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miércoles, 2 de abril de 2008

Alquimia - LA TRADICCION EGIPCIA A TRAVES DE LOS ALQUIMISTAS - HERMETISMO

- Alquimia -
La tradición egipcia a través de los alquimistas



El conocimiento hermético del que eran depositarios los
egipcios fue recogido por los hebreos; numerosos pasajes de la
Biblia, sobre todo el Pentateuco de Moisés, nos permiten
adivinarlo (1). Por otra parte, también los griegos se nutrieron de
la sabiduría egipcia, adecuándola a su civilización y a sus
divinidades y sirviendo de transmisores de sus misterios (2).
Más tarde, bebiendo indistintamente en las fuentes griegas y
en las egipcias, los sabios doctores del Islam volvieron a
actualizar y transmitieron de nuevo el conocimiento hermético.
Fue, finalmente, a través de estos tres, hebreos, griegos y
árabes, como llegó a tierras europeas, donde volvemos a
encontrarlo entre los alquimistas medievales, más o menos
intacto, hasta finales del siglo XVIII.
No es tampoco desdeñable, aunque no hablaremos ahora de
ello, el papel ejercido por algunos padres de la Iglesia en esta
misteriosa transmisión. Durante la Edad Media aparecerán una
serie de alquimistas cristianos que compararán la Gran Obra con
la vida de Cristo (3). Con todo, los elementos más importantes de
la filosofía hermética proceden en su mayoría, como veremos, de
los griegos y de los egipcios.
Varias leyendas egipcias y griegas nos refieren que toda una
serie de usos, enseñanzas y costumbres fueron transmitidos al
pueblo egipcio por Thot, dios que recibiría entre los griegos los
nombres de Hermes y de Mercurio (4). Dicho de otro modo, lo
que exotéricamente se entiende por tradición, nos narra la
leyenda que fue transmitido al pueblo egipcio por Thot-Hermes.
Alkandi (5) se refiere a él en estos términos «En tiempos de
Abraham vivía en Egipto Hermes o Idris segundo (6), que la paz
sea con él, y fue apodado Trismegisto, porque era poeta, rey y
filósofo.
Enseñó el Arte de los metales, la Alquimia, al Astrología, la
Magia, la Ciencia de los espíritus... », con ello vemos que Thot o
Hermes fue también el transmisor del esoterismo. Dom Pernety
afirma que se consideraba a Mercurio como el inventor de las
artes y de los caracteres jeroglíficos, porque Hermes los inventó a
propósito del mercurio filosófico, uno de los arcanos de la
Alquimia.
La helenización de Thot, Hermes Trismegisto, fue el Mercurio
de los romanos; éste estaba considerado como el padre de la
Alquimia, que ha tomado de él el nombre de «filosofía
hermética». Todos los alquimistas medievales estaban de acuerdo
en ello y se llamaban a sí mismos «filósofos herméticos», para
diferenciarse de los filósofos «profanos».
Entre los escritos de los filósofos herméticos, aquellos en los
que se hace alguna alusión directa a la mitología egipcia son muy
numerosos; resultaría poco menos que imposible citarlos a todos.
Muchos de ellos no han sido traducidos nunca ni del latín ni del
griego originales, y bastantes se conservan únicamente en forma
de manuscrito.
Entre los autores a los que hemos recurrido en el presente
trabajo, señalaremos cuatro, que nos parecen los más
representativos: MICHAEL MAIER, médico y alquimista alemán
del s. XVII, prolífico escritor: DOM ANTOINE PERNETY,
benedictino de la congregación de St. Maure, autor de un
Diccionario Mito-Hermético (s. XVIII) de obligada referencia;
SAINT BAQUE de BUFOR, filósofo desconocido, del s. XVIII,
probablemente relacionado con Pernety o con el círculo hermético
que éste presidía (7), y un filósofo anónimo que se ocultaba bajo
el anagrama de FILOVITA o URANICUS, autor de una Instrucción
introductoria a una de las obras de Esprit Gobineau de
Montluisant.
Algún lector se extrañará al ver relacionado algo como la
alquimia europea con la antigua mitología egipcia; las pocas ideas
que normalmente tenemos sobre ésta, proceden de nuestra
educación escolar donde más que comprender lo que hacíamos
era aprender. Como ocurría con la interminable lista de reyes
godos, memorizábamos nombres de dioses, de diosas y de
personajes mitológicos, pero no nos enterábamos ni de su
simbolismo ni de su sentido profundo; dicho de otro modo: no
sabíamos a qué se referían y, lo que sin duda es peor, no
sabíamos que en el fondo eran símbolos y no mitos ni personajes
reales de carne y hueso.
Para los verdaderos alquimistas no existía este problema,
todo lo que los dioses y las fábulas egipcias representaban ya era
conocido por ellos, y no les era difícil reconocer los principios y
operaciones de su arte en las leyendas que nos han transmitido
Plutarco, Diodoro de Sicilia o Porfirio.
Comentando el texto que aparecía en una columna egipcia,
transcrito por el Abbé Bannier en su Mitología, Dom Pernety
afirmaba (8) que «si se comparaban estas expresiones con las de
los Filósofos Herméticos, se las encontrará tan conformes que se
estará, por así decirlo obligado a convenir que el Autor de estas
Inscripciones contemplaba el mismo objeto que los Filósofos», y
más adelante: «los Sacerdotes instruidos por Hermes tenían otro
objetivo que el de la historia (9), con la que no podrán conciliarse
las diferentes cualidades de madre e hijo, de esposo y esposa, de
hermano y hermana, de padre e hija que se encuentran en las
distintas historias de Isis y Osiris, pero que convienen muy bien a
la Obra Hermética, cuando se toma su única materia bajo todos
los puntos de vista» (10). «Basta con un solo libro de los
Filósofos Herméticos – nos dice el mismo autor (11)- para ver
que han utilizado el mismo método que los Egipcios para hablar
de la Piedra Filosofal: han utilizado los mismo jeroglíficos y las
mismas fábulas».
Así pues, vemos que los filósofos herméticos y los egipcios
no sólo hablaban de los mismo, sino que empleaban un mismo
lenguaje. Para el profano resultan tan jeroglíficos los textos de los
papiros como la mayoría de los tratados de los alquimistas, y en
ello reside la dificultad de traducción de los unos, de la que se
quejan los egiptólogos y de comprensión de los otros aunque,
prácticamente, han escrito en nuestra lengua (12).
El personaje central de la mitología egipcia es Osiris, y lo
que éste simboliza parece ser también el tema central en los
libros de muchos alquimistas. En el «Discurso XXIV» de su
Atalanta Fugiens (13), Michael Maier declara: « La alegoría de
Osiris ha sido llevada por nosotros a su verdadero origen, que es
químico, y explicaba de manera completa en otro lugar...(Osiris)
es el sol, pero el sol filosófico, y este nombre, que le encontramos
atribuido aquí y allá en los libros, ha sido interpretado como el sol
exterior por el vulgo que no conoce otra luz que la luz de este
mundo.
El sol de los filósofos recibe su nombre del sol del mundo
porque contiene todas las propiedades naturales que descienden
de este sol celeste o que le convienen». Contrariamente a lo que
pudiera parecer, los egipcios no adoraban en realidad a una
pluralidad de divinidades, sino a un solo Dios en todas las cosas,
como nos lo demuestran por una parte Plutarco (14) y por otra
Dom Pernety (15): «Léanse con atención los himnos de Orfeo,
particularmente el de Saturno, donde se dice que este dios está
extendido por todas las partes que componen el Universo y que
no ha sido engendrado; que se reflexione en Asklepios de
Hermes, en las palabras de Parménides el Pitagórico, en las obras
del mismo Pitágoras; en todas las partes se hallarán expresiones
que manifiestan su sentimiento sobre la unidad de un Dios,
principio de todo, él mismo sin principio, y que todos los dioses
mencionados no son sino diferentes denominaciones, ya sean
atributos, ya sean operaciones de la Naturaleza.
Sólo Jámblico es capaz de convencernos con lo que dice a
propósito de los misterios de los egipcios (16)... Hermes y los
otros sabios sólo presentaron a los pueblos las figuras de las
cosas como dioses, para manifestarles un solo y único Dios en
todas las cosas: ya que aquel que ve la Sabiduría, la Providencia
y el Amor de Dios manifestados en este mundo, ve a Dios mismo:
ya que todas las criaturas no son más que espejos que reflejan
sobre nosotros los rayos de la sabiduría divina». Volviendo al
sentido alquímico de las fábulas egipcias, señalemos que, según
los alquimistas, dos dificultades principales se presentan a aquel
que quiere realizar la Obra.
La primera es la determinación de qué materia ha de
utilizarse y la segunda de cómo manipularla. Saint Baque de
Bufor nos explica que: «Los Filósofos Herméticos, en los escritos
que nos han dejado, han hablado muy poco de la primera materia
(...) se han extendido mucho, aunque con mucha ambigüedad,
sobre los diversos principios del arte y sobre las formas
progresivas que toma la materia en la segunda operación, pero
han cubierto de un velo impenetrable al primer agente ostensible,
los primeros procesos y todo el desarrollo de la primera
operación... El Antiguo Testamento, la teología egipcia, griega y
la de los druidas, al contrario, casi no hablan de la segunda
operación, pero se extienden tan prolijamente y de un modo tan
variado sobre la primera que, a fuerza de envolverla con
parábolas, enigmas y ficciones, han formado un laberinto en el
cual es casi imposible no extraviarse (17)».
El proceso de la Obra alquímica consta de diversos pasos
que aparecen representados en la iconografía hermética,
sumamente abundante. Uno de los pasos de esta misteriosísima
obra recibía el nombre de «conjunción». Se trata de la unión del
«fijo y del volátil, del hermano y de la hermana, del Sol y de la
Luna» (18).
El lector familiarizado con la leyenda de Isis y Osiris
comprenderá, con Dom Pernety, (19) que: «los egipcios
entendían por Isis y Osiris tanto la substancia volátil y la
substancia fija de la materia de la obra, como el color blanco y el
rojo que toma en sus operaciones». En cuanto a Isis se refiere,
citemos la opinión del Filósofo anónimo que citábamos al principio
de este artículo (20): «La diosa Isis era el húmedo radical
universal, influido por la Luna al que miraban como la madre
original de toda generación y conservación. Las estatuas de Isis
tenían todos los símbolos de la Luna, incluso los del cielo astral y
de la región celeste, a la que se consideraba hacía tanto bien.
Estaba vestida de negro para señalar la vía de la corrupción y de
la muerte, comienzo de toda generación natural... La ropa negra
que se daba a Isis muestra también que la Luna, o la Naturaleza,
