SAINT BAQUE de BUFOR, filósofo desconocido, del s. XVIII,
probablemente relacionado con Pernety o con el círculo hermético
que éste presidía (7), y un filósofo anónimo que se ocultaba bajo
el anagrama de FILOVITA o URANICUS, autor de una Instrucción
introductoria a una de las obras de Esprit Gobineau de
Montluisant.
Algún lector se extrañará al ver relacionado algo como la
alquimia europea con la antigua mitología egipcia; las pocas ideas
que normalmente tenemos sobre ésta, proceden de nuestra
educación escolar donde más que comprender lo que hacíamos
era aprender. Como ocurría con la interminable lista de reyes
godos, memorizábamos nombres de dioses, de diosas y de
personajes mitológicos, pero no nos enterábamos ni de su
simbolismo ni de su sentido profundo; dicho de otro modo: no
sabíamos a qué se referían y, lo que sin duda es peor, no
sabíamos que en el fondo eran símbolos y no mitos ni personajes
reales de carne y hueso.
Para los verdaderos alquimistas no existía este problema,
todo lo que los dioses y las fábulas egipcias representaban ya era
conocido por ellos, y no les era difícil reconocer los principios y
operaciones de su arte en las leyendas que nos han transmitido
Plutarco, Diodoro de Sicilia o Porfirio.
Comentando el texto que aparecía en una columna egipcia,
transcrito por el Abbé Bannier en su Mitología, Dom Pernety
afirmaba (8) que «si se comparaban estas expresiones con las de
los Filósofos Herméticos, se las encontrará tan conformes que se
estará, por así decirlo obligado a convenir que el Autor de estas
Inscripciones contemplaba el mismo objeto que los Filósofos», y
más adelante: «los Sacerdotes instruidos por Hermes tenían otro
objetivo que el de la historia (9), con la que no podrán conciliarse
las diferentes cualidades de madre e hijo, de esposo y esposa, de
hermano y hermana, de padre e hija que se encuentran en las
distintas historias de Isis y Osiris, pero que convienen muy bien a
la Obra Hermética, cuando se toma su única materia bajo todos
los puntos de vista» (10). «Basta con un solo libro de los
Filósofos Herméticos – nos dice el mismo autor (11)- para ver
que han utilizado el mismo método que los Egipcios para hablar
de la Piedra Filosofal: han utilizado los mismo jeroglíficos y las
mismas fábulas».
Así pues, vemos que los filósofos herméticos y los egipcios
no sólo hablaban de los mismo, sino que empleaban un mismo
lenguaje. Para el profano resultan tan jeroglíficos los textos de los
papiros como la mayoría de los tratados de los alquimistas, y en
ello reside la dificultad de traducción de los unos, de la que se
quejan los egiptólogos y de comprensión de los otros aunque,
prácticamente, han escrito en nuestra lengua (12).
El personaje central de la mitología egipcia es Osiris, y lo
que éste simboliza parece ser también el tema central en los
libros de muchos alquimistas. En el «Discurso XXIV» de su
Atalanta Fugiens (13), Michael Maier declara: « La alegoría de
Osiris ha sido llevada por nosotros a su verdadero origen, que es
químico, y explicaba de manera completa en otro lugar...(Osiris)
es el sol, pero el sol filosófico, y este nombre, que le encontramos
atribuido aquí y allá en los libros, ha sido interpretado como el sol
exterior por el vulgo que no conoce otra luz que la luz de este
mundo.
El sol de los filósofos recibe su nombre del sol del mundo
porque contiene todas las propiedades naturales que descienden
de este sol celeste o que le convienen». Contrariamente a lo que
pudiera parecer, los egipcios no adoraban en realidad a una
pluralidad de divinidades, sino a un solo Dios en todas las cosas,
como nos lo demuestran por una parte Plutarco (14) y por otra
Dom Pernety (15): «Léanse con atención los himnos de Orfeo,
particularmente el de Saturno, donde se dice que este dios está
extendido por todas las partes que componen el Universo y que
no ha sido engendrado; que se reflexione en Asklepios de
Hermes, en las palabras de Parménides el Pitagórico, en las obras
del mismo Pitágoras; en todas las partes se hallarán expresiones
que manifiestan su sentimiento sobre la unidad de un Dios,
principio de todo, él mismo sin principio, y que todos los dioses
mencionados no son sino diferentes denominaciones, ya sean
atributos, ya sean operaciones de la Naturaleza.
