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sábado, 4 de octubre de 2008

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH

DE LOS MITOS DE CTHLHU : EL SELLO DE R’LYEH -- AUGUST DERLETH
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EL SELLO DE R’LYEH
AUGUST DERLETH

I
Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí:
«¡Cuidad que siempre esté lejos del mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer al agua, cuando de
hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos —el mío es
Piscis— sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos,
pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no
podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma —lo cual, dicho a la luz del día, resulta
un modismo un tanto ambiguo—. Antes de morir mi padre en un accidente de automóvil, también
acostumbraba a repetirlo con frecuencia. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas,
bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.
Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una Universidad
del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome
todo cuanto poseía. Yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra.
Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que
suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía
un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se
dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con el mar o la navegación... Era natural, pues, que
heredara yo las posesiones de tío Sylvan.
Tenía dos propiedades, y daba la casualidad que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un
pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de
dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a
la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era
precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver el mar, y tal vez
comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera.
Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a
Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se
enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo
inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba
a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría
que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo —el
que estuvo dedicado al comercio con China— y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El
nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.
Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió,
pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado
en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo
que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi
parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese al mar.
En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio,
sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta
años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más
antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.
Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio
central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una
altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y
esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en
especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones
nordoccidentales del continente norteamericano. Era, pues, una colección fascinante, comenzada por mi
abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura
octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro.
Nada había colocado sobre al alfombra.
Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras
—también en la que ocupaba el centro del estudio—, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un
motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía
una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua —acaso
elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy— coronando
los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura
indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía
representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el
disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en
lo más profundo de mi ser:
Pb’glui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgh’nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción
desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era
el imperioso hechizo del mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima
sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el este. Lo más cerca
que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón.
Esta atracción innegable que sentía hacia el mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia.
¿No habían trabajado mis antepasados en el mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿Y
durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación,
todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir
tierra adentro y apartarse del mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero
dejar constancia antes que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y el mar me atraían; ambas
constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente
compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante —y esto era más extraño
aún—, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.
Al principio, no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío
Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía.
Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de
cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente
inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos
extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas
personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me
enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.
—¿Es usted de los Phillips? —me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
—¿Hijo de Sylvan?
—Mi tío no llegó a casarse.
—Ya... Eso decía él —replicó—. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
—Ha muerto.
—También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
—Yo soy el último de la mía.
—Los Phillips, en otros tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua...
Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
—¿Es posible?
Me miró un instante casi con incredulidad.
Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace
muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón,
China, las islas..., y de allí traían... —aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de
hombros—, muchas cosas, ¡muchas! —me miró perplejo—. Se va a quedar por aquí, ¿verdad?
Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora
andaba buscando personal de servicio.
—No encontrará —dijo moviendo la cabeza—. La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta.
Si quedara alguno de los Phillips... —abrió los brazos con desaliento—. Pero casi todos murieron el año
veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh
que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba
era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
—Marsh —repetí—. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
—Conozco a una —dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para su interior.
Así conocí a Ada Marsh.
Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui
a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil —un Ford
viejísimo de modelo T— y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella
el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me
prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que
en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros.
Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me
parecían muy cálidos en ciertos momentos.
Vino a la mañana siguiente. Al verla caminar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.
—No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? —dije.
—Los Marsh y los Phillips son viejos amigos —dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de
saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación que yo sabía que así era, en efecto.
—Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador
del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío
Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios
—«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»—, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se
repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta
asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
—¿Ha oído, señor Phillips? —preguntó entonces.
—¿El qué?
—Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.
Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo
descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un
registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: tomaba los
libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las
estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir,
di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca
hubiera hecho otra cosa.
Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara
yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde
ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por
los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.
—¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé así,
rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana
siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma
estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa.
Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia
de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido que la casa misma, el
peñasco entre el cual se asentaba, y el mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono
como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras
veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos —en especial los de Dale Nichols—
que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos.
Entonces me dio la impresión, digo, que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan
grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.
No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto
a lo que se refería? No me quedaba duda que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan
vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué
sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente
respirara? Estaba convencido que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que
seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este
lugar.
Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.
—¿Qué busca usted, Ada? —pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
—Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí
también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros..., como los Marsh y
los Phillips de antes.
—¿Y qué es lo que busca?
—Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... —encogió los hombros—. Su tío me dijo
muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas.
¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por la carretera.
—Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
—Usted no tiene idea. Usted es como..., como un forastero.
—¿Pero me podría usted explicar algo?
—No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor
Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.
II
Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada.
Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de
un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un pequeño cajón secreto que abrí por pura
casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda
de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la
noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino
que me sentía atraído hacia ella, mucho más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi.
Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos
que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los
primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase latente, previa
a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento —y
la lectura, evidentemente— de los papeles.
Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra:
«Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur.
¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de
Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la
Plataforma cont. de Inns. a Singapur?»
Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:
«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. Él está en R. (en Inns. y
Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el
primer contacto? ¿En Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las
aguas?»
Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros
documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell
Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
«Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto
Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su
tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth
en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido
una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de
realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que
convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza
extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se
sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas,
pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y
contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor.
»¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche?
Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las
hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips ?»...
No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a tomar el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
«R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las
profundidades, en espera del día de su resurgimiento.»
