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sábado, 18 de octubre de 2008

UN ESPECIAL: SAINT GERMAIN -- METAFISICA PARA LA VIDA DIARIA

UN ESPECIAL:
SAINT GERMAIN -- METAFISICA PARA LA VIDA DIARIA

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Metafísica para la vida diaria

Saint Germain


METAFISICA PARA LA VIDA DIARIA



ANTOLOGÍA
PROLOGO



El lector tiene en sus manos una obra plena de profundidad, a pesar de su aparente sencillez, una profundidad que sólo puede encontrarse curiosamente, en los actos más simples y puros del ser humano, común y corriente: la vida cotidiana.
Prácticamente toda la filosofía oriental reflexiona acerca de este aspecto del hombre, la occidental en cambio, se aventura por los caminos más intrincados del Ser y sus circunstancias, y pocas, muy pocas veces “baja de las nubes”, para ocuparse de la vida diaria del común de los mortales.
Es por esta razón que la Metafísica para la Vida diaria, que hemos recopilado para conformar la presente obra, tiene una doble importancia para nosotros, puesto que además de estar llena de claves, oraciones, bendiciones y consejos para todos los días, constituye –como de hecho se caracteriza la metafísica enseñada por Conny Mendez- una de las pocas disciplinas dedicadas a la espiritualidad del hombre occidental que se ocupan de los quehaceres diarios y de la enorme importancia de los mismos.
Nada sería del filósofo o pensador más profundo y elevado si se olvidara en un momento dado de cumplir con los aspectos más simples de su manutención personal. El propio Buda Guatama, puso en riesgo su vida cuando decidido a encontrar la iluminación trató de olvidarse de los actos más cotidianos y dedicado únicamente a meditar días, semanas, meses y años enteros, dejó de alimentar su cuerpo. Una sencilla muchacha, una simple pastora, rectificó el camino al propio Buda, lo alimentó, lo aseó y le demostró que nada sería de él, ni de su doctrina, si se olvidara del aspecto más primario del ser humano: la alimentación.
Poco después, ya recuperado y tras haber comprendido esto, Guatama encontró la Iluminación.
Y ya que tocamos el tema de las bendiciones, que precisamente ocupan una buena parte de esta recopilación, deseamos hacer nuestras las palabras de otro gran maestro metafísico, el norteamericano Charles Filmore, quien dice al respecto: “Cualquier cosa que tengas, por inadecuada que parezca, bendícela. Aún si no tienes dinero y no tienes alimentos, bendice tus manos, tu mente, tus destrezas, tus amigos, el aire que respiras, el sol que te alumbra. Bendícelo todo, y tu vida será bendecida con riquezas hasta ahora insospechadas por ti”.
Para la presente antología hemos realizado un recorrido por aquellas obras de diversos autores metafísicos, que se ocupan de estos temas tan cercanos al hombre y que por lo mismo, muchas veces olvidamos, o lo que es peor, ignoramos, debido a que estamos ocupados en cosas mucho más “importantes” o “más profundas”.
Esperamos sinceramente que este libro sea de gran utilidad y que el lector reflexione a partir de su lectura, sobre aquellos aspectos que conforman la más importante de las aventuras por las que pasa el ser humano: la vida cotidiana.


EL DIARIO VIVIR

“YO SOY” la Ley del perdón y la Llama Violeta transmutadora de toda acción no armoniosa y toda creación humana desde ahora hacia atrás hasta el momento de mi individualización.

“YO SOY” aquí y “YO SOY” allí, y yo estoy ahí en toda la humanidad, de manera que todo lo que yo diga de ahora en adelante incluye a todo ser humano.

“YO SOY” la Presencia del Dios Todopoderoso que mantiene el Fuego Violeta ardiendo en todo mi ser y todo mi mundo, y me mantiene sellado (a) en un pilar de Fuego Violeta que transmuta al instante toda creación humana, que regrese buscando redención, a mi alrededor; a través de mi; compresionado contra mí, o que yo contacte con cualquier forma.

Mi Amada presencia transmuta toda imperfección que yo pueda haber creado, y con la autoridad de “YO SOY” me repone toda la fuerza y la perfección que yo deseo.

“YO SOY” ahora el ser ascendido que estoy deseando ser. “YO SOY” la presencia conquistadora y yo ordeno a mi amada presencia que gobierne perfectamente mi mente, mi hogar, mis asuntos y mi mundo.

“YO SOY” la magna energía electrónica que fluye, que llena, que renueva cada célula de mi mente y de mi cuerpo ahora mismo. En el nombre, por el poder y la autoridad de la amada presencia y del tres veces tres.

“YO SOY” la resurrección y la vida de toda la perfección en mi corriente de vida.

- De mi eterna juventud y belleza.
- De mi agilidad y frescura.
- De mi perfecta visión y oído.
- De mi perfecta salud.
- De mi fuerza y energía ilimitadas.
- De mi dentadura perfecta, de mi piel, de mi estructura ósea.
- De mi perfecta simetría.
- De mi fondo ilimitado de dinero.
- De todo lo perfecto en mi mundo, en mi vida.
- De todas las facultades de mi cuerpo causal.
- De mi plan divino cumplido ya.


Yo pido ser protegido contra todas las intromisiones que por necesidad atravieso, estoy envuelto en mi círculo electrónico eternamente sostenido, porque “YO SOY” el fuego sagrado.

Todo lo que se me acerca es ahora y siempre transmutado en mi aura, porque yo no estoy aquí para cumplir un lapso kármico; yo estoy aquí para irradiar y permanezco intocado por toda vibración menor.

“YO SOY” manso y humilde de corazón.

“YO SOY” el Amor Divino, la inteligencia divina, el Poder Divino, el Equilibrio y el Aliento Divino.

“YO SOY” la riqueza, la elegancia, la alegría, la felicidad.

“YO SOY” el cuerpo de cristo.

“YO SOY” la tríada.

“YO SOY” todas las nobles facultades, talentos y virtudes.

“YO SOY” la pureza inmaculada que mantiene impecable mi cuerpo, mi ropa, mi hogar, mi conciencia y mi mundo.

“YO SOY” el camino, la verdad y la vida.

“YO SOY” la puerta abierta que nadie puede cerrar.

“YO SOY” todo lo perfecto contenido en mí.

“YO SOY” el único poder contenido en mí, la única presencia y la única armonía.

“YO SOY” uno con el padre.

“YO SOY” la presencia guardiana que nada ni nadie puede afectar, asustar, ni desagradar.

“YO SOY” DIOS EN ACCIÓN.


TODO ESTO RECONOZCO Y PIDO PARA TODOS MI HERMANOS HUMANOS.


¡Gracias Padre!, que me has oído.

TE REGALO LO QUE SE TE ANTOJE

1. Escribe en un papel, y por orden de importancia para ti, todas las cosas que tú deseas; sin temor de pedir demasiado, pues la fuerza que te voy a dar a conocer no sabe de limitación.
2. Lee tu lista al despertarte y antes de dormir.
3. Piensa a menudo en tus deseos. Goza imaginándolos y siempre que los recuerdes di: “¡Gracias Padre que ya has dado la orden de que me sean concedidos!”.
4. No le cuentes a nadie lo que estas haciendo. Esto es muy importante porque si lo comentas con alguien, se disipa toda la fuerza y no verás realizados tus deseos. Eso es todo.
Ahora...

Para mayor satisfacción tuya, sé espléndido contigo mismo. No digas en tu lista que deseas una casita “aunque sea pequeña...”. Pídela del tamaño que te convenga y te agrade plenamente. Si es dinero, menciona la suma, si es trabajo indica que clase, el sueldo al que aspiras, las condiciones y la localidad mas conveniente para ti.
En tu primera lista pon cosas sencillas para que te vayas acostumbrando tu mismo a ver caer y ocurrir maravillas, pues como jamás has hecho esto, no vas a creer que sea posible, y te advierto que esta duda te puede costar el que no veas lo que has pedido. Es natural que te vengan dudas y desconfianzas porque la idea es muy nueva para ti. Pero cuando sientas escepticismo, pesimismo, etc., saca tu lista, reléela y da gracias de nuevo. El dar gracias por lo que aún no se ha visto es la forma más positiva de manifestar la fe. Lo recomendó Jesucristo en varias ocasiones, como tu recordarás, notablemente, antes de alimentar a cinco mil personas con cinco peces y cinco panes, cuando miró hacia el cielo y dio las gracias en el momento de partir la primera hogaza de pan.
¡Ah...!, te va a sorprender que cada vez que leas tu lista, vas a tener que tachar algunos puntos porque ya se te habrán realizado. Entonces tendrás que hacerla de nuevo, poniendo otros puntos en los lugares más importantes. No te preocupes esto. Es natural, a todo el mundo le ocurre. Lo que sucede es que tu Yo Superior te va indicando que muchos de estos deseos están ya al alcance de tu mano mientras que hay otros que no lo están tanto.
¡Ah...!, no te pongas a elucubrar respecto a la manera de como se te van a dar, porque esto es contraproducente.
La Gran Fuerza Espiritual está más allá de tu comprensión humana. Acepta lo que te da con gratitud, no la interrumpas ni la cohíbas, y sobretodo, no se te ocurra pensar o decir, o exclamar cuando veas tus deseos realizados: “¡Cómo va a hacer!” “¡Esto no parece posible!” “¡NADA DE ESO!”. Lo que pasa es que la Gran Fuerza Espiritual (cuyo nombre verdadero es “La Ley de Precipitación”) es completamente impersonal y coloca sus dones en los lugares más armoniosos y más naturales, aprovechando los canales ya establecidos en tu propia vida. A ella no le interesa el exhibicionismo ni la sorpresa.
Sólo cumple con su cometido de dar lo que tú pidas, donde mejor convenga.

LOS QUINCE PUNTOS

PARA SABER SI ESTOY REALMENTE EN EL SENDERO

1.- Si siempre busco el bien en cada situación, persona y cosa.
2.- Si resueltamente le doy la espalda al pasado, sea bueno o malo, vivo únicamente en el presente y futuro.
3.- Si perdono a todo el mundo sin excepción, no importa lo que hayan hecho; y luego me perdono a mi mismo de todo corazón.
4.- Si considero mi trabajo o tarea diaria como cosa sagrada, tratando de cumplirla lo mejor posible (me guste o no).
5.- Si hago todo lo que está en mi poder para manifestar un cuerpo sano, y un ambiente armonioso en torno mío.
6.- Si trato de prestar servicio a todos los demás, sin hacerlo de manera majadera ni fastidiosa.
7.- Si aprovecho todas las ocasiones de hacer conocer la verdad a otros, de una forma sabia y discreta.
8.- Si evito incondicionalmente la crítica, negándome a escucharla o apoyarla.
9.- Si le dedico por lo menos un cuarto de hora a la meditación y a la oración.
10.- Si leo por lo menos siete versículos de la Biblia o un capítulo de algún libro instructivo sobre la verdad para esta era.
11.- Si hago un tratamiento especial diariamente para pedir o demostrar la comprensión. (hay que afirmarla sabiendo que Dios está con nosotros, o encargar a la Señora Maestra Ascendida Nada del rayo rubí, como a las huestes del rayo dorado).
12.- Si me entreno para darle a mi primer pensamiento a Dios al despertar.
13.- Si pronuncio el verbo por el mundo entero todos los días, o bien nuestros ejercicios diarios, o especialmente, digamos, a las doce del día.
14.- Si practico la regla de oro de Jesús en lugar de admirarla únicamente. Él dijo: has a otros lo que desees que te hagan a ti. Lo importante de la regla de oro es que la debemos practicar aunque los demás no la practique hacia nosotros. Pero también, no hay regla que no tenga su opuesto, de manera que no permitas que otros te hagan lo serías tu incapaz de hacerles a ellos.
15.- Si me doy cuenta perfecta de que lo que yo veo no es sino un espejismo, el cual me es posible transformar por medio de la oración científica.

Para poder demostrar armonía y perfección de todo en tu vida, pregúntate una vez por semana si estás cumpliendo con todos estos puntos.

En donde quiera que se menciona le perdón se puede insertar la oración de la llama violeta: “Yo Soy la Ley del Perdón y la llama transmutadora de todos los errores cometidos por mi y por toda la humanidad”. Por supuesto que esto es para los estudiantes que ya conocen las Llamas.

LA VIDA

Uno de los aspectos de Dios, o de “aquello que llamamos Dios”, es vida. Dios es vida; entre tantas otras cosas, Dios es nuestra vida y la de todo lo que existe.
La vida toda es una sola, la tuya, la mía, la de las plantas, el insecto, el ave, etc. No nos pertenece individualmente. Es una inmensa vida en la cual estamos nosotros flotando.
Somos cada uno una esponja en un océano de vida.
Estamos acostumbrados a pensar que cada uno aisladamente posee una cantidad de vida, y que esta, como el agua en un pocito, rodeado de tierra, se va evaporando y secando, y que le puede caer algo sucio o algo que le infecte y la contamine. No. A ella, a ese manantial inmenso, inagotable e indestructible, no le puede ocurrir absolutamente nada.
Ella no puede morir. Es un manantial de energía que fluye a través de nosotros, que nos penetra y que por lo tanto, nos mantiene vivientes; o sea que nosotros somos seres vivientes porque estamos en ella.
Como la raza íntegra cree que el ser humano es un pocito de vida separado y aislado, que es susceptible a la enfermedad, al desgaste por los años, y a la muerte, toda la raza manifiesta esa creencia; pero cuando se borre esa opinión, a fuerza de negarla y afirmar la verdad, dejarán de enfermarse, de
envejecer y de morir. Mientras más se piense y medite la verdad, más pronto se librará el ser humano de esas falsas creencias, porque la verdad es acumulativa. “Conocer la verdad y ella os hará libres”, dijo Jesús; y también: “El reino de los cielos es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue fermentado”. Más claro no puede estar. El reino de los cielos no es aquello que nos han ofrecido para otro plano si nos portamos bien. (Es el estado de dicha, armonía y adelanto que estamos buscando aquí). Esta meditación que les está aclarando algo que ustedes no conocían; que les está removiendo células que estaban dormidas, es la levadura a la que Jesús se refiere.
Esta verdad que escuchan hoy continuará trabajando en ustedes, hasta que un día de pronto se les ilumine la idea como un todo. Porque habrá fermentado toda la masa.
Estamos habituados y tan endurecidos por la costumbre, a vernos los unos a los otros, que no nos asombra el milagro que representa un personaje que, habla, piensa, se mueve, oye y vive sólo por si mismo, sin ningún cable que lo conecte a una corriente eléctrica; sin que esté sembrando en la tierra; ¿y ese otro milagro que ocurre a cada minuto?, un niño que al ser separado de la madre que le comunica su vida, continua viviendo. Y nada de esto nos llama la atención. Cuando todo esto nos debería provocar constante asombro y contemplación. ¿Qué es eso?, ¿Cómo es eso?, ¿O es que ustedes creen que esa maravilla, ese milagro lo hace la taza de café con leche?. La comida y el comer son resabios que nos quedan del reino animal, son instintos animales.
Como estos no piensan ni reaccionan aún, no tienen intuición sino instinto. Aún los rige la célula aquella primitiva que era un estómago, o deseo rudimentario. Ellos obedecen ciegamente al principio de generación y a la ley de evolución que ordena la combinación de los elementos y la alteración paulatina de vibraciones.
El hombre ya es pensante, racional e intuitivo. Sus vibraciones se intensifican al pensar en las más altas. Al escuchar, comprender y aceptar la verdad de todas las cosas, acelera su frecuencia y por supuesto se eleva de plano.
La meditación, como es pensar profunda y determinadamente en estos altos conceptos, adelanta al ser rápidamente.
Por eso los estoy haciendo meditar.
Nosotros somos hijos de Dios, hechos de su propia sustancia. Somos esponjas en un océano de vida. No necesitamos alimento exterior. Cuando nos compenetramos bien de esta verdad y la realizamos, nos encontramos comiendo menos y menos, automáticamente sin hacer ningún esfuerzo ni sacrificio. La levadura de la verdad habrá penetrado toda la masa; las células del cuerpo estarán vibrando a altas frecuencias. La vida es ella misma alimento. Ella es salud, energía, belleza. Es vida.





SALÓN METAFÍSICO DE BELLEZA

Cuando se entra de lleno en metafísica; o sea, cuando se está dispuesto a cambiar la conciencia carnal por conciencia espiritual, se sale del plano de la lucha y de las leyes terrenales para entrar en el plano de la ley espiritual y la manifestación suave y perfecta.
Para quitarse de encima grasa, peso, volumen, erupciones, barros, manchas de la piel, arrugas, caída del cabello, imperfecciones en general, el Ascendido Maestro San Germain ha trazado una serie de pequeños y suaves procedimientos para ejecutar todos los días sin esfuerzos, sin ejercicios, sin dietas, sin mascaras, masajes ni operaciones, ya que todo esto se desprende de la creencia en el poder de los efectos exteriores, cuando esta es manifestación del error y la falsa creencia que están arraigados en el subconsciente. En otras palabras, lo que está basado en el error es mentira. La verdad es perfecta y es causa de perfección manifestada. O sea, que los efectos exteriores son, que la gordura es efecto de lo que uno come, o que el metabolismo anda mal, etc. Ahí tienes dos efectos exteriores; ninguno de los dos es causa. Para atacar la causa, primero hay que saber que se desprende de una falsa creencia de una mente inconsciente. La primera y principal causa es el haber aceptado cuando alguien sugirió frente a ti, o que leíste en la prensa aquello de que las cosas que entran por la boca pueden convertirse en factores de fealdad.
El Maestro Jesús dejó dicho muy claramente: “no es lo que entra por la boca lo que daña al hombre, sino lo que de la boca sale, porque del corazón procede” ; o sea, que la palabra hablada, el verbo, es un decreto que viene de lo que en ese entonces llamaban “el corazón”, que es el subconsciente.
Nuestro Amado Ascendido Maestro San Germain ha dictado los siguientes ejercicios para adelgazar, por medio de los cuales va desapareciendo la grasa sin dejar pliegues de pellejos; se va embelleciendo la piel y curando lo que adolezca.

1.- Todos los días, de pie frente a un espejo, con la mano izquierda levantada con la palma al cielo, y con la derecha sobando el vientre en rotación de izquierda a derecha (en el mismo sentido de las manecillas del reloj) decir en voz alta, o mentalmente, como mejor te guste: “YO SOY LA MAGNA ENERGÍA ELECTRÓNICA QUE ENTRA, FLUYE Y RENUEVA CADA CÉLULA DE MI CUERPO Y MI MENTE, ELIMINANDO TODO LO QUE NO SEA SIMILAR A ELLA, AHORA MISMO”.
2.- Para proceder en otras partes del cuerpo que obligan a emplear la mano derecha y, por consiguiente, hay que bajar la mano izquierda que polariza, ver mentalmente un círculo de luz plateada que sube y baja en torno al cuerpo; sobar circularmente todas las partes que se desea adelgazar (el que es delgado y quiere tener formas mas llenas también lo puede usar con esa intención) repitiendo la afirmación. Otra forma de lograrlo es colocándose las manos en los hombros y deslizándolas por todo el cuerpo hasta los pies, sintiendo la simetría y perfección de la forma que se desea tener; la afirmación antes dada puede variar según el resultado que uno quiere obtener, por ejemplo: YO SOY LA MAGNA ENERGÍA ELECTRÓNICA QUE ENTRA, FLUYE, RENUEVA Y EMBELLECE, O QUE REJUVENECE.