Sólo Jámblico es capaz de convencernos con lo que dice a
propósito de los misterios de los egipcios (16)... Hermes y los
otros sabios sólo presentaron a los pueblos las figuras de las
cosas como dioses, para manifestarles un solo y único Dios en
todas las cosas: ya que aquel que ve la Sabiduría, la Providencia
y el Amor de Dios manifestados en este mundo, ve a Dios mismo:
ya que todas las criaturas no son más que espejos que reflejan
sobre nosotros los rayos de la sabiduría divina». Volviendo al
sentido alquímico de las fábulas egipcias, señalemos que, según
los alquimistas, dos dificultades principales se presentan a aquel
que quiere realizar la Obra.
La primera es la determinación de qué materia ha de
utilizarse y la segunda de cómo manipularla. Saint Baque de
Bufor nos explica que: «Los Filósofos Herméticos, en los escritos
que nos han dejado, han hablado muy poco de la primera materia
(...) se han extendido mucho, aunque con mucha ambigüedad,
sobre los diversos principios del arte y sobre las formas
progresivas que toma la materia en la segunda operación, pero
han cubierto de un velo impenetrable al primer agente ostensible,
los primeros procesos y todo el desarrollo de la primera
operación... El Antiguo Testamento, la teología egipcia, griega y
la de los druidas, al contrario, casi no hablan de la segunda
operación, pero se extienden tan prolijamente y de un modo tan
variado sobre la primera que, a fuerza de envolverla con
parábolas, enigmas y ficciones, han formado un laberinto en el
cual es casi imposible no extraviarse (17)».
El proceso de la Obra alquímica consta de diversos pasos
que aparecen representados en la iconografía hermética,
sumamente abundante. Uno de los pasos de esta misteriosísima
obra recibía el nombre de «conjunción». Se trata de la unión del
«fijo y del volátil, del hermano y de la hermana, del Sol y de la
Luna» (18).
El lector familiarizado con la leyenda de Isis y Osiris
comprenderá, con Dom Pernety, (19) que: «los egipcios
entendían por Isis y Osiris tanto la substancia volátil y la
substancia fija de la materia de la obra, como el color blanco y el
rojo que toma en sus operaciones». En cuanto a Isis se refiere,
citemos la opinión del Filósofo anónimo que citábamos al principio
de este artículo (20): «La diosa Isis era el húmedo radical
universal, influido por la Luna al que miraban como la madre
original de toda generación y conservación. Las estatuas de Isis
tenían todos los símbolos de la Luna, incluso los del cielo astral y
de la región celeste, a la que se consideraba hacía tanto bien.
Estaba vestida de negro para señalar la vía de la corrupción y de
la muerte, comienzo de toda generación natural... La ropa negra
que se daba a Isis muestra también que la Luna, o la Naturaleza,
o también el Mercurio Filosófico que es su diminutivo y su
substancia operativa en todas las generaciones, no tiene luz por
sí mismo, al ser un cuerpo opaco, pero que este cuerpo esencial
la ha recibido de otro, esto es, del Sol y de su propio espíritu
vivificante que está infuso en él y que es su agente.
Llevaba una ropa negra, blanca, amarilla y roja para
significar los cuatro colores principales o grados hacia la
perfección de la generación o de la obra secreta de los Sabios, de
la que también es el sujeto, el objeto y la imagen. A menudo Isis
estaba acompañada por una vaca negra y blanca, para dar a
entender el trabajo asiduo con el que debe ser observado el culto
filosófico, y que debe ser seguido en la operación del negro y del
blanco perfecto que es engendrado por la Medicina Universal
Lunar Hermética... Según Apuleyo, Isis hablaba así en su fiesta:
Mi religión comenzará mañana para durar eternamente.