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchas
más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de
Cthulhu y R’lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los
Fragmentos de Sussex, del Necronomicón, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las
Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R’lyeh, del Gran Cthulhu —el «R.» y el «C.»
de sus papeles— y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus
escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos
refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus
ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería.
Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.
Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua
que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no
tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del
mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había
existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había
situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el
Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de
Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano.
También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos
últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa
fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí.
Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde
que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el
cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus
notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde
d’Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, y muchos otros. Pero,
¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que
peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir
miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío
Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una
ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.
Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las
luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los
universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos
Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali,
en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El
Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth..., y todos
habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con
ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses
Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y
las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la
oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El
Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su
rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de
recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus
creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que
adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.
En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»
Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático
de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío
Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su
aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal.
Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a
libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros
sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con
artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y
una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una
prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío.
De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos
los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos.
Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también
formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos —que, según lo que pude
colegir, venían a ser lo mismo— representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal.
Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los
Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y
servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los
Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un
empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y
cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los
espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los
Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del
mal.
¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos
pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales,
para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo
único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía
demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente
distintos eslabones evolutivos de una misma creencia.
Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no
sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la Humanidad,
habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti
de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en el mar, conocidos
como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o
producto quizá de ciertas mutaciones manifestadas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían
sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en
Quetzalcoatl y otros dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras
ceremoniales de los polinesios y los indios norteamericanos de la costa nordoccidental, donde aún
persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a
Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.
Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos
que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de
mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la
prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho
un mar de confusiones.
¿Qué pudo haberle pasado a Johansen, con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso
existía otra explicación?
¿Y por qué el gobierno norteamericano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de
profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth? ¿Y por qué la policía
detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se
declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era
cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones
diabólicas con ciertos seres que habitaban en el mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo,
durante la noche?
¿Y que le sucedió a Wilmarth en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus
investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿Y qué fue de todos
los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción —Lovecraft, Howard, Barlow—, o lo habían
enfocado de forma científica —como Fort—, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio?
Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía
eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en
forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P.
Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos —tan inexplicables para la ciencia—
recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos —aun
rechazando los recopilados por Fort— que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos,
estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar
infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado
el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus
anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de
emprender la búsqueda del reino sumergido —o de la ciudad sumergida— de R’lyeh. Yo no sabía si era
reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico;
pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto:
«¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato..., en espera que llegue el momento de rebelarse
nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues,
¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien?
¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la
Humanidad, el mal, lo abominable?
Mi tío había buscado R’lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había
descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el
Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo
de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus
largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus
aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes.
Si R’lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para
ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder
vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era
lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo?
Entré. Antes que pudiera abrir la boca, me abordó.
—¡Los ha descubierto! —exclamó.
—¿Cómo sabía usted que existían?
—Porque conocía sus trabajos.
—¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
—No es posible que crea usted en esas cosas —protesté yo.
—¡Cuidado que es usted estúpido! —exclamó coléricamente—. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni
su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
—¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
—¡Por favor! A usted no le son de utilidad —insistió.
—Eso ya lo veremos.
—Dígame entonces si él había..., si había iniciado sus exploraciones.
—Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiadora, y a la vez, de desprecio y de lástima.
—¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo
que tiene a sus pies?
—¿La alfombra? —pregunté perplejo.
—No, no..., el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de
R’lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted
encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.
III
Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de
medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil
creer aquello, a pesar que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que
además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se
había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más
escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces
tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en
misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya
cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran
enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba
de un pasado remoto.
Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi
razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y
elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra
conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre
ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah
—de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos—, y sus hijas,
que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la
forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del
Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de
sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí,
y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma
de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron
la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos
detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.
En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran,
como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni
especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus
Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos
de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera
generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un
secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo al mar era debida a que
conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario.
Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente
de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó
desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de
contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes
consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más
adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles,
tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada,
contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.
Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me
esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban
de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude
hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían
sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en
otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la
Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi
mítico Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la
estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario.
Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré
donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos
personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El
anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla —aunque no
lo era—, y en su superficie llevaba grabado el sello de R’lyeh.
La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin
embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un
dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales
retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el
susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento del mar. Era como si la casa y la
roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el
mismo edificio.
Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar
psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente
poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las
inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una
isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado,
próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal,
que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la
tierra: ¡de debajo de la casa!
Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su
quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió
todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y
nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era,
pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser.
Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar al mar. Yo llevaba mucho
tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de
uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en
determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del
agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una
embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce
casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba
demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen
nadador como —para asombro mío— comprobé que era yo.
Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su
existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer
por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había
descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra
adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de
la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas,
tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así,
sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio
marinero.
De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta el
mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al
cruzar la gran habitación central que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón
tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me
quedé inmóvil, en espera que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura
labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba
fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y
tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió.
Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo
que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R’lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me
acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran
profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida
roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Tomé al azar un tomo de las obras de
Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.
Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor
a mar. ¡No era extraño que se sintiera el mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo
frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante
movimiento del agua, el chapoteo del mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final
de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella
cabría la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta el mar.
Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni
equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas
señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado sobre el piso
de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del
gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.
No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R’lyeh en mi dedo,
percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del
exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta
comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de
la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación
con el mar y yo debía encontrarla sin demora.
Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, tomé el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya
de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me
quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en
fabulosos rincones de la Tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las
insondables profundidades del mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con
otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me
habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola
razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros
mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres
provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me
desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y
me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas
que había de pasar.
Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y
descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme
de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me
orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona.
De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el
fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba
y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades.
Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la
escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a
llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo,
continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección al sur.
De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como
atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no
podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar
adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a
bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección sudeste. Continué
en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso
dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería
necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi
imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.
Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad
superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más
alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El
oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar que no
sentía la fatiga de nadar —en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad—, siempre regresaba al fondo
del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo.
En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me
dio la impresión que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque
me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas
algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por
último me di cuenta que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché
desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer
por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano.
Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se
lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un
pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba
con la soltura y facilidad de un habitante del océano!
IV
Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que
Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui
recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no
hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y
como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua..., ¡y así era, en efecto! Sin
sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas del mar...,
¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio!
Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba
pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas
que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua,
hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras
allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor
del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.
A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a
una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía del mar y
desde el cual se podían ver las luces intermitentes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los
ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se
balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente
a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían
confraternizado con sus hermanos de las profundidades.
—¿Cómo pudiste ignorarlo? —preguntó Ada—. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a
seguirte...
—Nunca tuve ocasión de enterarme.
—¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también.
Encontraríamos primero el sello de R’lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser
cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura que R’lyeh no se hallaba frente a
Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del
Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas —ahora en ruinas, como consecuencia de las
cargas de profundidad arrojadas en 1928— donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips
habían mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera una
gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura
grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de
los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues
reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al
piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras
ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido número de hombres determinados a evitar el
regreso del gran Cthulhu.
Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí
hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra
búsqueda.
A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por
completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que
buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez
hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos del mar, con los servidores que aguardan el día
de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer
a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir.
En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para
investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes.
Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó
mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas
expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no
sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me
habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra
búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.
¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del
fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella
pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y
días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían
los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos,
luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las
profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver.
Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del
gran sello bajo el que yace Él, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante,
animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros
más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y
nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos
resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y
buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo
esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas
cada vez, convencidos que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte,
de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.
Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca
negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y
desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico
de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda
había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla
negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del
enemigo.
Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes
zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo,
descubrimos lo que estábamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de
una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a
los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R’lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba
de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como el mar, agitado por los
sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio
de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y
cuyos sueños significan el dominio de la Tierra y de todos los universos, pues Él necesitará de Ada Marsh y
de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.
Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de
levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran
Cthulhu para impedir su regreso? ¿Y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la
presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su
elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos
obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también
del apareamiento de los hombres con las mujeres del mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y
después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.
Artículo aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:
La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido
detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían
fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El
señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado,
más o menos, a 47° 53’ latitud sur, y 127° 37’ longitud oeste. Se habían alejado en bote, y
abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote
se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber
presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que
estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su
esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a
aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las
ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito
fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos
ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro
alguno del matrimonio Phillips...


F I N

UNA DE LAS LISTAS DE HOROSCOPOS MAS FIABLE, VOTADAS POR EXPERTOS DEL TEMA

UNA DE LAS LISTAS DE HOROSCOPOS MAS FIABLE, VOTADAS POR EXPERTOS DEL TEMA
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Una serie de expertos en astrología, horoscopos y tarot se han dedicado a analizar casi todas las páginas sobre el tema que pululan por la red. Como resultado han determinado que las siguientes webs son tal vez las más fiables o veraces que se pueden encontrar:

sábado, 16 de agosto de 2008

ALBA DE SATURNO -- ARTHUR C. CLARKE -- SCIFI

ALBA DE SATURNO
Arthur C. Clarke
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Sí, es completamente cierto. Conocí a Morris Perlman cuando yo tenía veintiocho años. Entonces yo había conocido a miles de personas, desde presidentes para abajo.
Cuando volvimos de Saturno, todo el mundo deseaba vernos, y casi la mitad de la tripulación se fue a dar una serie de conferencias. A mí siempre me ha encantado hablar (no dirán ustedes que no lo han notado), pero algunos de mis colegas dijeron que más bien preferían ir al planeta Plutón que enfrentarse con otro auditorio. Y algunos lo hicieron.
Mi objetivo era el Medio Oeste, y la primera vez que vi a Mr. Perlman – nadie le llamaba de otra forma y, desde luego, jamás «Morris» -, estaba en Chicago. La agencia siempre me alojaba en buenos hoteles, aunque no demasiado lujosos. Lo prefería así; me gustaba hallarme en sitios donde yo pudiera ir y venir a mi gusto sin demasiada etiqueta y donde pudiese vestirme como yo quisiera. Veo que sonríen; bueno, entonces yo era solo un muchacho y han cambiado muchas cosas...
Ya hace mucho tiempo de ello, pero por aquel entonces estaba dando una conferencia en la Universidad. De cualquier forma, recuerdo que sufrí una decepción porque no pudieron mostrarme el sitio en que Fermi comenzó a construir la primera pila atómica. Dijeron que el edificio había sido derribado hacia ya cuarenta años y que solo existía una placa que marcaba el lugar. Me quedé mirándola durante un rato, pensando todo lo que había ocurrido desde aquellos lejanos días, allá por el año 1942. Yo ya había nacido, por una parte; y la energía atómica me había llevado hasta el planeta Saturno y vuelto a la Tierra. Aquella era probablemente algo que Fermi y Compañía nunca habían pensado cuando construyeron su primitiva entramado de uranio y grafito.