o también el Mercurio Filosófico que es su diminutivo y su
substancia operativa en todas las generaciones, no tiene luz por
sí mismo, al ser un cuerpo opaco, pero que este cuerpo esencial
la ha recibido de otro, esto es, del Sol y de su propio espíritu
vivificante que está infuso en él y que es su agente.
Llevaba una ropa negra, blanca, amarilla y roja para
significar los cuatro colores principales o grados hacia la
perfección de la generación o de la obra secreta de los Sabios, de
la que también es el sujeto, el objeto y la imagen. A menudo Isis
estaba acompañada por una vaca negra y blanca, para dar a
entender el trabajo asiduo con el que debe ser observado el culto
filosófico, y que debe ser seguido en la operación del negro y del
blanco perfecto que es engendrado por la Medicina Universal
Lunar Hermética... Según Apuleyo, Isis hablaba así en su fiesta:
Mi religión comenzará mañana para durar eternamente.
O sea que la Ciencia religiosa de la Naturaleza y la Obra de
su simiente primera, origen de toda producción y de las
maravillas del mundo, tiene tanta duración como el Universo y se
observa y practica cada día». Y nuestro autor añade que:
«Cuando las Tempestades del Invierno sean apaciguadas, que el
mar conmovido, alterado y tempestuoso sea calmado, apaciguado
y hecho navegable, mis sacerdotes me ofrecerán una barquilla,
como demostración de mi paso por el mar de Egipto, bajo la guía
de Mercurio, mandado por Júpiter.
Esta es la clave del gran Secreto filosófico para la extracción
de la materia de los Sabios y del huevo en el que deben
encerrarla y operar en el atanor de torre, comenzando por el
régimen de la Saturnia Egipcia, que es la corrupción del buen
augurio, para la generación del Hijo real filosófico, que de allí
debe nacer al final de los siglos, o de las circulaciones
requeridas». El texto de Apuleyo que Filovita o Uranicus citaba y
comentaba gozó también de gran estima entre los otros filósofos.
Nos abstendremos de citarlo en su totalidad ya que el lector
podrá consultarlo en el artículo sobre Plutarco que firma Carlos
del Tilo. Dom Pernety, por su parte, nos lo explica de este modo
(21): «Isis pasaba por ser la Luna, la Tierra y la Naturaleza.
Su corona, formada por un globo brillante como la Luna, la
anuncia a todo el mundo... Las dos espigas que salen indican que
la materia del Arte Hermético es la misma que la que emplea la
Naturaleza para hacerlo vegetar todo en el Universo. Los colores
que esta materia va tomando durante las operaciones, ¿no son
exactamente nombrados en la enumeración de los vestidos de
Isis?». Y más adelante (22): «Parece que Apuleyo haya querido
decirnos que todos estos colores nacen los unos de los otros; que
el blanco está contenido en el negro, el amarillo en el blanco y el
rojo en el amarillo; por ello el negro cubre a todos los demás».
Para Saint Baque de Bufor (23): «No hay ningún pasaje de
los tratados que los Filósofos herméticos han escrito que sea tan
claro, tan verdadero y tan instructivo para el comienzo de la obra
hermética como aquel que Apuleyo ha referido a propósito de la
fiesta de Isis. Isis era, en efecto, la madre de todas las cosas,
porque unida a Osiris componen juntos el fluido luminoso que da
la vida a todos los seres; era la dueña de los elementos, porque
unida a Osiris, constituían los elementos simples que elementan a
los cuatro elementos». He aquí lo que Pernety explicaba a
propósito de la historia mítica de Isis y de Osiris (24): «Esta
misteriosa historia, o mejor dicho, esta ficción, se convirtió en lo
sucesivo en el fundamento de la Teología Egipcia... Osiris era
para los ignorantes el Sol o el Astro del día e Isis la Luna; los
Sacerdotes veían en ellos a los dos principios de la Naturaleza y
del Arte Hermético... Algunos, como Plutarco, pretendían que
Osiris significaba muy santo, otros, como Diodoro, Horus-Apolo;
Eusebio y Macrobio decían que quería decir que tiene muchos
ojos, aquel que ve claro... Pero los Filósofos veían en el nombre
de este Dios al Sol terrestre, el fuego escondido de la Naturaleza
(25), el principio ígneo, fijo y radical que lo anima todo...Para los
Sacerdotes, Isis era la Naturaleza misma, el principio material y
pasivo de todo... Herodoto nos enseña que los Egipcios la
tomaban también por Ceres, creyendo que Apolo y Diana eran
sus hijos.
Hemos dicho que Osiris era el principio ígneo, suave y
generador que la Naturaleza emplea en la formación de los
mixtos, y que Isis era el húmedo radical; por los tanto no hay que
confundir al uno con el otro, porque difieren entre sí como el
humo y la llama, la luz y el aire, el azufre y el mercurio. El humor
radical es en los mixtos el asiento y el alimento del cálido ígneo o
del fuego natural y celeste..». Para los filósofos herméticos (26):
«Las dos obras que son el objeto de este Arte están
comprendidas, la primera, en la expedición de Osiris, la segunda,
en su muerte y apoteosis.
Por la primera se hace la Piedra, por la segunda se forma el
Elixir. Osiris, en su viaje, recorre Etiopía, luego las Indias, Europa
y regresa a Egipto por el mar Rojo para gozar de la gloria que ha
adquirido, pero halla la muerte. Es como si dijéramos: en la
primera obra, la materia pasa al principio por el color negro,
luego por colores variados, el gris, el blanco y finalmente aparece
el rojo, que es la perfección de la primera obra y la de la piedra o
azufre filosófico... La segunda obra está muy bien representada
en el tipo de muerte de Osiris y los honores que se le rindieron...
Siendo esta segunda operación semejante a la primera, su clave
es la solución de la materia o la división de los miembros de
Osiris en muchas partes. El cofre en el que ha sido encerrado este
Príncipe, es el vaso filosófico, cerrado herméticamente. Tifón y
sus cómplices son los agentes de la disolución... La dispersión de
los miembros del cuerpo de Osiris es la volatilización del oro
Filosófico y la reunión de estos indica la fijación. Se hace gracias
a los cuidados de Isis o la Tierra, que, como un imán, dicen los
filósofos, atrae a sí las partes volatilizadas». (27) En su Atalanta
Fugiens, Michael Maier dedica un emblema a Osiris [...].
Representa el asesinato de este dios por Tifón. Sabemos por
Plutarco, que Tifón era hermano de Osiris y fue su destructor, ya
que Osiris representa a la «Palabra» sagrada cuya restauración
pertinente fue llevada a cabo por Isis. Numerosos autores opinan
que la muerte o el desmembramiento de Osiris en la tradición
egipcia es lo mismo que la caída de Adán en la judeo-cristiana.
El culpable de la caída, según los hebreos, es Samael (de
samo: ‘cegar’) que se relacionará con Tifón (de tufoo: ‘cegar’,
‘oscurecer’). Veamos qué nos enseñaban los alquimistas a
propósito de este hermano de Osiris: «Decían que Tifón y Osiris
eran hermanos y que este último le hacía siempre la guerra al
primero. Osiris era el buen principio o el humor radical, la base
del mixto y su parte pura y homogénea; Tifón era el mal principio
o las partes heterogéneas, accidentales; principio de destrucción
y de muerte, como Osiris lo era de vida y de conservación (28)
Tifón nació de la tierra, pero de la tierra grosera, siendo el
principio de la corrupción. Fue el causante de la muerte de
Osiris... El fuego que saca por la boca indica su aspereza
corrosiva y designa su pretendida fraternidad con Osiris, porque
éste es un fuego escondido, natural y vivificante; el otro es un
fuego tiránico y destructivo... Por eso d’Espagnet le llama el
Tirano de Natura y el fraticida del fuego natural». (29) Para
Saint-Baque de Bufor, Tifón es el flogisto, y su nombre en latín
Typhon es el anagrama de Python, la serpiente que nació del
barro, idea que nos vuelve a recordar algunas doctrinas judías.
Este autor escribe (30): «Cuando los dos principios que
constituyen la materia pura del arte hermético han sido llevados
por las manipulaciones del artista a este grado de pureza, ya no
son llamados o conocidos por los nombres de Isis y Osiris o
primera materia caótica, sino que en este estado son la materia
de los Sabios designada bajo el nombre de Horus, el que mató a
Tifón. Dicho de otro modo, Isis y Osiris, que son los principios de
toda vida y de los cuales es formado Horus, son desembarazados
de los principios de destrucción y de muerte, Tifón, el flogisto o
los vapores de la tierra que los habían condensado». Isis y Osiris
son pues los dioses principales de los Egipcios, junto con Horus
que reinó en último lugar y que, para los alquimistas, simbolizaba
el «resultado del Arte Sacerdotal».
Por ello se le confundía con Harpócrates, el dios del secreto,
pues Horus, o el Sol de los Sabios, es el gran secreto de la
Filosofía Hermética. Según cierta tradición, Horus: «Era
considerado por ellos (los druidas) como el hijo de Isis y de
Osiris, o sea de la Naturaleza y del fuego solar, al que llamamos
húmedo radical y calor natural, que nos son enviados desde lo
más alto de los Cielos por el Espíritu eterno de vida... Horus
pasaba por ser la luz en calidad de hijo de Osiris, representando
al Sol (31), y llevaba también algunos atributos de Apolo, hijo
también del Sol y dios de la luz según la Fábula; por lo que
estaban representados a sus lados, detrás de él y siguiéndole,
veinticuatro pequeños ancianos que significaban las veinticuatro
horas que antiguamente dividían al día y a la noche en
veinticuatro partes». (32) Llegados al final del presente artículo,
a modo de conclusión y de síntesis, sólo nos queda proponer al
lector las palabras de dos clásicos de la filosofía hermética.
El primero de ellos , con un lenguaje actual, expresa en dos
versículos el misterio de Isis y de Osiris, o el del agua y el fuego:
«Os adoramos, Agua, madre de las aguas, pues el fuego vivo
está en vuestro centro, y sois excelente sobre todas las demás
luces. El sol es vuestra producción magnífica (33). Santa Madre
del fuego, socorrednos ahora y en la hora del paso difícil. ¡Que así
sea!» (34). «¡Oh, fuego que fluye, que disuelve y coagula,
nuestro Señor fecundador!» (35) El segundo apunta, siempre
bajo el discreto velo del símbolo, cuál es el objetivo de la ciencia
hermética, la recompensa del viajero que, abandonando la tierra
de exilio, regresa a la Patria original: «Es este Horus (36) o Apolo
por quien Osiris emprendió un viake tan largo y pasó tantos
trabajos y fatigas. Es el tesoro de los Filósofos, el de los
Sacerdotes, el de los Reyes de Egipto: el niño filosófico nacido de
Isis y Osiris». (37).