O sea que la Ciencia religiosa de la Naturaleza y la Obra de
su simiente primera, origen de toda producción y de las
maravillas del mundo, tiene tanta duración como el Universo y se
observa y practica cada día». Y nuestro autor añade que:
«Cuando las Tempestades del Invierno sean apaciguadas, que el
mar conmovido, alterado y tempestuoso sea calmado, apaciguado
y hecho navegable, mis sacerdotes me ofrecerán una barquilla,
como demostración de mi paso por el mar de Egipto, bajo la guía
de Mercurio, mandado por Júpiter.
Esta es la clave del gran Secreto filosófico para la extracción
de la materia de los Sabios y del huevo en el que deben
encerrarla y operar en el atanor de torre, comenzando por el
régimen de la Saturnia Egipcia, que es la corrupción del buen
augurio, para la generación del Hijo real filosófico, que de allí
debe nacer al final de los siglos, o de las circulaciones
requeridas». El texto de Apuleyo que Filovita o Uranicus citaba y
comentaba gozó también de gran estima entre los otros filósofos.
Nos abstendremos de citarlo en su totalidad ya que el lector
podrá consultarlo en el artículo sobre Plutarco que firma Carlos
del Tilo. Dom Pernety, por su parte, nos lo explica de este modo
(21): «Isis pasaba por ser la Luna, la Tierra y la Naturaleza.
Su corona, formada por un globo brillante como la Luna, la
anuncia a todo el mundo... Las dos espigas que salen indican que
la materia del Arte Hermético es la misma que la que emplea la
Naturaleza para hacerlo vegetar todo en el Universo. Los colores
que esta materia va tomando durante las operaciones, ¿no son
exactamente nombrados en la enumeración de los vestidos de
Isis?». Y más adelante (22): «Parece que Apuleyo haya querido
decirnos que todos estos colores nacen los unos de los otros; que
el blanco está contenido en el negro, el amarillo en el blanco y el
rojo en el amarillo; por ello el negro cubre a todos los demás».
Para Saint Baque de Bufor (23): «No hay ningún pasaje de
los tratados que los Filósofos herméticos han escrito que sea tan
claro, tan verdadero y tan instructivo para el comienzo de la obra
hermética como aquel que Apuleyo ha referido a propósito de la
fiesta de Isis. Isis era, en efecto, la madre de todas las cosas,
porque unida a Osiris componen juntos el fluido luminoso que da
la vida a todos los seres; era la dueña de los elementos, porque
unida a Osiris, constituían los elementos simples que elementan a
los cuatro elementos». He aquí lo que Pernety explicaba a
propósito de la historia mítica de Isis y de Osiris (24): «Esta
misteriosa historia, o mejor dicho, esta ficción, se convirtió en lo
sucesivo en el fundamento de la Teología Egipcia... Osiris era
para los ignorantes el Sol o el Astro del día e Isis la Luna; los
Sacerdotes veían en ellos a los dos principios de la Naturaleza y
del Arte Hermético... Algunos, como Plutarco, pretendían que
Osiris significaba muy santo, otros, como Diodoro, Horus-Apolo;
Eusebio y Macrobio decían que quería decir que tiene muchos
ojos, aquel que ve claro... Pero los Filósofos veían en el nombre
de este Dios al Sol terrestre, el fuego escondido de la Naturaleza
(25), el principio ígneo, fijo y radical que lo anima todo...Para los
Sacerdotes, Isis era la Naturaleza misma, el principio material y
pasivo de todo... Herodoto nos enseña que los Egipcios la
tomaban también por Ceres, creyendo que Apolo y Diana eran
sus hijos.