Estaba tomando el desayuno en una cafetería, cuando un hombre de mediana estatura se sentó en el otro lado de la mesa que yo ocupaba. Saludó con un cortés «Buenos días» y después expresó su sorpresa al reconocerme. (Por supuesto, había planeado aquel encuentro; pero yo no me di cuenta en aquel momento).
– ¡Es un placer encontrarle! – dijo -. Estuve presente en su conferencia de anoche. ¡Cómo le envidié!
Yo dejé escapar una sonrisa más bien forzada. Nunca suelo ser muy sociable en el desayuno y había aprendido, además, a ponerme en guardia contra los chiflados, los pelmazos y los entusiastas que parecían considerarme como una presa legítima. Mr. Perlman, sin embargo, no era un pelmazo... aunque ciertamente era un entusiasta, si bien supongo que ustedes podrían considerarle como un chiflado.
Tenía el aspecto de un próspero hombre de negocios del tipo medio, y supuse que sería un invitado al igual que yo. El hecho de que hubiese asistido a mi conferencia no era sorprendente; había sido una muy popular, abierta al público y bien anunciada por la prensa y la radio.
– Siempre, desde que era un chiquillo – dijo mi compañero no invitado –, me ha fascinado el planeta Saturno. Sé exactamente cómo y cuándo comenzó todo. Yo debía tener unos diez años cuando cayeron en mis manos aquellas maravillosas ilustraciones de Chelsey Bonestell, mostrando el planeta como visto desde sus nueve lunas. Supongo que usted las habrá visto, ¿no es así?
– Desde luego – repuse –. Aunque ya tienen medio siglo de antigüedad, nadie las ha sobrepasado todavía en belleza. Teníamos dos series de ellas a bordo del Endeavour, clavadas en la mesa de navegación. Yo solía mirarlas con frecuencia, para compararlas con la realidad.
– Después – continuó mi interlocutor –, ya puede imaginarse como me sentiría allá por los años 1950. Solía quedarme horas enteras mirándolas fijamente e intentando comprender lo que era aquel increíble objeto, con sus plateados anillos dando vueltas a su alrededor; no era el sueño de un artista, sino que existía, se trataba de un mundo diez veces mayor que la Tierra.
»En aquel tiempo, nunca imaginé que pudiese ver aquella cosa maravillosa por mí mismo; daba por descontado que solo los astrónomos, con sus grandes telescopios, podían gozar de semejante visión. Pero luego, cuando tuve unos quince años, hice otro descubrimiento... tan emocionante que apenas si podía creerlo.
– ¿Y de qué se trataba? – pregunté. Para entonces, ya me había reconciliado con la idea de compartir el desayuno. Mi compañero de mesa parecía bastante inofensivo, y existía algo realmente agradable y encantador en su entusiasmo.
– Descubrí que cualquier idiota podía construir un telescopio en la propia cocina de su casa, con unos cuantos dólares y un par de semanas de trabajo. Fue una revelación: como miles de otros muchachos, solicité de la biblioteca pública un ejemplar del libro «Construcción de un telescopio de aficionado» de Ingall, y puse manos a la obra. Dígame... ¿ha construido usted alguna vez un telescopio con sus propias manos?
– No. Yo soy ingeniero, no astrónomo. Creo que no sabría cómo emprender semejante tarea.
– Pues es increíblemente sencillo, si sigue usted las instrucciones. Se comienza con dos discos de cristal, que tengan dos o tres centímetros de espesor. Yo conseguí los míos, por cincuenta centavos, de la chatarra procedente de un barco; eran claraboyas inútiles porque ya no encajaban por los bordes. Después, se fija uno de los discos en alguna superficie firme y plana; yo me serví de un viejo barril puesto de pie.
»Luego, hay que comprar diversos grados de polvo de esmerilar, empezando por el más grueso, hasta terminar por el más fino. Se pone una pequeña cantidad del polvo más basto entre los dos discos y se comienza a frotar de un lado a otro con impulsos regulares, procurando al hacerlo ir girando alrededor del barril.
»¿Sabe lo que ocurre? El disco superior se va ahuecando por la acción abrasiva del polvo de esmeril, y conforme se va trabajando acaba por adquirir una superficie cóncava, esférica. De vez en cuando, se cambia el polvo a más fino y se hacen comprobaciones ópticas para estar seguro de que la curva es correcta.
»Más tarde, se deja el esmeril y se utiliza rojo óptico, hasta que al final se tiene una superficie lisa y pulida hasta el extremo de que uno mismo no cree que haya sido su propia obra. Solo queda un paso más que dar, aunque es algo más fastidioso. Es preciso azogar el espejo y convertirlo así en un buen reflector. Eso implica la adquisición de algunos productos químicos que pueden comprarse en cualquier droguería, y proceder exactamente como dice el libro.
»Todavía recuerdo la sorpresa que recibí cuando aquella película plateada comenzó a extenderse como algo mágico por la cara de aquel espejo. No era perfecto, pero sí lo suficientemente bueno, y creo que no lo habría cambiado por el telescopio de Monte Palomar.