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Bibliografía
(1): Ver Hechos de los Apóstoles: VII,22. Aparte del
contexto bíblico, los comentadores hebreos nos lo confirman; por
ejemplo Nahmánides en su Comentario sobre el Éxodo (XIII, 3) y
en su Exordio al Génesis. Filón el Judío, en su De vita Mosis
(lib.1) relata que Moisés aprendió en Egipto la Filosofía simbólica
o la ciencia de la naturaleza.
(2): Plutarco es, sin duda, el autor que mejor nos explica la
adaptación de los Misterios egipcios a los griegos. Ver, a este
respecto, el artículo de Carlos del Tilo publicado en este mismo
fascículo de LA PUERTA (Egipto).
(3): Citemos a modo de ejemplo, a Pierre Jean Favre o a
Dom Belin.
(4): Especialmente Platón en su Fedra, 174 y ss.
(5): Citado por Dom Pernety, Fables Egyptiennes et
Grèques, dévoillées et reduites au même principe, tomo I. París,
Chez Delalain, MDCCLXXXVI p. 218.
(6): Los antiguos distinguían a tres Hermes, el primero de
ellos fue Henoch.
(7): Tras la publicación de su CONCORDANCIA MITO-FíSICOCABALO-
HERMÉTICA
(Edición bilingüe castellano-francesa,
Obelisco, Barcelona 1986), hemos podido averiguar que se
trataba seguramente de Mr. Fabre de Bosquet, apellido cuyas
letras constituyen un anagrama de St. Baque de Bufor, que
pertenecía a una sociedad hermética de Versalles.
(8): Fable..., op. cit. p. 300 y ss.
(9): Pernety nos indica muy claramente que no hay que
intentar entender lo que la Mitología nos explica al pie de la letra.
Los Padres de la Iglesia, especialmente Orígenes que en su Adv.
Celsum manifiesta grandes conocimientos de la tradición egipcia,
escribían lo mismo a propósito de la Escritura, criticando el
fariseismo.
(10): Fables..., op. cit. p. 303.
(11): Fables..., op. cit. p. 241.
(12): La lengua egipcia, como la hebrea, se escribía
únicamente con consonantes. Las vocales las colocaba quien leía.
El lector comprenderá que según qué vocales se utilizaran, el
texto adquiría uno u otro significado. Un libro hebreo, el Sepher
ha Zohar explica el sentido esotérico de este uso: las
consonantes son el cuerpo y las vocales el espíritu. El texto sin la
vocalización correcta está seco, muerto. En este libro se
comparan a las vocales, mediante un ingenioso juego de
palabras, con gotas de agua o de rocío.
(13): En el discurso I de su Atalanta Fugiens. Oppenheim,
1618. en Librairie de Médicis, París 1970.
(14): En su tratado Sobre la EI del Templo de Delfos, ver el
pasaje en cuestión citado en el artículo de C. Del Tilo sobre
Plutarco.
(15): Fables..., op. cit. pp. 224 y 225.
(16): Ver nuestro artículo sobre Jámblico y los misterios de
los egipcios en este mismo fascículo de LA PUERTA.
(17): Concordancia..., op. cit. p. 39.
(18): Según el artículo CONJOCTION del Diccionario Mitohermético
de Dom Pernety.
(19): Fables..., op. cit. p. 275.
(20): Ver Cuatro Tratados de Alquimia, Ed. Vision-Libros,
Barcelona 1979. p. 144 y ss.
(21): Fables..., op. cit. p. 288 y ss.
(22): Fables..., op. cit. p. 294.
(23): Concordancia..., op. cit. pp. 65 y 67.
(24): Fables..., op. cit. pp. 265 y 319.
(25): Según Pernety, op. cit. p. 239. Osiris quiere decir
«fuego escondido».
(26): Fables..., op. cit. p.. 276 y ss.
(27): Fables..., op. cit. p. 286 y ss.
(28): Fables..., op. cit. p. 250.
(29): Fables..., op. cit. p. 312
(30): Concordancia..., op. cit. p. 65
(31): Existía entre los egipcios una diferencia entre la luz y
el sol. Algo semejante ocurre entre los hebreos que distinguen en
el Génesis entre la luz (1-3) y el Sol (1-16).
(32): Ver Cuatro tratados..., op. cit. p. 149. El lector
asociará a Horus, que para los alquimistas sería La Piedra, con el
principio del capítulo IV del Apocalipsis, donde el Juez supremo
parecía semejante a la piedra de jaspe y a la de sardónice y
estaba rodeado de veinticuatro tronos donde estaban sentados
veinticuatro ancianos.
(33): El lector asociará este párrafo con algunas
denominaciones egipcias de Isis, como Madre del sol, diosa de la
Aurora y del crepúsculo (= el sol es vuestra producción
magnífica).
(34): Ver El Mensaje Reencontrado, Ed. Sirio, Málaga 1987.
Libro X, vers. 60’.
(35): Ver El Mensaje......, op. cit. Libro VIII, 46’.
(36): Uno de los nombres de Horus era Harpócrates, dios
que se representaba con un dedo sobre la boca y que simbolizaba
el secreto; por ello, para los alquimistas, La Piedra Filosofal era
un secreto que tenían que guardar a toda costa y que había
recibido nombres tan evocadores como piedra secreta de los
Sabios o secreto de los secretos.
(37): Fables..., op. cit. p. 307. El lector recordará que Isis
era la diosa del rocío.