Hemos dicho que Osiris era el principio ígneo, suave y
generador que la Naturaleza emplea en la formación de los
mixtos, y que Isis era el húmedo radical; por los tanto no hay que
confundir al uno con el otro, porque difieren entre sí como el
humo y la llama, la luz y el aire, el azufre y el mercurio. El humor
radical es en los mixtos el asiento y el alimento del cálido ígneo o
del fuego natural y celeste..». Para los filósofos herméticos (26):
«Las dos obras que son el objeto de este Arte están
comprendidas, la primera, en la expedición de Osiris, la segunda,
en su muerte y apoteosis.
Por la primera se hace la Piedra, por la segunda se forma el
Elixir. Osiris, en su viaje, recorre Etiopía, luego las Indias, Europa
y regresa a Egipto por el mar Rojo para gozar de la gloria que ha
adquirido, pero halla la muerte. Es como si dijéramos: en la
primera obra, la materia pasa al principio por el color negro,
luego por colores variados, el gris, el blanco y finalmente aparece
el rojo, que es la perfección de la primera obra y la de la piedra o
azufre filosófico... La segunda obra está muy bien representada
en el tipo de muerte de Osiris y los honores que se le rindieron...
Siendo esta segunda operación semejante a la primera, su clave
es la solución de la materia o la división de los miembros de
Osiris en muchas partes. El cofre en el que ha sido encerrado este
Príncipe, es el vaso filosófico, cerrado herméticamente. Tifón y
sus cómplices son los agentes de la disolución... La dispersión de
los miembros del cuerpo de Osiris es la volatilización del oro
Filosófico y la reunión de estos indica la fijación. Se hace gracias
a los cuidados de Isis o la Tierra, que, como un imán, dicen los
filósofos, atrae a sí las partes volatilizadas». (27) En su Atalanta
Fugiens, Michael Maier dedica un emblema a Osiris [...].
Representa el asesinato de este dios por Tifón. Sabemos por
Plutarco, que Tifón era hermano de Osiris y fue su destructor, ya
que Osiris representa a la «Palabra» sagrada cuya restauración
pertinente fue llevada a cabo por Isis. Numerosos autores opinan
que la muerte o el desmembramiento de Osiris en la tradición
egipcia es lo mismo que la caída de Adán en la judeo-cristiana.
El culpable de la caída, según los hebreos, es Samael (de
samo: ‘cegar’) que se relacionará con Tifón (de tufoo: ‘cegar’,
‘oscurecer’). Veamos qué nos enseñaban los alquimistas a
propósito de este hermano de Osiris: «Decían que Tifón y Osiris
eran hermanos y que este último le hacía siempre la guerra al
primero. Osiris era el buen principio o el humor radical, la base
del mixto y su parte pura y homogénea; Tifón era el mal principio
o las partes heterogéneas, accidentales; principio de destrucción
y de muerte, como Osiris lo era de vida y de conservación (28)
Tifón nació de la tierra, pero de la tierra grosera, siendo el
principio de la corrupción. Fue el causante de la muerte de
Osiris... El fuego que saca por la boca indica su aspereza
corrosiva y designa su pretendida fraternidad con Osiris, porque
éste es un fuego escondido, natural y vivificante; el otro es un
fuego tiránico y destructivo... Por eso d’Espagnet le llama el
Tirano de Natura y el fraticida del fuego natural». (29) Para
Saint-Baque de Bufor, Tifón es el flogisto, y su nombre en latín
Typhon es el anagrama de Python, la serpiente que nació del
barro, idea que nos vuelve a recordar algunas doctrinas judías.
Este autor escribe (30): «Cuando los dos principios que
constituyen la materia pura del arte hermético han sido llevados
por las manipulaciones del artista a este grado de pureza, ya no
son llamados o conocidos por los nombres de Isis y Osiris o
primera materia caótica, sino que en este estado son la materia
de los Sabios designada bajo el nombre de Horus, el que mató a
Tifón. Dicho de otro modo, Isis y Osiris, que son los principios de
toda vida y de los cuales es formado Horus, son desembarazados
de los principios de destrucción y de muerte, Tifón, el flogisto o
los vapores de la tierra que los habían condensado». Isis y Osiris
son pues los dioses principales de los Egipcios, junto con Horus
que reinó en último lugar y que, para los alquimistas, simbolizaba
el «resultado del Arte Sacerdotal».
