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lunes, 5 de mayo de 2008

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

CUATRO CUENTOS DE TERROR U HORROR

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LAGARTIJA
Rhea
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El edificio tenía un patio interior rectangular. Los rayos del sol no llegaban hasta
él, incluso en verano el lugar era fresco aunque el calor fuera sofocante.
Había una piscina que ocupaba casi todo el patio. Dejaba el espacio justo para
que los niños pudiesen corretear y sus madres pudieran tumbarse en las hamacas.
Era mayo y los de mantenimiento comenzaban a arreglar la piscina en previsión
del verano que se avecinaba .Era un día extraño. Hacía un sol demoledor.
Raramente llegaban los rayos solares al interior del patio, pero ese día gracias a
ocultas y caprichosas leyes de refracción la piscina y el mismo eran un autentico horno, y una de las paredes interiores quedaba totalmente iluminada.
Sobre las 12 de la mañana los trabajadores que intentaban poner en funcionamiento
la ansiada bañera hicieron una pausa. El calor era inaguantable.
El patio quedó desierto durante unos breves instantes.
Fue entonces cuando apareció ella. Allí estaba .De una de las grietas colindantes
con los matorrales, que se había formado gracias al abandono de todo un invierno , salió.
Era el bicho más insignificante de la tierra. Media solamente unos 6 centímetros
y su aspecto era frágil .Era una lagartija bastante absurda , de esas que más que asco hace gracia.
Lagartija observó los alrededores . No le llamo nada la atención...hasta que vio
la pared iluminada.
Por alguna corriente irracional que las personas no llegamos a comprender , ni
tan siquiera a atisbar , comenzó a escalar decididamente la pared.
Con el peculiar movimiento que poseen estos animales ascendía sin dilación.
Puede que pasaran 45 minutos hasta que llegó al quinto piso , y la pared , ahora ,
a la 1 del mediodía debía acumular una temperatura de unos 40 grados. Increíble . Mayo y 40 grados.
Era un bicho muy curioso . Daba la sensación que a cada ventana que sobrepasaba
echaba una ojeada , como si quisiera saber quién se encontraba en su interior.
Finalmente encontró una ventana abierta y parece que se decidió a entrar.
Cuando penetró en la habitación no había nadie. Se planto en el techo y se quedó
inmóvil . En el habitáculo la temperatura era muy agradable , pero el dueño había cometido el error al dejar la ventana abierta. En un par de horas convertiría el piso en una especie de microondas.
A la media hora de entrar el animalillo y quedarse plantado en el techo alguien
llegó a la casa. Al instante entró en la habitación. Era una mujer de mediana edad . Se desnudó y se tendió en la cama . era evidente que venía sofocada por el calor. Sudaba.
Seguramente había tenido un duro dia porque a los 5 minutos se quedó dormida.
Respiraba con una leve dificultad , seguramente porque era fumadora , y dormía
con la boca entreabierta.
Nada más dormirse la lagartija avanzó por el techo y bajó hasta la cama de la
mujer. Se colocó a dos palmos de su cara.
Con toda naturalidad la lagartija avanzó y comenzó a introducirse en la boca de
la mujer.
Ella , la mujer , sintió una especie de cosquilleo primero en los labios y después
en la lengua , pero no fue suficiente para que se despertara.
Al bicho le costaba avanzar en el interior de la boca de la mujer , pero consiguió
llegar a la boca de la garganta. Con un gracioso saltito se introdujo en la faringe.
De repente la mujer abrió los ojos . Tenía una sensación de ahogo inaguantable .
Tenía algo en la garganta que no le dejaba respirar.
Intentaba vomitarlo pero era inútil . Ese algo se resistía . Se estaba ahogando.
Fue dando tumbos por la habitación hasta el lavabo . Tristemente se vio reflejada
en el espejo . Era una caricatura de si misma . tenía ya la expresión totalmente desencajada y comprendió que su muerte era inevitable.
Segundos después la mujer se desplomó y perdió definitivamente el pulso . Era
ya solamente otro cadáver. Nada más.
Lo rocambolesco no estaba aquí . Breves instantes después la lagartija salió indemne
de la boca de la mujer y emprendió el camino de vuelta hacia la piscina.
El calor sofocante lo único que había hecho era anunciar una horrible tormenta
de verano . La lagartija lo sabía y se dio prisa para volver a su guarida.
Evitó que la lluvia la cogiera por el camino y se puso a salvo.
Cuando llegó me alegre de verla. Le di de comer y la felicité por su excelente
trabajo. Al fin y al cabo me había costado mucho amaestrarla.
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LA PIEDRA VIVA
Jordi Sala Parra