lunes, 31 de marzo de 2008

DIAGNOSTICO DE MUERTE -- AMBROSE BIERCE

Diagnóstico de Muerte
(A Diagnosis of Death)

Ambrose Bierce
*


- No soy tan supersticioso como algunos de tus doctores de ciencia, como tu te complaces en decir - dijo Hawver, replicando una acusación que no había sido hecha - Algunos de ustedes, solo algunos, confieso, creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que tu no tienes la honestidad de llamar fantasmas. No voy decir más que tengo la convicción que los vivos algunas veces son vistos donde no están, en lugares donde han estado, donde ellos vivieron tanto tiempo, quizás tan intensamente, como para dejar sus impresiones en todo lo que los rodea. Lo se, en efecto, puede ser que un ambiente pueda ser tan afectado por la personalidad de una persona como para impresionar, mucho después, una imagen de uno mismo a los ojos de otro. Indudablemente la personalidad impresa tiene que ser el tipo justo de personalidad y los ojos perceptores tienen que ser el tipo justo de ojos, los míos por ejemplo.
- Si, el tipo justo de ojos, sensaciones convincentes del lugar erróneo del cerebro - dijo el Dr. Frayley, sonriendo.
- Gracias; uno gusta tener sus espectativas gratificada; esto es en réplica de lo que yo supongo que haría alguien civilizado.
- Perdón, pero tu dices que lo sabes. Es algo facil de decir, ¿no crees? Quizás tu no pensarás en el problema de decirme como lo supiste.
- Tu lo llamarás una alucinación - dijo Hawver, - pero no es tal cosa - y le contó la historia.
El último verano, como tu sabes, fui a pasar la temporada de calor a la ciudad de Meridian. Los parientes cuya casa intentaba habitar estaban enfermos, así que busqué otros cuartos. Luego de algunas dificultades renté una de las habitaciones vacantes que había sido ocupada por un excéntrico doctor llamado Mannering, quien se había ido varios años atrás, no se sabía adonde, ni siquiera su agente. Él había construído una casa y había vivido allí durante diez años, acompañado por un viejo sirviente. Su práctica, no muy extensa, lo tuvo ocupado durante algunos años. Él también se vio abstraído de la vida social y se convirtió en un recluso. Me lo contó un doctor del pueblo, que fue la única persona que tuvo alguna relación con él, que durante su retiro, se hizo devoto de una única línea de estudio, el resultado de lo que él expuso en un libro que no fue recomendado a la aprobación de sus colegas médicos, quienes, sin embargo le consideraron no enteramente sano.
No he visto el libro y no puedo recordar su título, pero me dijo que exponía una extraña teoría. Él decía que era posible que una persona de buena salud pudiera pronosticar su propia muerte con precisión, varios meses antes del evento. El límite, creo, eran dieciocho meses. Hubo cuentos locales sobre que había ejercido sus poderes de pronóstico, que quizás tu llames diagnóstico; y que las personas a las que advirtió el deceso, murieron súbitamente en el plazo fijado, sin causa conocida. Todo esto, por cierto, no tiene nada que ver con lo que te dije; pienso que puede divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, como él había vivido ahí. Era una oscura morada para alguien que había sido un recluso más que un estudiante, y creo que me dio algo de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; siempre sentí una cierta melancolía que no estaba en mi disposición natural, según creo, debido a la soledad. No tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre tuve la adicción, como tu sabes, a la lectura. Cualquiera que fuera la causa, el efecto fue un rechazo y un sentido de mal inminente; esto fue especialmente en el estudio del Dr. Mannering, a pesar de que esta habitación era una de las más luminosas y aireadas de la casa. El retrato de tamaño real del doctor parecía dominarlo completamente. No había nada inusual en la foto; el hombre evidentemente lucía bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metalizado, una cara recién afeitada y unos ojos oscuros y serios. Algo en la imagen siempre acaparaba mi atención. La apariencia del hombre se convirtió en familiar para mí, hasta me 'hechizó'.
Una tarde estaba paseando a través de esta habitación para ir a mi dormitorio, con una lámpara (no había gas en Meridian). Me paré, como era usual, frente al retrato, que parecía a la luz de la lámpara cobrar una nueva expresión, no fácilmente descriptible, pero realmente escalofriante. Me interesé pero no me inquieté. Moví la lámpara de un lado a otro y observé los efectos de alterar el punto de iluminación. Mientras estaba tan absorto sentí un impulso en voltearme. Y cuando lo hice ¡vi a un hombre que se movía a través de la habitación y se dirigía hacia donde yo estaba! Tan pronto como él se acercaba a la lámpara su rostro se iluminó, y vi que era el Dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato estuviera caminando!
'Le pido disculpas', dije, algo fríamente, 'pero si usted golpeó no lo escuché'.
Él me pasó, dentro de una braza, extendió su dedo índice como en advertencia, y sin una palabra, se marchó de la estancia, a pesar de que observé su ida no más que lo que vi su entrada.
Por supuesto, no necesito decirte que esto puede ser lo que tu llamarías una alucinación y lo que yo llamo una aparición. Esta habitación tiene solo dos puertas, una de las cuales estaba cerrada; la otra llevaba al dormitorio, desde donde no había otra salida. Mi sentimiento sobre esto es que no es una parte importante del incidente.
Indudablemente esto te parecerá un lugar común "el cuento de fantasmas" algo que uno construye sobre las líneas dejadas por los viejos maestros del arte. Si así fuera, no te lo habría contado, aún si hubiera sido verdad. Pero el hombre no está muerto; lo conocí hoy mismo en la Calle Unión. Me cruzó entre una multitud.
Hawver finalizó su historia y ambos hombres se quedaron callados. El Dr. Frayley distraídamente golpeó la mesa con sus dedos.
- ¿Te dijo algo hoy, - preguntó - alguna cosa que te haya hecho inferir que no estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
- Quizás - continuó Frayley - él hizo alguna señal, un gesto, alzó un dedo. Es un truco que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de un diagnóstico, por ejemplo.
- Si, lo hizo, su aparición lo hizo. Pero, ¡por Dios! ¿Lo conocías?
Hawver estaba poniéndose aparentemente nervioso.
- Lo conocí. Leí su libro, como todo médico de hoy en día. Es una de las más importantes contribuciones del siglo a la ciencia de la Medicina. Si, lo conocí; lo traté en su enfermedad durante los últimos tres años. Él murió.
Hawver buscó una silla, visiblemente incómodo. Dio un par de zancadas y se sentó. Luego se dirigió a su amigo, y en una voz no muy clara, dijo:
- Doctor, ¿tiene usted algo para decirme como médico?
- No, Hawver; tu eres el hombre más saludable que conocí. Como amigo te recomiendo que vayas a tu habitación. Tocas el violín como un ángel. Tócalo, toca algo alegre y jovial. Ten este maldito asunto fuera de tu mente.
Al siguiente día Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello, el arco sobre las cuerdas, su música se escuchó antes de la Marcha Fúnebre de Chopin.