SÓLO POR HOY

(Decálogo de: Francisco Antonio Zea Pérez)

1.- ...Seré feliz. Expulsaré de mi espíritu todo pensamiento triste. Me sentiré más alegre que nunca. No me lamentaré de nada. Hoy agradeceré a Dios la alegría y la felicidad que me regala.
2.- ...Trataré de ajustarme a la vida. Aceptaré el mundo como es y procuraré encajar en él. Si sucede algo que me desagrade no me lamentaré ni me mortificare, agradeceré que haya sucedido porque se puso a prueba mi voluntad de ser feliz. Hoy seré dueño de mis nervios, de mis sentimientos, de mis impulsos. Para triunfar tengo que tener dominio de mi mismo.
3.- ...Trabajaré alegremente, con energía , animo y pasión. Haré de mi trabajo una diversión. Comprobaré que soy capaz de trabajar con alegría. Comprobaré mis pequeños triunfos. No pensaré en los fracasos.
4.- ...Seré agradable. No criticaré a nadie. Si comienzo a criticar a una persona cambiaré la crítica en elogios. Toda persona tiene sus defectos y sus virtudes. Concentraré mi atención en sus virtudes y olvidaré sus defectos. Hoy evitaré las discusiones y conversaciones desagradables.
5.- ...Voy a eliminar dos plagas: la prisa y la indecisión. Hoy viviré con calma y paciencia, porque la prisa es enemiga de una vida feliz, y triunfare. No permitiré que la prisa me acose ni que la impaciencia me abrume. Hoy tendré confianza en mi mismo. Le haré frente a todos los problemas con decisión y voluntad, y no dejaré ninguno para mañana.
6.- ...No tendré miedo, actuaré valientemente. El futuro me pertenece. Hoy tendré confianza en que Dios ayuda a los que luchan y trabajan.
7.- ...No envidiaré a los que tienen más dinero, más belleza o más salud que yo. Contaré mis bienes y nos mis males. Compararé mi vida con otros que sufren más.
8.- ...Trataré de resolver los problemas de hoy. El futuro se resuelve así mismo. El destino pertenece a los que luchan. Hoy tendré un programa que realizar; si algo me queda por hacer, no desesperaré, lo haré mañana.
9.- ...No pensaré en el pasado. No guardaré rencor a nadie. Practicaré la ley del perdón. Asumiré mis responsabilidades y no echaré la culpa a nadie por mis problemas. Hoy comprobaré que Dios me ama y me premia con amor.
10.- ...Haré una buena acción a alguien. ¿A quien? Buscaré a alguien para hacerlo, sin que lo descubran y, al llegar la noche, comprobare que Dios me ha premiado con un día lleno de felicidad. ...Y de mañana haré un día como hoy...

¡DADME CALMA, SEÑOR!

Déjame sentir la honda paz presente en cada experiencia, la armonía de vivir. Dame calma, Señor, de manera que pueda entrar en la honda paz dentro de mi corazón. Dame paz de manera que vea la bendición escondida en todas las cosas.
Guárdame de palabras ociosas y vanas fantasías. Calma la carrera de mi mente para que mis pensamientos tengan la claridad y movimiento fácil del fresco aire que respiro. Busco la serenidad de un lago tranquilo, la fuerza de un roble, el inmutable y sólido poder de las montañas.
Dame calma, Señor, para que pueda emplear tiempo en gozar la paz y la belleza que has creado a mi alrededor. Necesito tiempo para pensar; tiempo para considerar soluciones a problemas; tiempo para convertir mi ser interno y mi vida en amor y orden divino.
Dame calma, Señor, es mi oración, y mientras rezo, siento que más me aquieta tu presencia, siento la suavidad de tu mano en la mía, estoy tranquilo, estoy quieto, estoy en paz. Gracias, Padre, que me oíste.

¿QUÉ SIENTES?

No hay sino dos sentimientos que pueda sentir un ser humano: amor y temor.
Generalmente se supone que hay innumerables clases de sentimiento, pero esto es una ilusión. Todo sentimiento, al ser analizado resulta ser uno de dos: amor o temor.
¿Qué es ira? Pues la ira no es otra cosa que temor disfrazado. En la química a menudo encontramos que una sustancia se presenta bajo apariencias totalmente diferentes; por ejemplo, el carbón negro es la misma cosa, químicamente, que el diamante, aunque parezcan tan distintos; se dice que ambos son formas alotrópicas de carbón.
De la misma manera, la ira, el odio, los celos, la crítica, el egoísmo, no son sino formas alotrópicas del temor.
El gozo, el interés, la satisfacción del éxito y del logro, la apreciación del arte, son formas alotrópicas del amor.
La gran diferencia que hay entre ambos sentimientos es que el amor siempre es creador; y el temor siempre es destructivo. Un sentido del amor reconstruye el cuerpo, alarga la vida, da inspiración, expansión de los negocios, abre los caminos en un centenar de direcciones, y domina los obstáculos.
El temor destruye el cuerpo, mata la inspiración, paraliza los negocios, cubre todo con un velo de muerte.
A nosotros nos toca decidir cuál de estos dos sentimientos ha de regir en nuestras vidas.
“Dios es amor; y el que habita en el amor, habita en Dios y Dios habita en él”.

¿ERES TÚ DINÁMICO?

LA PERSONA DINÁMICA

¿Qué es una persona dinámica? Muchos creen que les gustaría ser considerados dinámicos, pero no parece que tuvieran una idea muy clara de lo que significa esa expresión. A veces creen que es ser agresivos o presumidos. Otros creen que significa atraerse la atención en alguna forma menos llamativa pero igualmente efectiva. En realidad, nada puede estar más lejos de la verdad.
Una persona dinámica es aquella que hace algo para cambiar al mundo y a la gente. La magnitud de su obra puede que no sea grande, pero es un hecho que el mundo queda un poco diferente porque aquella persona ha vivido y actuado en él. Eso es ser una persona dinámica.
Las personas dinámicas como San Pablo, o Washington, o Napoleón, cambiaron las vidas y destinos de millones de personas, y sus obras son conocidas por todos; pero hay muchos hombres y mujeres cuyas obras son apenas, o nada conocidas, y sin embargo en su propia escala son dinámicos porque han cambiado el mundo en una forma pequeña.
Si tú en realidad logras que se haga algo, no importa cuan pequeño; eres dinámico y el mundo es diferente porque has vivido en él. Si sólo aparentas hacer, o hablas de ello, o estas fabricando apariencias, no eres dinámico. Eres un actor, o actriz; eres un cascarón vacío y nadie quisiera ser así.
Aquel que hace algo de una nueva manera y mejor, es dinámico. El que logra que dos granos de trigo crezcan donde antes no crecían sino uno, es dinámico. Aquel que llega a levantar un negocio que sirve al público, o que encuentra empleo para otros, es dinámico. El que produce un invento útil, es dinámico. El que compone buena música, buena poesía, buenos cuadros o esculturas, es dinámico. Uno que sana es dinámico. Uno que enseña bien, es dinámico.
Todos éstos dejan al mundo un poco diferente a como lo encontraron. Washington cambió el curso de la historia, y tú puede que cambies la vida de una sola persona curándola, enseñándola, o simplemente inspirándola por tu propia demostración. Lo esencial es que algo se ha transformado en el cuadro exterior.
Hay personas tontas que están satisfechas con ser llamadas dinámicas; les satisface aparentar. Gastan sus energías en sus apariencias. Adoptan una actitud imponente y hablan grandilocuentemente y por supuesto en forma vaga de las grandes cosas que han hecho o que piensan hacer. Les dan nombres altisonantes a las cosas insignificantes, y todo esto no es otra cosa que un complicado bluff, y es lo opuesto a lo dinámico.
El secreto de ser dinámico es “creer que Dios obra a través de ti”, sin importar lo que estés haciendo. Poniendo tu servicio ante todo y siendo tan sincero, práctico y eficiente como puedas. Si pones en práctica este sistema, aunque no sea sino por muy poco tiempo, te sorprenderán los resultados asombrosos que obtendrás, y te encontrarás convirtiéndote en una persona verdaderamente dinámica.
Servir bien realmente, es estar realmente vivo. “Por sus frutos los conoceréis”. Mateo 7-20.

LA REALIZACIÓN

Hay una gran diferencia entre lo que tú realmente crees y lo que crees que debes creer o lo que deseas creer.
Tú demuestras o manifiestas en toda tu vida exterior aquello que realmente crees. Las demás ideas no se exteriorizan. Si algún día llegas a creer otra cosa, ese día comienzas a manifestarlo; o sea, a experimentarlo, no antes.
No basta con decir que tú sabes que tal y cual cosa no puede lastimarte o afectarte, si sólo tienes esta opinión intelectualmente. Si tú sientes aunque no sea sino levemente que aquellas no te pueden hacer daño, el caso es distinto. Esto es lo que llamamos realización: saberlo y sentirlo, o tener la convicción.
No basta con repetir que todo va a estar bien a menos que creas lo que estas diciendo. No basta con decir superficialmente que Dios está contigo y cuidándote a menos que lo creas o lo realices aunque sea en grado leve. El único objeto de hacer tratamientos espirituales es aumentar tu propia realización de la verdad que ya has aceptado; o sea, que el error y el temor no tienen poder sobre ti cuando tú no cedes a ellos.
Lucas, en el capítulo 10, versículo 19 cita las palabras del Maestro diciendo: “Nada, por ningún respecto, podrá dañarte”.
Muchas personas piden que les den una afirmación. Aparentemente están bajo la impresión de que repitiendo una frase mágica van a resolver su problema, pero esto no puede estar más lejos de la verdad.
Tu problema está contigo debido a una creencia falsa, errónea, que está dentro de ti; o sea, un proceso de pensamiento equivocado.
Donde hay inarmonía siempre hay temor presente, y una afirmación no va a destruir este temor. Debes rehusar a ser intimidado por el peligro aparente, cualquiera que sea, y poner tu confianza en el amor de Dios; entonces el temor comienza a desaparecer.
Las afirmaciones son recordatorios de lo que debemos creer, pero es el cambio de nuestro proceso mental, del error a la verdad, lo que trae la demostración. No el repetir una frase.
Cuando necesitas ser guiado en una decisión importante, hay que pensar y creer que Dios te está guiando, y te verás guiado.
Mateo cita la frase del Maestro en el capítulo 6, versículo 7: “Cuando ores, no hagas uso de vanas repeticiones, como lo hacen los paganos”.
(Fíjense a qué se refiere: a esas personas que pasan cuentas de un rosario, repitiendo Ave Marías y Padre Nuestros; y los llama paganos)

¿ESTÁS ENGAÑÁNDOTE A TI MISMO?

La enseñanza crística es un evangelio dinámico. Cambia realmente todas las cosas, convierte la historia de la vida individual en algo muy diferente a lo que hubiera sido sin esa enseñanza, y esta es la prueba. Los que no comprenden nuestra enseñanza a veces dicen que nos engañamos a nosotros mismos. Que simulamos estar sanos cuando estamos enfermos, y que simulamos que todo marcha muy bien cuando en realidad marcha mal. Creen que nos tratamos de hipnotizar llamando blanco a lo negro.
Por supuesto que esto es falso. El que actúa de esa manera no está practicando la doctrina crística. Lo que hacemos es darle la espalda al cuadro negativo, aferrándonos a la verdad positiva, y así curamos el cuadro visible. Esa es la realidad, y es la comprobación.
Esa es la comprobación. Si el cuadro exterior cambia, estas trabajando correctamente. No te estarás engañando ni gozando de disipación emocional. Si el cuadro exterior no cambia en un tiempo razonable, te estás engañando. No estás trabajando correctamente y tienes que cambiar de sistema. Puede que el cambio exterior sea incompleto o leve aún, pero siempre que haya algún cambio, significa que se está trabajando bien. No se está uno engañando mientras se obtengan resultados.
No existe aquello de las demostraciones invisibles. En todo momento se está manifestando la propia mentalidad en le mundo de las apariencias exteriores. Las excusas y traiciones son inútiles, sabiendo que el cuadro exterior delata la verdad y que no hay apelación posible.
A Dios gracias por esta maravillosa verdad, ya que nos da un método infalible para -reconocer y dominar la limitación y el error. “Por sus frutos los conoceréis” Mateo 7-20.

DOMINIO

Un filósofo dijo: “la vida es la adaptación a las circunstancias exteriores”, y explicó que toda cosa viviente muestra una tenacidad sorprendente en mantenerse viva, creciendo, y adaptándose a las condiciones en que tiene que vivir.
Esto es verdad en cuanto al reino vegetal y al reino animal. Asombra ver como las mariposas, los insectos, los animales poseen coloridos que los confunden con la vegetación del paraje en donde viven. Suponemos que para defenderse del hombre; la vida inteligente por si misma, que emplea todos los medios para conservar a las diferentes crías hasta que puedan defenderse ellas mismas.
Pero esto no es correcto con respecto al ser humano, puesto que el hombre ya ha trascendido todas las etapas inconscientes, y ha desarrollado sus poderes latentes.
La Biblia enseña que el hombre no tiene ninguna necesidad de amoldarse a las condiciones en que nace, ni de resignarse a ninguna cosa. Todo lo contrario, la resignación, esa actitud que hasta ahora ha sido llamada una virtud, es en realidad una ofensa contra la inteligencia; es pereza mental y física; y va contra todos lo impulsos instintivos del individuo. Claro está que todo esto es debido a la ignorancia de la raza; y al enterarse el hombre que el impulso de su alma es la voz de Dios en él, ya deja de doblegarse y busca la manera de dominar.
El doblegarse, o resignarse implica cobardía o por lo menos la aceptación de que lo exterior posee poderes superiores. Esto lo denomina el primer mandamiento “idolatría”. No tendrás falsos dioses ante mi.
La Biblia dice que el hombre tiene dominio sobre todas las cosas, y esto hay que tomarlo en serio. No significa que nos debemos de poner en rebeldía abierta, o sea, físicamente; por ejemplo, contra una ordenanza oficial que no nos guste, o alguna costumbre social establecida, o contra algún deber moral o familiar porque sí, porque nos de la gana de no seguir cumpliendo. Significa que tenemos poderes mentales para transformar lo exterior, y desarrollando nuestra naturaleza espiritual, no podremos jamás actuar en forma arbitraria hacia los demás. Nuestras acciones serían, entonces, siempre en bien de todos, y de nosotros mismos por consiguiente.
Por se humanos y ya no animales o vegetales, poseemos intuición, raciocinio y sentido común, o sea, la sabiduría divina; y usando estas facultades, sabremos que es lo que nos incomoda con respecto a la condición del momento. El segundo paso es “conocer la verdad”, o sea, meditar sobre la realidad espiritual que está oculta detrás de la apariencia material, y ya con eso basta para ver transformarse la apariencia, no importa cual sea, ya que si ésta no depende de nosotros, y parece justa y absurda, o inconveniente, la ley espiritual con sus canales infinitos nos sorprende con una solución que jamás se nos hubiera ocurrido.
La forma de desarrollar la naturaleza espiritual es practicando la oración científica. Logrando, aunque no sea sino una demostración, primero para convencernos de esta verdad, luego para enseñarnos la técnica. Cada vez que obtengas una demostración, sea para ti mismo o para otro, ganas aumento de comprensión espiritual, y aprendes más metafísica que en muchas horas de lectura o de escuchar conferencias.
No pierdas tiempo tratando de contestar preguntas teóricas o doctrinales. Cualquier conclusión sobre éstas no será sino otro concepto intelectual más, y ya sabes que el intelecto lo materializa todo.
Cura a alguien, o arregla una situación; has un tratamiento afirmativo de comprensión divina y a los pocos días te encontrarás comprendiendo perfectamente el asunto teórico o doctrinal que te confundía, en lugar de haber sacado un formalismo intelectual más.
No esperes comprender todo lo de Dios con sólo unas cuantas semanas de estudio. Es inútil que un estudiante de álgebra, por ejemplo, comprenda el teorema del binomio, si no puede comprender una simple ecuación.
Aprende lo siguiente: SIEMPRE TENEMOS SUFICIENTE COMPRENSIÓN Y SUFICIENTE PODER PARA DOMINAR LO QUE SEA QUE ENTRE EN NUESTRAS VIDAS. La vida cuida a sus crías. Ella no manda nada que esté por encima de nuestras fuerzas, o más allá de nuestros poderes. Siempre, siempre hay que usar la verdad que conocemos.

USA LO QUE TENGAS

Muchos dicen: “deseo avanzar más rápidamente. Quiero adquirir mayor comprensión”, y por regla general piden una lista de libros que leer o “algún curso avanzado” que seguir.
Esa actitud es errada, implica que el adelanto espiritual concierne a la actividad intelectual, o que es mera adquisición de conocimientos.
Esto es verdad en cuanto a matemáticas se refiere, o física, o química por ejemplo, pero no es así en metafísica.
El crecimiento espiritual viene por la práctica de lo que ya conocemos. En lugar de leer un libro más, relee tu libro favorito y aplica sus enseñanzas con mayor cuidado que antes.
El hecho de sanarte una cortada en un dedo, o resolver un problema de negocios, basta para que aprendas infinitamente más de lo que te pueda enseñar el estudio intelectual de una biblioteca entera.
Lo que debes comprender es que el mundo en que vivimos es un concepto mental y no una realidad objetiva. Cada demostración que efectúes te hace más fácil comprender esta verdad, mientras que el estudio intelectual no te brinda nada en ese respecto.
La metafísica, como la música, es tanto una ciencia como un arte. En metafísica es absolutamente exacto que “se aprende actuando”.

EXPLOTA TU TROPIEZO

El éxito consiste en dominar las dificultades. Todos aquellos que han triunfado en cualquier forma, lo han logrado a fuerza de sobreponerse a los inconvenientes. Donde no hay tropiezos que eliminar, cualquiera llega a término y eso no se puede llamar un éxito.
Hubo un tiempo en que establecer una línea de telégrafo desde Nueva York a Boston presentaba muchas dificultades. Después esto se lograba muy fácilmente; pero luego lograr colocar el cable transatlántico fue una gran proeza por las dificultades que se debían vencer.
Más tarde la postura de cables submarinos se hizo una rutina, pero el radio a través del océano presentaba problemas que por algún tiempo eran insuperables. Luego esos mismos problemas fueron resueltos también.
No hay problemas que no puedan ser vencidos por medio de tranquilo y persistente tratamiento espiritual, y una juiciosa y apropiada actividad.
Si tu tienes una lesión o tropiezo que aparente oponerse al éxito, no la aceptes como tal; capitalízala o explótala, úsala como instrumento de tu éxito.
El gran autor H. G. Wells tuvo que renunciar a una colocación mal pagada y poco atractiva por causa de mala salud, lo cual lo obligó a mantenerse en casa y emplear el tiempo en escribir libros que lo convirtieron en un autor de renombre mundial. Edison se volvió sordo como una tapia y decidió que esto lo haría concentrarse mejor en sus inventos. Teodoro Roosevelt fue un niño enfermizo a quien le fue dicho que tenía que vivir encerrado cuidándose. Era muy miope y nervioso. En lugar de aceptar estas recomendaciones sin embargo, se esforzó mucho por desarrollar su cuerpo, y como es sabido se convirtió en el gran cazador y hombre fuerte (Presidente de los Estados Unidos ). Gilbert escribió su famosa zarzuela “Pinafora”, en cama con dolores agónicos.
La dueña de una famosa casa de modas de Londres era esposa de un pobre vendedor que fue atacada de tuberculosis.
Ella jamás había entrado en negocios ni tenía preparación alguna cuando se enfrentó al problema de mantener a su esposo y dos hijos. No tenía capital alguno, sólo buen gusto para la ropa y fe en la oración. Hoy es una mujer rica y famosa que dice: “Yo pensé que me gustaría poder vender la clase de vestidos que jamás había podido comprarme”.
Cualquiera que sea tu tropiezo, explótalo. Siempre parece que el propio problema es el más difícil de todos, pero el tratamiento espiritual y una valiente determinación pueden vencerlo todo.
Los problemas son las señales que apuntan el camino hacia a Dios.