»Lo sujeté a un trozo de madera; no había necesidad de preocuparse por un tubo telescópico, aunque puse alrededor del espejo un par de palmos de cartón, para evitar la luz de alrededor. Como ocular, utilicé una pequeña lente de aumento que encontré en un almacén de trastos viejos y que me costó unos cuantos centavos. En conjunto, no creo que el telescopio me costase más de cinco dólares... aunque era mucho dinero para mí siendo un muchacho.
»Vivíamos entonces en un viejo hotel, casi ruinoso, que mi familia poseía en la Tercera Avenida. Cuando monté el telescopio, subí al tejado y lo probé, entre la jungla de antenas de televisión que cubrían todos los edificios de la ciudad por aquellos días. Me llevó un buen rato el conseguir alinear el espejo y el ocular; pero no cometí errores y finalmente la cosa fue bien. Como instrumento óptico probablemente era una calamidad – después de todo, era mi primer intento -, pero tenía por lo menos cincuenta aumentos y apenas si pude contener mi impaciencia esperando que cayese la noche para probarlo mirando las estrellas.
»Consulté el almanaque astronómico y supe que Saturno se hallaría alto en el cielo por el Este, tras el crepúsculo. Tan pronto como ya fue de noche, subí de nuevo al tejado del hotel y me las compuse para situar el telescopio entre dos chimeneas. Hacía bastante frío; pero apenas si me daba cuenta, ya que el cielo estaba cuajado de estrellas... y todas eran mías.
»Me tomé mi tiempo enfocándolo convenientemente con tanta precisión como fuese posible, utilizando la primera estrella que entró en el campo de visión de mi telescopio. Después, comencé la búsqueda de Saturno, y pronto descubrí qué difícil es localizar cualquier cuerpo celeste en un telescopio reflector que no esté debidamente montado. Pero al poco, el planeta entró en el campo visual: con infinito cuidado acomodé mi cacharro cambiándolo unos centímetros de sitio... y allí estaba.
»Se veía pequeño, pero perfecto. Creo que me quedé sin aliento durante un buen rato; apenas si podía dar crédito a mis ojos. Después de lo que había visto en aquellos dibujos, allí estaba la realidad.
Daba la impresión de un juguete suspendido en el espacio, cuyos anillos estuviesen ligeramente inclinados hacia mí. Incluso ahora, cuarenta años más tarde, me acuerdo perfectamente que pensé que parecía algo ¡tan artificial...! Como algo que cuelga de un árbol de Navidad. Se apreciaba una estrellita brillante a su izquierda, y en seguida me di cuenta de que se trataba de Titán.
Mi interlocutor hizo una pausa, y durante unos momentos debimos compartir los mismos pensamientos. Para ambos, Titán no solo era la luna más grande de Saturno, un punto de luz conocido solo por los astrónomos. Era, además, un mundo hostil y terrible, el más espantoso en que hubiera tomado contacto nuestra nave, la Endeavour, y donde tres de nuestros compañeros de tripulación yacían para siempre, en sus tumbas solitarias, más lejos de sus hogares de lo que jamás estuviera ningún miembro de la raza humana.
– No sé cuánto tiempo estuve mirando sin pestañear – continuó mi compañero de mesa –. Me dolían los ojos de seguir con el telescopio el paso de Saturno por el cielo. Estaba a mil millones de kilómetros de Nueva York. Pero más tarde Nueva York me trajo a la realidad.
»Le hablé antes del hotel; pertenecía a mi madre; pero mi padre lo administraba... no del todo bien. Había estado perdiendo dinero durante años, y a través de toda mi niñez solo habíamos conocido una serie de crisis financieras. Por eso no culpo a mi padre de darse a la bebida, ya que debió haber estado loco de preocupaciones tanto tiempo. Y yo había olvidado que se suponía que debía estar ayudando al conserje en recepción...
»Así que mi padre me vino a buscar, lleno de preocupaciones y sin saber nada sobre mis sueños. Me encontró en el tejado, mirando las estrellas.
»No era un hombre cruel... sencillamente no podía comprender el estudio, la paciencia y el cuidado que yo había dedicado a mi pequeño telescopio, ni las maravillas que me había mostrado durante el poco tiempo que lo estuve utilizando. No le odié por lo que hizo; pero recordaré toda mi vida su acción brutal de estrellar el aparato contra el muro de ladrillo, y el ruido de los trozos de cristal del espejo reflector esparciéndose por doquier.
No había nada que pudiera decirle. Mi resentimiento inicial hacia aquel intruso hacia ya rato que se había convertido en curiosidad. Me di cuenta de que había mucho más detrás de la historia que me había contado. También me fijé en otra cosa: la camarera nos estaba tratando con una exagerada deferencia, de la cual la menor parte estaba dedicada a mi.
Mi compañero jugueteó con el frasco del azúcar, mientras yo aguardaba con una silenciosa simpatía. Entonces noté que un nexo especial había surgido entre nosotros, aunque no pude comprender realmente de qué se trataba.
– Nunca volví a construir otro telescopio – continuo -. Algo más se rompió, además de aquel espejo, en mi corazón. De todas formas, yo ya tenía muchas cosas en que ocuparme. Ocurrieron dos hechos que cambiaron el curso de mi vida. Mi padre se marchó de casa, dejándome al frente de la familia. Y además demolieron el Elevado de la Tercera Avenida.