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- 1 -
UN PEQUEÑO TROPIEZO

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Su única intención era pasar una tarde agradable observando aves, pero Sebastián
Fuentes halló algo más en el delta del río Llobregat aquel calurosísimo día del mes de agosto.
Se había aficionado a la ornitología hacía ya algunos años, y la experiencia que había
adquirido a lo largo de ellos le servía ahora para identificar rápidamente a las aves, incluso
a aquellas que pasaban a contraluz a cientos de metros de distancia. Realmente,
era ya todo un experto. Sus amigos bromeaban llamándole el "ornitólogo más rápido al
norte del Llobregat", aludiendo a los famosos pistoleros que se ganaron la fama por ser
los más rápidos "al oeste del Mississippi". Sebas (como todo el mundo le llamaba) vivía
en Barcelona y tenía veintidós años.
Como otros muchos ornitólogos, a pesar de que él siempre lo negaba, sentía debilidad
por los "bimbos". Hacer un "bimbo", en la jerga de los ornitólogos, no era otra cosa que
observar una especie de ave por primera vez. Sebas recordaba con especial cariño la
tarde del mes de agosto en que "bimbó" un ejemplar de pelícano vulgar en aquel mismo
delta. Fue un acontecimiento importante, puesto que se trataba de una especie totalmente
accidental en la costa oeste del Mediterráneo. Habían pasado exactamente dos años
desde que observó a aquel magnífico animal, y decidió utilizar tal efeméride como excusa
para pasar la tarde paseando por aquellos páramos.
El delta del Llobregat había sido en el pasado un inmenso conjunto de lagunas, dunas
y marismas, pero la asfixiante presión humana lo había dejado muy mermado. Las pocas
zonas que aún conservaban parte de aquel esplendor habían sido protegidas para
preservarlas y evitar su destrucción total. Había numerosos carteles repartidos por toda
la zona que informaban del estado de aquellos terrenos.
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RESERVA NATURAL
PARCIAL
(Prohibida la caza
y la pesca)
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rezaban aquellos carteles. Pero el espacio protegido apenas ocupaba un millar de hectáreas.
La mayor parte del delta estaba ocupada por campos de cultivo, industrias y algunas
poblaciones más o menos grandes.
El corazón de todo aquel ecosistema era, por supuesto, el río Llobregat. Si bien estaba
tan contaminado que apenas se podría hablar ya de río. Sebas acostumbraba a decir que
el agua del Llobregat llevaba de todo menos agua. A decir verdad, por el olor que se
desprendía en sus márgenes, podría ser casi cierto.
El río no sólo transportaba productos químicos en cantidades suficientes para extinguir
a medio sistema solar. También llegaban arrastradas por la corriente toneladas y toneladas
de basuras, residuos orgánicos, ramas de árbol, cañas arrancadas de la orilla y
todo tipo de objetos insospechados. Todo este material, por obra y gracia de las corrientes
marinas, se depositaba invariablemente en las playas del delta.
Aquella basura era el único acompañante de Sebas aquella tarde mientras observaba
aves.
De momento le había ido bastante mal. En casi cuatro horas que llevaba paseando por
la reserva apenas había observado unas veinte especies. Realmente, no había escogido el
mejor día para visitar la zona.
Sebas caminaba con gran fatiga por la playa bajo un sol demoledor, con una temperatura
de treinta y dos grados y sin una brizna de aire que aplacase, aunque fuese por un
momento, aquella sensación de ardor asfixiante. Eran las cinco y media, y sudaba a mares.
Cargaba con el telescopio terrestre y su trípode, unos prismáticos y un macuto en el
que llevaba su cartera con la documentación, un bocadillo que no pensaba devorar y una
botella de plástico que había contenido agua, y que ya hacía una media hora que había
vaciado por completo.
Sebas caminaba por la playa mirando al suelo, y sólo veía arena, sus pies, y mucha,
mucha basura. Y a pesar de que miraba en esa dirección, no vio a la piedra que se había
interpuesto en su camino. Cuando quiso darse cuenta, su pie ya se había enganchado en
ella.
El telescopio aterrizó un metro y medio más allá de donde él cayó. Los prismáticos,
colgados al cuello, se le clavaron en el pecho cuando los aplastó contra la arena. El macuto,
mal sujeto en su espalda, rebotó contra él y quedó medio colgando de un costado.
Sebas no había sufrido daño en sí por la caída. Tan solo el golpe de los prismáticos.
Se dio la vuelta al tiempo que escupía arena, y quedó sentado. Observó con más curiosidad
que odio al causante de su caída. La piedra parecía no haber estado allí nunca.
Daba la sensación de que alguien la acabase de colocar frente a su pie un segundo antes
del tropiezo.
Se trataba de un objeto pesado, de superficie granulada y de color rojizo. Tenía el tamaño
de un balón de rugby. Sebas seguía sin explicarse cómo no la había visto.
Se levantó del suelo, y tras sacudirse la ropa, recogió el telescopio y lo limpió lo mejor
que pudo. Afortunadamente, no parecía haberse dañado. De haberse roto, o si hubiesen
entrado granos de arena en el interior del tubo, habría quedado inservible. Y eso sería
algo que no le divertiría mucho. Le había costado casi cien mil pesetas. Era un magnífico
aparato, afirmaba siempre Sebas frente a sus amigos, quienes no tenían más remedio
que asentir tras echar un vistazo a través de aquel conjunto de lentes y prismas. Hacía
falta un poco de práctica para mirar por el telescopio, y la mayoría de las veces sus amigos
no veían más que una porción de cielo o unas sombras muy negras, pero así y todo
estaban de acuerdo: era un magnífico aparato.
Retomó la fatigosa marcha, al tiempo que se decía que ya había tenido suficiente por
aquel día. Decidió dirigirse hacia el descampado en el que había aparcado su coche, un
Renault 18 de color blanco, cuya luna trasera estaba poblada de pegatinas con temas de
ecologismo y de sociedades protectoras de las aves. Sebas calculó que tardaría unos
veinte minutos en llegar al descampado.
Caminó con tenacidad durante ese periodo de tiempo, pero en ningún momento se dio
prisa. Al fin y al cabo, nadie le perseguía. Realizó dos paradas para observar el mar con
los prismáticos, por si acaso las aves hubiesen decidido cambiar de opinión y se dejasen
contemplar durante algunos minutos. Pero era inútil. El día no acompañaba. Pocos pájaros
y mucho calor. Mucho, mucho calor.
Aproximadamente cuando estaba a medio camino de su vehículo, un objeto ovalado
surcó el aire a gran velocidad, siguiendo la misma dirección que Sebas, quien caminaba
consternado con la mirada fija en el suelo. No vio al objeto.
Llegó junto al Renault con quince minutos de más sobre lo que había calculado. Dejó
el macuto en el suelo con gran alivio y se pasó el brazo arremangado por la frente para
secarse el sudor. Abrió las patas del trípode del telescopio, lo puso en pie y se descolgó
los prismáticos. Los dejó sobre el tejado del coche. Estaba asqueado. Había tenido días
malos, pero éste parecía superarlos a todos. El sol no parecía querer tomarse ni un sólo
minuto de tregua, y continuaba caldeando el ambiente de una forma implacable.
Hurgó en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y tras unos instantes de búsqueda infructuosa
extrajo las llaves del vehículo y abrió las puertas. Depositó todo el equipo en
el asiento trasero y echó un último vistazo a los alrededores. Oía cantar a un buitrón en
la lejanía, pero no distinguió ave alguna revoloteando sobre los campos, que parecían
totalmente desiertos. La reverberación dibujaba ondas en el aire.
Sebas reconoció que, a pesar de todo, ya sólo por aquel momento de calma y de paz,
valía la pena haberse desplazado hasta el delta. Era muy relajante. Disfrutó de aquella
tranquilidad durante unos segundos, hasta que decidió que debía ponerse en marcha. Se
sentó frente al volante y puso la llave en el contacto. El motor, caldeado en exceso y
cansado por los duros años de continuos maltratos, barboteó unas protestas antes de
arrancar. Tras bajar las ventanillas delanteras y poner la primera, Sebas giró el volante y
se dispuso a partir hacia la gran ciudad.
Apenas había recorrido un par de metros por entre los hierbajos del descampado,
cuando la rueda delantera derecha pasó sobre un objeto de gran tamaño, que hizo que
todo el vehículo se estremeciera. Fue como si se hubiese subido a un gran bordillo. Sebas,
que no llevaba puesto el cinturón, se golpeó un dedo de mala manera contra el volante,
y las rodillas contra los bajos del salpicadero. El coche se le caló tras salvar el
obstáculo.
Maldijo en voz alta y se apeó del vehículo. Rodeó el capó y observó el objeto que
acababa de atropellar. Era una piedra muy parecida a la que le había hecho tropezar
hacía ya un buen rato. La estudió estupefacto. Más que parecida, casi podría creer que
se trataba de la misma piedra. Era idéntica. Aunque no podía estar seguro porque no recordaba
con exactitud los detalles de la primera.
Pero sí tenía grabado en su memoria el color rojizo, la textura granulosa y la forma de
balón de rugby. Las mismas características que poseía el objeto que tenía en aquel momento
frente a él.
Decidió no buscar explicación alguna. No tenía por que hacerlo, era libre. Si había dos
piedras iguales, es posible que hubiese más. Tal vez ni siquiera eran piedras. Quizá fuesen
artificiales. Pero le daba igual. Le importaba un rábano que hubiese cuatro millones
de balones de rugby rojizos pasando las vacaciones en la reserva natural.
Recordó el dicho que decía que sólo el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.
Estudió por última vez a la maldita entrometida y se echó a reír. La agarró con las
dos manos, sintiendo una punzada de dolor en el dedo golpeado, y la sacó de debajo del
coche. Notó el tacto áspero, la superficie rugosa dejándole marcas en la piel. Descubrió
que sus manos, temerosas, no querían tocar a aquella cosa desconocida, como si en
cualquier momento la piedra pudiese abrir unas enormes fauces plagadas de colmillos,
capaces de arrancarles los dedos de cuajo. Sin embargo, obligadas por Sebas, consiguieron
asir la piedra y dejarla un metro más allá. Tras depositarla en el suelo, Sebas se sacudió
con alivio las manos en los pantalones. Respiró hondamente, echó un último vistazo
al objeto rojizo, y volvió al asiento del vehículo. Puso de nuevo el motor en marcha
y se alejó de aquel lugar.
Quince minutos después había abandonado ya los campos resecos y los juncales repletos
de excrementos de oveja. Tras atravesar el Prat de Llobregat, había entrado a la autovía
de Castelldefels, y ahora avanzaba ya en dirección a Barcelona.
Unos cuarenta metros por encima del vehículo, la piedra roja volaba en la misma dirección
que Sebas, quien, más pendiente de los otros vehículos que circulaban junto a él
que de las posibles piedras voladoras que pudieran cruzarse en su camino, no se percató
de la presencia del extraño perseguidor.
La circulación era fluida. Sebas conducía a gusto, y a buena velocidad. Calculó que a
una media de cien, tardaría un cuarto de hora en llegar a la plaza de España, cerca de la
cual vivía. La temperatura era más agradable ahora, con las ventanillas bajadas y el raudo
aire azotándole el rostro.
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- 2 -
PRIMER PENSAMIENTO
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No llevaba radio en el coche. A veces la llevaba cuando se dirigía a otros lugares, pero
cuando salía a ver aves era un engorro. Tendría que cargar con ella además de con el telescopio,
el macuto y los prismáticos, o arriesgarse a dejarla debajo del asiento o en el
maletero. Salía más a cuenta dejarla bien segura en casa. Si necesitaba música, siempre
podía cantar.
Se puso a berrear desafinando horriblemente, y al cabo de unos segundos se echó a reír,
escandalizado por su propio desatino.
Sebas se puso a pensar.
El día había sido verdaderamente malo, pero había tenido jornadas peores. De hecho,
su futuro inmediato era halagüeño. Volvería a casa, se ducharía, comería un bocadillo y
bebería una cerveza fresca mientras Bon Jovi se autoproclamaba cowboy por los altavoces
de la modesta minicadena de Sebas. Sólo con pensar en esa escena, ya le entraban
deseos de pisar el acelerador a fondo, para poder llegar lo antes posible a su piso de
l'Eixample. Se estiraría en la cama con la comida y la cerveza y disfrutaría de aquellos
momentos de relajación que tanto se había merecido. Al fin y al cabo, estaba de vacaciones,