CÓMO ES QUE SE REZA VERDADERAMENTE

Piensa en Dios. Revisa mentalmente algunas de las verdades que conoces respecto a Él: su bondad perfecta. Su inteligencia infinita. Su presencia en todo. Su poder sin limites. Su amor sin barreras. Afirma, reclama que todo eso, que es Dios, está en ti, y créelo.
O lee algunos versículos de las escrituras, salmos, evangelios (lo que esté a la altura de tu comprensión), o cualquier libro espiritual favorito tuyo y afirma creyéndolo que Dios mismo está haciendo esta oración a través de ti.
De acuerdo con el Padre Nuestro, perdona a todo el que necesite tu perdón, sin excepciones y sin reserva mental, y hazlo con voluntad. Pide a Dios que te perdone todos los errores que has cometido hasta hoy, di que aceptas su perdón, hazlo con voluntad.
Reclama que Dios te está inspirando ahora, enseñándote ahora, sanándote ahora. Reclama que te está dando el más grande de todos los dones. El mismo. Teniendo esto tendrás todo lo demás. Cualquier cosa, grande o pequeña que esté molestando en tu vida, reclama que Él está arreglándola y créelo.
Da gracias por el privilegio de visitar con Dios. Da gracias por anticipado por la paz mental, la armonía y el adelanto espiritual que esta oración te estará proporcionando y créelo.

ORACIONES COTIDIANAS

VICTORIA SOBRE LA LIMITACIÓN


Cristo, poderoso en medio de mi, me da la victoria sobre toda limitación. Como hijo de Dios soy saludable, feliz y próspero, sabio, amoroso y libre.

(Silent Unity)


BENDICIÓN PARA UN NIÑO DE ESCUELA

Te entrego a la protección y cuidado de Dios,
su Presencia te guarda y protege,
su Sabiduría te guía y dirige,
su Vida te sostiene y perfecciona,
su Comprensión inspira a aquellos que te enseñan,
su Amor está en los corazones de los que te rodean,
vas al encuentro de tu bien.

(Silent Unity)


ORACIÓN DE PROTECCIÓN

La luz de Dios me rodea;
El Amor de Dios me envuelve,
El poder de Dios me protege;
La presencia de Dios vela por mi.

¡Dondequiera que yo estoy, Dios está conmigo!

(Puede ser aplicada a otras personas)

BENDICIÓN PARA EL DINERO

Bendice todo el dinero que recibes o das, con estas palabras de aumento: “El Amor Divino a través de mi te bendice para que en mis manos te multipliques y en manos de quien me lo dio”.

LIBERACIÓN DE ALEGRÍAS

YO SOY fuerte y vital hijo de Dios. Solo tengo reacciones saludables, felices, normales para el aire que respiro, el alimento que como y las condiciones de mi vida.

Doy gracias por todo este bien.

PARA CORREGIR HÁBITOS INDESEABLES

Arcángel Miguel, con tus Legiones de Luz,
En el nombre de mi Amada Presencia “Yo
SOY” y en el de toda la humanidad, te
pedimos que cortes y separes de nosotros
toda creación humana de tendencia y
hábitos imperfectos que a través y en
torno nuestro, estén presionándonos;
reemplázalos con pureza, perfección y
armonía.

Ayúdanos a liberar toda vida en esta ciudad,
país, continente y en toda la tierra;
llenen a la humanidad con fe en la Bondad
de Dios y ayúdenla a hacer contacto
consiente con su proyecto divino.

Doy gracias.


PARA CUANDO HANDAS ESCASO DE DINERO

“YO SOY” la Resurrección y la Vida de
mi provisión ilimitada de dinero, de toda
la perfección de mi mundo y de mi
proyecto Divino, cumplido ahora.


PARA RECORDAR SIEMPRE

Amada Presencia de Dios en mi, Amado
Arcángel Chamuel, enciendan la Llama
Rosa de la Adoración a Dios a través de
Mi, mi dinero y provisión; duplíquenlos,
Triplíquenlos y conviértanlos en mi libertad
Financiera ahora. Gracias.


POR LAS NOCHES AL ACOSTARSE

Padre: Yo perdono a todo el que necesite mi perdón y a mi mismo; y aunque sé que en el plano espiritual no existe nada qué perdonar, yo perdono porque así transformo la idea del que cree hacerme el mal. Invito a mis guías invisibles a utilizar mi sueño para yo hacer el bien en donde sea oportuno. Gracias te doy, Padre adorado.

LA CONSAGRACIÓN DE LA CASA

La bendición que se da aquí para consagrar o purificar la casa o el cuarto, ha sido útil por un sin número de años, y por medio de ella muchos han recibido bien en abundancia.

Sosegadamente, colócate en la habitación principal, y en voz alta pronuncia estas palabras:
En esta casa hay sólo una presencia, la Presencia de Dios, lo bueno. Aquí no puede entrar ningún mal. Dios, lo bueno habita aquí. Cualquiera que entre sentirá la Presencia Divina de lo bueno.
Aquí hay sólo una Presencia, la Presencia de la Vida. No se ve la muerte ni se teme de ella. Sólo hay vida. Todo temor se desecha. Cualquiera que entre aquí sentirá la Presencia de la Vida pura y bendita de Dios.
Aquí hay sólo una Presencia, la Presencia de la Verdad. Nada falso puede entrar. En esta casa no se encuentra el engaño ni la envidia, ni los celos, ni el egoísmo. Se desecha todo pensamiento falso. Cualquiera que entre aquí sentirá la Presencia de la Verdad.
Aquí hay sólo una Presencia, la Presencia de la Salud. Ninguna enfermedad puede entrar, ninguna impureza, ningún temor. Toda enfermedad y flaqueza será echada afuera. Cualquiera que entre aquí sentirá la presencia de la Salud.
Aquí hay sólo una Presencia, la Presencia de la Pureza. Ningún pensamiento impuro puede entrar. Yo habito en la Pura y Bendita Presencia de Dios. Cualquiera que entre aquí sentirá esta Presencia Bendita y Pura de Dios.
En esta casa se aposenta la Paz y la Armonía. Aquí yo vivo en la Presencia de la Paz. Ningún pensamiento de inquietud o discordia puede entrar, ninguna irritabilidad, ningún temor. La Presencia de Dios es Paz. Cualquiera que entre aquí sentirá la Presencia de la Paz.
En esta casa se aposenta la Prosperidad. Ningún bien me faltará. No hay falta de satisfacción. Cualquiera que entre aquí se sentirá complacido, contento y próspero.
En esta casa se aposenta la belleza. Aquí hay sólo una Presencia, la presencia de lo bello. En Dios existe toda la belleza espiritual. Esta casa está glorificada por Su bendita presencia. Cualquiera que entre aquí sentirá lo bello de toda cosa santa y perfecta.
Aquí hay solo una Presencia la presencia de la Sabiduría. La necesidad, la ignorancia, la duda y la superstición son desechadas. Dios que es todo sabiduría habita aquí. YO vivo y me muevo en la presencia de la sabiduría.
Aquí hay sólo una Presencia, la Presencia del Gozo. Se manifiesta por todas partes. Ninguna pena puede entrar. La pesadumbre se desecha. Aquí habita el gozo del Señor, por tanto yo abundo en alegría. Cualquiera que entre aquí sentirá la presencia del gozo.
Aquí sólo el amor se aposenta, llenando todo el espacio de esta casa. Dios es amor y el amor habita aquí. Todo sentimiento de cólera, de aborrecimiento y de venganza es desechado. En el amor yo vivo, me muevo, y tengo mi ser. Cualquiera que entre aquí sentirá la presencia de Su santo amor.
Te doy las gracias, ¡oh Padre Celestial!, porque tu presencia ocupa esta casa; porque vivo y me muevo en Ti, Santísimo Cristo; porque vivo en Tu vida, en Tu verdad, en Tu integridad, en Tu paz, en Tu sabiduría, en Tu gozo, en Tu prosperidad, y en Tu amor. Estoy agradecido porque todos los que entran aquí sienten Tu Presencia.


BENDICIÓN DEL HOGAR

Seremos saciados del bien de tu casa.
-Salmos 65:4

Jesucristo es la cabeza de este hogar. Él es la única presencia y el único poder aquí. Él vive eternamente en el corazón de cada miembro de esta familia, y bendice a todo el que entra en sus puertas.
La presencia de Cristo, que mora en este hogar y en el corazón de los que viven aquí, protege contra enfermedades, accidentes, desarmonías o escasez. Su presencia, que llena este hogar, es la verdadera presencia de vida, gozo, seguridad, amor y prosperidad. Este hogar es un albergue de paz y felicidad.
Ningún pensamiento o palabra negativa puede turbar el ambiente de este hogar. Ninguna actuación errónea puede efectuarse.. Sólo el gozo, la bondad, la cooperación y el servicio están aquí. Esta es la morada del bien.
Cada día este hogar es santificado por la viva presencia del Cristo. Cada día lo alabo a Él por su amorosa, protectora y auxiliadora presencia.

MEJOR MADRE

(Para todas las madres del mundo)

Estaba en una ocasión una mujer sentada en un apartado rincón admirando la belleza de la Madre Naturaleza, mientras acariciaba y estrechaba entre sus brazos a un bebe. El ambiente y todo lo que le rodeaba eran muy propicios para la meditación con Dios.
Al sentir ella el deseo de hablarle a Dios, a esa presencia dentro de ella, le preguntó: “Padre mío, ¿habrá algo más puro y sublime en el mundo que el amor que siento yo por mi hijo?” – “Hija mía-, sintió dentro de ella esta Presencia contestarle: “amor más grande y puro que el que Yo les tengo a todos ustedes, mis hijos, no existe ni podrá existir jamás”. Te doté con ese amor de madre, para que puedas tener una idea cabal de cuan grande es el amor que Yo siento por todos mis hijos; para que puedas servirme de canal a través del cual Yo pueda expresar ese amor.
“Los que llamas tus hijos, no son tus hijos”. Vinieron por medio de ti, pero no de ti. Como el mundo que Yo creé todo lo que es similar se atrae, sus almas te escogieron a ti para que les sirvas de guardián y guía y Yo di mi conformidad.
“Pero recuerda, que aunque estén contigo, no son tuyos. Podrás poner en ellos todo tu amor, pero no así tus pensamientos. Yo los doté a ellos de su propia mente y ellos tienen sus propios pensamientos. Podrás darle albergue y alimentos en el santuario de tu hogar a sus cuerpos, pero no a sus almas, porque estas habitan en el santuario de Mi Presencia, la cual nadie puede ver, aunque sí sentir.
“Recuerda las palabras de tu hermano mayor Jesús, cuando dijo: “Dejad a los niños venir a mi, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.Tú puedes ayudar a que ellos alcancen ese reino, no tanto con tus palabras, como con tus ejemplos dentro y fuera del santuario de tu hogar. Podrás quererlos como a nada en el mundo, pero no puedes forzarlos a que te quieran. Ese amor recíproco germinará en ellos espontáneamente, si es que tú lo sabes cultivar bien. Tú, como madre amorosa, eres el bendecido árbol, que lo da todo a la fruta, para que ésta sea más jugosa y dulce, para el deleite de otros, que es mi deleite; para que sus semillas perpetúen la eternidad de la vida”.
Al terminar de hablarle esta presencia en ella, se levantó la mujer y estrechando más fuerte que nunca al niño entre sus brazos, siguió su camino, sintiéndose mejor madre que antes.

Luis Molinary

LA AMISTAD VERDADERA

Te amo, no por lo que eres, sino por lo que yo soy cuando estoy contigo.
Te amo, no por lo que has hecho de ti mismo sino por lo que estás haciendo de mi.
Te amo por aquello de mi que estás haciendo que se manifieste.
Te amo porque pusiste tu mano sobre mi corazón y por haber pasado por alto todo lo frívolo y deleznable que no has podido dejar de ver en él; y has hecho brotar a la luz todo lo bello y radiante que tenía sin que nadie más se hubiera dignado profundizar lo bastante para encontrarlo.
Te amo por no hacer caso de lo vano en mi y asir sólo las posibilidades de bien que hay en mí.
Te amo por cerrar los ojos ante lo que es discordante en mí y aumentar mi musicalidad con tu reverente atención.
Te amo porque con los maderos de mi vida me ayudas a construir no una taberna, sino un templo, y con las palabras en mi vida, no una reconvención sino una canción.
Te amo porque has hecho más de lo que pudo hacer ningún credo para hacerme feliz.
Lo has hecho, sencillamente siendo tú mismo.
Después de todo, es eso lo que significa SER AMIGO.

ESTOY EN EL SENDERO DE LA VERDAD

SI CUMPLO RELIGIOSAMENTE LOS SIGUIENTES QUINCE PUNTOS:


1.- Si siempre busco lo bueno de toda persona, situación o cosa. Cuando ocurra algo extraño, algo que de momento no nos parece favorable, puede que sea por bien, aunque al principio no lo apreciamos así, debemos decir: “BENDIGO EL BIEN QUE SE ENCUENTRA EN ESTA SITUACIÓN, PIDO QUE ME DEMUESTRE SU CARA BUENA, QUIERO VERLA”.
2.- Si resueltamente doy la espalda al pasado, bueno o malo. Si se piensa en el pasado, con la mente se le hace regresar y puede volver a suceder. Tampoco se debe evocar lo agradable o bueno que haya habido en él, porque siempre junto a lo bueno hay mezclas de influencias negativas, que vuelven a vivir junto con lo bueno. Hay que vivir en el presente, embelleciéndolo, haciéndolo mejor en todo cuanto de nosotros dependa.
3.- Si perdono a todo el mundo, sin excepción y me perdono yo mismo, de todo corazón. No se puede perdonar la misma cosa dos veces, basta una y eso ya quedó borrado. Basta decir: “Yo perdono”, y cualquier resentimiento que permanezca dentro de nosotros, ENTREGARLO A NUESTRO CRISTO INTERIOR, Él se encargará de disolverlo.
4.- Si yo veo mi obligación de cada día como cosa sagrada y cumplo a cabalidad, gústeme o no. No quiere esto decir que debemos resignarnos a ejecutar de por vida una tarea ingrata, no, ejecutemos lo que tenemos que hacer lo mejor que podamos y sepamos, con alegría, pero con la mirada puesta en algo que nos guste más, lo cual vendrá a nosotros con toda seguridad en un futuro no muy lejano. La resignación no se recomienda, sino el espíritu de obediencia, de colaboración, de optimismo y dinamismo en cualquier cosa que debamos realizar.
5.- Si tomo las medidas para manifestar un cuerpo sano y para formar un ambiente armonioso a mi alrededor. No debemos tener prejuicios contra nada, todo lo que hizo Dios es bueno y tiene su utilidad, el asunto es usarlo todo con sabiduría, con moderación, pues el abuso es el que daña, el que rompe la armonía de la salud. Hasta las sustancias venenosas, usadas en la medida justa son maravillosos medios de curación. Si te gusta la guayaba y piensas que te hace daño, te hará daño. Más si piensas que la hizo Dios y Dios no hizo nada dañino, comerás la guayaba moderadamente y no te hará mal alguno, sino por el contrario, te proporcionará placer y llevarás a tu cuerpo sustancias vitales necesarias para su sustentación. Si comes una cantidad exagerada de guayabas en el pecado llevarás la penitencia, pescarás una indigestión, no ocasionada por la guayaba en sí, sino por tu exageración. No se puede romper el ritmo pues se rompe el equilibrio, y al romperse el equilibrio aparece el desajuste, la enfermedad.
6.- Si trato de servir a otros moderadamente, sin interferir su libertad, su libre albedrío, sin causarles molestias. Siempre es bueno prestar la ayuda que nos piden con alegría, ofrecerla sólo en casos en que sea muy manifiesta la necesidad. Hay que tener espíritu de cooperación sin absorber a la persona con quien se coopera o a la que se ayuda, sino empujarla, dejarla que camine sola, pues de otro modo impediríamos su natural desarrollo.
7.- Si aprovecho todas las oportunidades de enseñar LA VERDAD sabiamente, sin forzar la voluntad del discípulo. Si ves que no te hace caso o hace burla de tus palabras, cambia el tema, esa alma aún no está preparada, no ha llegado aún el grado de evolución necesaria para comprender LA VERDAD; hay que dejarla seguir su ruta.
La ETERNA SABIDURÍA se encarga de él y lo enseñará a su tiempo. Cabe aquí una parábola de Amado Nervo: “Si alguien te pide un vaso de agua ofréceselo delicadamente y coloca un pétalo fragante de rosa encima del agua. Si ves que esa persona toma el pétalo con delicadeza entre sus dedos, lo aspira con fricción y lo guarda celosamente entre las páginas de un libro, dale la rosa entera. Si por el contrario aparta el pétalo groseramente tirándolo al suelo para beberse el agua, cuando te vuelva a pedir agua dásela limpia y transparente pero sin el pétalo.
8.- Si evito rígidamente la crítica. Recuerda la Ley de la Correspondencia. Cuando criticas a otro piensas mal de él, a su vez alguien pensará mal de ti o hablará mal de ti. No se debe usar nunca el YO SOY o ÉL ES de una manera impremeditada. YO SOY es la afirmación de Dios en nosotros. YO SOY miope; te estás criticando a ti mismo, estás afirmando poseer una condición que no te favorece y ya desde ese mismo instante comienzas a poseerla. FULANO ES UN LADRÓN; con esta afirmación lo atas a esa condición de ladrón y lo haces un ladrón sin remedio, es mejor decir a FULANO LE GUSTA ROBARSE LAS COSAS, y no FULANO ES. Y lo mejor es no criticar.
9.- Si dedico diariamente por lo menos un cuarto de hora a la meditación o a la oración. La oración es la platica con Dios, la meditación es la oración pensada. Ambas te ponen en contacto con tu Creador. Él siempre te está esperando, atento en todo instante al momento en que te diriges a Él, con el corazón puro y la mente puesta en lo alto. Los frutos de la oración son inmensos, la oración es la puerta de la riqueza espiritual y material, sólo hay que saber orar. Es muy conveniente en casos en que se necesita algo con urgencia, hacer una cadena con varios creyentes, ponerse de acuerdo, y a la misma hora exacta, ponerse en oración por la misma necesidad. Los efectos son asombrosos.
10.- Si leo por lo menos siete versículos de la BIBLIA diariamente. Se recomienda especialmente el Libro de los Salmos (en la Biblia leer con preferencia los Salmos 23, 37, 46 y 91). Asimismo el capítulo 3º. Del Eclesiastés contiene maravillosas enseñanzas. Puedes y debes leerlo cada día repetidamente, pues estas lecturas contienen tan profundas enseñanzas, que cada día hallarás en ellas una nueva VERDAD en la que ayer no reparaste. La BIBLIA es un libro para leerlo toda la vida.
11.- Si decreto y reclamo comprensión espiritual para mi. Debo pedir a la SABIDURÍA DIVINA que me otorgue mi parte de SABIDURÍA, que ilumine mi inteligencia con su LUZ. Ya sabes que tu mente es la Mente Divina, que TODA LA SABIDURÍA DE DIOS ESTÁ EN TU MENTE BUSCANDO EXPRESIÓN, y tú con tu actitud debes abrir la puerta a esa manifestación de la SABIDURÍA DE DIOS en ti, sabiendo que nada posees por ti mismo, que todo atributo te viene de la fuente inmanente que es DIOS, que SU PRESENCIA representada por siete colores en forma de halo alrededor del centro que es azul, emanan constantemente, hacia ti todos los dones de la verdad: tu labor es ponerte en posición de recibirlos y los recibirás.
12.- Si acostumbro dar a DIOS mi primer pensamiento al levantarme, le doy gracias por SU AMOR y bendigo su nombre.
13.- Si digo el VERBO todos los días a favor de la humanidad. EL VERBO es la palabra, si la usas a tu favor y al mismo tiempo a favor de toda la HUMANIDAD, tu aura se amplía, se hace más luminosa, tú avanzas.
14.- Si practico la regla de Oro de Jesús: “Haz con los otros como tú deseas que hagan contigo”.
15.- Si comprendo que todo lo que veo es sólo una imagen y que todo puede transformarse en bien. Hay un pensamiento metafísico muy bello que dice: “El Mal no Existe, sólo existe ausencia de Bien”.