Mi compañero debió notar algún gesto especial en mi rostro, ya que me sonrió.
– Oh, no sabrá usted seguramente lo que ocurrió. Cuando yo era un chiquillo, había un tren elevado que discurría por en medio de la Tercera Avenida. Aquello convertía la zona en algo sucio y ruidoso; la Avenida era un barrio indecente lleno de bares, garitos y hoteles baratos, como el nuestro. Todo cambió cuando desapareció el tren elevado; los terrenos subieron fantásticamente de precio, y de repente nos encontramos en una situación próspera. Mi padre se apresuró a volver inmediatamente, pero ya era demasiado tarde; yo era el encargado del negocio. Comencé a desarrollar mi actividad a través de la ciudad, después por el país. Ya no era un contemplador de estrellas de mente ausente y di a mi padre uno de mis más pequeños hoteles, donde su actuación no seria muy nociva.
»Hace pues cuarenta años que miré a Saturno, pero jamás he olvidado aquella primera impresión ante su vista. La noche pasada, sus fotografías me la trajeron a la memoria. Quisiera expresarle cuán agradecido me siento hacia usted.
Hurgó en su billetera y sacó una tarjeta.
– Espero venga a verme cuando se encuentre de nuevo en la ciudad; puede estar seguro de que asistiré a cualquier conferencia que pronuncie. Buena suerte... y perdone si le he hecho perder una buena parte de su tiempo.
Y se marchó, casi antes de que yo pudiese pronunciar ni una palabra. Miré a la tarjeta de visita, la puse en el bolsillo y terminé mi desayuno, bastante pensativo.
Cuando había firmado el cheque en la cafetería para pagar el gasto, pregunté:
– ¿Quién era ese señor que estaba sentado a mi mesa? ¿Es el patrón?
El cajero me miró como si yo fuese un retrasado mental.
– Supongo que esa será su forma de llamarle, señor – repuso -. Por supuesto es el propietario del hotel; pero nunca le hemos visto aquí antes. Siempre permanece en el «Ambassador» cuando está en Chicago.
– ¿Y también es el dueño? – dije sin mucha ironía, porque sospechaba ya cual era la respuesta.
– Pues claro que sí. Lo mismo que...
– Y comenzó a soltar un rosario de nombres de muchos otros, incluyendo dos de los más grandes hoteles de Nueva York.
Yo me hallaba impresionado y también bastante divertido, ya que resultaba obvio que Mr. Perlman había venido con la deliberada intención de conocerme y encontrarse conmigo. Parecía una forma un tanto laboriosa y complicada de hacerlo, pero yo ignoraba todo respecto a su notoria timidez y su tendencia a ocultarse.
Después, lo olvidé durante cinco años. (Bueno, debo citar lo sucedido cuando pedí la factura. Me respondieron que no debía nada.) Durante aquellos cinco años, hice mi segundo viaje.
Sabíamos entonces lo que nos esperaba, y ya no íbamos totalmente hacia lo desconocido. No hubo más preocupaciones respecto al combustible, porque todo el que pudiéramos necesitar nos esperaba en Titán: sólo teníamos que bombear su atmósfera de metano en nuestros tanques y seguir nuestros planes adelante por el espacio. Una tras otra, visitamos sus nueve lunas, y después seguimos por los anillos...
Hubo poco peligro en hacerlo, pero con todo es una experiencia capaz de destrozar los nervios. El sistema de sus anillos es de poco espesor, ya saben, más o menos unos treinta kilómetros de grueso. Descendimos en él lenta y precavidamente tras haber igualado la velocidad de su giro, de forma que nos moviésemos exactamente a su misma velocidad. Era como poner el pie en un carrusel de casi trescientos mil kilómetros de diámetro.
Pero una clase fantasmal de carrusel, porque los anillos no son algo sólido y puede verse a su través. De hecho son algo casi invisible; los billones de partículas que los constituyen están tan separadas entre sí que todo lo que uno puede ver en la inmediata vecindad son pequeños trozos ocasionales que se mueven muy lentamente. Es sólo cuando se les mira desde lejos que esos incontables fragmentos aparecen como unidos en una sola lámina, como una tormenta de granizo que girase eternamente alrededor de Saturno.
Esta no es una frase mía, pero puede considerarse como buena y apropiada. Resultó que la primera vez que atrapamos una partícula componente de los anillos de Saturno y la introdujimos en la compuerta de aire, se derritió en pocos minutos, convirtiéndose en un charco de agua sucia. Algunas personas creen que destruye el encanto el saber que los anillos – o el 90% de ellos –, están formados por trozos de hielo vulgar y corriente. Pero eso es una actitud estúpida, ya que su extraordinaria belleza en nada menguaría, tanto si son así como si estuviesen formados por diamantes.
Cuando volví a la Tierra, en el primer año del nuevo siglo, comencé otra serie de conferencias, aunque esta vez de corta duración, puesto que para entonces ya tenía familia y deseaba estar con ella el mayor tiempo posible. Esta vez vi a Mr. Perlman en Nueva York, con ocasión de pronunciar en Columbia una conferencia y mostrar nuestra película « Explorando Saturno». (Un título algo inapropiado, ya que el punto más cercano al planeta en que estuvimos fue a unos treinta mil kilómetros de distancia. Nadie soñaba, en aquellos días, que los hombres pudieran nunca descender a esa especie de turbulento fango que es lo que Saturno tiene más parecido a una superficie.)