y las vacaciones se habían creado para disfrutarlas.
Estaba de vacaciones. Estaba de vacaciones solo. Por supuesto, Olga, la última chica
que le había destrozado el corazón, todavía estaría en Irlanda con su novio veraniego de
pelo rojo, aquel que tenía jarras de cerveza en lugar de manos. Por lo que le había explicado
Olga, aquello sí que era beber cerveza.
A Sebas le importaba un comino que beber cerveza en Irlanda fuese la ceremonia sagrada
de todo pelirrojo, como en teoría debería ser la siesta en España para todo pueblerino
que llevase boina.
Se preguntó por qué una chica de buena familia, que no había ido a una discoteca hasta
que cumplió los diecinueve años, que nunca fumaba ni bebía, para la que su cuerpo
sagrado era lo que los Colt para los pistoleros del oeste americano, una chica que además
casi nunca gustaba de relacionarse con las clases bajas o medias... se preguntó por
qué demonios estaba viviendo un tórrido romance con un bebedor irlandés de veinte
años, como le había explicado en la única carta que Sebas había recibido.
Sebas pertenecía a la clase media, y sus padres procedían de un piso todavía más bajo
en el escalafón social. Todo lo que consiguieron hasta su muerte tuvo como fin el que
Sebas pudiera alejarse un poco más de la oscuridad del fondo del pozo de la pobreza, y
pudiese contemplar algo de la luz que se adivinaba en la parte más alta. En la abertura
del pozo.
Olga estaba más allá de aquel pozo. Ocupaba un lugar en el paraíso de los adinerados.
Por eso, cuando Sebas empezó a conocerla un poco, y a descubrir que ella no solía mezclarse
con "tribus" de obreros, pero que a pesar de eso mantenía la amistad con él, una
muy buena amistad, él llegó a pensar que tal vez podría ocurrir algo. Quizá llegasen a
formar una buena pareja.
Sebas era consciente de que en aquellos momentos no disponía de mucho dinero, y de
que si ella accedía a vivir con él no podrían permitirse los lujos de los que ella disfrutaba
en casa de "sus papás", a no ser que ella pusiese todo el dinero, cosa que a él no le
extrañaría, debido al talante feminista de Olga. A él no le habría importado en absoluto.
Si había algo que él odiaba, era el machismo, que tan mala fama había dado a todos los
componentes del sexo masculino. Era injusto. No todos los hombres eran así.
En cuanto a su dinero, a Sebas le gustaba escribir, y la gente que había leído relatos
suyos creía que tenía posibilidades de que le llegasen a publicar algo si se lo proponía.
Él sabía lo que podía llegar a ganar un buen escritor. Y aunque externamente era modesto,
cuando meditaba sobre el asunto, Sebas se convencía una y otra vez de que algún día
llegaría a ser escritor. No le cabía duda. Estaba seguro de que lo conseguiría.
Pero con una promesa no conseguiría a Olga.
El materialismo era algo horrible, pero no podía engañarse a sí mismo. Olga podía poner
dinero para vivir, pero no se conformaría con un espíritu de poeta o con unas buenas
intenciones. Sebas tendría que llegar a ser algo en la vida. Y no un SIMPLE OBRERO.
Maldita fuese Olga y todo el dinero del mundo.
¿Acaso no contaban hoy en día los corazones? Sí, claro, por supuesto que contaban.
En las malditas clases medias y bajas. Más arriba lo que contaba era el capital, y quizá
un poquito el corazón también. Pero sólo un poquito. Estaba convencido de ello. Seguro
que no se equivocaba al respecto. Lo sabía muy bien.
Ojalá consiguiese enamorarse de otra mujer, una que fuese más comprensiva y que no
alardease de los logros conseguidos con el dinero. Pero de momento lo veía muy difícil.
Él la quería, la quería muchísimo, creía que nunca había estado tan enamorado de una
mujer.
Sebas recordó la letra de una de las canciones de Joaquín Sabina:
"Era tan pobre que no tenía más que dinero..."
Volvió a reír en voz alta, como lo hizo cuando cantó minutos antes, y se asombró
cuando examinó el cauce que habían tomado sus ideas en los últimos instantes. ¿No
había empezado pensando en comida, cerveza y Bon Jovi?
Dejó de reír. Oyó un silbido agudo y penetrante. Volvió la cabeza a un lado y a otro,
pero no localizó la fuente del sonido.
De repente, un estruendo le hizo saltar en su asiento al tiempo que una lluvia de cristales
salpicaba el interior del vehículo. Algo golpeó con violencia el asiento del acompañante,
la puerta del mismo lado, el techo y el suelo. Sebas perdió el control del volante
durante unos instantes y el coche realizó un extraño giro que le llevó tres carriles más
allá de aquel que había ocupado hasta el momento. Estuvo a punto de volcar, pero finalmente
consiguió dominar el vehículo y enderezarlo. Alguien tocó el claxon frenéticamente
por detrás de él. Sebas pisó el pedal del freno, sin comprender todavía qué
había ocurrido. Redujo a sesenta, y un coche pasó junto a él a gran velocidad. El conductor
le gritó algo que Sebas no entendió.
El corazón le galopaba como un caballo desbocado. Contempló incrédulo a la roja
piedra que se balanceaba en el suelo del vehículo, bajo la guantera. El asiento del acompañante
parecía haber sido víctima de un ataque de misiles, y la puerta aparecía seriamente
dañada. Una gran corriente de aire entraba por el hueco del parabrisas, por el lugar
que segundos antes había ocupado el cristal que ahora se repartía en fragmentos por
el interior del coche. La escobilla del limpiaparabrisas había desaparecido, y una gran
abolladura en el techo era el colofón del desastre.
Sebas estuvo a punto de sucumbir a un ataque de nervios, pero consiguió dominarse.
Puso el intermitente de la derecha, y poco a poco se fue aproximando al arcén, donde
detuvo el vehículo. La tarea que consistía en desabrocharse el cinturón se le antojó eterna,
ya que el temblor de manos y el ansia por lograrlo se confabularon para impedir que
lo consiguiese a la primera. Tras una encarnizada lucha, dio con el botón que liberaba al
cinturón. Sebas aspiró una bocanada de aire, la exhaló, y cerró los ojos. Se llevó las manos
a la cara y soltó unos cuantos tacos en voz baja.
Apartó las manos y miró al frente. Los otros coches pasaban veloces a su izquierda.
No parecían prestarle excesiva atención. Volvió la vista hacia el lado del acompañante,
y contempló con inusitado odio al rojizo objeto que parecía desafiarle desde la alfombrilla
del suelo.
Sebas se apeó del vehículo y se dirigió a la portezuela contraria. Quería recoger la
piedra y dejarla entre la vegetación de más allá del arcén, olvidar que la había visto y
que aquel día había salido a observar aves al delta del Llobregat.
Intentó abrir la puerta, pero descubrió que estaba atrancada. Se dirigía ya de nuevo al
asiento del conductor para sacar la piedra por la otra puerta cuando se detuvo. ¿Qué pasaría
si volvía a abandonar a aquel maldito huevo del diablo en un lugar en el que no iba
a poder vigilarlo? Se quedó pensativo durante unos instantes y se echó a reír como lo
había hecho minutos antes.
"Oh, vamos", pensó, "es de locos. ¿Voy a llevarme una piedra a casa para tenerla vigilada,
por si intenta atacarme de nuevo?". Sonaba realmente absurdo. Tal vez sí se estuviese
volviendo loco. Pero no lo creía así. Alguna explicación lógica debería haber. No
todos los días una piedra te persigue con tanta insistencia, pero evidentemente, eso era
lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos. Era algo real, no se trataba de ninguna
alucinación.
Se le ocurrió entonces que era posible que realmente aquel objeto fuese artificial, como
había supuesto en un principio. Quizá se trataba del residuo de alguna fábrica, y
había numerosas piedras rojas repartidas por la zona. Él había tropezado con una en la
playa, había atropellado a otra en el descampado en el que había aparcado el coche, y tal
vez algún gracioso le había lanzado aquella otra piedra desde algún puente situado encima de la autovía.
Miró hacia atrás, hacia los últimos cientos de metros que había recorrido con el coche,
pero no vio ni un solo puente. El horizonte estaba cercano, ya que a menos de medio kilómetro en la dirección en que miraba, la autovía se elevaba en un cambio de rasante que impedía ver lo que había más atrás.
Pero Sebas tampoco recordaba haber visto ningún puente desde que había abandonado
el Prat de Llobregat no hacía mucho. Sin embargo, no estaba seguro de la distancia que había recorrido con el coche desde que la piedra atravesó el parabrisas. ¿Era posible que ésta hubiese caído antes de llegar a la cuesta? ¿Habría algún puente por allí detrás, aunque él no recordase haberlo visto?
Resolvió averiguarlo en aquel mismo instante. Debía comprobarlo por el bien de su
cordura. Decidió olvidarse momentáneamente de la piedra. Pasó los bultos del asiento
trasero al maletero y se guardó la cartera en el bolsillo de la camisa. Subió las ventanillas,
cerró el vehículo con llave y se alejó dejando puestas las luces de emergencia. No
podía evitar que alguien se aprovechase del enorme boquete del parabrisas, así que optó
por no preocuparse, ya que no le quedaba más remedio. De todas formas, estaba aparcado
en el arcén de la autovía. ¿Quién iba a molestarse en acercarse al vehículo para comprobar si había algo que robar?
Caminó bajo el sol. Poco a poco empezó a notar que el asfalto se empinaba y que el
cambio de rasante se hallaba algo más cerca. Pero la carretera parecía mucho más larga
cuando se recorría a pie que cuando se circulaba por ella con el coche. Finalmente, tras unos penosos minutos que se le hicieron interminables, divisó los kilómetros que se extendían más allá y que había dejado atrás con su coche poco antes. Sobre la carretera no había puente alguno, ni construcción parecida. Sebas se sintió como traicionado. Había esperado hallar algo a lo que aferrarse, una explicación lógica, un desenlace predecible y normal. Pero si allí realmente había algo, era precisamente todo lo contrario. Anormalidad.
Giró sobre sus pies para echar un vistazo a su coche. Sebas se quedó de piedra. Petrificado.
Su vehículo había desaparecido. Se dijo una y otra vez que no podía ser, que era
imposible. Sin embargo, no tardó en convencerse de que aquello no formaba parte de la
extraña trama en la que se hallaba inmerso. Estaba seguro de que el coche había sido
robado por algún gamberro que acababa de complicarle la vida enormemente.
Ahora Sebas se hallaba a kilómetros de su casa, sin medio de transporte, y al parecer,
con una enloquecedora piedra roja persiguiéndole por todo el planeta. Se le ocurrió que tal vez la piedra perseguidora, que se había quedado en el coche, podría haber cambiado
de presa y quizá estuviese en aquellos momentos haciéndole la vida imposible a quien
fuese que se había llevado el vehículo. Se consoló con aquella idea.
Comenzó a deshacer el camino andado, mientras pensaba que si se hubiese girado más
a menudo cuando subía la pendiente, tal vez habría visto al ladronzuelo en el momento
de acercarse al coche y estudiarlo, como un buitre merodeando la carroña.
El descenso fue más rápido, y más descansado. Pero también más frustrante. Dedujo
que le quedaban tres soluciones. Caminar durante kilómetros era una. Otra consistiría en
acercarse a la parada de autobús más cercana, aunque no tenía ni la más mínima idea de su situación. La tercera posibilidad era el autostop.
No es que pasasen muchos coches, pero la circulación era lo suficientemente insistente
como para que Sebas no pudiese tener el pulgar bajado más que unos pocos segundos
entre vehículo y vehículo.
Ni uno solo paró. Pero apenas unos veinte minutos después de caminar suplicando
transporte, llegó a una parada de autobús. En ella se detenían dos líneas, la L-90 y la L-93. Ambas se dirigían a Barcelona, y la primera además tenía una parada no muy lejos de su casa. Según informaba un descolorido papel pegado a una plancha metálica, el autobús pasaba cada media hora.
Se dispuso a esperarlo apoyado en el poste de la parada. Volvía a sudar copiosamente,
y estaba muy cansado. Querría haberse sentado en el suelo para descansar, pero decidió
que de pie tenía una mejor visión de la carretera, y que así podría controlar mejor la llegada
del autobús... o de la piedra.
El L-90 llegó unos quince minutos después. Sebas se alegró de haber cogido la cartera
del coche. Sacó unas cuantas monedas y cogió el ticket que le extendía el conductor.
Pasó al fondo del vehículo y se sentó junto a una de las ventanas.
El autobús arrancó y reemprendió la marcha.
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- 3 -
SEGUNDO PENSAMIENTO