Si deseas Demostraciones y por demostraciones se entiende todo propósito logrado dentro de las Leyes Metafísicas, pregúntate al final de cada semana, si has observado a cabalidad estos 15 puntos. Si encuentras que fallas en algunos no te desanimes, comienza de nuevo. Recuerda la tela de la araña que vuelve a empezar cuantas veces se la rompen, recuerda que en su tránsito hacia El Calvario, Cristo cayó varias veces, pero siempre se levantó para continuar la marcha y coronar la cima. Haz tú lo mismo.

RECOMENDACIONES

Cuando entres en algún lugar y encuentres un ambiente negativo, de crítica o pesimismo, si este ambiente se forma en tu misma habitación di la siguiente oración:
“RECONOZCO Y BENDIGO EL CRISTO INTERIOR EN CADA UNO DE USTEDES O DE LOS QUE SE ENCUENTRAN AQUÍ PRESENTES Y DECRETO ARMONÍA ENTRE USTEDES Y EN MI CASA”.
Verás como el ambiente se purifica inmediatamente; cómo las conversaciones cambian; cómo todo se transforma hacia el bien.
El Cristo Divino y viviente mora en esta casa. Su presencia se siente como paz y orden en nuestra vida, amor en nuestro camino, salud en nuestro cuerpo, y prosperidad en nuestros negocios. Pensamos sólo en el bien, vemos sólo el bien, y hallamos sólo el bien. Alabado se DIOS.

PUEDA YO VENCER EL HÁBITO DE LA COLERA

¡Oh Eterna Tranquilidad! Sálvame de los ataques de la furia y la agitación, que alteran los nervios y nublan el cerebro.
Ayúdame a desterrar el habito de la cólera, que trae la infelicidad para mi y para los que me acompañan; no me dejes tener indulgencia con este malvado y egoísta hábito que trata de enajenarme, para alejarme del afecto de mis amados amigos.
Que jamás vigorice los sentimientos y enojos que reavivan las abrasadoras llamas de la ira.
¡Oh Reina de la Quietud! Cuando me encolerice o enfurezca, coloca delante de mi u espejo de disciplina interna, que permita verme desfigurado por la fealdad de la pasión arrebatadora, evitándome aparecer ante los demás con la cara demudada por las indignaciones.
Que mis dificultades en la vida sean solucionadas a través de pensamientos puros y acciones amorosas que destruyan el odio y el egoísmo. Bendíceme, para que me cure de mis heridas de ira con el remedio del respeto propio, y que pueda también ayudar a curar a otros de sus males de ira con el bálsamo de mi bondad.
¡Oh Espíritu Infinito! Hazme comprender en todo momento que, aún mi peor enemigo, es siempre mi hermano; y que así como Tú me amas a mí, Tú lo amas a él.

Paramahansa Yogananda

GUÍA PARA LA MUJER METAFÍSICA

Si le ofreces a Dios tu trabajo diario como el desempeño de tu parte en Su Plan Universal, te sentirás feliz haciéndolo.

PARA TU VIDA

1.- El marido primero que tú.
2.- Dispuesta a vivir por él y para él.
3.- Ser tú la mujer de él y no él tu hombre.

PARA TU HOGAR

1.- AMOR: Hogar. Lo que haces es tu deber. Cuatro paredes están cálidas por tu presencia, la cual es cáliz de LUZ en ellas. No se dejan cuatro paredes porque se enfrían. El cáliz nunca abandona el sagrario.

2.- DULZURA: Para barrer, cocinar, recoger la suciedad humana. Hacerlo sin disgustos y saber que “sin disgusto” sólo tú puedes hacerlo.

3.- PUREZA: Es la VERDAD; si hay mentira, no hay PUREZA.

PARA TU VIDA

1.- PACIENCIA: Es la ciencia de la paz.
2.- ORDEN: Planear antes todo lo que hagas.
3.- VIRTUD: Tú eres el espejo donde se miran tus hijos. Recuérdalo.

PARA TUS HIJOS

1.- DEDICACIÓN: Desde que abran los ojos hasta que mueran te quitarán el aire que respiras. No es bondad que se los des, es tu deber. Les debes tu amor, tus cuidados, educación, comprensión, les debes todo. Recuerda que lo que se debe, se tiene que pagar.


GUÍA PARA EL HOMBRE METAFÍSICO

PARA TU VIDA

1.- La esposa es tu otra mitad, tu compañera. Nada debe anteponerse al cariño y respeto que le debes. Ella debe estar primeo que tú en tus sentimientos, y en todo momento debes pensar que te comprometiste a protegerla para toda la vida.
2.- Dispuesto a vivir por ella y para ella.
3.- Ser tú el esposo de ella, no el hombre de todas.

PARA TU HOGAR

1.- AMOR: Hogar. Sostenerlo es tu deber. Un hogar sin la presencia del compañero se muere de frío. Tú eres el representante de DIOS allí, donde ÉL te dio la patria potestad. Honra esa elección y cúmplela a cabalidad.
2.- DULZURA: Aunque tu trabajo sea pesado y regreses cansado al hogar, vuelve en busca de un regazo donde te espera el AMOR, y no descargues allí tu ira y tu amargura. Preserva ese lugar sagrado como el oasis para tu descanso.
3.- PUREZA: Es la VERDAD; si hay mentira, no hay PUREZA.

PARA TU VIDA

1.- PACIENCIA: Es la ciencia de la paz.
2.- ORDEN: Planear antes todo lo que hagas.
3.- VIRTUD: Tu actitud da la pauta en el hogar, tanto para la esposa como para los hijos. Trata de merecer el respeto que exiges.

PARA TUS HIJOS

1.- DEDICACIÓN: Desde que abran los ojos hasta que mueran te quitarán el aire que respiras. No es bondad que se los des, es tu deber. Les debes tu amor, tus cuidados, educación, comprensión, les debes todo. Recuerda que lo que se debe, se tiene que pagar.

COLOCO MI PERSONA, MI FAMILIA Y TODOS MIS ASUNTOS EN LAS AMOROSAS MANOS DEL PADRE

El colocarme a mí mismo, mis seres queridos y todos mis asuntos en las amorosas manos del PADRE, trae una gran sensación de paz y alivio a mi alma. No tengo nada que temer, pues el AMOR DE DIOS me rodea, envuelve y protege. No tengo que estar ansioso acerca del resultado de ninguna situación, porque DIOS está presente en ella y en todas las personas envueltas en la misma. DIOS es el poder que trabaja para el bien y hace las cosas bien.
No me inquieto ni preocupo por mis seres queridos pues los coloco amorosamente en las manos del PADRE. Confío su Espíritu en ellos para que los guíe, para que sea su luz e inspiración, para que les muestre el camino.
No me impaciento porque sé que en el momento correcto y de la manera correcta, vendrán las respuestas. Se me mostrará qué hacer. Coloco mi persona, mis seres queridos y todos mis asuntos en las amorosas manos del PADRE.

EJERCICIO RECOMENDADO POR SAINT GERMAIN

Antes de dormir, aquiétate la mente y el cuerpo, primero. Luego visualiza y trata de sentir tu cuerpo envuelto en una Luz Blanca y Radiante. Los primeros cinco minutos siente intensamente la conexión entre tu cuerpo exterior y la Gran Presencia de Dios dentro de ti, enfocando tu atención en el corazón y viéndolo como un gran Sol Dorado.
El próximo paso es afirmar: “ACEPTO LA PLENITUD DE MI AMADA PRESENCIA Y MI CRISTO PURO. YO SOY PROTEGIDO, ILUMINADO, ABASTECIDO POR LA LUZ, AMO Y BENDIGO A LA LUZ”.
Intensifica ahora la Luz en cada célula de tu cuerpo por diez minutos. Trata de sentirlo en cada átomo de tu cuerpo y tu mente con profundidad. La Luz es el Reino. Entra en Ella y quédate en Paz.
Practícalo; después de diez días aumenta la practica a dos veces diarias; luego después de otros diez días, házlo tres veces: mañana, mediodía y noche. Hijo e Hija, prueben esto con gran determinación. ¡Dios en ti es tu Victoria!.

SAINT GERMAIN

“YO SOY LA LUZ RADIANTE DEL AMOR DIVINO, LA SABIDURÍA Y LA FE, ENCENDIDA EN EL CORAZÓN Y MENTE DE CADA SER EN TODA LA TIERRA”.

ANTES DE COMENZAR A COMER

...Gracias te damos PADRE por este alimento que TU DIVINA PROVIDENCIA nos proporciona. Que jamás nos falte a nosotros, ni a nuestros hijos ni a ninguno de nuestros hermanos sobre la tierra.
Bendecidos sean nuestros Ángeles Proveedores y nuestra Amada y Ascendida Maestra Lady Nada. Bendecidas y prósperas las personas que han trabajado para que tengamos este alimento en nuestra mesa. Bendecidos y ascendidos sean los animales y las plantas que han dado su vida por nosotros.
Asimismo bendecidos y ascendidos sean los Elementales del Fuego, del Agua, del Aire y de la Tierra que para nosotros trabajan. Si algún Elemental está atado a una corriente de vida, pido que sea desatado y ascendido. En nombre de mi TODO PODEROSA y MAGNA PRESENCIA “YO SOY” decreto: que se manifieste en todo hombre la voluntad de no matar, así decretamos desde ahora y para ya, la alimentación vegetariana.
...Gracias PADRE, que nos oíste.
No es aconsejable intentar llevar la carga de las penas y el dolor mental sin la ayuda Divina, ya que su peso es más de lo que puede soportar la personalidad.

Norman Vincent Peale

PARA REZARLO TODAS LAS NOCHES, ANTES DE ACOSTARTE, ¡SI TE ATREVES!

“Dios mío, trátame mañana como yo he tratado hoy a mis semejantes”.


“LA LLAMA VIOLETA”

Si no aceptamos que la verdad está en nosotros, no tenemos ninguna posibilidad de comprender la Verdad que se nos expone. La Presencia Yo Soy, es la única corriente de vida interior expresándose. Los vehículos inferiores o el ser humano son el Templo de Dios Vivo. Toda imagen en él, se manifiesta en su experiencia.


ÍNDICE

PRÓLOGO
EL DIARIO VIVIR
TE REGALO LO QUE SE TE ANTOJE
LOS QUINCE PUNTOS
LA VIDA
SALÓN METAFÍSICO DE BELLEZA
SÓLO POR HOY
¡DAME CALMA, SEÑOR!
¿QUÉ SIENTES?
¿ERES TÚ DINAMICO?
LA REALIZACIÓN
¿ESTÁS ENGAÑANDOTE A TI MISMO?
DOMINIO
USA LO QUE TENGAS
EXPLOTA TU TROPIEZO
CÓMO ES QUE SE REZA VERDADERAMENTE
ORACIONES COTIDIANAS
LA CONSAGRACIÓN DE LA CASA
BENDICIÓN DEL HOGAR
MEJOR MADRE
LA AMISTAD VERDADERA
ESTOY EN EL SENDERO DE LA VERDAD
RECOMENDACIONES
PUEDA YO VENCER EL HÁBITO DE LA CÓLERA
GUÍA PARA LA MUJER METAFÍSICA
GUÍA PARA EL HOMBRE METAFÍSICO
COLOCO MI PERSONA, MI FAMILIA Y TODOS MIS ASUNTOS EN LAS AMOROSAS MANOS DEL PADRE
EJERCICIO RECOMENDADO POR SAINT GERMAIN
ANTES DE EMPEZAR A COMER
PARA REZAR TODAS LAS NOCHES, ANTES DE ACOSTARTE, ¡SI TE ATREVES!



FIN

jueves, 16 de octubre de 2008

MONTADO EN LA BALA -- STEPHEN KING

MONTADO EN LA BALA -- STEPHEN KING
_
STEPHEN
KING
Montado en la bala
Titulo original : Riding the Bullet