jueves, 27 de marzo de 2008

Soy la Puerta - STEPHEN KING

Soy la Puerta
Un cuento de la recopilación "El Umbral de la Noche" ("Night Shift")
STEPHEN KING

Richard y yo estábamos sentados en el porche de mi casa, mirando las dunas del Golfo. El humo de su cigarro se enroscaba mansamente en el aire, alejando a los mosquitos. El agua tenía un fresco color celeste y el cielo era de un color azul más profundo y auténtico. Era una combinación agradable.
-Tú eres la puerta -repitió Richard reflexivamente-. ¿Estás seguro de que mataste al chico... y de que no fue todo un sueño?
-No fue un sueño. Y tampoco lo maté... ya te lo he explicado. Ellos lo hicieron. Yo soy la perta.
Richard suspiró.
-¿Lo enterraste?
-Si.
-¿Recuerdas dónde?
-Si. -Hurgué en el bolsillo de la pechera y extraje un cigarrillo. Mis manos estaban torpes con sus vendajes. Me escocían espantosamente-. Si quieres verla, tendrás que traer el "buggy" de las dunas. No podrás empujar esto -señalé mi silla de ruedas-, por la arena.
El "buggy" de Richard era un "Wolkswagen 1959" con neumáticos grandes como cojines. Lo usaba para recoger los maderos que traía la marea. Desde que había dejado su actividad de agente inmobiliario en Maryland, vivía en Key Caroline y confeccionaba esculturas con los maderos de la playa, que luego vendía a los turistas de invierno a precios desorbitados.
Le dio una chupada a su cigarro y miró el Golfo..
-Aún no. ¿Quieres volver a contarme la historia?
Suspiré y traté de encender mi cigarrillo. Me quitó las cerillas y lo hizo él. Di dos chupadas, inhalando profundamente. El prurito de mis dedos era enloquecedor.
-Está bien -asentí-. Anoche a las siete estaba aquí afuera, contemplando el Golfo y fumando, igual que ahora, y...
-Remóntate más atrás -me exhortó.
-¿Más atrás?
-Háblame del vuelo.
Sacudí la cabeza.
-Richard, lo hemos repasado una y otra vez. No hay nada...
Su rostro arrugado y fisurado era tan enigmático como una de sus esculturas de madera pulida por el océano.
-Es posible que recuerdes -dijo-. Es posible que ahora recuerdes.
-¿Te parece?
-Quizá sí. Y cuando hayas terminado, podremos ira buscar la tumba.
-La tumba -repetí-. La palabra tenía un acento hueco, atroz, más tenebroso que todo lo demás, más tenebroso que todo lo demás, más tenebroso aún que aquel tétrico océano por donde Cory y yo habíamos navegado hacía cinco años. Tenebroso, tenebroso, tenebroso.
Bajo las vendas, mis nuevos ojos escrutaron ciegamente la oscuridad que las vendas les imponían. Escocían.

Cory y yo entramos en la órbita impulsados por el Saturno 16, aquel que los comentaristas denominaban el cohete Empire State Building. Era una mole, sí señor. Comparado con él, el viejo Saturno 1-B parecía un juguete, y para evitar que arrastrase consigo la mitad de Cabo Kennedy había que lanzarlo desde un silo de setenta metros de profundidad.
Sobrevolamos la Tierra, verificando todos nuestros sistemas, y después nos disparamos. Rumbo a Venus. El Senado quedó atrás, debatiendo un proyecto de ley sobre nuevos presupuestos para la exploración del espacio profundo, mientras la camarilla de la NASA rogaba que descubriéramos algo, cualquier cosa.
-No importa qué -solía decir Don Lovinger, el niño prodigio del Proyecto Zeus, cada vez que tomaba unas copas de más-. Tenéis todos los artefactos, más cinco cámaras de TV reacondicionadas y un primoroso telescopio con un trillón de lentes y filtros. Encontrad oro o platino. Mejor aún, encontrad a unos bonitos y estúpidos hombrecillos azules, para que podamos estudiarlos y explotarlos y sentirnos superiores a ellos. Cualquier cosa. Para empezar, nos conformaríamos con el fantasma de Blancanieves.
Cory y yo estábamos ansiosos por complacerle, a poco que fuera posible. El programa de exploración del espacio profundo había sido siempre un fracaso. Desde Borman, Anders y Lovell que habían entrado en órbita alrededor de la Luna, en 1968, y habían encontrado un mundo vacío, hostil, semejante a una playa sucia, hasta Markhan y Jacks, que se posaron en Marte quince años más tarde y encontraron un páramo de arena helada y unos pocos líquenes maltrechos, el programa había sido un fiasco costoso. Y había habido bajas. Pedersen y Lederer, que girarían eternamente alrededor del Sol porque todo había fallado en el penúltimo vuelo Apolo. John Davis, cuyo pequeño observatorio en órbita había sido perforado por un meteorito a pesar de que sólo existía una posibilidad entre mil de que se produjera semejante accidente. No, el programa espacial no prosperaba. Tal como estaban las cosas, el vuelo orbital alrededor de Venus sería nuestra última oportunidad de cantar victoria.
Fue un viaje de dieciséis días -comimos un montón de concentrados, jugamos muchas partidas de naipes, y nos contagiamos mutuamente un resfriado- y desde el punto de vista técnico fue un paseo. Al tercer día perdimos un transformador de humedad atmosférica, recurrimos al dispositivo auxiliar, y eso fue todo, con excepción de algunas nimiedades, hasta el regreso. Vimos cómo Venus crecía y pasaba del tamaño de una estrella al de una moneda de veinticinco céntimos y luego al de una bola de cristal lechoso, intercambiamos chistes con el control de Huntsville, escuchamos cintas magnetofónicas de Wagner y los Beatles, vigilamos los dispositivos automáticos que lo abarcaban todo, desde las mediciones del viento solar hasta la navegación del espacio profundo. Practicamos dos correcciones de rumbo a mitad de trayecto, ambas infinitesimales, y después de nueve días de vuelo Cory salió de la nave y martilleó la AEP retráctil hasta que ésta se decidió a funcionar. No pasó nada raro hasta que...
-La AEP -me interrumpió Richard-. ¿Qué es eso?
-Un experimento frustrado. La jerga de la NASA para designar la Antena de Radio Profundo... Irradiábamos ondas pi a alta frecuencia para cualquiera que se dignara escucharnos. -Me froté los dedos contra los pantalones pero fue inútil. En todo caso empeoró el prúrito-. El mismo principio del radiotelescopio de West Virginia..., tú sabes, el que escucha a las estrellas. Sólo que en lugar de escuchar, trasmitíamos, sobre todo a los planetas del espacio profundo: Júpiter, Saturno, Urano. Si hay vida inteligente en ellos, en ese momento se estaba echando una siesta.
-¿El único que salió fue Coy?
-Si .Y si introdujo una peste interestelar , la telemetría no la detectó.
-Igualmente...
-No importa -proseguí, irritado-. Sólo interesa el aquí y el ahora. Anoche ellos asesinaron a ese chico, Richard. No fue agradable verlo... ni de sentirlo. Su cabeza... estalló. Como si alguien le hubiese ahuecado los sesos y le hubiera introducido una granada de mano en el cráneo.
-Termina el relato -dijo Richard.
Lancé una risa hueca.
-¿Qué quieres que te cuente?