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Curiosamente, a pesar de que las cosas le habían salido totalmente al revés en lo que
iba de día, en aquellos momentos en que miraba por la ventanilla y su cuerpo se movía
al ritmo de los traqueteos del autobús, Sebas se convenció de que toda su vida iba a
cambiar. A partir de aquel mismo segundo. Quizá lo creyó así porque pensó que las cosas
ya no podían irle peor.
El paisaje que se divisaba más allá de la autovía no contribuía en absoluto a alimentar
aquellas esperanzas, pero no importaba. Supo, sin fundamento alguno, que sólo dependía
de él mismo para conseguir cualquier cosa que desease.
Se sorprendió al descubrir que, a pesar de todo lo que le acababa de ocurrir, la piedra
no ocupaba el plano principal de sus pensamientos. De hecho, apenas pensaba en aquella
maldición roja. Tal vez era algún mecanismo mental de defensa el que le impedía reflexionar
sobre el tema, para evitar que se volviese loco. Quizá alguna complicada reacción
química producida en su cerebro inhibía el terror que, en teoría, debería estar sintiendo.
Era muy curioso. Tan sólo tenía pensamientos optimistas.
Y en esos pensamientos, el puesto de honor lo ocupaba Olga. Pensó que si deseaba
enamorarla, lo lograría. ¿Cómo era posible que hubiese mantenido esa venda frente a
sus ojos durante tanto tiempo? Claro, por supuesto. Olga iba a ser suya. Estaba locamente enamorado de ella. Y si ella seguía manteniendo el contacto con él, pobre obrero, después de dos años, era por un motivo: él significaba algo para ella.
Tal vez Olga tan sólo estuviese jugando. Al fin y al cabo eran jóvenes. Ella le había
dicho más de una vez que la vida era como una escalera, y que no se podía pretender alcanzar la azotea sin haber recorrido primero todos los escalones. Ya llegaría el momento.
¿Qué más daban unos ligues por aquí, unos rolletes por allá? Cuando llegase la hora
de la verdad, Olga y él se casarían, dentro de unos años. Estaba escrito en el libro del destino. ¡Era absurdo preocuparse por el asunto!
Ahora estaba seguro de que se trataba de eso. Con limitarse a vivir el presente, y a dejar que los acontecimientos vinieran por sí solos, estaba todo hecho.
Sebas seguía mirando por la ventanilla del autobús. Dos kilómetros después de convencerse
de que las expectativas respecto a Olga eran muy buenas, se quedó sin aliento
al contemplar una escena que echó por suelo todas sus esperanzas sobre el maravilloso
mundo en el que vivía. Más allá del arcén, en el lado derecho de la autopista, un Renault 18 de color blanco yacía accidentado tras haber atravesado la valla protectora. No pudo ver la matrícula, pero no fue necesario. Vio el capó totalmente destrozado, y una humareda que se levantaba del motor. También vio a alguien inconsciente, sentado al volante.
Cuando observó al objeto rojizo que salía por una de las ventanas en dirección al autobús, ya no le quedaron dudas. Se trataba de su coche.
Se alzó de su asiento como impulsado por un resorte, y salió disparado en busca del
conductor del autobús, al tiempo que le gritaba con desesperación que aumentase la velocidad.
El conductor lo miró con cautela y le preguntó qué ocurría. Sebas señaló la piedra
roja que les adelantaba en aquellos momentos. El conductor la miró desconcertado.
La piedra lanzó un primer ataque de aviso. Golpeó el costado del autobús, y algunos
de los pasajeros dejaron escapar algunos alaridos de sorpresa, sin entender todavía qué
demonios ocurría.
Y antes de que pudiesen comprenderlo, la piedra volvió a embestir. Entró como un
obús por una de las ventanas y salió por otra sin detenerse, atravesando los cristales y
esparciéndolos por el suelo, mientras los pasajeros se agachaban y gritaban dominados
por el pánico.
Sebas estuvo especialmente desafortunado cuando anunció a viva voz que aquella cosa
iba a por él, que lo había estado persiguiendo durante toda la tarde, y que necesitaba
ayuda. Tras escuchar aquellas palabras, el conductor abrió las puertas del vehículo. La
piedra, que seguía al autobús como si esperase una respuesta a su primer ataque, se situó
frente a las puertas abiertas. Sebas la miró con temor, y el conductor aprovechó aquel
momento de incertidumbre para propinarle un empujón que casi lo envió directo al asfalto.
Pero en el último momento logró asirse a la puerta, y durante unos instantes se
mantuvo en equilibrio. El tiempo pareció detenerse, y nadie habría podido adivinar si
Sebas caería fuera, o si aterrizaría en el suelo del autobús.
Un anciano pasajero se encargó de decantar la balanza hacia uno de los dos lados. Se
levantó de su asiento, y con un garrote que llevaba le propinó a Sebas un fuerte golpe en
los nudillos de la mano con la que se aferraba a la puerta. Un segundo después ya estaba
rodando por el duro suelo de la autopista.
La piedra vigiló toda la escena desde una distancia prudente. Fue testigo de la traición
de los viajeros del autobús, quienes habían entendido demasiado bien la insinuación que
ella había hecho cuando les embistió. Todo le salía a pedir de boca.
Sebas se levantó con la ropa maltrecha. Sangraba abundantemente por la cara, y le dolía
enormemente todo el cuerpo. Casi creyó que era un milagro seguir aún con vida. Se
limpió los ojos con las manos desgarradas y echó un vistazo a su alrededor. Descubrió
que se hallaba de pie sobre el carril derecho de la autopista. Algunos coches le esquivaron
y pasaron raudos junto a él haciendo sonar el claxon, maldiciéndole y llamándole
loco. Ninguno parecía tener intención de detenerse para preguntarle qué le había ocurrido.
Echó a correr en dirección al arcén. Miró hacia atrás por encima de su hombro, mientras
corría, y vio como la piedra lo seguía poco a poco y con calma, manteniéndose a
una altura de unos tres metros. Sebas siguió corriendo. Saltó la valla protectora y cayó
por un talud cubierto de hierbajos, dejando atrás los sonidos de los coches.
_
- 4 -
CONFESIÓN
_
Aterrizó entre basuras y malas hierbas, y sintió el olor de la descomposición de algunos
vegetales como una bofetada en pleno rostro. Alzó ligeramente la cabeza y observó
el paisaje. Frente a él se extendían innumerables campos de cultivo.
Se levantó entre gritos de dolor, y de nuevo miró hacia arriba. La piedra seguía allí.
No parecía tener intención alguna de cesar en su persecución hasta que hubiese acabado
con él. Desesperado, dolorido y furioso, Sebas alzó los brazos hacia ella.
-¡Qué quieres de mí! -gritó-. ¡Qué buscas, por qué me persigues!
Sebas respiró profundamente y aguardó unos segundos, pero la piedra no reaccionó.
-Dime piedra -inquirió-, qué demonios he hecho yo para merecerte.
Hizo otra pausa y prosiguió.
-¿Eres acaso un castigo de Dios?
Sebas no era creyente, pero en aquel momento estuvo dispuesto a creer cualquier cosa.
Se desplomó en el suelo y quedó de rodillas. Cerró los ojos. La piedra no parecía
hacerle el más mínimo caso, y él ya no sabía qué hacer o qué decir. Creyó que había
agotado ya todas las posibilidades.
Y entonces, sin saber bien si era su boca la que hablaba, o si algún diabólico mecanismo
le había insertado una grabación dentro de la garganta, Sebas decidió confesarle a
la piedra algunos de sus pecados.
Él siempre había creído que lo más grave que había hecho en toda su vida era clamar
venganza contra las personas que alguna vez le habían hecho daño, pero puesto que jamás
había movido un solo dedo para llevar a cabo tales venganzas, estaba convencido
de que era un buen tipo.
Sin embargo, de repente se había dado cuenta de que habría que matizar muchos puntos
de su vida en los que él había obrado como un buen tipo.
-Muy bien, piedra -le dijo-, maldita seas. Te diré algo. No sé si eres una mandada y
sólo cumples con tu trabajo, o si eres un extraterrestre que ha venido a aniquilar a la raza
humana y ha decidido empezar por mí. El caso es que me da igual. No es asunto mío.
Sebas hizo una pausa. La miró fijamente durante unos segundos, y sonrió.
-Je-je, fíjate -continuó-. Ya está. Ya me he vuelto loco del todo. Estoy aquí, desangrándome,
mientras hablo con una piedra asesina. Bueno, pues si es así, si realmente me
he vuelto loco del todo, no creo que tenga mucho que perder. A lo mejor hasta me salvo.
Sebas miraba fijamente a la piedra. Ésta no se movía en absoluto, y parecía escuchar
con interés su discurso. Sin embargo, a pesar de la amable atención que le prestaba su
enemigo, Sebas tuvo la intuición de que no iba por el buen camino. Ni siquiera sabía
muy bien que era lo que quería oír aquella cosa.
-¡Qué quieres que te diga! -le gritó-. ¿Qué me arrepiento de todo lo malo que haya podido
hacer alguna vez? Pues, de acuerdo, hecho. Me arrepiento. ¿Qué siento haber odiado
a Olga por todo lo que me hizo? De acuerdo también. Lo siento. Y también siento
haber odiado a mis amigos las veces en que me fallaron, y a mis padres por abandonarme
cuando los necesitaba, y a mis antiguos jefes por echarme de mi trabajo, y a los
americanos por haber lanzado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Siento
haberlos odiado a todos.
Sebas lanzó al aire una carcajada histérica, sabiendo que aquella piedra no iba a
acompañarle en su broma, ni le iba a echar un brazo rojizo sobre el hombro mientras le
decía "ja-ja, tranquilo hombre, todo olvidado, vamos a tomarnos una cerveza". La piedra
iba a matarle por todo lo que había hecho.
-Mierda -exclamó-. Seguro que no soy ningún santo, pero en estos momentos no se
me ocurre nada más. Creo que soy alguien bastante tranquilo. Miento, engaño y hago la
vida imposible a los demás dentro de los límites normales de cualquier persona normal.
Aunque sí, a veces soy bastante mal hablado, pero me importa un comino que me creas