_
Esta historia nunca se la he contado a nadie, ni tenía previsto hacerlo; y no exactamente por
miedo a no ser creído, sino por vergüenza... y porque era mía. Siempre he tenido la sensación de
que contarla equivaldría a rebajarnos los dos, yo y la historia, volviéndola más pequeña, más
anecdótica, como esos cuentos de fantasmas que se explican en los campamentos antes de apagar
la luz. Creo que también tenía miedo de que si la contaba, si la escuchaba con mis propios oídos,
podría empezar a no creérmela. Pero desde la muerte de mi madre no duermo bien. Sólo descanso
a ratos, cuando se me cierran los ojos, aunque me despierto enseguida temblando. Va bien dejar
encendida la lámpara de la mesita de noche, pero menos de lo que cabría esperar. ¡De noche hay
tantas sombras! ¿Os habéis fijado? Muchas, hasta con luz. Piensas que las largas podrían ser de
cualquier cosa.
_
Cualquier cosa.
Cuando llamó la señora McCurdy por lo de mamá, yo cursaba tercero en la Universidad de
Maine. Mi padre había muerto siendo yo muy pequeño, demasiado para acordarme, y dada mi
condición de hijo único sólo éramos dos contra el mundo, Alan y Jean Parker. La señora McCurdy,
que vivía al lado, llamó al piso que compartíamos yo y otros tres estudiantes. Había encontrado el
número en la placa magnética que tenía mamá en la puerta de la nevera.
-Ha tenido un derrame -dijo con su acento del Norte, arrastrando las palabras-. Estaba en el
restaurante. Pero no salgas corriendo como si se te cayera el mundo encima, ¿eh?, que dice el
médico que no es tan grave. Está despierta y habla.
-Ya, pero ¿dice algo que tenga sentido? -pregunté.
Procuraba mantener un tono tranquilo, hasta irónico, pero el corazón me latía deprisa y de
repente parecía que hiciera demasiado calor en el salón. Me había quedado solo en el piso; era
miércoles y mis compañeros tenían clase todo el día.
-Sí, sí. Lo primero que me ha dicho es que te llamase pero sin asustarte. No me dirás que eso
no tiene sentido, ¿verdad?
-Sí, claro.
Pero estaba asustado. ¡Qué remedio! ¿Cómo vas a reaccionar si te llaman para decirte que se
han llevado a tu madre del trabajo en ambulancia?
-Ha dicho que te quedes en la universidad hasta el fin de semana. Y que entonces vayas, pero
no si tienes que estudiar mucho.
Sí, seguro, que voy a quedarme aquí, pensé, en este piso hecho caldo y con tufo a cerveza
teniendo a mi madre a casi doscientos kilómetros, en un hospital y puede que hasta muriéndose.
-Tu mamá aún es joven -dijo la señora McCurdy-. Lo que pasa es que en los últimos años ha
engordado una barbaridad, y ahora es hipertensa. Encima fuma. Tendrá que dejarlo.
Dudé que lo hiciera, con o sin derrame, y tenía razón. Sin sus pitillos mi madre no podía
vivir. Agradecí la llamada a la señora McCurdy.
-Es lo primero que he hecho al llegar a casa -dijo-. ¿Y qué, Alan, cuándo piensas ir? ¿El
sábado?
Lo preguntó con cierta malicia, como si lo dudara. Al mirar por la ventana, vi una tarde de
otoño perfecta: el típico cielo azul de Nueva Inglaterra, y debajo los árboles perdiendo las hojas
amarillas en Mill Street. Después consulté mi reloj: las tres y veinte. Había cogido el teléfono por
los pelos, porque ya salía para asistir al seminario de filosofía de las cuatro.
-¿Cómo que el sábado? -dije-. Llegaré hoy por la noche.
La señora McCurdy contestó con una risa seca y un poco cascada. Ya podía hablar de dejar
el tabaco, ya, que ella con sus Winston...
-¡Qué buen chico! Primero irás al hospital, ¿no? Y luego a casa.
-Supongo -dije.
Me pareció inútil contarle que a mi tartana se le había roto la transmisión, y que en el futuro
inmediato no se movería de la entrada. Haría autostop hasta Lewiston, y luego, si no era
demasiado tarde, a nuestra casita de Harlow. Si ya era muy de noche echaría una cabezadita en
alguna sala de espera del hospital. Eso o sentado y con la cabeza apoyada contra una máquina de
cocacola. Total...
-Comprobaré que la llave esté debajo de la carretilla roja -dijo ella-. Sabes dónde digo, ¿no?
-Sí, sí.
Mi madre tenía una vieja carretilla roja al lado de la puerta del cobertizo trasero. En verano
se llenaba de flores. No sé por qué, pero al acordarme de la carretilla se me apareció en toda su
realidad la noticia de la señora McCurdy: mi madre estaba en el hospital, y por la noche estaría
oscura la casita de Harlow donde había transcurrido mi infancia. No habría nadie para encender las
luces al ponerse el sol. Aunque la señora McCurdy dijera que mamá aún era joven, para alguien de
sólo veintiún años, cuarenta y ocho parecen la senectud.
-Ten cuidado, Alan. No corras.
Por supuesto que mi velocidad dependería de quién me recogiera; personalmente, esperaba
que fuera a toda pastilla. Nada me parecía demasiado rápido para llegar al hospital central de
Maine. Aunque, bueno, no tenía sentido preocupar a la señora McCurdy.
-No se preocupe. Gracias.
-De nada -dijo ella-. Seguro que tu madre se recupera. ¡Y lo que se alegrará de verte!
Colgué y escribí una nota explicando lo ocurrido y dónde localizarme. A Hector Passmore,
mi compañero de piso más responsable, le indicaba que llamara a mi tutor y le pidiera que
explicara la situación a mis profesores, para que no me metieran un puro por saltarme clases.
(Tenía dos o tres que se ponían como fieras.) Después puse una muda en la mochila, metí mi
Introducción a la filosofía, hecha polvo y con las esquinas dobladas, y salí. A la mañana siguiente,
y a pesar de que sacaba buenas notas, abandonaría esa asignatura. Esa noche cambió mi manera de
ver el mundo, cambió mucho, y el manual de filosofía no parecía coherente con los cambios.
Digamos que entendí que debajo hay cosas, y que ningún libro puede explicarlas. Opino que a
veces es mejor olvidarse de que existen. Si puedes.
De la Universidad de Maine, que está en Orono, hasta Lewiston, en el condado de
Androscoggin, hay ciento noventa kilómetros, y el camino más rápido es la 1-95. La pega es que
siendo autopista no es buena para hacer autostop; la policía tiene tendencia a expulsar a cualquier
persona que vaya a pie (te sacan hasta si estás parado en el acceso), y si te pilla dos veces el mismo
poli seguro que te multa. De manera que cogí la 68, que sale de Bangor hacia el sudoeste. Es una
carretera bastante transitada, y a menos que tengas pinta de psicópata casi seguro que te recoge
alguien. Además, casi nunca te molesta la poli.
Hice el primer tramo con un agente de seguros muy poco hablador que me llevó hasta
Newport. Luego me quedé plantado casi veinte minutos en el cruce de la 68 y la 2, hasta que me
recogió un hombre de cierta edad que iba a Bowdoinham. Conducía tocándose continuamente los
huevos. Parecía que intentara coger algo que anduviese suelto por ahí dentro.
-Mi mujer siempre me decía que con mi manía de coger autostopistas acabaría en la cuneta
con una navaja en la espalda -dijo-, pero cada vez que veo a alguien en el arcén me acuerdo de mi
juventud. ¡No hice yo dedo ni nada! Era muy viajero. Fíjate cómo es el mundo: ahora ya hace
cuatro años que está muerta, y yo aquí con el mismo Dodge de siempre. La echo de menos una
barbaridad. -Se manoseó la entrepierna-. ¿Adónde vas?
Le dije que a Lewiston, y el motivo.
-¡Qué horror! -dijo él-. ¡Tu madre! ¡Lo siento mucho!
Su compasión era tan fuerte y espontánea que me provocó escozor en los ojos. Pestañeé para
no llorar. No tenía ningunas ganas de sufrir un acceso de llanto en aquel coche viejo, que vibraba,
daba leves bandazos y olía a meado.
-La señora McCurdy, la mujer que me llamó, dice que no es muy grave. Mi madre aún es
joven. Sólo tiene cuarenta y ocho años.
-¡Ya, pero un derrame! -Parecía sinceramente consternado. Volvió a cogerse la entrepierna
abolsada de sus pantalones verdes y le propinó un estirón con su mano de viejo, desproporcionada
y parecida a una garra-. ¡Un derrame siempre es grave! Oye, por mí te llevaría al hospital y te
dejaría en la puerta, pero es que le prometí a mi hermano Ralph llevarlo a la residencia de Gates.
Es donde está su mujer, que tiene aquella enfermedad de la memoria... Ahora no recuerdo cómo se
llama. Anderson, Álvarez... Algo así.
-Alzheimer -dije.
-Ah, sí. Seguro que yo también la tengo. ¿Sabes qué? Que igual te llevo.
-No hace falta. En Gates seguro que me recoge alguien.
-Da igual. ¡Tu madre! ¡Un derrame! ¡Y sólo cuarenta y ocho años! -Se hurgó en la
entrepierna-. ¡La hostia con el braguero! Te digo una cosa: a la que duras se te empieza a
desmontar todo. Al final Dios te da una patada en el culo. En serio, ¿eh? Pero bueno, tú eres un
buen hijo. De lo contrario no habrías dejado todo para ir a verla.
-Ella es una buena madre -dije.
Volví a sentir el aguijón de las lágrimas. En la universidad nunca sentía una añoranza muy
pronunciada (como mucho la primera semana), pero en el coche del viejo me asaltó. Sólo éramos
ella y yo, sin parientes cercanos. Me parecía inimaginable no tenerla. Según la señora McCurdy no
era muy grave, un derrame, pero no muy grave. Más vale que me haya dicho la verdad, pensé. Más
vale.
Hicimos un trecho de camino en silencio. No era el viaje rápido que había deseado (el viejo
se quedaba plantado en los setenta por hora, y a veces cruzaba la línea continua para darse un
paseíto por el otro carril), pero largo sí era; en el fondo también me convenía. La carretera 68 se
ofrecía a nuestra vista hilvanada por varios kilómetros de bosque, partiendo en dos los pueblecitos
que aparecían y desaparecían en un lento abrir y cerrar de ojos, cada uno con su bar y su
gasolinera de autoservicio: New Sharon, Ophelia, West Ophelia, Ganistan (que, por extraño que
parezca, se había llamado Afghanistan), Mechanic Falls, Castle View y Castle Rock. El azul del
cielo fue perdiendo luminosidad a medida que el día se retiraba de él. El viejo empezó por
encender las luces de estacionamiento, y luego los faros. Eran las largas, pero él no parecía darse
cuenta, ni siquiera cuando los coches que venían en sentido contrario lo avisaban con las suyas.
-Mi cuñada no se acuerda ni de su nombre -dijo-. No le preguntes nada, porque no sabe decir
ni mu. Culpa de la enfermedad de Anderson. Mira de una manera... como diciendo:
¡Quiero salir!» Aunque para eso tendría que acordarse de las palabras. ¿Entiendes lo que
quiero decirte?
-Sí -contesté.
Respiré hondo y me pregunté si el olor a meado provenía del viejo o si tenía un perro y lo
dejaba subir al coche. Pensé si sería ofenderlo bajar un poco la ventanilla. Al final la bajé. Me
pareció que no se daba cuenta, como ignoraba las luces largas de los coches del otro carril.
Hacia las siete, ya en West Gates, subimos a una colina y el viejo exclamó:
-¡Fíjate, la luna! ¿A que está bonita?
Sí que lo estaba: una bola enorme de color naranja separándose del horizonte. No obstante, le
encontré algo que daba miedo. Parecía al mismo tiempo embarazada e infectada. De repente,
viendo la luna, se me ocurrió algo horrible: ¿y si llegaba al hospital y mi madre no me reconocía?
¿Y si había perdido la memoria, estaba en blanco y no sabía decir ni mu? ¿Y si el médico me decía
que tendría que cuidarla alguien hasta que muriera? Y ese alguien, lógicamente, tendría que ser yo,
porque no había más candidatos. Adiós a la facultad. ¿Qué dirían mis amigos y vecinos?
-¡Piensa un deseo! -exclamó el viejo. El entusiasmo comunicó a su voz un tono chirriante y
molesto, como de trocitos de cristal metiéndose en mi oreja. Se dio un estirón tremendo en la
entrepierna y sonó una especie de chasquido. A mí me parecía imposible estirarse así las partes sin
arrancarse un huevo, aunque estuviera de por medio el braguero-. ¡Mi padre decía que lo que se
desea con la luna llena de otoño siempre se cumple!
Así pues, deseé que mi madre me reconociera al entrar en su habitación, que se le iluminaran
los ojos y pronunciara mi nombre. Y al punto de haber formulado ese deseo quise retractarme,
porque pensé que con aquella luz anaranjada no podía salir bien ningún deseo.
-¡Ay! -dijo el viejo-. ¡Ojalá estuviera mi mujer! ¡Entonces le pediría perdón por todas las
cosas feas que le dije!
A los veinte minutos, en el aire los últimos vestigios del día y la luna todavía baja e
hinchada, llegamos a Gates Falls. En el cruce de la carretera 68 y Pleasant Street hay un semáforo
amarillo. justo antes de llegar a esa altura, el viejo dio un volantazo y la rueda delantera derecha
del Dodge subió y bajó del bordillo. Me castañetearon los dientes. El viejo me miró con una
excitación salvaje y desafiante: en él todo era salvaje, aunque al principio no me hubiera dado
cuenta; estaba imbuido por entero de aquella sensación de cristales rotos. Y todo lo que salía de su
boca parecía una exclamación.
-¡Te llevo yo! ¡Sí, señor! ¡Que se aguante Ralph! ¡A la porra! ¡Dilo y vamos!
Yo quería reunirme con mi madre, pero la idea de otros treinta y pico kilómetros con olor a
meado y coches haciendo luces no era muy placentera. Tampoco era agradable la imagen del viejo
dando tumbos por cuatro carriles en Lisbon Street, pero el elemento principal era él. No soportaría
treinta kilómetros más de estirones en la entrepierna y voz febril de cristales rotos.
-Oiga -dije-, que no hace falta. Siga y ocúpese de su hermano.
Abrí la puerta y sucedió lo que temía: el viejo alargó el brazo y me sujetó el mío con su
mano nudosa de anciano, la que usaba para sobarse la entrepierna.
-¡Sólo una palabra! -insistió. Su voz sonó ronca, confidencial; sus dedos se me hincaban en
la carne justo debajo de la axila-. ¡Una palabra y te llevo hasta la puerta del hospital! ¡En serio!
¡Da igual que sea la primera vez que nos vemos! ¡No importa! ¡Te llevo directo!
-No hace falta -repetí.
Y de repente me entraron unas ganas locas de saltar del coche, aunque tuviese que dejar la
camisa en manos del viejo. Parecía que se ahogara. Preví que al moverme aumentaría la presión de
sus dedos, y que hasta podía sujetarme por la nuca, pero no. Sus dedos se distendieron y, al sacar
yo la pierna, resbalaron de mi cuerpo. Entonces, como es habitual después de los momentos de
pánico irracional, me extrañó haber tenido tanto miedo. ¿Por qué? Sólo era una forma de vida
basada en el carbono en un ecosistema Dodge igual de viejo que ella y con olor a orina,
decepcionado por ver rechazado su ofrecimiento. Un viejo cualquiera, perpetuamente incómodo
con su braguero. ¿Por qué me había asustado tanto?
-Gracias por traerme, y por el ofrecimiento -dije-, pero si voy por ahí... -señalé Pleasant
Street- me cogerán enseguida.
Primero no dijo nada, luego suspiró y asintió con la cabeza.
-Sí, mejor por ahí -dijo-. Sin entrar, que en el pueblo no te recoge nadie. Nadie quiere frenar
y que los de atrás le toquen la bocina.
Tenía razón. Era inútil hacer autostop dentro de una población, aunque fuera pequeña como
Gates Falls. Supongo que era verdad lo de que había viajado mucho a dedo.
-Pero ¿estás seguro? Ya sabes lo que dicen del pájaro en mano.
Volví a titubear. En lo del pájaro también tenía razón. A menos de dos kilómetros del
semáforo, Pleasant Street se convertía en Ridge Road, recorría ochenta kilómetros de bosque y se
juntaba con la carretera 196 en las afueras de Lewiston. Casi era de noche, lo cual, de cara al
autostop, siempre es una desventaja, porque cuando te ilumina un par de faros en una carretera
rural siempre pareces un fugitivo del reformatorio de Wyndham, aunque vayas peinado y con la
camisa metida en los pantalones. Pero no, no quería seguir con aquel viejo. Incluso fuera del
coche, y a salvo, le encontraba algo inquietante. Quizá sólo fueran los signos de exclamación que
parecían enmarcar todas sus palabras. Además, siempre he tenido suerte haciendo autostop.
-Seguro -dije-. Y gracias otra vez.
-Encantado, hombre, encantado. Mi mujer...
Calló, y vi que le afloraban lágrimas en los ojos. Volví a darle las gracias y cerré la puerta
antes de que tuviera tiempo de añadir nada.
Crucé la calle a paso rápido, con el semáforo proyectando mi sombra intermitentemente. Al
llegar a la otra acera miré hacia atrás. El Dodge seguía aparcado delante de Frank's Fountain &
Friuts. A la luz del semáforo, y de la farola que había a unos siete metros del coche, vi al viejo
derrumbado en el volante. Temí que estuviese muerto, que lo hubiese matado yo con mi negativa a
dejarme llevar.
Entonces apareció otro coche en la esquina, y el conductor hizo luces al Dodge. Esta vez el
viejo puso las cortas -así supe que seguía con vida- y condujo el Dodge lentamente hasta doblar la
esquina. Cuando se hubo perdido de vista miré la luna. Empezaba a perder su hinchazón
anaranjada, pero conservaba algo siniestro. Caí en la cuenta de que nunca había oído que se
formularan deseos con la luna llena; con el lucero del alba sí, pero no con la luna. Entonces volví a
tener ganas de retirar el mío. Con la noche casi cerrada, y yo en el cruce, acudió a mi mente con
toda naturalidad la historia de la pata de mono.
Abandoné Pleasant Street enseñando el pulgar a los coches que pasaban, pero ni siquiera
reducían la velocidad. Al principio la carretera tenía tiendas y casas a ambos lados, hasta que la
acera se interrumpió y volvieron a cerrarse los árboles en silenciosa reconquista del territorio. Cada
vez que se inundaba la calzada de luz, alargando mi sombra y alejándola de mí, me giraba,
enseñaba el pulgar y adoptaba una sonrisa, esperando que infundiera confianza. E invariablemente
el coche pasaba sin aminorar la velocidad. Una vez alguien me gritó:
-¡Menos mono y más trabajar! Y oí risas.
A mí la oscuridad no me da miedo (o no me lo daba), pero empecé a temer que hubiera sido
un error no aceptar la oferta del viejo de llevarme directamente al hospital. Antes de emprender mi
camino podría haber confeccionado un letrero de TENGO ENFERMA A MI MADRE, pero dudé
que hubiese servido de algo. Un letrero puede hacerlo cualquier psicópata.
Seguí caminando por el arcén, levantando grava con las zapatillas de deporte y escuchando
los ruidos de la noche: un perro a lo lejos, y mucho más cerca un búho. Y un suspiro de levantarse
viento. La luna bañaba el cielo, pero a ella no se la veía. De momento la ocultaban los árboles, que
en aquella parte eran altos.
Al alejarme de Gates se espaciaron los coches. A cada minuto me parecía más tonta mi
decisión de rehusar la oferta del viejo. Empecé a imaginarme a mi madre en el hospital, con la
boca congelada en una mueca de asco y procurando no soltar el tronco resbaladizo de la vida que
se le escapaba; no soltarlo por mí, sin saber que no llegaría por el simple motivo de que no me
había gustado la voz estridente de un anciano ni el olor a pipí de su coche.
Ascendí por una colina bastante empinada y volvió a iluminarme la luna. A mi derecha ya no
había árboles, sino un pequeño cementerio rural. Las lápidas reflejaban la pálida luz. Una de ellas
tenía al lado algo pequeño y negro que me miraba desde el suelo. Me acerqué por curiosidad, y la
cosa negra, al moverse, se convirtió en una marmota. Se escabulló entre la hierba alta, no sin
dirigirme una breve mirada de reproche con sus ojos rojos. De repente me sentí cansadísimo, mejor
dicho, al borde del agotamiento. Hacía cinco horas, desde la llamada de la señora McCurdy, que
funcionaba a base de pura adrenalina, pero se me había acabado el suministro. Eso era lo malo. Lo
bueno era que había superado la inútil e histérica sensación de urgencia, al menos de momento.
Había tomado una decisión, había preferido Ridge Road a la carretera 68 y no tenía sentido
reprochármelo. Se acabó lo que se daba, que decía mi madre. Era lo suyo: ir soltando pequeños
aforismos zen que casi tenían sentido. No sé si éste lo tenía, pero me dio ánimos. Si llegaba al
hospital y la encontraba muerta, no tenía remedio. Sin embargo, según la señora McCurdy, el
médico había dicho que no era muy grave. También había dicho que mamá aún era joven; un poco
gorda, de acuerdo, y para colmo fumadora habitual, pero joven.
Yo, entretanto, estaba muy lejos de allí y de repente no tenía fuerzas. Tenía los pies como
metidos en cemento.
El cementerio estaba rodeado por un murete de piedra con una brecha de donde salían dos
rodadas. Me senté en el murete con los pies en uno de los surcos. Desde ahí se veía un buen trecho
de Ridge Road en ambas direcciones. Cuando viera faros viniendo del oeste (es decir, yendo hacia