Entramos en una órbita excéntrica alrededor del planeta. Una onda radical, declinante, de noventa por ciento quince kilómetros. En la segunda pasada nuestro apogeo estuvo más alto y el perigeo más bajo. Disponíamos de un máximo de cuatro órbitas. Recorrimos las cuatro. Le echamos una buena mirada al planeta. Más de seiscientas fotos y Dios sabe cuántos metros de película.
La capa de nubes está formada en partes iguales por metano, amoniaco, polvo y mierda voladora. Todo el planeta se parece al Gran Cañón en un túnel de viento. Cory calculó que el viento soplaba a unos novecientos por hora cerca de la superficie. Nuestra sonda transmitió durante todo el descenso y después se apagó con un gemido. No vimos vegetación ni rastros de vida. El espectroscopio sólo detectó vestigios de minerales valiosos. Y eso era Venus. Nada de nada..., con una sola salvedad: me asustó. Era como girar alrededor de una casa embrujada en medio del espacio. Sé que ésta no es una definición muy científica, pero viví sobrecogido por el miedo hasta que nos alejamos de allí. Creo que si se nos hubieran parado los cohetes, me habría degollado en medio de la caída. No es como en la Luna. La Luna es desolada pero relativamente antiséptica. El mundo que vimos era totalmente distinto de cuantos se habían visto antes. Quizá sea una suerte que esté cubierto por el manto de nubes. Parecía una calavera descarnada... Ésta es la única analogía que se me ocurre.
Durante el vuelo de regreso nos enteramos de que el Senado había resuelto reducir a la mitad el presupuesto para la exploración espacial. Cory dijo algo así como "parece que volvemos a la época de los satélites meteorológicos, Artie". Pero yo estaba casi contento. Quizás el espacio no es un buen lugar para nosotros.
Doce días más tarde Cory estaba muerto y yo había quedado lisiado para toda la vida. Todas las desgracias me ocurrieron durante el descenso. Falló el paracaídas. ¿Qué te parece esta ironía? Habíamos pasado más de un mes en el espacio, habíamos llegado más lejos que cualquier otro ser humano, y todo terminó mal porque un tipo con prisa por tomarse un descanso dejó que se enredaran unos cordeles.
La caída fue violenta. Un tripulante de uno de los helicópteros dijo que nos precipitamos del cielo como un bebé gigantesco, con la placenta flameando atrás. Cuando nos estrellamos me desvanecí.
Recuperé el conocimiento mientras me transportaban por la cubierta del Portland. Ni siquiera habían tenido tiempo de enrollar la alfombra roja que teóricamente deberíamos haber recorrido. Yo sangraba. Sangraba y me llevaban a la enfermería sobre una alfombra roja que no estaba ni remotamente más roja como yo...
-...Pasé dos años en el hospital de Bethesda. Me dieron la Medalla de Honor y una fortuna y esta silla de ruedas. Al año siguiente vine aquí. Me gusta ver cómo despegan los cohetes.
-Lo sé. -Richard hizo una pausa-. Muéstrame las manos.
-No. -La respuesta fue inmediata y vehemente-. No pudo permitir que ellos vean. Te lo he advertido.
-Han pasado cinco años -dijo Richard-. ¿Por qué ahora, Arthur? ¿Me lo puedes explicar?
-No lo sé. ¡No lo sé! Quizás eso, sea lo que fuere, tiene un largo período de gestación. ¿Y quién puede asegurar, además, que me contaminé en el espacio? Eso, lo que sea, pudo haberse implantado en Fort Lauderdale. O tal vez en este mismo porche. Qué se yo.
Richard suspiró y contempló el agua , ahora enrojecida por el sol del crepúsculo.
-Procuro creerte, Arthur, no quiero pensar que estás perdiendo la chaveta.
-Si es indispensable, te mostraré las manos -respondí. Me costó un esfuerzo decirlo-. Pero sólo si es indispensable.
Richard se levantó y cogió su bastón. Parecía viejo y frágil.
-Traeré el "buggy" e las dunas. Buscaremos al chico.
-Gracias, Richard.
Se encaminó hacia la huella accidentada que conducía a su cabaña: veía el tejado de ésta asomando sobre la Duna Mayor, la que atraviesa casi todo el ancho de Key Caroline. El cielo había adquirido un feo color ciruela, sobre el agua, en dirección al Cabo, y el fragor del trueno me llegó débilmente a los oídos.