o no, o que seas real o una alucinación, o que quieras matarme. Al fin y al cabo, si todavía no estoy loco, no creo que tarde mucho en conseguirlo.
La piedra no se inmutó. Continuó flotando encima de él.
-Ah, por cierto -continuó Sebas-. Se me olvidaba. Te odio. Te odio con toda mi alma.
De nuevo se hizo el silencio. Sebas ya no sabía cómo continuar su monólogo. Esperaba
alguna señal por parte de su perseguidor, pero su frialdad y su inexpresividad le estaban
poniendo enfermo. Si la cosa seguía así, acabaría arrancándose la cabellera con sus
propias manos.
En lugar de eso, rompió a llorar. No supo por qué saltaban las lágrimas, si por tristeza
o por rabia, pero tampoco le importó mucho en aquellos momentos.
Sebas ocultó la cara entre sus manos y sollozó durante unos segundos que le parecieron
años. No quería mirar hacia arriba. Pero finalmente, se obligó a abrir los ojos y a dirigirlos
hacia el cielo. La piedra había desaparecido.
Con cautela, miró a su alrededor, esperando toparse con un balón de rugby de veinte
kilos justo un segundo antes de ver cómo se empotraba en su cara. Pero no había ni rastro
del perseguidor.
Con un guiño de esperanza, se puso en pie, gimiendo por los huesos que le torturaban.
-¿Piedra? -llamó en voz baja.
-¿Piedra? -volvió a repetir, esta vez con más fuerza. No hubo respuesta.
-¡Que te jodan! -gritó.
Tras unos instantes de indecisión, empezó a escalar el talud. Subió hasta la autopista y
contempló los coches que pasaban frente a él. Llegó a divisar la cara de una señora gorda
que le miraba asqueada. Sebas le hizo un gesto con el dedo medio, y la señora miró
al frente.
Decidió que después de que todo hubiese acabado, pondría una denuncia contra la
compañía de autobuses. Pero primero tendría que intentar recuperar su vehículo. Seguramente
la guardia civil ya habría llegado al lugar en el que el maldito ladronzuelo se
había estrellado. Sebas tendría que explicarles que el coche se lo habían robado. Y tendría
que explicar también de donde venía, y por qué sangraba.
Por supuesto, no les diría que una piedra le había perseguido. De hacerlo, no se llevarían
una impresión muy buena de él. Quizá debería hablar primero con los otros pasajeros
del autobús. Ellos también habían visto a su acosador, y eran, por tanto, testigos presenciales.
O quizá simplemente debía mentir. "Me han atacado, agentes, -podría decir-,
me han dado una terrible paliza...", o tal vez serviría algo así como: "me caí por un talud
poblado de espinos, espinos enormes con púas como guadañas, que me desgarraron la
piel salvajemente... como si me odiaran de veras...".
Finalmente, Sebas decidió que ya pensaría más tarde en lo que haría. Ya se le ocurriría algo.
Caminó por el arcén durante unos minutos. Pensó en todas las cosas que le había dicho
a la piedra, pensó en Olga, pensó en todo aquello que le había venido a la cabeza
mientras viajaba primero en el Renault y después en el autobús. Llegó a la conclusión
de que su estabilidad mental pasaba por momentos delicados, y de que tal vez necesitase
ayuda. Aunque quizá la ayuda que necesitaba se limitase a una pareja estable.
Mientras volvía a darle vueltas a todos aquellos asuntos, se percató de que el sol se
había ocultado tras una nube. Al parecer, la única que habría en el cielo.
Alzó la vista y quedó maravillado ante el espectáculo que veía. ¿Era posible que se estuviese
produciendo un eclipse total y que no se hubiese dado cuenta hasta aquel momento?
Miró con más detenimiento al astro rey. Le dolían los ojos cuando lo hacía, pero
se obligó a ello. Entonces vio que no era la luna lo que ocultaba al sol. La luna no se movía tan deprisa. El objeto se desplazó velozmente hacia el suelo, dejando en libertad
a los reprimidos rayos solares. Por supuesto, se trataba de la piedra roja. Le había parecido
redonda cuando ocultaba al sol porque la veía de frente. Pero ahora pudo percibir
perfectamente su maldita forma de balón de rugby.
La piedra había estado flotando en el aire a varios metros de altura, encajando perfectamente
en el redondel dorado que era el sol. Tras descender, se detuvo a la altura de la
cara de Sebas, a unos tres metros delante de él. Mientras le desafiaba de nuevo, Sebas se
permitió el lujo de echar algunas miradas furtivas a los conductores de los vehículos que
pasaban junto a él. Vio caras asombradas, incrédulas. No era para menos. Durante un
instante habrían creído ver una piedra que flotaba y a un hombre destrozado.
Sebas se pasó la mano por la cara y se rascó parte de la sangre coagulada. Sus dedos
hicieron manar sangre fresca de las heridas.
-¿Qué quieres de mí? -preguntó por segunda vez aquella tarde. La piedra no contestó.
-¿Por qué no te vas a una cantera para que te aplasten y me dejas en paz? -le sugirió.
La piedra ni se inmutó.
-Voy a pasar -anunció Sebas-. Voy a avanzar muy lentamente hacia ti.
Dio un paso y la piedra no retrocedió. Sebas se detuvo, sin saber bien qué hacer, si
continuar, o esperar los acontecimientos. Finalmente dio otro paso. La piedra no se movió.
Estaba ahora a tan solo un par de metros de distancia.
Dio un tercer paso y la piedra se desplazó ligeramente hacia la derecha. Esperanzado
pero temeroso, se sobresaltó ante el súbito movimiento de la piedra y vaciló un poco.
Por fin, sin pensárselo más, empezó a andar con firmeza pero lentamente. Un cuarto paso,
un quinto...
La piedra continuó su vago desplazamiento y se detuvo a la derecha de Sebas, quien
enseguida comprendió lo que ocurría: su perseguidor le estaba dejando espacio, le estaba
permitiendo pasar. Le dejaba vía libre.
Pasó de largo y continuó caminando. Ahora ya la había dejado atrás. Lanzó una mirada
de reojo y pudo ver en el límite de su campo visual una mancha rojiza que continuaba
inmóvil en el aire.
Avanzó ahora con un poco más de velocidad, pero intentando disimular su ansia por
alejarse de aquella maldita cosa. Se sentía como un hombre desarmado al que un pistolero
le ha ordenado que se de la vuelta y que eche a andar. Quería correr, salir disparado,
poner muchos metros de por medio entre él y aquel engendro del infierno, y sobretodo,
lo que más deseaba era volver la cabeza para asegurarse de que aquella cosa no le
seguía. Pero no se atrevía. No podía hacer nada de eso. Tenía el convencimiento de que
era aquello lo que la piedra esperaba. Un acceso de pánico. Demostrarle temor. Eso sería el detonante de la explosión final.
Pensó entonces que si conseguía mantener sus nervios controlados, si conseguía no
echarse a correr... pensó si la piedra le iba a permitir de todas formas alejarse por la carretera
y perdonarle la vida. Esta desalentadora idea empezó a crecer en su mente de una
forma alarmante, y Sebas fue consciente de que el ataque de pánico al que tanto había
temido ya había llegado. Si no conseguía desahuciar a aquel pensamiento de su cabeza,
estaría perdido.
Finalmente, no pudo resistirlo más. Sus piernas se movieron adelante y atrás, y balanceando
los brazos se lanzó a la carrera, gritando de desesperación cuando miró hacia
atrás y vio a la piedra roja que se lanzaba en su persecución.
Miró al frente pidiendo socorro, clamando piedad, y deseando pensar, deseando que
alguna última idea acudiese a su mente en aquel momento de sobrehumano esfuerzo, de
lucha por la supervivencia.
A pesar de que no la veía, y de que la piedra no emitía sonido alguno, Sebas la sentía.
Sentía su presencia detrás de él, acercándose poco a poco, sin prisas, a sabiendas de que
era una presa fácil, y de que si quisiese podría alcanzarlo en una décima de segundo.
La piedra llegó hasta Sebas. En los últimos centímetros antes de tomar contacto, redujo
su velocidad hasta igualarla prácticamente con la de su víctima. Se aproximó lentamente
a su espalda hasta que tocó su camisa chorreante de sudor y sangre. Sebas gritó.
Continuó corriendo durante unos metros más, sin comprender exactamente las intenciones
de la piedra. Ésta no le había embestido como un obús, sino que simplemente
presionaba su espalda con suavidad, como si tan sólo buscase su contacto.
Pero en apenas unos segundos, la presión se hizo algo más fuerte, y entonces Sebas sí
comprendió qué era lo que estaba haciendo. Le estaba empujando. Cada vez más deprisa,
sin dejar que se detuviera, forzándole la marcha.
Estuvo a punto de detenerse de golpe y agacharse para que la piedra pasase de largo;
estuvo a punto de echarse a un lado, apartarse bruscamente para desasirse del empujón
de aquella cosa. Pero al final no hizo ni una cosa ni otra. Y cuando quiso darse cuenta de lo que iba a ocurrir, ya fue demasiado tarde.
La piedra dio un brusco acelerón al tiempo que cambiaba el rumbo de la carrera de
Sebas algunos grados a la derecha. El empujón final lo envió de lleno al primer carril de
la autopista, y un camión que no pudo frenar a tiempo lo arroyó y le quitó la vida.
Fue algo muy rápido. Sebas apenas tuvo tiempo de gritar, y de comprender que eran
sus últimos segundos como mortal. Su último pensamiento fue de odio. Deseó que la
piedra quedase destrozada por el propio camión. Que la hiciese añicos.
El camión los embistió a ambos. De Sebas poca cosa quedó. La piedra salió disparada
y aterrizó fuera de la autopista. Sin rasguños. Unos segundos después alzó su macizo
cuerpo unos metros sobre el suelo, para reemprender el vuelo. Se mantuvo durante un
instante flotando en el aire, quizá para contemplar el resultado de su juego, su trabajo bien hecho. Después, se dirigió rauda hacia el cielo de verano.
Tal vez, en algún momento antes o después de su muerte, Sebas supo que no era necesario conocer la naturaleza de la piedra, ni de dónde procedía. Ni como había llegado hasta allí, ni por qué quería matarle. Bastaba con tenerla presente.
De haber tenido boca, la piedra habría reído.