Lewiston) podría volver al arcén y enseñar el pulgar. Mientras tanto me quedaría sentado con la
mochila en las rodillas a la espera de que mis piernas recuperaran fuerza.
La hierba desprendía una neblina baja y casi transparente que brillaba. Una brisa naciente
hacia susurrar los árboles que rodeaban el cementerio por tres lados. Detrás del cementerio se oía
ruido de agua, y de vez en cuando una rana. Era un lugar de extraña belleza, de efectos relajantes,
como una estampa de un libro de poesía romántica.
Miré a ambos lados de la carretera. Nada, ni un resplandor en el horizonte. Dejé la mochila
en el suelo, me levanté y entré en el cementerio. La niebla se movía perezosamente alrededor de
mis pies. Las lápidas del fondo eran viejas, y había bastantes caídas. Las de delante eran mucho
más nuevas. Me incliné apoyando las manos en las rodillas para examinar una que estaba rodeada
de flores casi frescas. La luz de la luna facilitaba la lectura del nombre: George Staub. Debajo
figuraban las fechas que enmarcaban el breve período de vida de George Staub: 19 de enero de
1977 y 12 de octubre de 1998. Era la explicación de que las flores aún no se hubiesen marchitado:
el 12 de octubre había sido anteayer, y desde 1998 sólo habían pasado dos años. Los amigos y
parientes de George habían pasado a presentarle sus respetos. Debajo del nombre y la fecha había
algo más, una inscripción corta. Me agaché para leerla ... y retrocedí tropezando, muerto de miedo
y con la súbita conciencia de estar solo en un cementerio a la luz de luna.
La inscripción anunciaba:
SE ACABÓ LO QUE SE DABA.
Mi madre estaba muerta, quizá hubiera muerto en ese mismo minuto y algo me enviaba un
mensaje. Algo con un sentido del humor francamente de mal gusto.
Seguí retrocediendo a paso lento en dirección a la carretera, atento al viento en los árboles, al
agua y las ranas, e imbuido de un miedo repentino a oír algo más, un ruido de tierra removida, de
raíces rotas y de algo no del todo muerto emergiendo, intentando coger a tientas mis zapatillas...
Se me enredaron los pies y me caí, golpeándome el codo con una lápida y casi rozándola con
la nuca. Aterricé en la hierba y vi la luna que
acababa de salir de los árboles. Ahora, en vez de naranja estaba blanca, y brillaba como un
hueso pulido.
La caída no acentuó mi pánico, sino que me despejó la cabeza. No sabía qué había visto,
pero no podía ser lo que creía. Cosas así eran propias del cine de John Carpénter y Wes Craven, no
de la vida real.
«Sí, claro -me susurró una voz en la cabeza-. Ahora sales y podrás seguir creyéndotelo.
Podrás creértelo toda la vida.»
-Y una mierda -dije, levantándome.
Tenía mojado el fondillo de los vaqueros. Me lo separé de la piel. Volver a la lápida que
marcaba el último lugar de descanso de George Staub no fue fácil, pero tampoco tan difícil como
esperaba. El viento siseaba entre los árboles; soplaba cada vez con más fuerza, señal de que
cambiaba el tiempo. Me rodeaba un baile de vagas sombras. El cimbreo de las ramas hacía crujir el
fondo del bosque. Me incliné hacia la lápida y leí:
GEORGE STAUB
19 DE ENERO DE 1977 - 12 DE OCTUBRE DE 1998
SE APAGó CUANDO EMPEZABA
Permanecí inclinado y con las manos encima de las rodillas, sin darme cuenta de lo deprisa
que me latía el corazón hasta que empezó a calmarse. No era nada, una simple coincidencia
inoportuna. Era normal que me hubiera equivocado al leer. Hasta descansado y tranquilo podría
haberlo leído mal, porque ya se sabe que la luz de la luna engaña mucho. Caso cerrado.
Pero no, porque tenía claro qué había leído:
Se acabó lo que se daba.
Mi madre había muerto.
-Y una mierda-repetí, dando media vuelta.
Al hacerlo vi que la niebla que se enroscaba a mis tobillos había empezado a iluminarse. Oí
el murmullo de un motor acercándose. Venía un coche.
Me di prisa en volver al otro lado de la brecha del murete, recogiendo la mochila. Los faros
del coche que se acercaba estaban a media colina.
Saqué el pulgar justo cuando me enfocaban, deslumbrándome un poco. Antes de que
empezara a frenar ya supe que pararía. Es curioso, pero a veces lo sabes. Que se lo pregunten a
cualquiera que haya hecho mucho autostop.
El coche pasó de largo con las luces de freno encendidas y paró bruscamente en el arcén,
cerca del final del murete de piedra que separaba el cementerio de Ridge Road. Corrí con la
mochila rebotándome en la rodilla. Era un Mustang, uno de esos tan elegantes de finales de los
sesenta y principios de los setenta. El motor hacía tanto ruido que quizá el silenciador no pasara la
siguiente inspección técnica. Pero no era problema mío.
Abrí la puerta y subí. Al ponerme la mochila entre los pies noté un olor que me sonaba de
algo, un poco molesto.
-Gracias -dije-. Muchas gracias.
El chico que iba al volante llevaba vaqueros desteñidos y una camiseta negra con las mangas
cortadas. Estaba bronceado y era muy musculoso, con una línea azul tatuada alrededor del bíceps
derecho. Llevaba una gorra al revés. Junto al cuello de la camiseta había un pin, pero no distinguí
qué ponía.
-De nada, hombre -dijo él-. ¿Vas a la ciudad?
-Sí -contesté.
En aquella parte del mundo, decir «la ciudad» era decir Lewiston, la única población un poco
grande al norte de Portland. Al cerrar la puerta vi que del retrovisor colgaba un ambientador de
fragancia de pino. Era lo que olía. En cuestión de olores no era mi noche: primero a meado, y
ahora a pino artificial. En fin, al menos me había recogido alguien. Debería haberme sentido
aliviado. Y cuando el del Mustang pisó el acelerador y volvió a Ridge Road, haciendo rugir el
motor de su reliquia, intenté convencerme de que en efecto me sentía aliviado.
-¿A qué vas a la ciudad? -preguntó el conductor.
Tenía más o menos mi edad. Debía de ser un chico de Lewiston que estudiaba en el instituto
técnico de Auburn, a menos que trabajara en alguna de las escasas fábricas textiles que quedaban
en la zona. Seguro que el Mustang se lo había arreglado en las horas muertas, porque era lo típico
de los de la ciudad: beber cerveza, fumar un poco de maría y arreglar el coche. O la moto.
-Se casa mi hermano y soy el padrino -mentí espontáneamente. Por alguna razón preferí que
no se enterara de lo de mi madre. Pasaba algo raro. No sabía qué, ni si tenía sentido pensarlo, pero
estaba seguro-. Mañana ensayamos la boda. Y por la noche es la despedida de soltero.
-¿Sí? ¿En serio?
Me miró con los ojos muy abiertos, volviendo hacia mí una cara agraciada, de labios
carnosos que sonreían un poco y mirada incrédula.
-Sí -confirmé. .
Tenía miedo. De repente, porque sí, volvía a tener miedo. Pasaba algo raro, quizá desde que
me había animado el viejo del Dodge a pedirle un deseo a una luna infectada en vez de a una
estrella. O desde el momento en que cogí el teléfono y oí decir a la señora McCurdy que tenía
malas noticias.
-Ah, pues muy bien -dijo el chico de la gorra al revés-. Un hermano que se casa. ¡Muy bien,
hombre! ¿Cómo te llamas?
Sentí auténtico pavor. Todo era raro, absolutamente todo, sin saber yo por qué ni cómo había
ocurrido tan deprisa. Algo, sin embargo, sí sabía: que tenía tan pocas ganas de que supiera mi
nombre el del Mustang como de contarle lo que haría en Lewiston. Y eso que a Lewiston no
llegaría. De repente estuve seguro de que no volvería a ver Lewiston. Fue como adivinar que
pararía el coche. Y luego el olor. Sobre el olor también estaba seguro de algo. No procedía del
ambientador, sino de... debajo.
-Hector -dije, dando el nombre de mi compañero de piso-. Hector Passmore.
Mi boca seca lo pronunció con fluidez y calma. Mejor. Dentro de mí, algo insistía en que no
dejara traslucir mi sensación de que pasaba algo raro. Era mi única oportunidad.
Él se giró un poco hacia mí, y tuve ocasión de leer el pin: HE MONTADO EN LA BALA
DE THRILL VILLAGE, LACONIA. Lo conocía. Era un parque de atracciones. Hasta había estado
una vez.
También me fijé en una línea gruesa de color negro que le rodeaba el cuello, igual que el
tatuaje del brazo, con la diferencia de que la raya del cuello no era ningún tatuaje. Estaba cruzada
por varias decenas de pequeñas marcas verticales. Eran los puntos que le habían dejado al volverle
a coser la cabeza.
-Encantado, Hector-dijo-. Yo me llamo George Staub.
Tuve la sensación de que la mano me flotaba, como en un sueño. Recé porque lo fuera, pero
no: tenía toda la nitidez de la realidad. El olor de encima era pino. El de debajo correspondía a
algún producto químico, seguramente formol. Iba en coche con un muerto.
El Mustang se comía Ridge Road a cien por hora, persiguiendo sus luces largas bajo el
fulgor de una luna lustrosa como un pin. Los árboles a ambos lados de la carretera se
contorsionaban al viento. George Staub me sonrió con ojos vacíos, me soltó la mano y volvió a
concentrarse en la carretera. Yo había leído Drácula en el instituto, y me acordé de una frase que
sonó en mi cabeza como una campana rota: «Los muertos conducen deprisa.»
Hay que evitar que sepa que lo sé. La frase fue otra campanada. No era mucho, pero sí lo
único que tenía. Hay que evitarlo. Hay que evitarlo. Pensé dónde estaría aquel viejo. ¿En casa de
su hermano, tranquilamente? ¿O era uno de ellos? ¿Nos seguía a pocos metros con su viejo Dodge,
encogido al volante y estirándose el braguero? ¿También estaba muerto? Probablemente no. Según
Bram Stoker los muertos conducen deprisa, pero el viejo no había pasado de setenta por hora.
Sentí en la garganta el hervor de una risa demente, y la contuve. Si me oía reír lo sabría. Y había
que evitar que lo supiera, porque era mi única esperanza.
-Las bodas son lo mejor que hay -dijo él.
-Sí -contesté-. Tendría que hacerlo todo el mundo al menos dos veces.
Mis manos estaban una encima de la otra, muy apretadas. Noté las uñas de una hincándose
en los nudillos de la otra, pero era una sensación lejana, noticias de otro país. Lo esencial era evitar
que él se enterara. Estábamos rodeados de bosque, y la única fuente de luz era el óseo resplandor
de una luna sin corazón. No podía permitir que supiese que yo sabía que estaba muerto. Porque no
era un simple e inofensivo fantasma, no. Los fantasmas sólo se ven, pero para recoger a alguien en
la carretera hay que ser otra cosa. ¿De qué clase de ser se trataba? ¿Un zombi? ¿Un demonio? ¿Un
vampiro? ¿Ninguna de las tres cosas?
George Staub rió.
-¡Dos veces! ¡Toda mi familia, vamos!
-Y la mía -dije. Mi voz sonó tranquila, como la de un simple autostopista de charla con el
conductor para retribuirle el favor-. La verdad es que los entierros son lo mejor que hay.
-Las bodas -me corrigió él.
A la luz del salpicadero, su cara era como de cera, como la de un cadáver antes de la
sesiónde maquillaje. Lo más horrible era la gorra al revés. Era una invitación a preguntarse cuánto
quedaba debajo. Yo había leído que en la funeraria sierran la parte de arriba del cráneo, extraen el
cerebro y rellenan el hueco con una especie de algodón con tratamiento químico. Quizá para evitar
que la cara se hunda.
-Las bodas -dije con labios insensibles, y hasta me reí un poco; una risita breve y águda-.
Quería decir bodas.
-Siempre se dice lo que se quiere decir -contestó el conductor sin perder la sonrisa.
Lo mismo que pensaba Freud, según mis lecturas de la asignatura de psicología. Dudé que el
del Mustang supiera mucho de Freud. Los expertos en Freud no llevan camisetas sin mangas, ni
gorras al revés. Pero le bastaba con lo que sabía. Yo había dicho entierro. ¡Cielo santo, había dicho
entierro! Entonces me di cuenta de que jugaba conmigo. Yo quería ocultarle que sabía que estaba
muerto. Él quería ocultarme que sabía que yo sabía que estaba muerto. Por lo tanto, había que
ocultarle que yo sabía que él sabía que...
El mundo empezó a oscilar ante mis ojos. Enseguida se pondría a girar, a girar cada vez más
deprisa, y lo perdería. Cerré los ojos. En la retina se me había grabado la forma de la luna, que se
volvía verde.
-¿Te encuentras mal? -preguntó él. Su tono de preocupación era espeluznante.
-No -contesté abriendo los ojos.
Todo había recuperado su estabilidad. El dolor que sentía en el dorso de la mano, donde se
me hincaban las uñas, era intenso y real. Como el olor. No sólo a ambientador de pino, ni a algo
químico. También olía a tierra.
-¿Seguro? -insistió él.
-Es que estoy un poco cansado. Llevo muchas horas de autostop, y a veces me marea tanto
coche. -De repente tuve una inspiración-. Oye, ¿sabes qué? Que mejor me bajo. Con un poco de
aire fresco se me pasará el mareo. Pasará otro coche y...
-Sería incapaz -dijo él-. ¿Dejarte ahí fuera? Ni hablar. El próximo coche podría tardar una
hora, y no es seguro que parase. Tengo que cuidarte. ¿Cómo dice la canción? «Llévame a tiempo a
la iglesia», ¿no? Nada, que no te dejo bajar. Abre un poco la ventanilla. Ya sé que aquí dentro no
huele precisamente a rosas; colgué el ambientador, pero estos trastos no chutan. Claro que hay
olores que cuestan más de quitar.
Quise coger la manivela de la ventanilla y darle una vuelta para que entrase aire fresco, pero
los músculos del brazo estaban inertes. No tuve más remedio que quedarme en la misma postura,
con las manos juntas y clavándome las uñas. Una parte de los músculos se negaba a funcionar, y
otra a detenerse. Qué ironía.
-Es como lo del nene que se compra un Cadillac casi nuevo por setecientos cincuenta dólares
-dijo él-. Lo sabes, ¿no?
-Sí -dije con los labios entumecidos. No conocía el chiste, pero tenía clarísimo que de aquel
individuo no quería escuchar ningún chiste-. Es muy conocido.
La carretera, delante, daba saltos como en las viejas películas en blanco y negro.
-¡Joder si es conocido! Resulta que buscaba un coche y ve un Cadillac casi nuevo en un
jardín.
-Te digo que ya...
-Yen la ventanilla hay un letrero que pone: «En venta. De particular a particular.»
Llevaba un cigarrillo encajado en la oreja. Lo cogió, y con el movimiento se levantó un poco
la camiseta. Vi otra raya negra con marcas. Luego se inclinó hacia el tablero de mandos para
apretar el encendedor, y la camiseta volvió a su sitio.
-Sabe que no tiene para un Cadillac, que no le llega ni de lejos, pero tiene curiosidad, ¿vale?
Total, que va a ver al de la casa y le dice: «¿Cuánto cuesta un coche así?» Entonces va el dueño,
cierra la manguera que tiene en la mano (porque estaba lavando el coche, ¿vale?) y dice: «Mira,
chaval, hoy es tu día de suerte. Setecientos cincuenta dólares y te lo llevas.»
El encendedor saltó. Staub lo extrajo y presionó la espiral contra la punta del cigarrillo.
Luego dio una calada, y vi que le salían hilillos de humo entre los puntos que cerraban la incisión
del cuello.
-El nene mira por la ventanilla y ve que el cuentakilómetros sólo marca diecisiete mil.
Entonces le dice al de la manguera: «Muy gracioso. Como una mosquitera en un submarino.» El
dueño contesta: «Oye, que no es broma; saca el dinero y te lo quedas. ¡Coño, si quieres hasta te
acepto un cheque, porque te veo cara de honrado!» Y dice el nene...
Miré por la ventanilla. La verdad es que conocía el chiste de haberlo oído años antes,
seguramente en el instituto. En la versión que me habían contado el coche era un Thunderbird,
pero el resto era igual. El chico dice: «Que sólo tenga diecisiete años no quiere decir que sea
idiota. Un coche así no lo vende nadie por setecientos cincuenta billetes, y menos con tan poco
kilometraje.» Entonces el dueño le dice que lo hace porque el coche huele mal y el olor no se
puede quitar; lo ha intentado de todas las maneras, en vano. Resulta que estaba de viaje de
negocios y estuvo fuera muchos días, al menos...
-... un par de semanas -dijo el conductor. Sonreía como cuando cuentas un chiste para
partirse de risa-. Y que al volver encontró el coche en el garaje con su mujer dentro. Llevaba
muerta casi tanto tiempo como él de viaje. No supo si se había suicidado o le había dado un
infarto, pero estaba toda hinchada, y el coche apestaba. Por eso tenía tantas ganas de venderlo. -Se
rió-. Qué puntazo, ¿no?
-¿Y él no había llamado a casa? -Era mi boca hablando sola. Mi cerebro estaba paralizado-.
¿Se marcha dos semanas de viaje de negocios y no llama ni una vez para ver cómo está su mujer?
-La cuestión no es ésa. La cuestión es que es una ganga. ¿Quién se resistiría? A las malas
siempre se puede conducir con la ventanilla abierta, ¿no? Además, es una historia. Ficción. La he
recordado por la peste que hay en este coche, que es un hecho real.
Silencio. Y pensé: Ahora espera que yo diga algo, que corte con esto. Ganas tenía, pero... ¿y
luego? ¿Qué haría él?
Se frotó con el pulgar el pin de la camiseta, donde ponía YO HE MONTADO EN LA BALA
DE THRILL VILLAGE, LACONIA. Tenía las uñas sucias de tierra.
-Es de donde vengo -dijo-. De Thrill Village. Trabajé para un tío y me dio un pase para todo
el día. Iba a venir mi novia, pero llamó diciendo que estaba enferma; a veces la regla le duele
mucho y tiene unos mareos de la hostia. Lástima, pero es lo que pienso siempre: ¿Qué alternativa
hay? ¿Que no le venga la regla? Malo para los dos. -Soltó una especie de carcajada, más parecida a
un ladrido-. Total, que fui solo. No tenía sentido dejar el pase sin usar. ¿Tú has estado en Thrill
Village?
-Sí -contesté-. Una vez, a los doce años.
-¿Y con quién ibas? -preguntó-. ¡Porque supongo que no irías solo! Teniendo doce años...
Eso no se lo había dicho, ¿verdad? No. Estaba jugando al gato y el ratón. Tuve la idea de
abrir la puerta, lanzarme a la oscuridad y protegerme la cabeza con los brazos, pero sabía que él
me retendría. Además no podía levantar los brazos. Como, máximo podía seguir presionando las
manos.
-No -dije-.Fui con mi padre. Me llevó él. -¿Subiste a la Bala? ¡Qué cabrona! Yo cuatro
veces. ¡joder! ¡Te quedas cabeza abajo! -Me miró y profirió otra risa inexpresiva y perruna. En los
ojos se le reflejaba la luz de la luna, convirtiéndolos en círculos blancos, ojos de estatua. Y
comprendí que estaba algo más que muerto: estaba loco-. ¿Subiste o no, Alan?
Pensé decirle que se equivocaba de nombre, que me llamaba Hector, pero ¿de qué servía? Ya
se acercaba el final.
-Sí -susurré. Fuera estaba todo negro menos la luna. Pasaban las árboles, contorsionándose
como si bailaran. Debajo de nosotros se deslizaba la carretera a gran velocidad. El indicador de
velocidad marcaba ciento treinta. Ya estábamos montados en la bala. Los muertos conducen
deprisa-. Sí, la Bala. Sí que subimos.
-Mentira -dijo él. Dio una calada al cigarrillo, y volví a ver los hilillos de humo saliendo por
la incisión cosida del cuello-. Tú no subiste. Y menos con tu padre. Te pusiste en la cola, pero ibas
con tu madre. Había mucha cola, porque en la Bala siempre hay un montón de gente esperando, y
ella no quiso quedarse a pleno sol. Entonces ya estaba gorda y le molestaba el calor. Tú la
agobiaste todo el día: venga a agobiarla, venga a agobiarla. Y luego fíjate qué risa: al llegar al
principio de la cola te rajaste. ¿A que sí?
No respondí. Tenía la lengua pegada al paladar.
Él movió la mano, de piel amarillenta y uñas sucias a la luz del salpicadero del Mustang, y
me cogió las mías. Con el contacto se quedaron sin fuerza y se separaron como cuando un nudo se
deshace por arte de magia al tocarlo la varita del prestidigitador. Tenía la piel fría y como de
serpiente.
-¿A que sí?
-Sí -musité-. Al acercarnos y ver lo alto que era... y que arriba, donde daba la vuelta, gritaban
todos... me rajé. Ella me dio una bofetada y no me dirigió la palabra hasta llegar a casa. No subí a
la Bala.
Al menos hasta ahora.
-Pues deberías, oye, porque es lo mejor. Es donde hay que subir. El resto no vale nada, al
menos en Thrill Village. Volviendo a casa paré a comprar unas cervezas en la tienda que hay en la
frontera del estado. Pensaba pasar por casa de mi novia y darle un pin de broma. -Se dio unos
golpecitos en el pin de la camiseta, bajó la ventanilla y arrojó el cigarrillo al viento de la noche-.
Pero ya debes de saber qué pasó.
Naturalmente que lo sabía. ¡Como si no fuera el típico cuento de fantasmas! Tuvo un
accidente con el Mustang, y la policía, al llegar, encontró el coche destrozado y a él muerto dentro:
el cuerpo contra el volante y la cabeza en el asiento trasero, con la gorra al revés y los ojos vacíos