Por ello se le confundía con Harpócrates, el dios del secreto,
pues Horus, o el Sol de los Sabios, es el gran secreto de la
Filosofía Hermética. Según cierta tradición, Horus: «Era
considerado por ellos (los druidas) como el hijo de Isis y de
Osiris, o sea de la Naturaleza y del fuego solar, al que llamamos
húmedo radical y calor natural, que nos son enviados desde lo
más alto de los Cielos por el Espíritu eterno de vida... Horus
pasaba por ser la luz en calidad de hijo de Osiris, representando
al Sol (31), y llevaba también algunos atributos de Apolo, hijo
también del Sol y dios de la luz según la Fábula; por lo que
estaban representados a sus lados, detrás de él y siguiéndole,
veinticuatro pequeños ancianos que significaban las veinticuatro
horas que antiguamente dividían al día y a la noche en
veinticuatro partes». (32) Llegados al final del presente artículo,
a modo de conclusión y de síntesis, sólo nos queda proponer al
lector las palabras de dos clásicos de la filosofía hermética.
El primero de ellos , con un lenguaje actual, expresa en dos
versículos el misterio de Isis y de Osiris, o el del agua y el fuego:
«Os adoramos, Agua, madre de las aguas, pues el fuego vivo
está en vuestro centro, y sois excelente sobre todas las demás
luces. El sol es vuestra producción magnífica (33). Santa Madre
del fuego, socorrednos ahora y en la hora del paso difícil. ¡Que así
sea!» (34). «¡Oh, fuego que fluye, que disuelve y coagula,
nuestro Señor fecundador!» (35) El segundo apunta, siempre
bajo el discreto velo del símbolo, cuál es el objetivo de la ciencia
hermética, la recompensa del viajero que, abandonando la tierra
de exilio, regresa a la Patria original: «Es este Horus (36) o Apolo
por quien Osiris emprendió un viake tan largo y pasó tantos
trabajos y fatigas. Es el tesoro de los Filósofos, el de los
Sacerdotes, el de los Reyes de Egipto: el niño filosófico nacido de
Isis y Osiris». (37).

______________________

Bibliografía
(1): Ver Hechos de los Apóstoles: VII,22. Aparte del
contexto bíblico, los comentadores hebreos nos lo confirman; por
ejemplo Nahmánides en su Comentario sobre el Éxodo (XIII, 3) y
en su Exordio al Génesis. Filón el Judío, en su De vita Mosis
(lib.1) relata que Moisés aprendió en Egipto la Filosofía simbólica
o la ciencia de la naturaleza.
(2): Plutarco es, sin duda, el autor que mejor nos explica la
adaptación de los Misterios egipcios a los griegos. Ver, a este
respecto, el artículo de Carlos del Tilo publicado en este mismo
fascículo de LA PUERTA (Egipto).
(3): Citemos a modo de ejemplo, a Pierre Jean Favre o a
Dom Belin.
(4): Especialmente Platón en su Fedra, 174 y ss.
(5): Citado por Dom Pernety, Fables Egyptiennes et
Grèques, dévoillées et reduites au même principe, tomo I. París,
Chez Delalain, MDCCLXXXVI p. 218.
(6): Los antiguos distinguían a tres Hermes, el primero de
ellos fue Henoch.
(7): Tras la publicación de su CONCORDANCIA MITO-FíSICOCABALO-
HERMÉTICA
(Edición bilingüe castellano-francesa,
Obelisco, Barcelona 1986), hemos podido averiguar que se
trataba seguramente de Mr. Fabre de Bosquet, apellido cuyas
letras constituyen un anagrama de St. Baque de Bufor, que
pertenecía a una sociedad hermética de Versalles.