_
"Ciertamente, había muy pocas obras humanas en esa
parte del túnel, aunque ocasionalmente un siniestro
mural de jeroglíficos tallados en el muro, o un pasadizo
lateral bloqueado, recordaban a Zamacona que esto era
realmente el camino olvidado por los eones hacia un
primordial e increíble mundo de seres vivientes."
H. P. LOVECRAFT,
El Túmulo


_
"Y había cuevas en aquella montaña que podían
estar vacías y s olitarias, o podían
-si las leyendas no mentían- albergar
horrores de una forma insospechada."
H. P. LOVECRAFT, _
La onírica búsqueda de la desconocida kadath




_
PRESA
Mariano Bertello

_
I
Miranda

_
- Hola Cris. – le había dicho ella con total naturalidad.
Él ni siquiera escuchó a la mujer acercarse, sin embargo esto no le extrañó, se encontraba
abstraído en sus propios pensamientos.
Era una mujer joven, tendría veintiséis o veintisiete años, esbelta, de cabellos negros
como la noche y de una mirada esmeralda que derretiría un témpano de hielo. En otras
palabras, una verdadera belleza. Sin embargo Cris no tenía idea de quién era ella.
- Disculpa, ¿nos conocemos?- preguntó extrañado.
- No, todavía no. –respondió la desconocida.
- Entonces, ¿cómo es que sabías mi nombre? – dijo con un susurro, al tiempo que arqueaba
las cejas.
- No lo sabía, pero escuché al cantinero cuando te saludó.- comentó ella, regalándole
una sonrisa amplia y de una dulzura que Cris no había visto en mucho tiempo.
- Buen oído.
- Para escucharte mejor.- sentenció.- Soy Miranda.
A partir de ese momento los recuerdos de Cristopher Hoods se volvían borrosos como si
mirara hacia ellos a través de un vidrio húmedo.
Creía recordar que habían bebido un par de tragos y hablado de trivialidades como sus
gustos sobre el cine o la inclemencia del clima durante la última semana, pero no podía
asegurarlo.
Ahora se encontraban caminando lentamente bajo la luz enfermiza de una luna anaranjada
que presagiaba lluvia en cualquier momento.
A medida que pasaban los minutos, Cris se iba envenenando más y más con la intoxicante
presencia de Miranda.
Sus cabellos lacios al viento desprendían una fragancia fresca y primaveral, su voz embriagante
podía hacer sentar a un tigre de bengala a la primera orden y su manera de
caminar, felina y sugestiva, le haría levantar temperatura a un cardenal de la Iglesia.
- Cris, tengo un poco de frío- dijo ella en voz baja.
Él se quitó su campera de jean y la colocó suavemente sobre los hombros de Miranda.
Ella atrapó con delicadeza el brazo izquierdo del joven y lo pasó detrás de su cuello.
Segundos después se apretó lentamente contra el cuerpo de Cris, él sintió que tocaba el
cielo con sus manos.
-“Eso es todo, amigos, me he enamorado”. – pensó para sí mismo y esbozó una sonrisa
cálida.
Fue exactamente en ese momento en que las primeras gotas de lluvia comenzaron a
caer sobre ellos.
Se detuvieron momentáneamente bajo el alero de un kiosco de revistas, el cual estaba
cerrado ya a esa altura de la noche.
- ¿Y ahora qué haremos?- preguntó Cris, aunque ya sabía la respuesta.
- Podemos ir a mi departamento, está solamente a unas cuadras de aquí.
Cris volvió a sonreír.
Reanudaron la marcha, primero caminando deprisa y luego, cuando las gotas de agua
golpeaban como clavos helados, casi corriendo.
Al cabo de unos minutos llegaron al departamento, totalmente empapados.
El edificio debía de tener al menos unos cinco millones de años. Seguramente había sobrevivido
no sólo a las dos últimas guerras, sino también al diluvio universal.
- “Dios Santo”. – pensó Cris – “de seguro tendrá momias en el sótano.”
- Que no te asuste, adentro no se está tan mal.- dijo ella, como si le hubiera leído la mente.
- No hay problema.- comentó él despreocupado y entró a la oscuridad del edificio siguiendo
los pasos de su acompañante...
Miranda tenía razón, el interior del departamento estaba realmente bien. Había dos dormitorios,
un living excelentemente amoblado con un pequeño hogar a leña, un baño y
una gran cocina. Todo estaba impecablemente limpio y en el aire se respiraba un raro
olor a limón artificial.
- Ponte cómodo.- dijo Miranda - Yo voy a cambiarme estas ropas mojadas.
Una vez más Cris sonrió.
Dejó caer su cuerpo en un cómodo sofá de terciopelo azul, mientras en su cabeza comenzaban
a gestarse todo tipo de ideas que lo incluían a él, a Miranda y a dicho sofá.
Notó con un poco de exaltación como las luces disminuían su intensidad y escuchó los
pasos de Miranda a sus espaldas.
- ¿Quieres que encienda el hogar?- preguntó ella.
- Por supuesto.- contestó Cris tratando de ocultar su estado de nerviosismo.
Miranda llevaba puesta una bata de color negro. No hacía falta ser adivino para saber
que no tenía nada más que eso encima. La bata le quedaba bastante ceñida al cuerpo,
marcando una silueta que rayaba en la perfección. La chica tomó un mechero eléctrico
que descansaba en la mesa ratona con la mano derecha, mientras que con la izquierda
rociaba un poco de alcohol sobre los leños.
El fuego se encendió al primer intento y Cris pudo sentir una oleada de calor diferente a
la que ya irradiaba su cuerpo.
Miranda se incorporó y se dirigió al equipo de música que estaba en la pared opuesta.
Segundos más tarde comenzó a sonar una dulce melodía que Cris desconocía por completo.
- Vivaldi – susurró ella, leyéndole la mente una vez más. - ¿ No te gusta?
- Sí, está bien. Es que estoy acostumbrado a cosas como AC/DC o Metallica.
- Todo un romántico. – comentó Miranda con ironía, y selló la frase con un beso.
Con un movimiento rápido, Cris aflojó el lazo de la bata, desnudando toda la hermosa
humanidad de Miranda. Ella desgarró literalmente la camisa escocesa de Cris y luego
fue por el cinto de sus jeans, desabrochándolo con ductilidad.
A la pálida y crepitante luz de las llamas sus cuerpos desnudos se acariciaron con pasión
pero con dulzura, como si ambos estuvieran explorando terreno desconocido. Reían
como niños alocados.
Sin duda ella sabía cómo hacer su trabajo. Cris pensó, en un rapto de lucidez tan fugaz
como efímero, que nunca nadie lo había hecho sentir así, tan feliz, tan completo, tan
humano.
Fue precisamente en ese mágico instante en el cual las cosas comenzaron a descontrolarse
y terminaron yéndose al mismo infierno.
La chica comenzó a contraerse mediante convulsiones rítmicas sobre su cuerpo, las cuales
iban en aumento. Segundos más tarde Miranda parecía poseída por un frenesí espeluznante.
Cris no había notado cuán largas eran las uñas de su compañera, hasta que éstas
comenzaron a hacer jirones la piel de su espalda. Miranda gruñía, se agitaba, y su
aliento se había tornado pestilente, como si un animal muerto hubiese anidado en su boca.
Por primera vez en toda la noche, la sonrisa del muchacho estaba ausente, no había rastros
de ella en su rostro.
Asustado, trató de apartar el cuerpo de la chica con un empujón, pero ella parecía sorprendentemente
fuerte, y no consiguió quitársela de encima.
Una punzada de dolor apareció de repente en su hombro derecho, acompañada segundos
después de una sensación de calor y humedad.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Aplicó una violenta patada al cuerpo retorcido y
sibilante que lo aprisionaba, y con una agilidad digna de un gimnasta, dio un brinco
hacia atrás, alejándose del sofá y de la mujer enloquecida.
A tientas encontró el interruptor de la luz, y cuando ésta iluminó la habitación, deseó
nunca haberlo hecho...
La parte superior de su pecho y parte de su brazo derecho estaban bañados en sangre, en
su sangre. Cortes y arañazos surcaban su cuerpo en todas direcciones como carreteras
dibujadas por un niño. Un pedazo de carne le colgaba con un hilo de piel desde el hombro,
asemejando un pendiente macabro.
Aún así, eso no era lo peor del asunto.
Lo peor de todo era Miranda.
_
II
La Pelea
_
Miranda se encontraba semierguida, como una fiera agazapada esperando el mejor momento
para dar el zarpazo de gracia. No quedaba evidencia alguna de humanidad en su
figura, toda la belleza de su rostro, la sensual armonía de su cuerpo y su celestial encanto
se habían esfumado como si nunca hubiera estado allí.
En su lugar había ahora una aberración de la naturaleza, una monstruosidad de piel cenicienta,
pómulos filosos, cabellos enloquecidos y mirada asesina. De su boca manaba
un líquido rosado, mezcla de saliva y sangre, además de una larguísima lengua bífida
extraída de una pesadilla. Su dentadura era la de un tiburón, o la de un cocodrilo (Cris
no estaba seguro), con dientes amarillentos, puntiagudos y orientados en todas las direcciones posibles. Entre dos de ellos había un delgado hilo de carne que logró horrorizar
a Cris.
De la frente de la muchacha emergía un cuerno animal atravesando la piel de esa región
con suma facilidad.
Su espalda se había curvado, dejando a la vista una columna vertebral deforme y macabra.
Cris retrocedía trastabillando, alejándose de la criatura como en sueños. Manoteó sus
jeans con dificultad y antes de darse cuenta ya los tenía puestos.