mirando el techo fijamente. Desde entonces, cuando hay luna llena y sopla viento (¡uuuuu! ),
aparece en Ridge Road. Volvemos enseguida, después de un breve mensaje de nuestro
patrocinador. Ahora sé algo más que antes: que las peores historias son las que se han oído toda la
vida. Son las verdaderas pesadillas.
-Los entierros son lo mejor que hay -dijo, y rió-. Es lo que has dicho, ¿no? Ha sido una
metedura de pata, Al. Está clarísimo. La has metido hasta el fondo.
-Déjame salir -susurré-. Por favor.
-Hombre, eso habría que hablarlo -dijo volviéndose hacia mí-. ¿Sabes quién soy, Alan?
-Un fantasma -dije.
Hizo un ruido impaciente por la nariz, y las comisuras de los labios le apuntaron hacia abajo
a la luz del cuentakilómentros.
-¡Venga, tío, que tan corto no eres! Fantasma es el puto Casper. ¿Yo floto? ¿Ves que sea
transparente?
Levantó una mano y la abrió y cerró ante mí. Oí el crujido seco y sin lubricar de sus
tendones. Entonces intenté decir algo, no recuerdo qué, pero no tiene importancia porque no me
salió nada.
-Soy una especie de mensajero -dijo Staub-. Como de Seur, pero salido de la puta tumba. ¿Te
gusta? La verdad es que salimos bastante a menudo, cuando se dan las circunstancias adecuadas.
¿Sabes qué pienso? Que el que manda, Dios o lo que sea, debe de tener ganas de juerga. Siempre
quiere comprobar si te quedas con lo que tienes o si puede convencerte para que optes por lo de
detrás de la cortina. Aunque tiene que coincidir todo. Como esta noche. Tú solo... con tu mamá
enferma... intentando que te lleve alguien...
-¿Verdad que si me hubiera quedado con el viejo no habría pasado nada? -dije.
Ahora el olor de Staub ya no tenía secretos: era la suma del olor punzante a productos
químicos y la peste de carne en descomposición. Me extrañó no haberlo comprendido desde el
principio, haberlo confundido con otra cosa.
-No sé qué decirte -repuso Staub-. Puede que el viejo que dices también estuviera muerto.
Pensé en la voz estridente del anciano, como de cristales rotos, y en el chasquido de su
braguero. No, no estaba muerto, y yo había cambiado el olor a pipí de su viejo Dodge por algo
mucho peor.
-Pero bueno, no tenemos tiempo de comentarlo. Dentro de ocho kilómetros volveremos a ver
casas. Tres más y estaremos en el municipio de Lewiston. O sea que tienes que decidir ahora.
-¿Decidir qué? -Aunque creía saberlo.
-Quién sube a la Bala y quién se queda abajo, tú o tu madre. -Me miró con sus ojos de
ahogado, ojos llenos de luna. Como sonreía más que antes, vi que le faltaban casi todos los dientes
a causa del accidente. Dio unos golpecitos en el volante-. Me llevo a uno de los dos, y ya que estás
aquí eliges tú. ¿Qué contestas?
En mis labios estuvo a punto de formarse «no lo dices en serio», pero ¿qué sentido tenía esa
afirmación? Pues claro que lo decía en serio. Con una seriedad mortal.
Pensé en todos los años que mi madre y yo habíamos pasado juntos, Alan y Jean Parker
contra el mundo. Ratos buenos, muchísimos, y malos, malos de verdad, también bastantes. Parches
en los pantalones y cenas a base de caldo. Casi todos los otros niños tenían veinticinco centavos
semanales para comer caliente; a mí siempre me daban un bocadillo de mantequilla de cacahuete o
un poco de mortadela con pan del día anterior, como en el proverbial cuento del niño pobre que
acaba haciéndose millonario. Y ella venga a trabajar en no sé cuántos restaurantes y bares para que
tuviéramos para vivir. Aquella vez que pidió un día libre para hablar con el de la seguridad social,
ella con su mejor conjunto de chaqueta y pantalón, y él en la mecedora de la cocina, trajeado, con
un traje que hasta un niño de nueve años, que era los que tenía yo, veía que era mucho mejor que el
de ella, con una carpeta en las rodillas y bolígrafo en mano. Ella contestando a las preguntas
insultantes y violentas que le hacía el hombre, pero sin perder la sonrisa forzada y hasta
ofreciéndole más café porque dependía del informe el que le dieran-cincuenta dólares más al mes,
cincuenta míserables billetes. En la cama y llorando después de marcharse él. Luego, conmigo
sentado en su regazo, intentando sonreír y diciendo que los asistentes sociales eran todos unos
cabrones; y riéndonos los dos, porque habíamos descubierto que más valía reírse. Cuando estás
solo en el mundo con una madre gorda y fumadora compulsiva, la única manera de no volverte
loco o de no dar puñetazos en las paredes suele ser la risa. Y no sólo por eso, sino por otras
razones; porque para la gente como nosotros, los de abajo, los que pasaban corriendo por el mundo
como los ratones de los dibujos animados, había veces en que reírse de los hijos de puta era la
única venganza posible. Ella aceptando cualquier trabajo, haciendo horas extras, vendándose los
tobillos cuando se le hinchaban, apartando las propinas en un jarrón donde ponía «Fondo para la
universidad de Alan» (sí, ja, ja, como en el proverbial cuento de niño pobre que acaba haciéndose
millonario) y repitiéndome mil veces que trabajase mucho, que otros niños quizá pudieran hacer el
vago en el cole, pero que yo no podía porque ni guardando propinas hasta el día del juicio Final
habría bastante, que no esperara ir a la facultad como no fuera tirando de becas y préstamos, y
tenía que ir, no tenía más remedio que ir, porque era la única salida para mí... y para ella. Pues eso,
que trabajé mucho, como una mula, porque ciego no era: veía lo gruesa que estaba, lo mucho que
fumaba (era su único placer privado... su único vicio, para el que tenga esa manera de ver las
cosas), y era consciente de que llegaría el día en que se volverían las tornas y sería yo el que
tuviera que cuidarla. Quizá me lo permitiera la formación académica y un trabajo como Dios
manda. Quería ambas cosas; las quería porque la quería a ella. Era una mujer irritable y
malhablada (el día en que hicimos cola y no quise subir a la Bala no fue la única vez en que me
gritó y me pegó una bofetada), pero a pesar de ello la quería. En parte hasta por ello. Cuando me
pegaba, la quería tanto como cuando me daba un beso. ¿Se entiende? No, yo tampoco. Pero no
pasa nada. Dudo que puedan resumirse las vidas, ni explicarse las familias, y ella y yo éramos una
familia, la más pequeña que hay: una familia de dos, un secreto entre dos. Si me lo hubieran
preguntado, habría dicho que por ella estaba dispuesto a todo. Que era exactamente lo que me
estaban pidiendo. Me pedían morir por ella, morir en su lugar, aunque ella ya hubiera vivido la
mitad de su vida, y probablemente mucho más. Yo acababa de empezar la mía.
-¿Qué, Al? ¿Qué dices? -preguntó George Staub-. Se acaba el tiempo.
-No puedo tomar una decisión así -contesté con voz ronca. La luna navegaba encima de la
carretera, veloz y brillante-. No es justo pedírmelo.
-Ya lo sé. Es lo que dicen todos. -Bajó la voz-. Pero tengo que advertirte una cosa: si
llegamos a las primeras casas y no has decidido nada, tendré que llevarme a los dos. -Frunció el
entrecejo, pero enseguida recuperó el buen humor, como dándose cuenta de que no era todo tan
malo-. Si os cojo a los dos podríais hacer juntos el camino en el asiento de atrás, y hablar del
pasado...
-¿El camino? ¿Adónde?
No contestó. Quizá no lo supiera.
Pasaban los árboles, borrosos como tinta negra. Corrían los faros y pasaba el asfalto. Yo
tenía veintiún años. No era virgen, pero sólo me había acostado una vez con una chica, y como
estaba borracho casi no me había enterado de nada. Me `, apetecía ir a mil sitios (Los Ángeles,
Tahití...), hacer mil cosas. Mi madre tenía cuarenta y ocho años. ¡Eran muchos, joder! Había sido
una buena madre, me había cuidado y había trabajado como una burra, pero ¿acaso su vida la había
elegido yo? ¿Yo había pedido nacer? ¿Le había exigi. do que viviera sólo para mí? Tenía cuarenta
y ocho años. Yo veintiuno. Tenía toda la vida por delante, que se dice. De acuerdo, pero ¿era la
manera de juzgarlo? ¿Cómo se tomaba una decisión así? ¿Podía tomarse?
Bosque pasando a toda velocidad. La luna arriba, como un ojo luminoso y mortal.
-Te aconsejo que te des prisa -dijo George Staub-. Se acaba el campo.
Abrí la boca y quise decir algo, pero sólo me salió un suspiro reseco.
-Esto te irá bien -dijo él, buscando algo detrás.
Volvió a subírsele la camiseta, y yo a entrever algo que podía haberme ahorrado
perfectamente: la línea negra de puntos en la barriga. ¿Dentro quedaban intestinos o sólo relleno
empapado de productos químicos? Reapareció su mano con una lata de cerveza. Debía de ser de
las que había comprado en la tienda fronteriza durante su último viaje en coche.
-Ya me lo conozco -dijo-. Con la tensión se te seca la boca. Toma.
Yo cogí la lata, tiré de la anilla y bebí un largo sorbo. Dejaba un sabor frío y amargo en la
garganta. Desde entonces no he vuelto a beber ni una gota de cerveza. No puedo. Me cuesta hasta
verla anunciada por la tele.
Delante del coche, en la oscuridad donde soplaba el viento, brilló una luz amarilla.
-Deprisa, Al, que esto hay que acelerarlo. Es la primera casa, encima de esta colina. Si
quieres decirme algo, que sea ya.
La luz desapareció y reapareció con algunas más. Eran ventanas. Detrás había gente normal
haciendo cosas normales: ver la tele, dar comida al gato o pelársela en el cuarto de baño, por qué
no.
Nos vi en la cola de Thrill Village. Vi a Jean y Alan Parker: una mujer gorda con un vestido
de tirantes y manchas oscuras de sudor en las axilas, y al lado su hijo pequeño. Staub tenía razón:
ella no quería hacer cola. Pero yo me había puesto pesadísimo. También era verdad. Entonces me
había dado una bofetada. Sí, pero había hecho cola conmigo. juntos habíamos hecho muchas colas.
Podía repasarlo todo otra vez, volver a contrastar los argumentos a favor y en contra, pero no había
tiempo.
-Llévatela a ella -dije, viendo correr hacia el Mustang las luces de la primera casa. Mi voz
sonó ronca, brusca, estridente-. Llévate a mi madre, no a mí.
Tiré al suelo la lata de cerveza y me cubrí la cara con las manos. Entonces él me tocó, me
tocó la camisa por delante, se entretuvo toqueteando y, como en un fogonazo, entendí que había
sido una prueba. No la había pasado, y ahora Staub me arrancaría el corazón directamente del
pecho, como un djinn maligno en un cuento cruel árabe. Luego apartó los dedos (como
renunciando en el último momento), y su mano pasó de largo. Por un momento se me llenaron de
tal modo la nariz y los pulmones de olor a muerto que estuve seguro de estarlo yo. Entonces se oyó
el clic de la puerta al abrirse y entró un chorro de aire fresco que barrió la peste a cadáver.
-Felices sueños, Al -me gruñó al oído antes de empujarme fuera.
Salí disparado a la noche de octubre, caí cerrando los ojos, levantando las manos y tensando
el cuerpo contra un impacto que me rompería los huesos. Quizá grité, pero no me acuerdo bien.
No se produjo ningún impacto, y después de una eternidad me di cuenta de que ya estaba en
el suelo. Lo sentí debajo. Entonces abrí los ojos, pero volví a cerrarlos enseguida con todas mis
fuerzas. El brillo de la luna era cegador. Me produjo una punzada de dolor en todo el cerebro, sin
quedarse detrás de los ojos, que es donde suele doler después de haber mirado una luz intensa, sino
yendo hasta el fondo, justo encima de la nuca. Noté que tenía fríos y mojados las piernas y el culo,
pero me dio igual. Estaba en el suelo. Lo demás me era indiferente.
Me incorporé con los codos y volví a abrir los ojos, con cautela. Creo que ya sabía dónde
estaba, y bastó una simple mirada en derredor para confirmarlo: en el cementerio rural de la colina
de Ridge Road. Ahora tenía la luna prácticamente a pico, con un fulgor intenso pero un tamaño
mucho menor que hacía un rato. La niebla se había hecho más densa y cubría el cementerio como
una manta. La atravesaban algunas lápidas como islas de piedra. Intenté levantarme y se me repitió
la punzada detrás de la cabeza. A1 palparme noté un bulto y algo pegajoso. Me miré la mano. A la
luz de la luna, la sangre que me manchaba la palma parecía negra.
Al segundo intento logré ponerme en pie y me quedé vacilando entre las lápidas, con la
niebla hasta la rodilla. Luego di media vuelta, vi la brecha del muro y detrás Ridge Road. No vi mi
mochila, oculta por la niebla, pero sabía que estaba allí. La encontraría saliendo a la carretera por
la rodada izquierda. ¡Seguro que tropezaba, para más inri!
Conque ahí estaba mi historia, bien envuelta y con un lacito: había parado a descansar en una
colina, había entrado en el cementerio para echar un vistazo y, al apartarme de la tumba de George
Staub, había tropezado de la manera más tonta, cayéndome y dándome con la cabeza contra una
lápida. ¿Cuánto había durado mi inconsciencia? No dominaba la técnica de leer la hora exacta por
la posición de la luna, pero menos de una hora no podía haber pasado. Suficiente para haber
soñado que iba en coche con un muerto. ¿Cuál? ¡Cuál iba a ser! George Staub, el nombre que
había leído en la lápida justo antes de quedarme grogui. El típico final, ¿no? «¡Qué pesadilla he
tenido!» ¿Y si llegaba a Lewiston y encontraba muerta a mi madre? Pues nada, lo achacaría a una
simple corazonada nocturna. Se trataba de la típica anécdota para contar años después al final de
una fiesta. La gente asentiría pensativamente, poniéndose muy seria, y algún atontado con coderas
en la americana diría que en el cielo y en la tierra hay cosas que nuestra filosofía no puede
explicar. Luego...
-Luego nada -grazné. La parte superior de la niebla se movía a gran velocidad, como en
un espejo empañado-. Esto no se lo cuento a nadie. Qué va. Ni cuando me esté muriendo.
No obstante, si de algo estaba seguro era de que había ocurrido todo tal como lo recordaba.
George Staub me había recogido con su Mustang, con la cabeza cosida al cuello y exigiéndome
una elección. Y yo había elegido; viendo llegar las luces de la primera casa, había cambiado mi
vida por la de mi madre casi sin dudar. Lo comprensible del acto no atenuaba mi sensación de
culpa. Suerte que nadie se enteraría. Parecería una muerte natural (¡qué coño!, lo sería), y yo no
pensaba desmentirlo.
Salí del cementerio por la rodada izquierda, y al chocar con el pie en la mochila la recogí y
volví a ponérmela a la espalda. Justo entonces aparecieron unos faros al pie de la colina, como
siguiendo un guión. Yo levanté el pulgar con la extraña seguridad de que era el viejo del Dodge.
Sí, seguro que volvía a buscarme. Era el toque final que requería la historia para redondearse del
todo.
Pero no era el viejo, sino un granjero mascando tabaco en una camioneta Ford cargada con
cestas de manzanas; alguien perfectamente normal, ni viejo ni muerto.
-¿Adónde vas? -preguntó, y al saberlo dijo-: Pues nos va bien a los dos.
Menos de cuarenta minutos después, a las nueve y veinte, frenó delante del hospital.
-Buena suerte. Espero que tu madre se recupere.
-Gracias -dije abriendo la puerta.
-Se nota que has estado nervioso, pero seguro que está bien. Una cosa: eso mejor que te lo
desinfectes.
Señaló mis manos. Las miré y vi varios arcos profundos y morados en cada dorso. Entonces
me acordé del dolor de clavarme las uñas sin poder evitarlo. Y me acordé de los ojos de Staub
reflejando la luna como agua luminosa. «¿Subiste a la Bala? -me había preguntado-. ¡Qué cabrona!
Yo cuatro veces.»
-Oye -dijo el conductor de la camioneta-, ¿te encuentras bien?
-¿Qué?
-Es que tiemblas.
-Estoy bien -dije-. Gracias otra vez.
Cerré la puerta del vehículo y enfilé el camino de entrada, ancho y con una hilera de sillas de
ruedas que reflejaban la luz de la luna.
Me dirigí al mostrador de información recordándome que debía poner cara de sorpresa al
enterarme de que mi madre había muerto. Si no me veían sorprenderme les parecería raro... o lo
atribuirían al shock... o a que no nos llevábamos bien... o...
Tan enfrascado estaba en aquellos pensamientos que al principio no entendí las palabras de
la mujer de detrás del mostrador, y tuve que pedirle que las repitiera.
-He dicho que está en la 487, pero aún no puedes subir. Las visitas son a partir de las nueve.
-Pero...
De repente se me iba la cabeza, y me cogí al borde del mostrador. El vestíbulo tenía
fluorescentes. Con una luz tan fuerte y homogénea se me veían mucho los cortes de las manos:
ocho arquitos morados justo encima de los nudillos, como ocho sonrisas. Tenía razón el de la
camioneta: había que desinfectarlos.
La mujer del mostrador me miró pacientemente. La tarjeta que llevaba la identificaba como
Yvonne Ederle.
-Pero... ¿está bien?
Miró el ordenador.
-Aquí sale una S, que quiere decir satisfactorio. Además, la cuarta planta es para casos
normales. Si tu madre hubiera empeorado la habrían llevado a la UCI, que está en la tercera.
Seguro que mañana la encontrarás muy bien. Las visitas son a partir de...
-Es mi madre -dije-. Vine en autostop de la Universidad de Maine sólo para verla. ¿No
puedo subir, al menos unos minutos?
-A veces se hicen excepciones para los parientes más cercanos -dijo ella sonriéndome-. Veré
si puedo arreglarlo.
Cogió el teléfono y pulsó unos botones. Debía de llamar a la enfermera del cuarto piso. Vi
los siguientes dos minutos como si poseyera el don de la clarividencia. La de información,
Yvonne, preguntaría si podía subir el hijo de Jean Parker, la de la 487 (sólo para darle un beso y
ánimos a su madre). Entonces la enfermera diría: «¡Ay, Dios mío! Es que la señora Parker ha
fallecido hace un cuarto de hora; acabamos de enviarla al depósito y no hemos podido actualizar el
ordenador. ¡Qué horror! »
La mujer del mostrador dijo:
-¿Muriel? Soy Yvonne. Aquí abajo hay un chico que se llama... -Me miró arqueando las
cejas, y le di mi nombre-. Alan Parker. Es el hijo de Jean Parker, la de la 487. Pregunta si puede...
-se interrumpió y escuchó. Seguro que la enfermera del cuarto piso le decía que Jean Parker había
muerto-. Vale -dijo Yvonne-. Muy bien. -Se quedó mirando al vacío; luego sujetó el auricular con
el hombro y me dijo-Ha mandado a Anne Corrigan a ver cómo está. No tardará nada.
-Es interminable.
Yvonne frunció el entrecejo.
-¿Cómo?
-Nada -dije yo-. Es que se me ha hecho muy larga la noche y...
-... y tienes miedo por tu madre. Normal. Me parece que eres muy buen hijo. Dejarlo todo y
venir corriendo así...
Intuí que el conocimiento de mi conversación con el joven conductor del Mustang habría
cambiado drásticamente la opinión de Yvonne Ederle sobre mí, pero claro, no lo sabía. Era un
secretito que compartíamos George y yo.
Expuesto a la luz de los fluorescentes, aguardando el regreso de la enfermera del cuarto piso,
tuve la impresión de que pasaban varias horas. Yvonne tenía delante unos papeles. Repasó uno con
el bolígrafo, poniendo marcas concisas al lado de algunos nombres, y se me ocurrió que si de veras
existía un Ángel de la Muerte debía de ser como aquella mujer, una funcionaria con ordenador y
demasiado papeleo. Yvonne seguía sujetando el auricular entre la oreja y el hombro. El altavoz
solicitó la presencia del doctor Farquahr en radiología. «Doctor Farquahr», repitió. Mientras tanto,
en la cuarta planta, la enfermera Anne Corrigan estaría mirando a mi madre, a quien habría
encontrado muerta en la cama con los ojos abiertos. Estaría aflojándose la horrorosa mueca de su
boca, impresa por el derrame.
Yvonne escuchó por el auricular y enderezó un poco el torso. Después dijo:
-Ya. Muy bien. Tranquila. Sí, mujer. Gracias, Muriel. -Colgó y me miró solemnemente-.
Dice Muriel que subas, pero que sólo puedes visitarla cinco minutos. Tu madre ya se ha medicado
para la noche y está un poco atontada.
Me quedé mirándola, boquiabierto. A ella se le borró la sonrisa.
-¿Seguro que te encuentras bien?
-Sí -dije-. Es que pensaba...
Recuperó la sonrisa, esta vez de comprensión.
-Lo piensa mucha gente -dijo-. Es normal. De repente te llaman, sales disparado... Es normal
pensar lo peor, pero si tu madre estuviera grave, Muriel no te dejaría subir. Créeme.
-Gracias -dije-. Muchas gracias.
Di media vuelta, pero antes de alejarme oí decir a Yvonne:
-Una pregunta: ¿por qué llevas ese pin si vienes del norte, de la Universidad de Maine?
¿Thrill Village no está en Nueva Hampshire?
Me miré la camisa y vi el pin prendido en el bolsillo: YO HE MONTADO EN LA BALA