Mr. Perlman me estaba esperando después de la conferencia. No le reconocí al primer momento, ya que había tenido que saludar y ver seguramente a un millón de personas desde la última vez que nos vimos. Pero cuando me dijo su nombre, los recuerdos volvieron rápidamente con tanta claridad, que comprendí que sin duda había dejado una profunda huella en mi mente.
Se las arregló de alguna forma para sacarme de entre la muchedumbre. Aunque sentía repugnancia por mezclarse entre la multitud, tenía, no obstante, una gracia especial para dominar cualquier grupo cuando era necesario, y después escaparse antes de que sus víctimas supieran lo que había ocurrido. Aunque le vi hacerlo muchas veces, nunca supe exactamente cómo lo hacía.
De todas formas, media hora más tarde estábamos despachando una soberbia cena en un restaurante de lujo (suyo, por supuesto). Era una comida suculenta y extraordinaria, en especial el pollo y el helado, aunque me hizo pagar por todo ello. Metafóricamente, quiero decir.
Por aquel tiempo todos los hechos y fotografías reunidos por las dos expediciones a Saturno estaban a disposición de todo el mundo, en cientos de reportajes, libros y artículos populares. Mr. Perlman parecía haber leído todo el material que no era demasiado técnico; lo que deseaba de mí era algo diferente. Incluso entonces, me conmovió el interés de aquel hombre ya de edad y solitario, tratando de recapturar un sueño que había quedado perdido en su juventud. Estaba en lo cierto; pero eso sólo era una fracción de la realidad.
Se trataba de algo que todos los reportajes y artículos habían fallado en dar. Mr. Perlman quería saber qué se sentía al despertar por la mañana y ver aquel enorme y dorado globo con sus cinturones de nubes dominando el cielo. ¿Y los anillos? ¿ Qué impresión daban a la mente cuando uno estaba tan cerca de ellos que llenaban los cielos de un extremo a otro?
– Usted quiere a un poeta – le dije – y no a un ingeniero. Pero le diré esto: por mucho que uno mire a Saturno y vuele entre sus lunas, nunca puede creerse lo que se está viendo. A cada momento se piensa:
«Todo es un sueño... una cosa así no puede ser real». Entonces se asoma uno a una claraboya de la nave espacial... y allí está, cortando la respiración.
»Tiene que tener en cuenta que, aparte de la proximidad, estábamos en condiciones de mirar a los anillos desde ángulos y situaciones de ventaja que resultaban absolutamente imposibles desde la Tierra, donde siempre se les ve vueltos hacia el Sol. Nosotros podíamos desplazarnos entre su sombra, donde ya no brillan como la plata... entonces dan la impresión de un suave resplandor, como si fuesen un puente de humo entre las estrellas.
»La mayor parte del tiempo podíamos ver la sombra de Saturno extendida por toda la anchura de los anillos, eclipsando– los tan completamente que parecía como si se les hubiese arrancado un gran bocado de su estructura. Por el contrario, se obtenía un efecto diferente al observar del lado del día en el planeta cómo la sombra de los anillos trazaban algo parecido a una neblinosa banda paralela al ecuador y no lejos de él.
»Y, sobre todo – aunque esto sólo lo hicimos pocas veces –, pudimos elevarnos sobre cualquiera de los polos del planeta y mirar hacia abajo a todo aquel maravilloso sistema, de tal forma que quedaba en un plano bajo nosotros. Entonces, pudimos observar que en vez de los cuatro anillos vistos desde la Tierra debía haber, por lo menos, una docena de anillos separados; fusionándose unos con otros. Cuando vimos aquello, nuestro capitán hizo una observación que no olvidaré nunca: "Este – dijo, sin nada de pedantería en la voz – es el sitio en donde los ángeles aparcan sus halos". »
Todo aquello, y mucho más, le fui contando a Mr. Perlman en aquel restaurante tan lujoso, situado a poca distancia de Central Park. Cuando hube terminado, pareció muy complacido, aunque se quedó en silencio durante un instante. Entonces me dijo, tan casualmente como uno puede preguntar por la hora en una estación de ferrocarril:
– ¿Cual sería el mejor satélite para instalar un parador de turismo?
Cuando comprendí el significado de sus palabras me atraganté con el coñac de cien años que estaba bebiendo. Entonces le dije con paciencia y cortesía (ya que, después de todo, me había tomado una estupenda cena):
– Escuche, Mr. Perlman. Usted sabe tan bien como yo que Saturno se encuentra a más de mil quinientos millones de kilómetros de la Tierra, y de hecho mucho más cuando nos hallamos en lugares opuestos respecto al Sol. Alguien ha calculado que nuestros billetes de viaje, por término medio, han costado medio millón de dólares por cabeza, y créame, en el Endeavour I y II no había plazas de primera clase. De todas formas, por mucho dinero que alguien tenga, nadie puede obtener un pasaje para Saturno. Sólo las tripulaciones del espacio y las científicas irán hasta allá, por tanto tiempo como sea posible imaginar.
Me di cuenta en seguida de que mis palabras no habían surtido el menor efecto; se limitó sencillamente a sonreír como si supiese de algún secreto bien guardado.
– Lo que usted dice es bastante cierto ahora – repuso –. Pero yo también he estudiado la Historia. Y yo entiendo a la gente, ese es mi negocio. Permítame recordarle algunos hechos.