“Excelente, estás a punto de ser devorado por un bicho y tú piensas en cubrirte las pelotas”-
pensó para sí y tuvo que reprimir el impulso de soltar una risita loca y enfermiza.
Miranda, o lo que alguna vez había sido Miranda, lanzó un alarido haciendo volar pequeñas
gotas de baba pegajosa y maloliente. Miró fijamente a los ojos a Cris y avanzó
un par de pasos hacia él.
Esto hizo reaccionar al muchacho, quien tomó de la cómoda que estaba a su lado un pesado
libro con un sombrío payaso en la tapa. Lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el
monstruo que minutos antes le había dado un corto paseo por el paraíso.
El libro golpeó a Miranda en la frente, sin conseguir absolutamente nada más que hacerla
enojar. A continuación la criatura se agachó para tomar impulso y luego despegó del
suelo con furia. Alcanzó a un inmóvil Cris en cuestión de milésimas de segundo, lo tomó
por el cuello y lo hizo volar por toda la habitación como si se tratara de un muñeco
de trapo.
Cris estaba mareado y confuso, sentía el corazón en la garganta y la sangre galopaba en
su sien como un caballo salvaje.
“Debo salir de aquí, debo irme de aquí ahora. No sé qué diablos es esto, pero yo soy su presa” - pensó aterrorizado.
El monstruo le bloqueaba la entrada, por lo que rápidamente se dirigió la puerta más
próxima a su derecha y la abrió de un tirón. Entró en la habitación oscura casi corriendo
y tropezó con un bulto en el suelo. Sus manos buscaron el interruptor de la luz, al encontrarlo
lo accionaron con violencia.
Por segunda vez en la noche, Cris deseó nunca haber prendido las luces.
El cuarto estaba lleno de cuerpos mutilados y desgarrados, todos ellos masculinos y todos
ellos con orificios del tamaño de un puño en el pecho, a la altura del corazón. Había
algunos decapitados y a otros les faltaban algunos miembros, también había órganos y
vísceras repartidas por el piso.
Cris cayó de rodillas al suelo y vomitó sin poder contenerse. Había lágrimas en sus ojos
y el mundo le daba vueltas.
En el cuarto había un olor repugnante, pero curiosamente no provenía de los cuerpos.
En un rincón apilados, descansaban miles de desodorantes ambientales en forma de pino,
en algún momento habían tenido esencia de limón, pero ahora habían fusionado su
aroma con el que despedían los cuerpos putrefactos.
Los golpes de Miranda contra la puerta lo devolvieron a la realidad. La terrible fuerza
de la criatura estaba venciendo los goznes del pórtico.
Cris apoyó su cuerpo contra la fría madera a modo de barricada, sin embargo esto no
duraría mucho tiempo.
Se dirigió hacia la ventana que estaba en la pared opuesta y trató de abrirla sin resultado.
No sabía si estaba trancada o no podía abrirla a causa de su desesperación. Respiró
profundamente un momento y consiguió destrabarla. Miró hacia fuera y observó con satisfacción
que había una escalera de emergencia. Comenzó a descender por la misma
con torpeza, resbalando cada dos o tres escalones. Cuando apoyó los pies en el
pavimento helado y húmedo, sintió como un par de pisos más arriba, la puerta
mento helado y húmedo, sintió como un par de pisos más arriba, la puerta finalmente
caía bajo el peso de Miranda.
Descalzo y con frío empezó a correr por el callejón que daba la espalda al edificio.
Había parado de llover, y la atmósfera era húmeda y pesada.
Corría como un enajenado, pisando vidrios, latas y cualquier cosa que hubiera en su
camino.
A su espalda, a unos veinte metros de distancia, sintió un chasquido de pies golpeando
contra el suelo y, aunque no volteó, sabía qué significaba.
Miranda venía por él.
_
III
La taberna de Mick
_
Cris no sabía qué hora era, pero en la calle no había un alma. No había vagabundos, ni
drogadictos ni amantes, ni siquiera prostitutas sin suerte en esa noche. El muchacho deambulaba
por un desierto de granito y concreto. Gritaba pidiendo ayuda, pero nadie
contestaba sus súplicas. Se dio cuenta de que nunca se había sentido tan solo.
Alrededor de veinte o treinta metros atrás, los sonidos guturales provenientes de la bestia
continuaban acechándolo, cada vez más cerca.
Cris estaba exhausto, con cada minuto qué pasaba, sus piernas se hacían más y más pesadas,
e inconscientemente esperaba sentir como Miranda caía sobre él de un momento
a otro.
Pero todavía no, una llama diminuta de esperanza se encendió en el instante en que divisó
a la distancia un llamativo cartel de neón que rezaba:
_
LA TABERNA DE MICK
Nunca Cerramos
_
Ya casi cojeando, se dirigió con lo último de sus fuerzas hacia el lugar.
Abrió la puerta con dificultad y tras atravesar el umbral se desplomó agotado. El lugar
era un antro sucio y oscuro, sin embargo esta noche estaba bastante concurrido, contrastando
con la soledad de la calle.
Un hombre corpulento lo ayudó a incorporarse. El tipo olía a sudor y a licor barato, pero
parecía amigable.
- ¿Qué le ha pasado, hombre? ¿Y qué hace corriendo por la calle semidesnudo?- inquirió.
- Viene tras de mí... la chica... es un monstruo... quiere matarme y comerme como a
los demás... no la dejen pasar.
- ¿Pero qué es lo que dice amigo?
- Es un vampiro, o una mujer lobo... no lo sé, tiene cuernos y garras... y creo que se
come los corazones...
- Bien hijo, ahora quédate tranquilo. Mi nombre es Mick, y ningún bicho del demonio
entra en mi taberna.
El hombre se puso serio de repente y luego de apoyar a Cris contra una pared, se dirigió
velozmente hacia la barra del bar. Se inclinó por encima de ella y extrajo una escopeta
de dos caños y un cuchillo de cacería.
- Gary... - espetó, y cuando éste se volteó le arrojó el cuchillo.
El tal Gary era un hombre albino delgado y de gran estatura, de alguna manera su aspecto
era extraño y tenebroso, Cris no sabía bien por qué. Atrapó el cuchillo al vuelo con
maestría y jugueteó con él entre los dedos de forma desinteresada.
Al cabo de unos segundos se reunió con Mick. Los hombres hablaron entre susurros y
luego se dirigieron con paso seguro hacia la puerta de entrada.
Cuando estaban sólo a unos metros de ésta, la puerta estalló en mil pedazos, regando de
astillas a los clientes cercanos a ella.
Miranda entró como una exhalación, rugiendo y arrojando manotazos mortales a todo lo
que se le acercaba. La clientela del bar, una veintena de personas, se alejó rápidamente
de ella, aunque sorpresivamente no mostraba temor.
La bestia se detuvo conmocionada, hipnotizada por las estridentes luces del bar y por la
sensación de sorpresa que ahora la invadía.
Ese instante infinitesimal de duda le costó la vida.
Mick y Gary actuaron con solvencia y aplomo, como si hubieran hecho esto un millón
de veces.
Mick se agachó, poniendo una rodilla en tierra, apuntaló la culata de la escopeta contra
su hombro derecho y detonó el arma dos veces, vaciando los cilindros.
Los dos disparos fueron precisos, incrustándose en ambas rodillas del monstruo y
haciéndole volar las dos piernas por debajo del punto de impacto.
La bestia cayó al suelo como una bolsa de ropa vieja y comenzó a agitarse en todas direcciones.
Gary se acercó a ella con la velocidad de un rayo, sujetó su cuello con su enorme mano
izquierda y clavó el cuchillo de caza en el pecho del monstruo agonizante.
Miranda lanzó un alarido desgarrador, como si estuviera dando a luz.
Luego Gary soltó el arma e introdujo la mano en la herida, sólo para arrancarle el corazón
a Miranda en cuestión de segundos.
La criatura se sacudió brevemente, luego todo había terminado.
Cris no lograba creer lo que había pasado ante sus ojos, se sentía soñando, drogado o
quizás muerto.
Después de un pequeño lapso de tiempo, Mick se acercó a Cris y le sonrió.
- No te preocupes, ya está. – le dijo con voz tranquilizante.
- ¿Qué harán con ella ahora?
- Eso ya no es de tu incumbencia, muchacho, nosotros lo arreglaremos.
- ¿Qué mierda era eso de todos modos?
- Ella era un demonio, una criatura enviada desde el infierno para robar almas de
humanos.
- ¿Cómo lo sabe?
- Sé muchas cosas, te sorprenderías.
- Pensé que era un vampiro.
- Oh no, no, no mi querido Cris, los vampiros no desgarramos ni arrancamos corazones,
eso hace perder una enorme cantidad de valiosa sangre...
Mick ahora esbozaba una sonrisa maligna y tenebrosa, plagada de colmillos espeluznantes.
Sus orejas se habían vuelto demasiado puntiagudas y sus ojos revestían un brillo
carmesí.
A su espalda, los clientes del bar se acercaban silenciosamente. Todos ellos tenían ahora
facciones similares a las de Mick, exhibiendo una dentadura animal y sombría. Parecían
desplazarse como flotando sobre el suelo. Gary sobresalía por encima de todos, lamiendo
el cuchillo de caza con una lengua negra y hedionda.
Cris comprendió todo de repente, y un horror frío inundó su cuerpo como un río nocturno.
Esta vez no había salida, esta vez todas las puertas se habían cerrado, esta vez la presa
no tenía escapatoria.
Una dentellada cálida y pútrida en el cuello fue lo último que sintió Cristopher Hoods,
mientras su vida se apagaba como una antorcha en la tormenta...
_