DE THRILL VILLAGE, LACONIA. Recordé el miedo de que Staub me arrancase el corazón, y
comprendí: antes de arrojarme fuera me había puesto el pin en la camisa. Era su manera de
marcarme, de impedirme no creer en nuestro encuentro. Lo decían los cortes del dorso de mis
manos, y el pin de la camisa. Me había pedido que eligiera, y yo había elegido.
Entonces ¿cómo podía estar viva mi madre?
-¿Esto? -Lo toqué con la yema del pulgar, y hasta le saqué un poco de brillo-. Es un amuleto.
-Era una mentira tan atroz que poseía cierto esplendor-. Me lo dieron hace mucho tiempo, cuando
estuve allí con mi madre. Subimos a la Bala.
Yvonne sonrió como si nunca hubiera oído nada tan tierno.
-Abrázala y dale un beso muy grande -dijo-. Verte hará que duerma mejor que cualquier
pastilla que puedan darle los médicos. -Señaló en una dirección-.Los ascensores están detrás de esa
esquina.
Como ya había pasado el horario de visita, yo era el único que esperaba el ascensor. A la
izquierda había un cubo de basura, al lado de la puerta del quiosco, que estaba cerrado y a oscuras.
Me quité el pin y lo tiré al cubo. Luego me limpié las manos en el pantalón. Justo entonces se abrió
la puerta de un ascensor. Entré y pulsé la cuarta. La cabina empezó a subir. Encima de la botonera
había un cartel anunciando que la semana siguiente habría una campaña de donación de sangre. Al
leerlo tuve una idea... aunque más que una idea fue una certeza. Mi madre se estaba muriendo justo
ahora, yendo yo hacia su planta en aquel amplio y lento ascensor. Habiendo elegido yo, me
correspondía encontrarla. Pura lógica.
Se abrió la puerta del ascensor frente a otro cartel. En éste había un dedo delante de unos
labios, todo al estilo de los dibujos animados, y debajo la advertencia « ¡Nuestros pacientes
agradecen su silencio!» El ascensor daba a un pasillo que se extendía en ambas direcciones. Las
habitaciones con número impar estaban a la izquierda. Fue por donde enfilé, con la sensación de
que a cada paso me pesaban más las zapatillas. Empecé a detenerme al llegar a la altura de los 470,
y me quedé parado entre la 481 y la 483. No podía. Del pelo me salía, en lentos chorritos, un sudor
frío y pegajoso como jarabe medio congelado. Tenía el estómago hecho una bola, como un puño
en un guante de goma. No, no podía. Mejor dar media vuelta y huir como un gallina, un mierda,
que es lo que era. Iría a Harlow en autostop y por la mañana llamaría a la señora McCurdy. Por la
mañana sería todo más fácil de asumir.
Empecé a volverme, pero de repente una enfermera asomó la cabeza en la habitación que
había a dos puertas... la de mi madre.
-¿Señor Parker? -preguntó en voz baja.
Hubo un momento enloquecido en que casi lo negué. Luego asentí.
-Entre, deprisa, que está a punto de irse.
Eran las palabras que esperaba. Aun así me produjeron un calambre de miedo en todo el
cuerpo, haciéndome flaquear las rodillas.
La enfermera lo advirtió, y acudió presurosa con un ruido de faldas y cara de susto. En el pin
dorado que llevaba en el pecho ponía «Arme Corrigan».
-¡No, no; me refería al sedante! Está a punto de dormirse. ¡Pero qué idiota soy! Ella está
bien, señor Parker; le he dado Ambien y ahora se dormirá. ¡No irá a desmayarse usted!
Me cogió del brazo.
-No -dije yo, sin saber si era verdad.
Todo me daba vueltas, y los oídos me zumbaban. Pensé en los saltos que había dado la
carretera, aquella carretera de película en blanco y negro, con la luz plateada de la luna. «¿Subiste
a la Bala? ¡Qué cabrona! Yo cuatro veces.»
Anne Corrigan me acompañó a la habitación y vi a mi madre. Siempre había sido una mujer
grande, y la cama del hospital era corta y estrecha, pero ella casi parecía perdida. Su pelo, que ya
era más gris que negro, estaba diseminado por la almohada. Sus manos reposaban en el dobladillo
de la sábana como manos de niño, o incluso de muñeca. No presentaba ninguna mueca como la
que había imaginado yo en su cara, pero sí la piel amarillenta. Tenía los ojos cerrados, pero cuando
la enfermera murmuró su nombre, se abrieron. Eran de un azul oscuro e irisado, lo más joven que
tenía, y completamente vivos. Al principió parecieron extraviados, hasta que me encontraron. Uno
subió. El otro tembló, se levantó un poco y volvió a bajar.
-Al -susurró.
Fui hacia ella rompiendo a llorar. Había una silla junto a la pared, pero ni me fijé. Me agaché
y la abracé. Olía a cálido, a limpio. Le di un beso en la sien, otro en la mejilla y otro en la boca.
Ella levantó la mano y me tocó varias veces debajo de un ojo.
-No llores -susurró-, no hace falta.
-He venido enseguida de enterarme -dije-. Me lo dijo Betsy McCurdy.
-Le pedí... fin de semana -dijo ella-. Le dije que vinieras... el fin de semana.
-Sí, claro. Y un cuerno -repuse, abrazándola.
-¿... arreglado... coche?
-No -dije-, he hecho autostop.
-¡Joder! -dijo ella.
Se notaba que tenía que hacer un esfuerzo con cada palabra, pero las pronunciaba bien, y no
advertí ninguna desorientación. Sabía quién era ella, quién yo, dónde estábamos y por qué. La
única señal de que le hubiera ocurrido algo era la debilidad de su brazo izquierdo. Sentí un alivio
inmenso. Todo había sido una broma cruel de Staub... a menos que no existiera ningún Staub, y
a,fin de cuentas fuera cierto lo del sueño, aunque parezca cursi. Estando al lado de mi madre,
delante de su cama, abrazándola y detectando reminiscencias de su perfume Lanvin, la idea del
sueño me pareció mucho más verosímil.
-¡Al! Tienes... sangre en... el cuello de la camisa.
Se le cerraron los ojos, pero volvieron.a abrirse lentamente. Imaginé que debían de pesarle
tanto los párpados como a mí las zapatillas en el pasillo.
-No pasa nada, mamá. Es que me he dado un golpe en la cabeza.
-Ah, bueno. Tienes que... cuidarte.
Volvieron a caer los párpados, y de nuevo a subir, pero más lentamente.
-Convendría dejarla dormir, señor Parker -dijo la enfermera a mis espaldas-. Ha tenido un
día durísimo.
-Lo sé. -Volví a darle un beso en la mejilla-. Me marcho, mamá, pero vendré mañana.
-No... hagas autostop... Peligroso.
-Descuida, le pediré a la señora McCurdy que me traiga. Tú duerme.
-Si sólo... duermo -dijo ella-. Estaba descargando el lavavajillas... y me dio mucho dolor de
cabeza. Me caí, y al despertarme... estaba aquí. -Me miró-. Ha sido un derrame... Dice el doctor...
que no es muy grave.
-Estás perfectamente -dije.
Me incorporé y le cogí la mano. Tenía la piel fina como la seda. Era una mano de persona
mayor.
-He soñado que... estábamos en aquel parque de atracciones... Nueva Hampshire -dijo.
Yo la miré y noté que el cuerpo se me enfriaba.
-¿Sí?
-Sí, haciendo cola para... aquello que subía tanto... ¿Te acuerdas?
-La Bala -dije-. Sí, mamá, sí que me acuerdo.
-Tenías miedo... y te grité.
-No, mamá...
Su mano apretó la mía, y se le marcaron las comisuras de los labios casi hasta formar
hoyuelos. Era una sombra de su típica cara de impaciencia.
-Sí -dijo-. Te grité y... te di una bofetada. En... la nuca, ¿verdad?
-Sí, supongo -cedí-. Es donde solías dármelas.
-Mal hecho -dijo ella-. Hacía calor y estaba cansada, pero... hice mal. Quería decirte... que lo
siento.
Volvieron a llorarme los ojos.
-Tranquila, mamá, que ya ha pasado mucho tiempo.
-Al final no subiste -susurró ella.
-Sí -dije-, al final sí.
Me sonrió. La vi pequeña y débil, muy distinta de aquella mujer enfadada, sudada y
musculosa que me había gritado al llegar al final de la cola, la que me había dado una bofetada en
la nuca. Seguramente vio algo en la cara de uno de los que hacían cola, porque la recuerdo
diciendo «¿Y tú qué miras, guapo?» mientras me arrastraba de la mano, y yo lloriqueaba bajo el
sol de verano; frotándome la nuca... Y eso que no me dolía, porque tampoco había sido un golpe
muy fuerte. Más que nada me acuerdo del alivio de apartarme de aquella estructura alta que giraba,
con sus dos cápsulas, una en cada extremo; de aquella máquina giratoria de gritos.
-Por favor, señor Parker, que ya es la hora -dijo la enfermera.
Cogí la mano de mi madre y le di un beso en los nudillos.
-Volveré mañana -dije-. Te quiero, mamá.
-Y yo a ti... Alan... Perdóname todas las bofetadas que... te he dado. No eran maneras.
Sí que eran maneras. Las suyas. No sabía cómo decirle que lo entendía, que lo aceptaba.
Formaba parte de nuestro secreto familiar, algo susurrado en las terminales nerviosas.
-Vuelvo mañana. ¿Vale, mamá?
No contestó. Habían vuelto a cerrársele los ojos, y esta vez no volvieron a abrirse. El pecho
le subía y bajaba con lentitud y regularidad. Me aparté de la cama sin dejar de mirarla.
Cuando estuve en el pasillo, le dije a la enfermera:
-¿Se recuperará? ¿Del todo?
-Eso nunca se puede saber, señor Parker. La atiende el doctor Nunnally, que es muy buen
médico. Mañana por la tarde pasará por esta planta y se lo podrá preguntar...
-Dígame usted su opinión.
-Yo creo que se recuperará -dijo la enfermera, acompañándome por el pasillo en dirección al
ascensor-. Las constantes vitales están muy bien, y todos los efectos residuales indican que el
derrame no ha sido grave. -Frunció el entrecejo-. Claro que tendrá que hacer algunos cambios. De
dieta... de estilo de vida...
-Se refiere al tabaco.
-Sí, sí; eso fuera.
Lo dijo como si para mi madre abandonar un hábito de toda la vida fuera tan fácil como
quitar un florero de la mesita del salón y ponerlo en el recibidor. Pulsé el botón de llamada del
ascensor y la puerta del de antes se abrió. Se notaba que después de las horas de visita bajaba
mucho el ritmo del hospital.
-Gracias por todo -dije.
-De nada, y perdone por el susto que le he dado. ¡Hay que ser tonta!
-Descuide -dije yo, pese a estar de acuerdo-. No tiene importancia.
Subí al ascensor y pulsé el botón del vesti'bulo. La enfermera levantó la mano y movió los dedos.
Yo me despedí con el mismo gesto, y nos separó la puerta corrediza. La cabina empezó a bajar. Me
miré las marcas de uñas en el dorso de ambas manos y pensé que era un desastre, el
másdespreciable de los seres. Aunque sólo hubiera sido un sueño, seguía siendo el ser más
despreciable: «Llévatela a ella», había dicho. Era hijo suyo y aun así había dicho: «Llévate a mi
madre, no a mí.» Ella me había criado, por mí se había matado a trabajar, en pleno verano había
hecho cola en un parque de atracciones de tres al cuarto de Nueva Hampshire, y al final yo casi no
había dudado. «Llévatela a ella, no a mí.» Gallina, gallina, gallina de mierda.
Al bajar del ascensor, levanté la tapa del cubo de basura y lo vi en el interior de un vaso de
plástico con restos de café: YO HE MONTADO EN LA BALA EN THRILL VILLAGE,
LACONIA.
Rescaté el pin del café que lo mojaba, lo sequé en los vaqueros y me lo metí en el bolsillo.
Había sido mala idea tirarlo. Ahora era mi pin, tanto si se trataba de un amuleto como si daba mala
suerte. Salí del hospital saludando a Yvonne sin detenerme. Fuera la luna cabalgaba en el tejado de
la noche, irradiando su extraña luz etérea sobre el mundo. Nunca me había sentido tan cansado ni
con tan pocos ánimos. Deseé poder elegir por segunda vez. Me habría decidido por la otra opción.
¡Qué extraño! Creo que habría sido menos duro encontrarla muerta, que es lo que esperaba. ¿No
era el típico final de aquella clase de cuentos?
«En el pueblo no te recoge nadie», había dicho el viejo del braguero, y con más razón que un
santo. Atravesé todo Lewiston a pie (tres docenas de manzanas por Lisbon Street y nueve por
Canal Street), inventariando todos los bares con jukebox emitiendo viejas canciones de Foreigner,
Led Zeppelin y AC/DC, y ni una vez saqué el pulgar. No habría servido de nada. Llegué al puente
DeMuth a las once pasadas. Cuando estuve en el lado de Harlow le enseñé el dedo al primer coche
que pasó. Dos horas después sacaba la llave de debajo de la carretilla roja, al lado de la puerta del
cobertizo, y a los diez minutos estaba en la cama. justo antes de dormirme pensé que era la primera
vez que dormía solo en casa.
Me despertó el teléfono a las doce y cuarto. Temí que fuese del hospital para decirme que mi
madre había fallecido hacía unos minutos por culpa de un empeoramiento repentino. Lo sentimos,
señor Parker. Pero no, sólo era la señora McCurdy, que quería cerciorarse de que había llegado
bien a casa e informarse en detalle acerca de mi visita nocturna al hospital. (Me hizo repetírselo
tres veces, y al término de la tercera empecé a sentirme como en un interrogatorio por asesinato.)
También llamaba para preguntarme si quería ir con ella en coche al hospital. Le dije que
encantado.
Al colgar crucé la habitación en dirección a la puerta. Había un espejo de cuerpo entero, y en
él vi a un joven alto y sin afeitar, con un poco de tripa y unos calzoncillos anchos por toda
indumentaria.
-Hay que recuperarse, chaval -le dije a mi reflejo-. No puedes pasarte toda la vida pensando
que cada vez que suena el teléfono es para decirte que se ha muerto tu madre.
De hecho no habría sido así. El tiempo, como siempre, iría borrando el recuerdo. Aun así era
sorprendente la realidad e inmediatez que conservaba la noche pasada, nítida en todos sus ángulos.
Seguía viendo el rostro agraciado de Staub bajo su gorra al revés, el cigarrillo detrás de la oreja y,
a cada calada, los hilillos de humo escapándose por la incisión del cuello. Seguía oyendo su voz
contando la anécdota del Cadillac a precio de ganga. El tiempo embotaría el filo y pondría romas
las aristas, pero tardaría lo suyo. A fin de cuentas conservaba el pin, que estaba al lado de la puerta
del lavabo, encima de la cómoda. Era mi souvenir. ¿O no vuelven con un recuerdo todos los
protagonistas de cuentos de fantasmas, algo que demuestre la verdad de lo ocurrido?
En el rincón del dormitorio había un equipo de música del año de la pera. Busqué entre mis
cintas viejas para escuchar algo mientras me afeitaba. Encontré una que ponía «folk mix» y la metí
en el casete. La había grabado en el instituto, y casi no me acordaba de su contenido. Bob Dylan
cantaba la muerte solitaria de Hattie Carroll, y Tom Paxton a su amigo trotamundos.
Luego Dave van Ronk empezó a cantar sobre la cocaína, y a la mitad de la tercera estrofa me
quedé parado con la máquina en la mejilla. «Tengo la cabeza llena de whisky, y la barriga de
ginebra -cantaba Dave con su voz rasposa-. Dice el médico que me matará, pero no ha dicho
cuándo.» Claro. He ahí la respuesta. Mi mala conciencia me había llevado a suponer que mi madre
moriría de inmediato. Tampoco Staub lo había desmentido (¿cómo, si no se lo había preguntado?),
pero evidentemente era mentira.
«Dice el médico que me matará, pero no ha dicho cuándo.»
¿Qué sentido tenía flagelarse tanto? ¿Mi decisión no se ajustaba al orden natural de las
cosas? ¿No era normal que los hijos sobrevivieran a los padres? El muy hijo de puta había querido
asustarme, hacer que me sintiera culpable, pero ¿qué necesidad tenía yo de tragármelo? ¿O no
acabábamos subiendo todos a la Bala?
Sólo intentas encontrar una excusa, algo que te haga sentir bien. Quizá sea verdad lo que
piensas... pero cuando Staub te pidió que eligieras, la elegiste a ella. Eso no hay manera de
esquivarlo, aunque te estrujes el cerebro. La elegiste a ella.
Abrí los ojos y me miré la cara en el espejo.
-Hice lo que tenía que hacer -dije.
No acababa de creérmelo, pero pensé que a la larga me convencería.
Fui a ver a mi madre con la señora McCurdy, y estaba un poco mejor. Le pregunté si se
acordaba del sueño sobre Thrill Village, y ella negó con la cabeza.
-Casi no me acuerdo ni de que vinieras ayer por la noche -dijo-. Tenía un sueño que me
moría. ¿Tiene alguna importancia?
-No, qué va -dije, y le di un beso en la sien-. Ninguna.
Mi madre salió del hospital cinco días después. Al principio cojeaba un poco, pero se le pasó y al
mes volvía a trabajar. Empezó con media jornada, pero acabó otra vez con jornada completa,como
si no hubiera pasado nada. Yo volví a la universidad y conseguí trabajo en Pat's Pizza, en el centro
de Orono. No pagaban mucho, pero me dio para arreglar el coche. Mejor, porque había perdido el
poco gusto que tenía al autostop.
Mi madre intentó dejar de fumar, y al principio le fue bien, pero en abril, al empezar las
vacaciones, volví de la universidad un día antes y me encontré la cocina tan llena de humo como
de costumbre. Ella me miró avergonzada, pero también desafiante.
-No puedo -dijo-. Perdona, Al; ya sé que tú no quieres que fume, y que es malo, pero sin
fumar siento un vacío que no lo llena nada más. Como mucho me arrepiento de haber empezado.
Dos semanas después de licenciarme, mi madre tuvo otro derrame, aunque leve. Ante las
reconvenciones del médico hizo otro intento de abandonar el tabaco, pero engordó más de veinte
kilos y volvió a sucumbir. Dice la Biblia: «Como el perro vuelve a su vómito.» Siempre me ha
gustado esa frase. Yo encontré empleo a la primera (suerte, imagino), un trabajo bastante bueno en
Portland, y emprendí el de convencerla de que renunciara al suyo. Al principio fue difícil. Podría
haber desistido, pero cierto recuerdo me impulsaba a seguir escarbando en sus defensas.
-Deberías ahorrar para ti, no cuidarme -decía ella-. Un día, Al, querrás casarte, y lo que te
hayas gastado en mí te faltará para tu vida de verdad.
-Mi vida de verdad eres tú -dije, dándole un beso-. Es así, te guste o no.
Acabó tirando la toalla.
Siguieron años bastante buenos, un total de siete. No vivíamos juntos, pero iba a verla casi a
diario. Jugábamos mucho a las cartas y veíamos muchas películas en el vídeo que yo le había
comprado. Nos reíamos a capazos, que decía ella. Ignoro si esos años se los debo a George Staub,
pero fueron buenos. En cuanto a la noche de mi encuentro con Staub, no se cumplió mi expectativa
de que el recuerdo se volviera borroso o pareciera un sueño; cada incidente, desde el del viejo
diciéndome que pidiera un deseo a la luna llena, a los dedos toquetéandome la camisa al ponerme
Staub el pin, conservó toda su claridad. Y llegó el día en que ya no encontré el pin. Era consciente
de habérmelo llevado al instalarme en mi pisito de Falmouth; lo guardaba en el cajón superior de la
mesita de noche, junto con un par de peines, mis dos juegos de gemelos y un pin político de hacía
muchos años con un chiste sobre Bill Clinton y el sexo seguro, pero el caso es que se perdió. Y
uno o dos días después, cuando sonó el teléfono, supe por qué lloraba la señora McCurdy. Era la
mala noticia que nunca había dejado de esperar; se acabó lo que se daba.
Una vez terminado el funeral y el velatorio, cuando se marchó el último integrante de un
desfile de dolientes que parecía interminable, regresé a la casita de Harlow donde había vivido mi
madre sus últimos años, fumando y comiendo donuts con cobertura de azúcar. Hasta entonces
habíamos sido Jean y Alan Parker contra el mundo. Ahora sólo quedaba yo.
Revisé sus pertenencias, aparté los pocos documentos pendientes de algún trámite y llené
varias cajas, poniendo a un lado de la habitación lo que quería quedarme y al otro lo que donaría a
la beneficencia. Cuando ya faltaba poco para acabar, me arrodillé, miré debajo de su cama y
encontré lo que había estado buscando sin acabar de reconocer que lo buscaba: un pin polvoriento
donde ponía YO HE MONTADO EN LA BALA THRILL VILLAGE, LACONIA. Lo cogí y
apreté el puño. La aguja se me clavó en la carne, pero apreté más y me regodeé amargamente en el
dolor. Cuando volví a separar los dedos, los ojos se me habían llenado de lágrimas y se habían
duplicado las palabras del pin, en una superposición de líneas borrosas. Era como mirar una
película en tres dimensiones sin gafas apropiadas.
-¿Ya estás contento? -pregunté a la silenciosa habitación-. ¿Ya basta? -Como era de esperar,
no hubo respuesta-. No sé por qué te molestaste. ¿De qué coño servía?
Nada, ninguna respuesta. ¿Por qué iba a haberla? Todo se reduce a hacer cola. Hacer cola
debajo de la luna y formular un deseo a su luz infectada. Haces cola y los oyes gritar; pagan para
tener miedo, y la Bala nunca decepciona. Cuando te toca, una de dos: o subes o sales corriendo. Yo
creo que el resultado acaba siendo el mismo. Debería haber algo más, pero la verdad es que no. Se
acabó lo que se daba.
Coge tu pin y sal.

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