»Hace dos o tres siglos, casi todos los grandes centros de turismo mundial y lugares bellos de la Tierra se hallaban tan lejos de la civilización como lo está Saturno de nosotros en este momento. ¿Qué sabía Napoleón, pongamos por ejemplo, del Gran Cañón, de las cataratas Victoria, de las Islas Hawai, del monte Everest? Recuerde el Polo Sur: se llegó por primera vez a él cuando mi padre era un niño... pero allí hay un hotel que ha conocido usted durante toda su vida.
»Ahora todo comienza de nuevo. Usted solo puede apreciar los problemas y dificultades porque se halla demasiado cerca de ellos. Sean cuales fueren, los hombres los superarán con el tiempo, como lo han hecho siempre en el pasado.
»Allá donde haya algo extraño, o bello, o nuevo, la gente siempre querrá ir a verlo. Los anillos de Saturno son el mayor espectáculo existente en el Universo; yo siempre lo he creído así y ahora me ha convencido usted. Hoy cuesta una fortuna llegar hasta allí, y los hombres que van arriesgan sus vidas. Así lo hicieron los primeros hombres que volaron, pero ahora tiene usted a millones de pasajeros por el aire a cada momento, durante el día y la noche.
»Lo mismo tiene que ocurrir con el espacio. Esto no ocurrirá en diez años ni en veinte. Pero recuerde que veinticinco años fue todo lo que llevó el conseguir los primeros vuelos comerciales a la Luna. No creo que se tarde mucho más para Saturno...
»Yo ya no estaré vivo para cuando ese feliz día llegue. Pero, ocurra lo que ocurra, quiero que la gente recuerde. Entonces... ¿dónde podríamos construir un parador?
Yo todavía continuaba creyendo que estaba decididamente loco; pero al fin comencé a comprenderle. No era cuestión de herirle con bromas, por lo que comencé a pensar cuidadosamente mis palabras.
– Mimas está demasiado próximo – le dije –, y también Enceladus y Thetis. Saturno ocupa todo el cielo y uno teme que vaya a caérsele encima. Además, no son lo bastante sólidos; en realidad son verdaderas bolas de nieve gigantes. Dione y Rhea son mejores, desde allí se tiene una espléndida vista, desde cualquiera de ambos. Pero todas esas lunas interiores son diminutas; incluso Rhea solo tiene mil doscientos kilómetros de diámetro y las otras son más pequeñas aún.
»No creo que la cuestión merezca discusión: el lugar ideal es Titán. Es un satélite hecho a la medida del hombre, ya que es mucho mayor que nuestra Luna y casi tan grande como el planeta Marte. Tiene una gravedad razonable, aproximadamente un quinto de la terrestre, por lo que sus huéspedes no flotarán por todas partes. Y siempre será el mejor punto para el aprovisionamiento de combustible, a causa de su atmósfera de metano, que debería ser un factor importantísimo en sus cálculos. Toda nave que salga de Saturno tiene que aprovisionarse allí necesariamente.
– ¿Y las otras lunas?
– Oh, Hiperion, Japeto y Febe están a una distancia mucho mayor. Los anillos casi no se ven desde Febe. Bien, olvídelo. Lo mejor es el viejo Titán, a pesar de que la temperatura es de 200 grados bajo cero y la nieve amoniacal que lo recubre no es lo mejor para ponerse a esquiar.
Mr. Perlman me escuchó con todo cuidado, y si pensó que me estaba burlando de sus nociones poco científicas y prácticas no dio la menor muestra de ello. Nos despedimos poco después. No recuerdo nada más de aquella cena, y transcurrieron otros quince años hasta que volvimos a encontrarnos. Yo me dediqué a mis trabajos y olvidé todo aquello. Pero cuando Mr. Perlman me necesitó, me llamó.
Ahora veo qué es lo que estuvo esperando. Su visión había sido más clara que la mía. No pudo haber imaginado, por supuesto, que el cohete desaparecería como el motor de vapor en menos de un siglo; pero sabía que existiría algo mejor, y ahora creo que financió los primeros trabajos de investigación de Saunderson sobre la Propulsión Paragravítica. Pero no fue sino hasta que se establecieron las plantas de fisión atómica que podían calentar cien kilómetros cuadrados de un mundo tan frío como el planeta Plutón que Mr. Perlman se puso en contacto de nuevo conmigo.
Ya era un anciano de edad muy avanzada y casi moribundo. Me dijo lo inmensamente rico que era, hasta el extremo de que apenas si pude creerlo. Me cercioré cuando me mostró los elaborados planos y bellas maquetas que sus expertos habían preparado con ausencia de toda publicidad.
Estaba sentado en su silla de ruedas, como una momia arrugada hasta lo inverosímil, observando mi rostro mientras yo estudiaba las maquetas y los diseños. Entonces me dijo:
– Capitán, tengo un trabajo para usted...
Y aquí me encuentro. Es como gobernar una nave del espacio, por supuesto... la mayor parte de los problemas técnicos son idénticos. A mi edad, ya soy demasiado viejo para mandar una nave, por lo que le estoy muy agradecido a Mr. Perlman.
Ha sonado el gong. Si las damas están dispuestas, sugiero que vayamos a cenar en el salón de observación.
A pesar de los años transcurridos, todavía me gusta observar a Saturno alzándose en el cielo... y esta noche puede apreciársele casi en su totalidad.
FIN

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