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SECRETOS
Graciela Zukeran


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Estoy sola en casa, mi habitación está apenas iluminada por la luz de la luna y afuera solo
se oye el silbido de un tren, a lo lejos los ladridos de un perro.
Estoy recostada en mi cama llena de almohadones y sabanas que me protegen del frío.
La estufa está encendida y un calor agradable permanece en la habitación. Desde donde
estoy alcanzo a ver la silueta del humo que se desprende del incienso, un aroma a maderas
y aceites acompaña mi respiración.
En el silencio de la noche la calma se hace eterna, parece que el tiempo se detuviera y
cada segundo, cada minuto durara para siempre.
Sola con mi mente, sola con mis recuerdos.
Regreso el tiempo atrás y me veo recostada en el césped del jardín de mi hogar, el que
dejé hace 10 largos años.
El recuerdo es tan vivido que hasta puedo oler el perfume del pasto recién cortado.
Era una casa grande, cada rincón guardaba mis secretos.
Aún deben estar allí escondidos entre el polvo y el olvido, entre lagrimas y risas.
Los sueños de entonces eran sueños con alas de libertad, de amor, de vivir la vida a pleno.
Las alas de mi destino me llevaron lejos, muy lejos, y yo me dejé llevar.
¡Volaba tan alto que me parecía tocar el cielo con las manos, que bien se sentía eso!
Pero el destino cambió el rumbo y de pronto me vi perdida en un mundo desconocido,
frío y oscuro.
Allí todo era diferente, las estrellas no brillaban, las flores no olían, los corazones no latían.
Ya no pude volver atrás, solo cerré los ojos y comencé a caminar entre tinieblas, buscando
una luz de esperanza que me enseñara la salida.
El silbido del tren nuevamente.
Abro los ojos y me encuentro otra vez entre las sábanas de mi cama.
El incienso ya se consumió, el tiempo a veces pasa tan rápido que uno ni cuenta se da.
Mi mejilla se empieza a humedecer, pero no me preocupo, siempre me sucede cuando
recuerdo mi pasado.
Tengo que dormir, mañana me espera un día atareado, debo seguir buscando mi luz, mi
respuesta, se que en algún lugar la encontraré.
Mientras tanto, guardo nuevamente los recuerdos en mi corazón, hasta cuando llegue el
día en que vuelen como palomas en el cielo celeste y blanco de mi Argentina querida.

lunes, 28 de abril de 2008

ACCIDENTES -- AGATHA CHRISTIE


ACCIDENTE
Agatha Christie



—Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un Hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida.
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí?
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció.
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto.
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto.
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo.
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

domingo, 27 de abril de 2008

El Barril de Amontillado -- Edgar Allan Poe


Edgar Allan Poe
El Barril de Amontillado
__________________
Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré
vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante,
que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un
punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de
peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin
reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi
buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda
consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos
tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que
el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos.
En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en
cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo
era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva
cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje
muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con
cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, este es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene
usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis
dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometerla tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. El es un buen entendido.
El me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso.
Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las
bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo.
Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les
había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no
estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a
través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una
larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los
últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
- No es nada -dijo por último.
- Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado,
admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que
mí respecta, es distint o. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad.
Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté -. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas,
tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le di je, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente
rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc.
Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
- El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora
estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
- No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con
ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
- ¿No comprende usted? -preguntó.
- No -le contesté.
- Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
- ¿Cómo?
- ¿No pertenece usted a la masonería?
- Sí, sí -dije-; sí, sí.
- ¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
- Un masón -repliqué.
- A ver, un signo -dijo.
- Este -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
- Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
- Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de
una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una
profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas.
En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados
restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo.
Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo,
formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había
quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía
otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y
con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso
determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes
pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una
de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
- Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
- Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y
perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos
argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los
eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme
resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
- Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese.
¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
- Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a
un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho.
Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la
embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte.
El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo
luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda,
la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos
minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se
apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a
la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima
de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tir ar es -
tocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para
tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la
pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima
hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero
entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je,
je, je! a propósito de nuestro vino!
¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady
Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior.
Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las
catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra
y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante
medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

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