(8): Fable..., op. cit. p. 300 y ss.
(9): Pernety nos indica muy claramente que no hay que
intentar entender lo que la Mitología nos explica al pie de la letra.
Los Padres de la Iglesia, especialmente Orígenes que en su Adv.
Celsum manifiesta grandes conocimientos de la tradición egipcia,
escribían lo mismo a propósito de la Escritura, criticando el
fariseismo.
(10): Fables..., op. cit. p. 303.
(11): Fables..., op. cit. p. 241.
(12): La lengua egipcia, como la hebrea, se escribía
únicamente con consonantes. Las vocales las colocaba quien leía.
El lector comprenderá que según qué vocales se utilizaran, el
texto adquiría uno u otro significado. Un libro hebreo, el Sepher
ha Zohar explica el sentido esotérico de este uso: las
consonantes son el cuerpo y las vocales el espíritu. El texto sin la
vocalización correcta está seco, muerto. En este libro se
comparan a las vocales, mediante un ingenioso juego de
palabras, con gotas de agua o de rocío.
(13): En el discurso I de su Atalanta Fugiens. Oppenheim,
1618. en Librairie de Médicis, París 1970.
(14): En su tratado Sobre la EI del Templo de Delfos, ver el
pasaje en cuestión citado en el artículo de C. Del Tilo sobre
Plutarco.
(15): Fables..., op. cit. pp. 224 y 225.
(16): Ver nuestro artículo sobre Jámblico y los misterios de
los egipcios en este mismo fascículo de LA PUERTA.
(17): Concordancia..., op. cit. p. 39.
(18): Según el artículo CONJOCTION del Diccionario Mitohermético
de Dom Pernety.
(19): Fables..., op. cit. p. 275.
(20): Ver Cuatro Tratados de Alquimia, Ed. Vision-Libros,
Barcelona 1979. p. 144 y ss.
(21): Fables..., op. cit. p. 288 y ss.
(22): Fables..., op. cit. p. 294.
(23): Concordancia..., op. cit. pp. 65 y 67.
(24): Fables..., op. cit. pp. 265 y 319.
(25): Según Pernety, op. cit. p. 239. Osiris quiere decir
«fuego escondido».
(26): Fables..., op. cit. p.. 276 y ss.
(27): Fables..., op. cit. p. 286 y ss.
(28): Fables..., op. cit. p. 250.
(29): Fables..., op. cit. p. 312
(30): Concordancia..., op. cit. p. 65
(31): Existía entre los egipcios una diferencia entre la luz y
el sol. Algo semejante ocurre entre los hebreos que distinguen en
el Génesis entre la luz (1-3) y el Sol (1-16).
(32): Ver Cuatro tratados..., op. cit. p. 149. El lector
asociará a Horus, que para los alquimistas sería La Piedra, con el
principio del capítulo IV del Apocalipsis, donde el Juez supremo
parecía semejante a la piedra de jaspe y a la de sardónice y
estaba rodeado de veinticuatro tronos donde estaban sentados
veinticuatro ancianos.
(33): El lector asociará este párrafo con algunas
denominaciones egipcias de Isis, como Madre del sol, diosa de la
Aurora y del crepúsculo (= el sol es vuestra producción
magnífica).
(34): Ver El Mensaje Reencontrado, Ed. Sirio, Málaga 1987.
Libro X, vers. 60’.
(35): Ver El Mensaje......, op. cit. Libro VIII, 46’.
(36): Uno de los nombres de Horus era Harpócrates, dios
que se representaba con un dedo sobre la boca y que simbolizaba
el secreto; por ello, para los alquimistas, La Piedra Filosofal era
un secreto que tenían que guardar a toda costa y que había
recibido nombres tan evocadores como piedra secreta de los
Sabios o secreto de los secretos.
(37): Fables..., op. cit. p. 307. El lector recordará que Isis
era la diosa del rocío.

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