No sabía cómo se llamaba el chico pero lo veía de vez en cuando, caminando por la playa al ponerse el sol, con l acriba bajo el brazo. El sol le había bronceado y estaba moreno, casi negro, y siempre vestía unos vaqueros deshilachados, tijereteados a la altura del muslo. Del otro lado de Key Caroline hay una placa pública, y en una jornada nada propicia un joven emprendedor puede reunir hasta cinco dólares, tamizando pacientemente la arena en busca de monedas enterradas. A veces le saludaba agitando la mano y él contestaba de igual manera, ambos con displicencia, extraños pero hermanos, eternos habitantes de ese mundo de derroche, de "Cadillacs", de turistas alborotadores. Supongo que vivía en la pequeña aldea apiñada alrededor de la estafeta, a casi un kilómetro de mi casa.
Cuando pasó esa tarde ya hacía una hora que yo estaba en el porche, inmóvil, alerta. Hacía un rato que yo estaba en el porche, inmóvil, alerta. Hacía un rato que me había quitado las vendas. El prurito había sido intolerable, y siempre se aliviaba cuando podían ver con sus ojos.
Era una sensación que no tenía parangón en el mundo: como si yo fuera un portal entreabierto a través del cual espiaban un mundo que odiaban y temían. Pero lo peor era que yo también podía ver, hasta cierto punto. Imaginad que vuestra mente es transportada al cuerpo de una mosca común, una mosca que mira vuestra propia cara con un millar de ojos. Entonces quizás empezaréis a entender por qué tenía las manos vendadas incluso cuando no había nadie cerca, nadie que pudiera verlas.
Empezó en Miami. Yo tenía que tratar allí con un hombre llamado Cresswell, un investigador del Departamento de Marina. Me controla una vez al año, porque durante un tiempo tuvo todo el acceso que es posible tener a los materiales secretos de nuestro programa espacial. No sé qué es exactamente lo que busca. Tal vez un destello taimado en mis ojos, o una letra escarlata en mi frente. Dios sabe por qué. La pensión que cobro es tan generosa que se vuelve casi embarazosa.
Cresswell y yo estábamos sentados en la terraza de su habitación, en el hotel, discutiendo el futuro del programa espacial norteamericano. Eran aproximadamente las tres y cuarto. Empezaron a picarme los dedos. No fue algo gradual. Se activó como una corriente eléctrica. Se lo mencioné a Cresswell.
-De modo que tocó una hiedra venenosa en esa islita escrofulosa -comentó sonriendo.
-El único follaje que hay en Key Caroline es un arbusto de palmito -respondí-. Quizás es la comezón del séptimo año .-Me miré las manos. Manos absolutamente vulgares. Pero me picaban.
Más tarde firmé el mismo viejo documento de siempre ("Juro solemnemente que no he recibido ni revelado ni divulgado ninguna información susceptible de...") y volví a Key Caroline. Tengo un antiguo "Ford", equipado con freno y acelerador de mano. Lo adoro..., me hace sentirme autosuficiente.
El trayecto de regreso es largo, por la Autopista 1, y cuando salí de la carretera y doblé por la rampa de salida de Key Caroline ya estaba casi enloquecido. Las manos me escocían espantosamente. Si alguna vez habéis la cicatrización de un corte profundo o de una incisión quirúrgica, quizás entenderéis la clase de comezón a la que me refiero. Algo vivo parecía estar arrastrándose por mi carne y horadándola.
El sol casi se había ocultado y me estudié cuidadosamente las manos bajo el resplandor de las luces del tablero. Ahora en las puntas de los dedos había unas pequeñas manchas rojas, perfectamente circulares, un poco por encima de la yema donde están las impresiones digitales y donde se forman callos cuando uno toca la guitarra. También había círculos rojos de infección entre la primera y segunda articulación de cada pulgar y de cada dedo, y en la piel que separaba la segunda articulación del nudillo. Me llevé los dedos de la mano derecha a los labios y los aparté rápidamente, con súbita repulsión. Dentro de mi garganta se había formado un nudo de horror, agodonoso y asfixiante. Los puntos donde habían aparecido las marcas rojas estaban calientes, afiebrados y la carne estaba blanda y gelatinosa, como la pulpa de una manzana podrida.
Durante el resto del trayecto traté de convencerme de que en verdad había tocado una hiedra venenosa sin darme cuenta. Pero en el fondo de mi mente germinaba otra idea chocante. En mi infancia había tenido una tía que había pasado los últimos diez años de su vida encerrada en un desván, aislada del mundo. Mi madre le llevaba los alimentos y estaba prohibido pronunciar su nombre. Más tarde me enteré de que había padecido la enfermedad de Hansen, la lepra.
Cuando llegué a casa telefoneé al doctor Flanders, que vivía en tierra firme. Me atendió su servicio de recepción de llamadas. El doctor Flanders estaba participando de un crucero de pesca, pero si se trataba de algo urgente el doctor Ballenger...
-¿Cuándo regresará el doctor Flanders?
-A más tardar mañana por la tarde. ¿Le parece...?
-Sí.
Colgué lentamente el auricular y después marqué el número de Richard. Dejé que la campanilla sonara doce veces antes de colgar. Permanecí un rato indeciso. La comezón se había intensificado. Parecía emanar de la carne misma.
Conduje la silla de ruedas hasta la biblioteca y extraje la destartalada enciclopedia médica que había comprado hace muchos años. El texto era exasperantemente vago. Podría haber sido cualquier cosa, o ninguna.
Me recosté contra el respaldo y cerré los ojos. Oí el tictac del viejo reloj marino montado sobre la repisa, en el otro extremo de la habitación. También oí el zumbido fino y agudo de un reactor que volaba hacia Miami. Y el tenue susurro de mi propia respiración.
Seguía mirando el libro.
El descubrimiento se infiltró lentamente en mí y después se implantó con aterradora brusquedad. Tenía los ojos cerrados pero seguía mirando el libro. Lo que veía era algo desdibujado y monstruoso, una imagen deformada, cuatridimensional, pero igualmente inconfundible, de un libro.
Y yo no era el único que miraba.
Abrí lo ojos y sentí la contracción de mi músculo cardíaco. La sensación se atenuó un poco, pero no por completo. Estaba mirando el libro, viendo con mis propios ojos las letras impresas y las ilustraciones, lo cual era una experiencia cotidiana perfectamente normal, y también lo veía desde un ángulo distinto, más bajo, y con otros ojos. No lo veía como un libro sino como algo anómalo, algo de configuración aberrante e intención ominosa.
Alcé las manos lentamente hasta mi rostro, y tuve una macabra imagen de mi sala transformada en una casa de horrores.
Lancé un alarido.
Unos ojos me espiaban entre las fisuras de la carne de mis dedos. Y en ese mismo instante vi cómo la carne se dilataba, se replegaba, a medida que esos ojos se asomaban insensatamente a la superficie.
Pero no fue eso lo que me hizo gritar. Había mirado mi propia cara y había visto un monstruo.


El "buggy" de las dunas bajó por la pendiente de la lona y Richard lo detuvo junto al porche. El motor ronroneaba intermitentemente. Hice rodar mi silla de ruedas por la rampa situada a la derecha de la escalinata común y Richard me ayudó a subir al vehículo.
-Muy bien, Arthur -dijo-. Tú mandas. ¿A dónde vamos?
Señalé en dirección al agua, donde la Duna Mayor finalmente empieza a menguar. Richard hizo un ademán de asentimiento. Las ruedas posteriores giraron en la arena y partimos. Yo solía burlarme de Richard por su manera de conducir, pero esa noche no lo hice. Tenía demasiadas cosas en las cuales pensar... Y demasiadas cosas para sentir. Ellos estaban disgustados con la oscuridad y me daba cuenta de que hacían esfuerzos por espiar entre las vendas, exigiéndome que se las quitara.
El "buggy" se zarandeaba y rugía entre la arena en dirección al agua, y casi parecía levantar vuelo desde la cresta de las dunas más bajas. A la izquierda, el sol se ponía con sanguinaria espectacularidad. Directamente enfrente y del otro lado del agua, las nubes oscuras avanzaban hacia nosotros. Los rayos zigzagueaban sobre el mar.
-A tu derecha -dije-. Junto a esa tienda.
Richard de tuvo el "buggy" junto a los restos podridos de la tienda, despidiendo un surtidor de arena. Metió la mano en la parte posterior y extrajo una pala. Respingué cuando la vi.
-¿Dónde? -preguntó Richard inexpresivamente.
-Allí -respondí, señalando.
Se apeó y se adelantó despacio por la arena, vaciló un segundo, y después clavó la pala en el suelo. Me pareció que excavaba durante un largo rato. La arena que despedía por encima del hombro tenía un aspecto húmedo. Las nubes eran más negras y estaban más altas, y el agua parecía furiosa e implacable bajo su sombra y en el reflejo rutilante del crepúsculo.
Mucho antes de que dejara de excavar me di cuenta de que no encontraría al chico. Lo habían cambiado de lugar. La noche anterior no me había vendado las manos, de modo que habían podido ver... y actuar. Si habían conseguido servirse de mí para matar al chico también podían haberlo hecho para trasladarlo, incluso mientras dormía.
-No hay nada aquí, Arthur.
Arrojó la parte sucia en la parte posterior del "buggy" y se dejó caer, cansado, en el asiento. La tormenta en ciernes proyectaba sombras movedizas, semicirculares, sobre la playa. La brisa cada vez más fuerte hacía repicar la arena contra la carrocería herrumbrada del vehículo. Me picaban los dedos .
-Me usaron para transportarlo -dije con voz opaca-. Están asumiendo el control, Richard. Están forzando su puerta para abrirla, poco a poco. Cien veces por día me descubro en pie delante de un objeto que conozco como una espátula, un cuadro, o un a lata de guisantes, sin saber cómo he llegado allí, y tengo las manos alzadas, mostrándoselo, viéndolo como lo ven ellos, como algo obsceno, como algo contorsionado y grotesco...
-Arthur -murmuró-. No, Arthur. Eso no. -Bajo la luz menguante su rostro tenía una expresión compungida-. Has dicho que estabas en pie delante de algo. Has dicho que transportaste el cuerpo del chico. Pero tú no puedes caminar, Arthur. Estás muerto de la cintura para abajo.
Toqué el tablero de instrumentos del "buggy" de las dunas.
-Esto también está muerto. Pero cuando lo montas puedes hacerlo marchar. Podrías hacerlo matar. No podría detenerse aunque quisiera. -Oí que mi voz aumentaba de volumen histéricamente-. ¿Acaso no entiendes que soy la puerta? ¡Ellos mataron al chico, Richard! ¡Ellos transportaron el cuerpo!
-Creo que será mejor que consultes a un médico -dijo con tono tranquilo-. Volvamos.
-¡Investiga! ¡Pregunta por el chico, entonces! Averigua...
-Dijiste que ni siquiera sabes cómo se llama.
-Debía de vivir en la aldea. Es un pueblo pequeño. Pregunta...
-Cuando fui a buscar el "buggy" telefoneé a Maud Harrington. No conozco a una persona más chismosa que ella, en todo el Estado. Le pregunté si había oído el rumor de que un chico no había vuelto anoche a su casa. Contestó que no.
-¡Pero tenía que vivir es esta zona! ¡Tenía que vivir aquí!
Arthur se dispuso a hacer girar la llave del encendido, pero le detuve. Se detuvo para mirarme y yo empecé a quitarme las vendas de las manos.
El trueno murmuraba y gruñía desde el Golfo.


No había consultado al médico ni había vuelto a llamar a Richard. Pasé tres semanas con las manos vendadas cada vez que salía. Tres semanas con la ciega esperanza de que desaparecieran. No eran un comportamiento racional, lo confieso. Si yo hubiera sido un hombre sano que no necesitaba una silla de ruedas para sustituir sus piernas, o que había vivido una vida normal, quizás habría recurrido al doctor Flanders o a Richard. Aun en mis condiciones podría haberlo hecho si no hubiera sido por el recuerdo de mi tía, aislada, virtualmente convertida en una prisionera, devorada en vida por su propia carne enferma. De modo que guardé un silencio desesperado y le pedí al cielo que me permitiera descubrir un día, al despertarme, que todo había sido una pesadilla.
Y poco a poco los sentí. A ellos. Una inteligencia anónima. Nunca me pregunté qué aspecto tenían ni de donde provenían. Habría sido inútil. Yo era su puerta, y su ventana abierta sobre el mundo. Recibía suficiente información de ellos para sentir su revulsión y su horror, para saber que nuestro mundo era muy distinto del suyo. La información también me bastaba para sentir su odio ciego. Pero igualmente seguían espiando. Su carne estaba implantada en la mía. Empecé a darme cuenta de que me usaban, de que en verdad me manipulaban.
Cuando pasó el chico, alzando la mano para saludarme con la displicencia de siempre, yo ya casi había resuelto llamar a Cresswell, a su número del Departamento de Marina. Había algo cierto en la teoría de Richard: estaba seguro de que lo que se había apoderado de mí me había atacado en el espacio profundo o en esa extraña órbita alrededor de Venus. La Marina me estudiaría pero no me convertiría en un monstruo de feria. No tendría que volver a ahogar un grito cuando me despertaba en la oscuridad crujiente y los sentía vigilar, vigilar, vigilar.
Mis manos se estiraron hacia el chico y me di cuenta de que no las había vendado. Vi los ojos que miraban en silencio, en la luz crepuscular. Eran grandes, dilatados, de iris dorados. Una vez había pinchado uno con la punta de un lápiz y había sentido que un olor insoportable me recorría el brazo. El ojo pareció fulminante con un odio impotente que fue peor que el dolor físico. No volví a pincharlo.
Y ahora estaban mirando al chico. Sentí que mi mente se disparaba. Un momento después perdí el control de mis actos. La puerta estaba abierta. Corrí hacia él por la arena, moviendo velozmente las piernas insensibles, como si éstas fueran maderos accionados por algún mecanismo. Mis propios ojos parecieron cerrarse y sólo vi con aquellos ojos extraterrestres: vi un monstruoso paisaje marino de alabastro rematado por un cielo semejante a una gran franja purpúrea, y vi una cabaña ladeada y corroída que podría haber sido la carroña de una desconocida bestia carnívora, y vi un ser abominable que se movía y respiraba y llevaba debajo del brazo un artefacto de madera y alambre, un artefacto compuesto por ángulos rectos geométricamente imposibles.
Me pregunto qué pensó él, ese pobre chico anónimo con la criba bajo el brazo y los bolsillos hinchados por una insólita multitud de monedas arenosas perdidas por los turistas, qué pensó él cuando los rayos postreros del sol cayeron sobre mis manos, rojas y fisuradas y fulgurantes con su carga de ojos, qué pensó cuando las manos batieron súbitamente el aire un momento antes de que estallara su cabeza.
Sé qué fue lo que pensé yo.
Pensé que había atisbado por encima del borde del universo y había visto ni más ni menos que los fuegos del infierno.


El viento tironeó de las vendas y las transformó en pequeños gallardetes flameantes a medida que las desenrollaba. Las nubes habían ocultado los vestigios rojos del crepúsculos, y las dunas estaban oscuras y cubiertas de sombras. Las nubes desfilaban y bullían sobre nuestras cabezas.
-Debes hacerme una promesa, Richard -dije, levantando la voz por encima del viento cada vez más fuerte-. Si tienes la impresión de que intento..., hacerte daño, corre. ¿Me entiendes?
-Si.
El viento agitaba y ondulaba su camisa de cuello abierto. Su rostro permanecía impasible, con los ojos reducidos a poco más que dos cavidades en la prematura oscuridad.
Cayeron las últimas vendas.
Yo miré a Richard y ellos miraron a Richard. Yo vi una cara que conocía desde hacía cinco años y que había aprendido a querer. Ellos vieron un monolito viviente, deforme.
-Los ves -dije roncamente-. Ahora los ves.
Se apartó involuntariamente. Sus facciones parecieron dominadas por un súbito pavor incrédulo. Un rayo hendió el cielo. Los truenos rodaban sobre las nubes y el agua se había ennegrecido como la del río Estigia.
-Arthur...
¡Qué inmundo era! ¿Cómo podía haber vivido cerca de él, cómo podía haberle hablado? No era un ser humano sino una pestilencia muda. Era...
-¡Corre! ¡Corre, Richard!
Y corrió. Corrió con grandes zancadas. Se convirtió en un patíbulo recortado contra el cielo imponente. Mis manos se alzaron, se alzaron sobre mi cabeza con un ademán aullante, aleteante, con los dedos estirados hacia el único elemento familiar de ese mundo de pesadilla: estirados hacia las nubes.
Y las nubes respondieron.
Brotó un rayo colosal, blanco azulado, que pareció marcar el fin del mundo. Alcanzó a Richard, lo envolvió. Lo último que recuerda es la fetidez eléctrica del ozono y la carne quemada.
Me desperté en mi porche, plácidamente sentado, mirando hacia la Duna Mayor. La tormenta había pasado y la atmósfera estaba agradablemente fresca. Se veía una tajada de luna. La arena estaba virgen, sin rastros del "buggy" de Richard.
Me miré las manos. Los ojos estaban abiertos pero vidriosos. Se hallaban extenuados. Dormitaban.
Sabía bien qué era lo que debía hacer. Tenía que echar llave a la puerta antes de que pudieran terminar de abrirla. Tenía que clausurarla definitivamente. Ya empezaba a observar los primeros signos de un cambio estructural en las mismas manos. Los dedos empezaban a acortarse... y a modificarse.
En la sala había una pequeña chimenea, y en verano me había acostumbrado a encender una fogata para combatir el frío húmedo de Florida. Prendí otra ahora, moviéndome de prisa. Ignoraba cuánto tardarían en captar mis intenciones.
Cuando vi que ardía vorazmente me encaminé hacia la cuba de queroseno que había en la parte posterior de la casa y me empapé ambas manos. Se despertaron de inmediato, con un alarido de dolor. Casi no pude llegar de vuelta a la sala, y a la fogata. Pero lo conseguí.


Todo eso sucedió hace siete años.
Aún estoy aquí, contemplando el despegue de los cohetes. Últimamente se han multiplicado. Éste es un gobierno que da importancia a la exploración espacial. Incluso se habla en enviar otra serie de sondas tripuladas a Venus.
Averigüé el nombre de chico, aunque eso ya no importa. Tal como sospechaba, vivía en la aldea. Pero su madre creía que pasaría aquella noche en tierra firme, con un amigo, y no dio la alarma hasta el lunes siguiente. En cuanto a Richard..., bien, de todos modos la gente opinaba que Richard era un bicho raro. Piensan que tal vez volvió a Maryland o se fugó con alguna mujer.
A mí me toleran, aunque tengo fama de ser excéntrico. Al fin y al cabo, ¿cuántos exastronautas les escriben regularmente a los funcionarios electos de Washington para decir que sería mejor invertir en otra cosa el dinero que se asigna a la exploración espacial?
Yo me apaño muy bien con estos garfios. Durante el primer año los dolores fueron atroces, pero el cuerpo humano se acostumbra a casi todo. Me puedo afeitar e incluso me ato los cordones de los zapatos. Y como véis, escribo bien a máquina. Creo que no tendré problemas para meterme la escopeta en la boca ni para apretar el gatillo. Veréis, esto empezó hace tres semanas.
Tengo sobre el pecho un círculo perfecto de doce ojos dorados.


FIN

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QUE SE PUEDE ENCONTRAR...?

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